viernes, 17 de mayo de 2013

Translúcidos, Luis Carbajales

Ilustración Carlos Rodón

   Elena siempre había creído ser especial. Veía cosas que nadie más veía, sentía cosas que solo ella era capaz de percibir. Debía de tener lo que se solía conocer como un «sexto sentido». Pero ninguna de sus experiencias había sido ni siquiera parecida a lo que sintió aquella noche.

   —Ven —parecía decir la voz en su mente. No era una voz exactamente, sino la representación pura de un deseo o un sentimiento. Como si su cerebro estuviera conectado directamente al de otro ser.

   —Te necesitamos. Hemos venido desde muy lejos, buscando gente como tú —así podría traducirse en palabras lo que aquella anhelante mente le expresaba. Elena vio, en la psique de su interlocutor, el espacio exterior, y una larga travesía en las vísceras de un gran animal translúcido, hasta llegar allí, a las afueras de su modesto pueblo.

   —¡Pero no puedo, no ahora mismo! —contestó ella, tratando de enviar sus propios pensamientos—. Mis padres no me dejarían salir de casa tan tarde...

   Elena era muy joven, tan solo tenía catorce años. La mente al otro lado la oyó, y pareció entristecerse terriblemente. La chica sintió su pesar, y se compadeció del ser.

   —¡Está bien! Esperadme...

   En silencio, se escabulló por la ventana de su casa, y huyó hacia el bosque, donde la esperaban sus misteriosos nuevos amigos.

   Juanito era un borracho. Todos lo sabían, y, en la vida cotidiana, nunca lo tomaban en serio. Sin embargo, en un día como aquel, nadie despreciaba sus esfuerzos por encontrar a la pequeña Elena, unido al resto de guardias civiles y a algunos hombres del pueblo.

   Se separaron, en el extenso bosque que rodeaba el pueblo. Juanito se quedó solo entre los árboles, acompañado únicamente por el zumbido de su radio, de la que, de cuando en cuando, surgían frases desesperanzadoras. «¿Nada aún?». «No, nada».

   A pesar de sentirse algo egoísta al pensar de aquel modo, esperaba ser él quien encontrara a la niña: así, todos dejarían de tomarlo por el pito del sereno, ¡era un guardia civil, coño! Haría honor a su uniforme. Sacó su petaca, y dio un trago de orujo para calentarse. Era otoño, ya empezaba a hacerse de noche, y el viento que mecía las ramas de los árboles era cada vez más frío.

   Mientras, distraídamente, devolvía la petaca al bolsillo de su chaqueta, escuchó un ruido, como si alguien hubiera pisado las hojas secas frente a él. Levantó la vista y se quedó congelado en el sitio, manteniendo una posición ridícula, con un brazo en el aire y el otro en su abrigo. Lo que vio parecía surgido de una delirante pesadilla etílica, pero joder, no estaba tan borracho, y estaba seguro de estar despierto.

   Ante él, una temblorosa masa blanca, translúcida e informe, se agitaba y ondulaba mientras terminaba de tomar una nueva forma: la de un hombre. Era, de hecho, bastante similar a Juanito, si teníamos en cuenta tan solo la silueta: se distinguía su fofa barriga, y sus carrillos hinchados. No tenía piel, ni ojos, ni huesos (la luz seguía dejando ver, vagamente, a través de él), tan solo era aquella sustancia viscosa imitando el aspecto de un ser humano, quizá reflejándolo de forma instintiva. En su interior parecía haber algo flotando, varios objetos difícilmente distinguibles desde el exterior, más aún a la distancia desde la que Juanito los miraba.

   La criatura se adentró en el bosque, corriendo extrañamente con sus nuevas piernas. Para cuando el agente pudo reaccionar, ya no tuvo forma de encontrarla. Trató de seguir sus huellas, pero, en cierto punto, desaparecían por completo. Quizá hubiera cambiado de aspecto de nuevo, y hubiera empezado a arrastrarse, o a volar, ¿quién podía saberlo?

   Los otros guardias civiles encontraron a Juanito sentado sobre la hojarasca, bebiendo de su petaca para pasar el susto. Creyeron que estaba como una cuba desde un primer momento, y su historia les terminó de convencer. Es más, empezaron a pensar que se había vuelto completamente loco.


   ¿Por qué lo tenía que haber contado? Ahora se burlarían de él con mucha más saña, cuando todo aquello hubiera pasado. Ya había empezado a notar las risitas a sus espaldas, de vuelta en el cuartel. En casa, de madrugada, Juanito se emborrachaba solo, lamentándose de su triste destino. Seguro que aquel ser era quien había secuestrado a la pequeña, pero nunca podría demostrarlo.

   Entonces, sintió la presencia dentro de su cabeza.

   —Ven —parecía susurrarle desde lo más hondo de su mente. Era como si le sonriera afectuosamente de un modo no visual, sino psíquico; sentía su calma y amabilidad, su deseo por compartir con él conversaciones y experiencias.

   —Nosotros sabemos que dices la verdad. No eres ningún loco. Para nosotros, eres especial. Queremos que vengas aquí, con nosotros y con Elena. Ella está bien.

   Así entendía Juanito los extraños pensamientos que invadían su cerebro, enviados desde algún lejano lugar.

   Sin duda, se trataba del hombre translúcido que se había encontrado aquella tarde en el bosque. Iría, sí. Vaya que si iría, pensó, mientras comprobaba la munición de su pistola. Se iban a cagar, esa cosa y sus amigos. Todos le creerían cuando les mostrara sus repugnantes cadáveres gelatinosos.

   Salió a toda prisa hacia el bosque, aún borracho. Sin embargo, la tremenda emoción parecía disipar la mayor parte de los efectos del alcohol según alcanzaba la maleza, ya fuera del pueblo. Caminó, incansable, hacia donde la «voz» le indicaba.

   —Te estamos esperando, estamos ansiosos por verte, ven.

   En su mente, sentía su cariñosa llamada. Casi tenía ganas de guardar la pistola, correr hacia esa cosa con una sonrisa en la boca y abrazarla con todas sus fuerzas, fuera lo que fuese. Pero se resistió: era su deber rescatar a la chica y acabar con esos bichos.

   Finalmente, lo vio. La brillante luna llena se reflejaba en su carne blancuzca y maleable, aunque no dejaba distinguir los detalles de los bultos en su interior. Su forma era la de un ser humano, la misma que Juanito le había visto adoptar hacía tan solo unas horas. Se alejó del guardia civil, perdiéndose entre los árboles, antes de que este pudiera alzar su arma. Lo siguió.

   Tras la vegetación, había un claro. Y en él, una enorme masa con forma de huevo, del tamaño de una de las casas del pueblo. Estaba hecha del mismo material que el hombre translúcido, y en su interior parecía haber unas cápsulas para albergar criaturas más pequeñas, además de una miríada de pequeños tentáculos, todo ello orgánico. Era el vehículo de los seres, y también su amigo, por lo que comprendió Juanito, gracias a los mensajes telepáticos que recibía.

   Junto al vehículo, a pocos metros del agente, el hombre translúcido se había reunido con su otro amigo, otra masa informe de tamaño humano. Ambos adquirieron, entonces, su forma natural, con la que se encontraban más cómodos. Eran similares a medusas, pero puestas del revés. La parte principal de su cuerpo era una esfera, del tamaño de un balón de playa, que se arrastraba por el suelo, y, sobre ella, numerosos tentáculos, de grosor regular y de punta redonda, se agitaban frenéticamente.

   Juanito disparó. La bala atravesó la carne de uno de los seres, el que hacía poco había tenido forma humana. Sintió sus diabólicas risas en su propia mente, burlándose de sus patéticos intentos de acabar con ellos. Entonces, uno de los tentáculos se alargó enormemente, y se enroscó en el tobillo del guardia civil. Tiró de él con la fuerza de varios hombres, haciéndole caer al suelo y arrastrándolo hacia el alienígena. Acto seguido, las viscosas medusas se abalanzaron sobre él, cubriéndolo de glutinosos seudópodos que lo sostenían por todas partes con increíble fuerza. Le amputaron la pierna por la rodilla, simplemente arrancándosela. Uno de ellos (ya no recordaba cuál era cada uno) se la introdujo en su esférico cuerpo, junto a los otros bultos. El organismo parecía absorber la materia sólida sin agrietarse o deformarse, probablemente debido a su gran maleabilidad. Era como introducir una galleta en un plato de fluidas natillas, que raudas volvían a cubrirla, recuperando su forma. La otra criatura se sirvió un antebrazo, del mismo modo.

   Entre gritos de dolor y terror, Juanito distinguió finalmente las formas que flotaban en el interior de las medusas, junto a sus propios miembros mutilados. Se trataba de pedazos de otro cuerpo, probablemente del de la pequeña Elena. La carne estaba corroída, como bañada en ácido: parcialmente digerida. La cabeza de la niña lo observaba sin ojos, con los hilillos de carne que salían de su cara destruida flotando y desgajándose en el interior de aquella masa mucilaginosa. Fue lo último que vio Juanito, antes de que le arrancaran su propia cabeza.

jueves, 16 de mayo de 2013

Ilustración Carlos Rodón

El Crimen de la Mansión Maligna, cuarta parte (final)




Capítulo 10. Igor be back.

    -Mi señor Conde.- Respondió Igor con una sonrisa en el rostro.

    Habían pasado muchas cosas desde la última vez que vimos al jorobado y la verdad que sentía cierta curiosidad por saber su historia. Aunque ahora no fuese el momento ya que Dennis se estaba poniendo muy rojo y los ojos, antes sin vida se encendieron en mil llamas, comenzó su desagradable caminar rápidamente dirigiéndose a Igor para matarlo, pero entonces Drácula lo detuvo dándole un puñetazo, un golpe en la cara que tan solo detuvo a Dennis unos segundos antes de que sacara de su boca una mano larguísima y exprimiera al máximo la cabeza del Conde hasta que en su mano solo quedaron sus sesos y unos colmillos tan viejos como el tiempo.

    Al ver esto Igor estalló de ira, yo me quedé paralizado por el miedo y temiendo que, en otro de sus ataques de furia Dennis atacara a Sophie, aunque lo veía poco probable ya que la necesitaba para llevar a cabo su malvado y secreto plan. El jorobado corrió disparando al azar con lágrimas en los ojos, yo corrí hacia Sophie que cada vez estaba más en cinta para salvarla de las balas perdidas, el lobo corrió a resguardarse como el cobarde que era mientras Vincent Price, Mike Myers y los zombis corrían hacia Dennis para detenerlo. Pero sus esfuerzos fueron en vano ya que, como si de una explosión se tratase todos salieron rebotados hacia las paredes y cayeron al suelo sangrando, el viejo Vincent escupía sangre y algún diente por la boca mientras que un zombi había sido atravesado por la cabeza de un ciervo disecado que colgaba de la pared. Mientras Igor corría disparando hasta que entró de un salto por una de los ventanales rotos y se abalanzó sobre Dennis, le golpeó con la culata de la escopeta en la cara hasta dejársela desfigurada; el enano entonces, con media cara colgando y la otra media en carne viva agarró al jorobado y lo levantó en el aire dispuesto a terminar con su vida, pero este no contaba con la pericia de Igor que le apuntaba con la escopeta mientras era levantado lentamente del suelo y que disparó sobre su pecho como si le fuese la vida en ello. Dennis lo soltó de golpe y cayó al suelo, en principio parecía estar muerto, de su pecho brotaba una sangre negra que pronto llenó todo el suelo de la habitación, luego, la sangre y el cadáver se convirtieron en miles de cucarachas que corrieron a refugiarse por los recovecos de la mansión.

   Al parecer Igor nos había salvado a todos. Ayudé a Sophie a levantarse del suelo, la tapé con un mantel que encontré medio roto y un poco sucio de sangre y la llevé hasta donde estaban el resto del cada vez más reducido grupo en el que solo quedaban el señor Price, Mike Myers, tres zombis, el lobo y el jorobado. Mientras caminábamos al grupo noté como Sophie se acurrucaba en mi pecho y supe que, aunque no sintiera un amor físico por mí, si sentía un amor interior, privado, mucho más profundo que el que sentía por Paul, aunque seguía sin poder quitarme de la cabeza esas miradas furtivas de los dos amantes y verla gemir de placer mientras engendraban al monstruo que tanto ansiaba ver el fallecido Dennis, empiezo a entender eso del amor/odio.

 
   Tras unas palabras de agradecimiento al jorobado que empuñaba con fuerza su escopeta, este nos llevo al granero. Nos advirtió que tal vez nos encontraríamos con más criaturas con tres filas de dientes por el camino, nos dijo que corriéramos pero el grupo estaba demasiado destrozado como para correr, así que de nuevo nos tuvo que salvar de casi un ejército de monstruos que surgían del suelo mientras intentábamos correr para salvar el pellejo. Pero la mala suerte se cebó con Myers que murió a manos de un par de las malignas criaturas que saltaron sobre él y se lo estaban comiendo vivo, tan solo pude oír sus gritos mientras huía. El granero estaba lo bastante lejos de la mansión como para que las criaturas nos hubiesen podido matar mil veces, menos mal que Igor y su escopeta, que no dejaba de recargar de cartuchos una y otra vez estaban allí para guardar nuestras espaldas.
   
   Cuando llegamos al granero entramos corriendo y Igor cerró la puerta con un cerrojo que había fabricado el mismo y que estaba compuesto de un enorme tronco que bloqueaba la puerta de lado a lado. En el viejo granero había un vaca que mugía de terror cada dos por tres y un par de ovejas muertas tiradas en un rincón. Yo dejé a Sophie sobre un montón de paja, tumbada para que descansase, su barriga no tenía buena pinta, hacía tan solo una hora desde que la habían engendrado y ya estaba como si fuera a parir. Me temía lo peor para ella y eso me provocaba una punzada terrible en el corazón.
 
   Igor dejó la escopeta sobre una mesita y cogió un cuenco lleno de agua, se acercó a la puerta y tiró un poco alrededor de ella, luego lo dejó en su sitio y se sentó. Vicent, que habrá observado con atención toda la operación no pudo hacer más que preguntarle a Igor:
 

   - ¿Y eso?

   - Agua bendita- Respondió el jorobado llenando su pipa.

   - ¿De verdad cree que los va a detener?- Preguntó incrédulo Vincent

   - Lo he comprobado.- Dejó la pipa en la mesa y miró a Vincent- Los mata.

   Entonces Vincent sonrió y a Paul también se le escapó una risilla y preguntó:

   - ¿En serio quiere que nos creamos eso?

   - Me da igual lo que crean, yo solo sé que he bendecido el agua, he mojado levemente los cartuchos con ella y he matado a varias decenas de esos monstruos. Es lo único que sé.

   - Pero el agua solo la pueden bendecir los sacerdotes.- Sentenció Vincent.

   - Por mis venas corre sangra sagrada- Dijo Igor esperando preguntas, tras unos segundos y al ver que no llegaban, empezó a contar- No fui un hijo deseado. Mi madre era monja en un convento de clausura en Irlanda, sus padres la internaron porque era la puta del pueblo y la vergüenza pudo con mis abuelos hasta el punto de deshacerse de ella. Allí, entre rezo y rezo se ganó la fama de fulana que ofrecía su servicio a los sacerdotes e incluso a más de un monaguillo en la hora de la siesta- Hizo una pausa, terminó de llenar su pipa y la encendió- Y así nací yo. Así que ese poder divino de bendecir el agua, que para muchos es un cuento, para mí  es algo normal.

   Ninguno de los que estábamos allí podíamos creerlo, Igor era hijo de un sacerdote y bendijo los cartuchos que nos salvaron la vida. Increíble.

   Entonces, tras contarnos la historia de su nacimiento y su poder, el jorobado se giró hacia Sophie y sacó de un cajoncito una sierra.

   - Ahora hay que sacar a ese bicho de ahí dentro.
 
   Sophie, que no paraba de sudar y de llorar por el dolor que le provocaba lo amplio de su barriga se llevó las manos a la cabeza e intentó huir. Yo me interpuse en el camino de Igor, que ya estaba de pie y se dirigía a mi amada, Paul también hizo lo mismo y entre los dos detuvimos al jorobado que, antes de soltar el arma le cortó en un brazo al lobo.
 
   - No lo entienden- Dijo Igor mientras ambos lo sujetábamos y lo atábamos a una silla- Hay que sacarlo de ahí dentro, si ese monstruo nace estamos perdidos.

    - No vas a cortar ni a sacar nada de ningún sitio- Sentenció asustado Paul.

   Yo infectado en rabia golpeé al jorobado en la cara y este quedó inconsciente, lo terminamos de atar y luego acurruqué entre a mis brazos a Sophie prometiéndole que nadie le haría nada; el lobo miraba desde un rincón la escena, celoso y yo lo miraba a él, aún con cierto resentimiento.
   
   Vincent decidió que, con la puerta bendecida era imposible que los monstruos entraran a por Sophie y el resto de nosotros, al menos durante un tiempo, cuando el jorobado irlandés despertase le obligaríamos a bendecir la puerta y otra vez a dormir. Al menos hasta que llegase ayuda.
   
   Pasaron un par de horas en las que los zombis no dudaron en comerse los restos de las ovejas muertas del suelo y empezar a devorar a la vaca. El resto intentamos dormir. Paul vigilaba la puerta con la escopeta en la mano y yo, preocupado sofocaba el sufrimiento de Sophie con paños de agua fría en su frente. Cuando todos estábamos más tranquilos, en la quietud de la madrugada, justo antes de amanecer llamaron a la puerta.


Capítulo 11. El monstruo que nació de Sophie.

    Paul se levantó de golpe y apuntó a la puerta con la escopeta. Vincent se despertó y se sentó en la paja mirando fijamente a la puerta, los zombis dejaron de comerse a la vaca y, con la bocas llenas de sangre miraron a la puerta; y yo dejé descansar a Sophie y me levanté tan rápido como pude. Todos nos acercamos a la puerta y Paul preguntó:

    - ¿Quién anda ahí?

    Al otro lado de la puerta nadie contestó. Paul repitió la pregunta hasta tres veces más, entonces alguien contestó:

    - Soy yo, por favor abrid.

    Todos nos quedamos extrañados al oír esa voz familiar. Parecía el joven Hércules, el pupilo de doña Agatha. Miré por una pequeña rendija de la puerta y efectivamente era él. Miré a Paul y a Vincent, los tres desconfiábamos de la situación.

    - ¿Cómo podemos saber si eres tú?- Pregunté dubitativo.

    - Salid y comprobadlo.- Dijo Hércules.

    Justo cuando me dirigía abrir la puerta Vicent me detuvo cogiéndome del brazo.

    - ¿Y cómo has sobrevivido a los monstruos que hay ahí fuera si no tiene abrazos?- Preguntó el señor Price.

    Tras unos segundos de silencio Hércules respondió:

    - He llegado hasta aquí escondiéndome entre los arbusto y matorrales. No me han visto.

    Vincent aún me seguía cogiendo del brazo, dudando de la historia del joven. Entonces me solté y abrí la puerta, yo sí creía la historia.

    Allí, frente a nosotros estaba el amputado cuerpo de Hércules, nos miraba asustado.

   - Menos mal que habéis abierto- Dijo sonriente- Pensaba que iba a estar toda la noche dando vueltas.

   Cuando me decidí a salir a por él, con la mirada de desaprobación de Vincent clavada en la coronilla, a Hércules le salió de la boca un brazo, de la misma manera que antes cuando Dennis había terminado con el Conde y me cogió de la cabeza. Nos había engañado, de nuevo el astuto y criminal Dennis había vuelto en el cuerpo de Hércules. Luché tanto como pude para no ser asesinado por el enano, ahora convertido en un joven apuesto. Luché tanto como pude pero la presión que ejercía sobre mi cabeza era demasiado grande; justo antes de caer desmayado vi a Paul convertirse en lobo y saltar sobre Hércules para que me soltase.

    Cuando me desperté aún seguía la pelea, Paul lanzaba zarpazos a la cara de Hércules mientras este se defendía dándole puñetazos con el brazo que le salía de la boca. Me puse en pie y cogí a Hércules entre mis brazos, lo estrujé por sus hombros como si fuese un bocadillo y de su boca salió Dennis lleno de babas y sangre, con su asqueroso caminar saltó a un árbol y nos miró asustado, era la primera vez que lo veía así. El lobo y yo soltamos el cuerpo sin vida del joven Hércules y corrimos al árbol; desde allí Dennis nos miraba sin saber que hacer, como esperando que sus criaturas, que ya se acercaban y se contaban por centenares acabaran con nosotros. Al ver semejante ejército de monstruos volvimos al granero y dejamos fuera a Dennis que se arrastraba hacia nosotros como una serpiente.

    Al entrar allí dentro el espectáculo fue aún peor, Sophie había roto aguas y los zombis la miraban sin saber muy bien qué hacer. La abracé con fuerza y cogí su mano, Paul, aún con su forma de lobo le acarició la otra y por un momento, al mirarlo a los ojos supe que ambos la queríamos de la misma manera, el miedo en sus ojos me hizo comprender que no era solo una atracción sexual, era amor, tan virginal y puro como el que yo sentía por ella.

   Vincent atrancó la puerta pero no sirvió de nada. Dennis, que al entrar en contacto con el agua bendita que empapaba la puerta se prendió en llamas se arrastraba hacia Sophie. Los zombis se pusieron delante para proteger a mi amada, Dennis se encendió aún más lleno de ira y de un salto, entre llamas se metió dentro del cuerpo de Vincent que le disparaba cartuchos bendecidos intentando acabar con él. La pelea interior entre el señor Price y Dennis fue terrible, todos la pudimos ver, Dennis lanzaba puñetazos sacando un brazo por la boca de Vincent y este se los devolvía metiéndose la mano en la boca para sacarlo; así siguieron unos minutos hasta que Price alcanzó la escopeta, Dennis, al leer sus intenciones se la quiso arrebatar pero el hombre la agarraba como si le fuese la vida en ello, hasta tal punto que el mismo Dennis se dejó llevar sabiendo que iba a morir; Vincent se metió el cañón del arma en la boca y disparó, fue solo un disparo, un sonido seco que terminó con la vida de ambos. Vincent cayó muerto al suelo y Dennis salió de su boca, muerto también.

    Pero el terror aún continuaba, Sophie se había  puesto de parto, se abrió de piernas esperando que la criatura saliese; cada vez me agarraba la mano con más fuerza y yo le devolvía el apretón con cariño y serenidad, aunque estaba muerto de miedo. Paul nos miraba un poco celoso, se apartó para dejarnos vivir ese momento juntos y yo lo cogí de una pata para que lo viviera con nosotros, a fin de cuentas era su hijo, este era su momento.

    Lo que ocurrió a continuación fue lo más terrible que hemos vivido y que usted, querido lector tal vez haya leído en toda su vida. Mientras Sophie gritaba más y más, de su vagina que cada vez estaba más abierta, empezó a salir el dedo de un pie, un dedo tan gigante como yo mismo, luego salió otro y así hasta completar un pie, este ejercicio de dolor abrió en canal a mi amada desde su vagina hasta el cuello, provocándole la muerte. Entonces estallé en un ataque de ira que me asustó a mí mismo, le solté la mano muerta y, tanto el lobo, como los zombis, como yo salimos corriendo del granero mientras el monstruo seguía saliendo de Sophie.

    Una vez que salimos, vimos desde fuera como crecía el monstruo de Sophie, el pie de antes seguía creciendo y cuando quisimos ver hasta donde llegaba el tobillo, la vista se nos perdía más allá de las estrellas, fuera lo que fuese lo que estaba saliendo de mi amada iba a ser gigante.

    Afiné la vista y pude ver a Igor subido a uno de los dedos, intentando trepar por él tan lejos como pudiese. Le di un golpecito a Paul para que mirase y vimos como el jorobado seguía subiendo y tras él los miles de criaturas con tres filas de dientes que venían a por nosotros. No sabíamos porque pero entendimos que para salvarnos tal vez debíamos trepar ya que el monstruo no dejaba de crecer y al final nos acabaría aplastando.


Capítulo 12. El Nuevo Amanecer.

    Nos acercamos como pudimos a donde parecía que se podía trepar. Me agarré a una pequeña hendidura en la planta del pie del monstruo y comencé a subir, me cogía a rocas, a pequeños árboles que crecían cada segundo un metro más y así poco a poco trepé hasta encontrar la estabilidad de una uña, tan grande como una ciudad de millones de habitantes. Desde allí vi a todas las criaturas subir arrastrándose y a mis compañeros de viaje subir a duras penas, los zombis iban cayendo y siendo aplastados por el resto de criaturas que subían y el único que subía sin problemas era Paul, que ahora en su forma humana se agarraba con sus zarpas a las rocas y al suelo, que si bien era la piel de un monstruo, también era tierra firme donde posarse sin problemas. Miré hacia abajo de nuevo y vi que dé el granero aún seguían saliendo partes del monstruo, metros y kilómetros de enorme monstruo que salían de mi amada Sophie. Me di cuenta que el lobo también miraba hacia allí y no podía esconder una lagrimita al pensar en su amada, que era también la mía.

    Cuando el único zombi que quedaba y Paul llegaron hasta la uña en la que yo estaba intentamos pensar en alguna estrategia para llegar lo más alto posible.

    - No sabemos hasta dónde puede llegar.- Dijo el zombi.

    - Pero tampoco nos podemos quedar aquí- Repliqué yo.

   Paul, que no sabía muy bien que hacer nos miró, sacó las garras de nuevo, volvió a su forma animal y  siguió subiendo, pero antes se giró y nos dijo:

   - Aquí no arreglamos nada. Si el jorobado ha seguido subiendo tal vez allí estemos seguros.

   Le hicimos caso y golpeamos a una de las criaturas que se lanzó sobre nosotros. Seguimos subiendo y cuando aún no llevábamos ni cincuenta metros vimos a Igor caer despedazado desde las alturas, los tres temblamos de miedo pero seguimos subiendo.

  Pasaron tal vez horas, el sol ya empezaba a salir a la altura del tobillo del monstruo y entonces se paró de golpe. Miré al granero y vi, en la lejanía, que ya no salía nada más de Sophie, ya lo había parido por completo y la bestia que había salido de ella era tan grande como un planeta, quizá más. Todos nos paramos de golpe, las criaturas saltaban alegres y algunas bailaban; nosotros nos miramos y nos quedamos agarrados a la roca o rama en la que estábamos. 

   De pronto empezamos a caer, no nosotros, sino el monstruo, el suelo, hasta aquel momento nuestra pared, se empezaba hacer horizontal y si antes colgábamos hacia abajo ahora estábamos tirados en el suelo. Intuí que la criatura se había tumbado, aunque, por lo que descubrí más tarde en las sagradas escrituras de El Nuevo Amanecer y os citaré literalmente, ocurrió lo siguiente: "...fue en el Amanecer de El Nuevo Amanecer que la criatura Glarg (pues este era el nombre de la criatura) tras haber sido concebida y traída al mundo en todo su esplendor, que decidió convertir su lomo en el Nuevo Mundo y entendió que para ello debía acabar con el anterior mundo. Y así, sin pensarlo, como si de un mandamiento divino se tratase, Glarg, el glorioso se dejó caer y se encogió sobre sí mismo, encerrando en su interior al Viejo Mundo y aplastándolo entre sus brazos y piernas. El estallido provocó un gran terremoto y de él nacieron las ciudades, los mares, las montañas  y el resto de la flora de este nuestro Mundo. Así fue como la criatura Glarg terminó siendo nuestro suelo y fuente de nuestros alimentos.". Así ocurrió.

   El golpe contra el suelo y el posterior terremoto mató al último zombi que quedaba e hizo que Paul y yo cayésemos en una de las grietas que creó el seísmo. Pasaron horas, creo que tal vez días en los que el hombre lobo y yo no quisimos salir, nos alimentamos de las criaturas con tres filas de dientes muertas a nuestro alrededor y al amanecer del tercer día decidimos salir, armados con la escopeta y los cartuchos bendecidos. Asomamos la cabeza hasta fuera de la grieta y allí solo había un desierto, con arena roja y algún cactus, también rojo, no había nada más, ni agua ni nada más.

   El lobo y yo caminamos durante días que se convirtieron en semanas. La sed nos estaba matando, a Paul ya se le veían las costillas y en mi boca se acumulaba la arena del viento que soplaba. Fue durante la tercera semana cuando vimos una ciudad, con sus edificios, su asfalto y sus gentes. Tardamos medio día en distinguir que las gentes de esa ciudad eran las mismas criaturas de tres filas de dientes, ahora convertidas en hombres y mujeres trajeados que se comían entre ellos, animales carroñeros que se peleaban por un trozo de otro de sus semejantes muerto en el suelo. Las criaturas hembras solo se contoneaban a sus congéneres y fornicaban en mitad de la calle mientras otro se las iba comiendo. Parecía una sociedad condenada al desastre, daba miedo pensar en que este era el Nuevo Mundo y que allí es donde deberíamos vivir el lobo y yo el resto de nuestras vidas, al menos lo que durasen esas vidas.

   Cuando llegamos a la entrada de la ciudad, donde había un cartel en el que decía claramente: "ENTRADA PERIMITIDA SOLO A LOS HIJOS DE GLARG", el solo estaba subrayado hasta tres veces; el hombre lobo se detuvo, me dio la escopeta y me dijo:

    - Bueno, aquí se separan nuestros caminos.

    Me quedé extrañado, pensé durante unos segundos una frase para convencerle y que se quedara, pero solo pude decirle esto:

    - Tengo miedo.

     Paul me miró, me golpeó levemente en el hombro y sentenció:

    - Si nosotros, unos monstruos tenemos miedo, es porque hay que tener miedo.

   Tras decir esto el hombre se convirtió en lobo y se fue por una especie de ronda exterior que rodeaba la ciudad por fuera. Yo, en cambio decidí entrar por la gran avenida principal que se abría ante mí. Tenía miedo.

martes, 14 de mayo de 2013


Ilustración Carlos Rodón


Filmografía Selecta 



(1981) - 1977:Rescate en Nueva York - John Carpenter
(1982) - La Cosa - John Carpenter
(1986) - Golpe en la Pequeña China - John Carpenter
(1988) - Conexión Tequila - Robert Towne
(1989) - Tango & Cash - Andrey Konchalovskiy
(1991) - Llamaradas - Ron Howard
(1993) - Tombstone: La Leyenda de Wyatt  Earp - George P. Cosmatos
(1994) - Stargate: Puerta a las Estrellas - Ronald Emmerich
(1996) - 2013: Rescate en L.A. - John Carpenter
(1998) - Soldier - Paul W. S. Anderson
(2006) - Poseidón - Wolfgang Petersen
(2007) - Death Proof - Quentin Tarantino

El Zombie, ese Super-Héroe descarnado, Javier Sermanz

 Ilustración Carlos Rodón 


   -¡Quillo, sube más la tele!- gritó un parroquiano del bar el Pincho, en los suburbios de la megápolis de Santa Ana.
   Su aspecto desaliñado concordaba con la mugre que reinaba en el local; y como casi todos los clientes, se apalancaba en la barra durante horas, acumulando botellas de cerveza vacías y buscando a alguien con quien conversar, aunque fuera del tiempo.

   En una esquina de la barra, donde el parroquiano defendía su puesto con ferocidad, la televisión de plasma ofrecía las noticias. Hablaban no sé qué de unos macabros asesinatos. El dueño del establecimiento, sino más sucio que el suelo, parecido, subió el volumen con indiferencia, apurando otro trago de su Gin-tónic.
    -...les avisamos que las imágenes que van a presenciar a continuación podrían herir su sensibilidad- decía la presentadora, sin abandonar su tono modulado.
   En un recuadro de la pantalla se veía un sórdido callejón en el que aparecía un hombre corriendo asustado.
    -...las imágenes fueron grabadas por una cámara de seguridad, situada en la parte trasera de unos grandes almacenes del centro de Santa Ana. Se sospecha que es el mismo autor de los sanguinarios asesinatos acaecidos en los últimos meses. La Policía sigue sin tener pistas del asesino...

   La presentadora desapareció por completo cuando las imágenes del callejón tomaron la pantalla.

   El vídeo carecía de nitidez, solo se podía apreciar la figura de un hombre que corría desesperado hacia el final del callejón, donde un alto muro le impedía continuar. Era imposible discernir sus facciones, pero el modo en que se apretaba contra el muro, tratando a toda costa de trepar por él, sin resultado, indicaba su estado de ansiedad.

   A los pocos segundos surgió otra figura, recortándose contra el halo de luminiscencia que arrojaba una bombilla cercana. El primer hombre efectuaba aterrorizados gestos, alargando los brazos hacia el recién aparecido como si estuviera suplicando, y negando exageradamente en un estado de pánico total. El haz de luz reveló por unos terroríficos instantes un cuerpo renqueante que se desplazaba con dificultad, arrastrando las piernas pesadamente. La cabeza estaba inclinada en un ángulo innatural hacia el lado derecho, ofreciendo el vislumbre fugaz de un rostro grisáceo, descompuesto en la mejilla, con los dientes chorreando sangre, que manchaba su camiseta blanca bajo una chupa de cuero.

   El tenebroso agresor se precipitó con ansia voraz sobre la aterrada víctima, desoyendo sus peticiones de piedad. Le mordió en el cuello con la fiereza propia de una alimaña y le arrancó un enorme pedazo de carne. La sangre brotó a través de la herida como un surtidor mientras el desdichado profería angustiosos alaridos de dolor. El antropófago tumbó sobre el suelo enrojecido al moribundo y hundió sus manos como garras en el estómago del hombre, arrancando sus entrañas de golpe y llevándoselas a la boca. Masticaba restos del hígado con exacerbada pasión, se embutía los intestinos como si fueran longanizas, cubriendo su rostro descompuesto de sangre y vísceras.

   Cuando terminó el asaz banquete, que no había durado más de unos minutos, todo ello registrado por la cámara, empapó su mano de sangre y trazó una “Z” sobre el muro que había intentado escalar el infortunado. Después, como si de repente el alimento ingerido le hubiera renovado las energías, el asesino salió del campo de visión caminando de manera normal, sin arrastrar los pies, con la cabeza derecha. Aquí finalizó el vídeo

   -La Policía solicita la participación ciudadana para identificar al siniestro asesino que está conmocionando a la sociedad de Santa Ana. La víctima, Esteban Azuaga, era un reconocido maltratador que había salido impune tras la terrible muerte de su mujer, al producirse un error durante la detención. Fuentes policiales aseguran que este sanguinario justiciero ha decidido tomarse la ley por su mano para acabar con los delincuentes y criminales que eluden a la justicia. También se le atribuyen los asesinatos de González Bermejo, concejal de urbanismo implicado en la Trama Adelfa, del banquero Antonio Guzmán , responsable de las famosas Hipotecas Fáciles, que dejaron sin hogar a cientos de familias y del ex-tesorero del UDE, Don Francisco de la Peineta. Se ruega a...

   A partir de este punto el desaliñado parroquiano, acumulador de cervezas, dejó de escuchar la televisión. Su curiosidad malsana ya se había satisfecho.

   -¡Olé sus huevos!- exclamó por todo lo alto. Aquello se merecía otra cerveza-. ¡Quillo, ponme otra. Y sírvete otro Gin-tónic para ti!

   Al parroquiano no le gustaba beber solo; aunque no es que el camarero le fuera a hacer mucha compañía, en el bar había otros clientes que atender. Y, aunque no los hubiera, tampoco habría pasado de ese primer brindis. Prefería su sitio al final de la barra, donde la banqueta ya había tomado la forma de su trasero.

   El crudo vídeo había causado una tremenda impresión entre la clientela del bar. La gente comenzó a comentar en voz alta como se suele hacer en este tipo de establecimientos.

   -¡Ya era hora de que alguien hiciera algo en este país!- vociferó el parroquiano cervecero para nadie en particular.

   -¡Si es que se veía venir, con la justicia que tenemos...!- le contestó Fernando Halitosis desde su solitario puesto en el otro extremo de la barra.

   Nadie quería acercarse a él por su mal aliento. Fernando era especialista en aprovechar las rencillas conyugales para levantarle las mujeres a sus amigos y luego fingir desaprobación hacia ellos para disimular delante de su esposa. Además de su mal aliento, ése era el verdadero motivo de su aislamiento en el Pincho.

   -¡Pos a estos serdos les ha llegado su San Martín!- se sumó Benito el Andaluz. Estaba encantado con la noticia.

   ¡Ya tenía con quién hablar el parroquiano, y menudo tema!

   Al fin se había hecho justicia, pensaban la mayoría de los allí presentes. El hecho de haber presenciado tan sangrientas escenas no les había afectado en absoluto. El descontento y la indignación de la población española crecía día a día, viendo los abusos y los desmanes de algunos sectores de la sociedad sobre otros más desfavorecidos. La gente pedía sangre y no era de extrañar que a nadie le importara si a un criminal lo devoraban en un oscuro callejón con tal de que pagara su castigo.
  
   Se desconocía la identidad de aquel super-héroe caníbal que estaba ajusticiando a los delincuentes que eludían la Justicia de una manera u otra, ya fueran personas influyentes del ámbito de la política, mafiosos o empresarios destacados. En los últimos años, desde que comenzó la Crisis del 2007, el número de cadáveres devorados había aumentado considerablemente en las calles de Santa Ana, todos ellos absueltos de sus crímenes a fuerza de influencias o de dinero.

   Aquel individuo no dejaba huellas ni otras pruebas que pudieran identificarle. Los cuerpos aparecían en los lugares más insólitos, siempre acompañados de su sangrienta marca: la “Z”.

   La población española e internacional especulaba a cerca de él sin poder esclarecer nada, ni su origen, ni su nombre. Había personas que aseguraban haber visto a un extraño personaje que caminaba tambaleante, de aspecto demacrado y con los ojos hundidos. Sin embargo no se ponían de acuerdo con los detalles concernientes a su físico; para unos era alto y moreno; para otros delgado y con poco pelo; incluso los había que aseguraban que era un hombre rico y bien parecido, con donaire al caminar. En lo que sí coincidían todos era que, fuera quién fuera, había surgido en un momento propicio para restablecer el orden y la justicia en España, dando su merecido a los corruptos de toda especie. Sus sanguinarias hazañas le estaban dotando de gran popularidad entre la sociedad indignada del país, ya algunos comenzaban a llamarle El Zombie.

   -Yo creo que la “Z” esa es del Zorro- apuntó Fernando Halitosis
   -¡No digas chelipolleces!- le contradijo el parroquiano, más exaltado por la ingesta de cerveza que por el tema en sí-. ¿Es que no has visto que es un Zombie? Se ha zampado al quillo ese y tan pancho que se ha ido.

   -¿Cómo va ser un Sombie? ¿Desde cuándo los muertos vivientes van por ahí de superhéroes?- se preguntó Benito, rascándose las grasientas guedejas, que habría tenido que lavar hacía ya tres semanas. 

   El camarero aprovechó la coyuntura para cambiar de canal y poner un programa de esos que premian la vulgaridad y el mal gusto como una excelencia necesaria de la virtud humana.

   -¿Y por qué no? Puestos a comerse a la gente, me parece de puta madre que se coma a los desgraciados esos que siempre escapan a la justicia. ¡Ja, ja, ja, ja, pues se les acabó el chollo!- se encendió el cervecero.

   -Entonces, ¿Por qué no se ha comido ya al Undangaizoa ese? ¡Con toda la pasta que se ha llevado y el tío tiene la cara dura de decir que es inocente. No, si ya lo sabía yo que ése se casaba por la pasta! ¡Menudo braguetazo ha pegado el tío! Un poco de pantomima para tenernos contentos y ahora a disfrutar con nuestro sudor. Sí es que aquí todos se lo montan a lo grande menos los desgraciados como nosotros. Ya lo decía mi abuela, nos tendríamos que hacer políticos todos.

   -¿Qué dices? ¿Para que nos coma el Zombie? ¡Quita, quita! ¡A ver si va a resultar que va a tener más barriga él que ellos!-. A medida que avanzaba la conversación, más personas se metían en ella. Es un modo muy común de socializarse en los bares españoles, cosa que en otros países de Europa encuentran de lo más extraño.

   -Sí, pos haber que hase ahora er señó duque con el Sombie suelto por ahí. A ver qué cara se le ha puesto ar notas- continuó Benito, siempre tan animado.

   -Ya puede temblar, ya- comentó otro cliente solitario con aspecto de motorista: chupa y pantalones de cuero y peinado con un perfecto Duck-tail-. Lo que pasa es que todavía no ha salido la sentencia. Algo me dice que si sale de rositas, el Zombie actuará de nuevo.

   -¡Eso, y de paso que se coma los del UDE que ya les vale con tanto impuesto y tanta corrupción!- añadió el parroquiano.

   -¡Anda que se han privado de algo los muy sinvergüenzas!- se oyó por el fondo del bar.

   -¡Una invasión Zombie es lo que necesitamos en este país de sinvergüenzas!- dijo el Halitosis.

   -¡Pos anda que no tié pa comer el Sombi, se a jartar er pavo!- chilló Benito.

   El motorista, imperturbable, sin emoción alguna en el tono, ciertamente macilento, contestó a eso con una voz cascada:

   -Yo que tú no hablaría tan alto, no fuera que el Zombie te escuchara.

   El camarero, indiferente a las manifestaciones de sus clientes, a él lo que en verdad le gustaba era el Gran Hermano, si por él hubiera sido, se habría ido a vivir allí para toda la vida, lo que ocurría era que debía un riñón, un ojo y parte del otro al banco, subió de nuevo el volumen para escuchar un cotilleo de esos que, inexplicablemente, tenían más aceptación que las noticias culturales.

   -El torero López Contreras, el Cartaginés, ha sido declarado inocente de la acusación en el juicio por atropello mortal, después de que el juez declarara nulo el procedimiento y lo dejara en libertad sin cargos. El torero, haciendo gala de su generosidad ha bonificado a la familia del fallecido con la suma de seis mil Euros...

   En el bar el revuelo fue total, las cotas de indignación e impotencia alcanzaron el máximo de la tarde.

  -¡Joder! ¡No hay derecho, siempre igual!- grito uno.
  -¿Y ya está? ¿Eso es lo que vale la vida del pobre hombre, seis mil cochinos Euros cuando el tío está forrado de millones?
  -¡Sí es que la justicia de este país no tiene precio! A los famosos se les perdona y a los probes que nos den!

  -¡A éste se lo tendría que comer el Zombie!

  -¡Ya te digo!

   El motorista se levantó en medio del jaleo, pagó la bebida que no se había tomado y salió por la puerta renqueando un tanto. Nadie se había dado cuenta de que cuando entró caminaba perfectamente.

   El diestro López Contreras salió a eso de las tres de la madrugada del bar de copas Dominguín, lugar que gustaba frecuentar y donde encontraba consuelo a sus penas. Andaba tambaleándose, manteniendo el equilibrio a duras penas, gracias a los cubatas que se había tomado de más. En otros tiempos había exhibido un porte gallardo y distinguido, con el aire intrépido del que ha enfrentado a la muerte en numerosas ocasiones y había logrado burlarla. Pero ahora solo quedaba un remedo de su apostura, que empapaba en alcohol todas las noches para olvidar. Su aspecto era más bien demacrado donde había lucido buen color, el pelo se le había teñido de blanco y solo conservaba la negrura en sus espesas cejas.

   -Buenas noches, Maestro- le saludó un admirador, o eso creyó él, desde las sombras.

   El desconocido estaba apoyado en una chopper de chasis rígido, pintada de negro mate, con las llantas rojas y las gomas con banda blanca. Cuando el torero pasó por su lado mostrando su total indiferencia, el motorista salió a su encuentro.

  -¡Joder, otro pesado!- se lamentó contrariado López Contreras.

   Al principio había buscado la fama, pero luego de hallarla, había llegado a odiar a todos sus fans. Estaba harto de empujones y muestras de admiración desenfrenada para conseguir su autógrafo.

   El extraño se acercaba a él dando tumbos, con la cara de color mortecino y los ojos enrojecidos. El cuero negro enfundaba su cuerpo encorvado, fundiéndolo con la penumbra. De vez en cuando los remaches metálicos de la chupa lanzaban tenues destellos.

   -Éste va peor que yo- se dijo el torero con una sonrisa desdeñosa, a punto de subir a su coche. Mientras buscaba con afán las llaves en su bolsillo, el motorista ganó la distancia que los separaba.

   -¿Se encuentra ya mejor de su accidente, Maestro?- le preguntó con voz gutural, emitiendo un raro gorgoteo como si le costara articular palabra-. Enhorabuena por su declaración de inocencia, permítame que le ayude.

   -¡Quita, desgraciado, no me toques!- rezongó López Contreras, realizando un gesto brusco y maleducado hacia su eventual benefactor.

   Ya había abierto la puerta del coche y se metía a él con toda la velocidad que su tremenda borrachera le permitía. Antes de que pudiera cerrar la puerta el motorista se abalanzó sobre él y le asestó un golpe en la sien que le dejó inconsciente en el acto.

   Cuando recobró el conocimiento se encontraba desorientado, maniatado desnudo sobre una silla, en medio del pequeño ruedo privado de alguna finca particular. Le habían amordazado para evitar sus gritos. Dos focos iluminaban la arena desde arriba, a ambos lados de la plaza. Unos altavoces dejaban sonar una canción de Julio Iglesias.

   Enfrente suyo el motorista le contemplaba con desapasionada atención, sin emitir palabra, solo unos gruñidos más guturales de los que había escuchado en el Parking del Dominguín. Su aspecto había cambiado desfavorablemente, la piel se había tornado de un gris plomizo; los ojos se habían enterrado en sus cuencas; la boca comenzaba a emitir un hedor insoportable al iniciarse en su interior el estado de putrefacción. Pronto la piel se degradaría y se desprendería de los huesos.

   Así, mudo, como muerto, permaneció más de tres horas, ajeno al forcejeo del torero, que en vano trataba de liberarse de las fuertes ataduras, y a sus miradas cargadas de odio. Aquella espera tenía una finalidad, no era para torturarle, ni para amedrentarle o conseguir su docilidad, no; era para que sus super-poderes de Zombie se pusieran en acción, para que la voracidad se adueñara de su cuerpo y de su mente y le convirtiera en una fiera rabiosa que se abatiría sobre el malhechor para devorarlo en un acto de justicia.

   Al cabo le quitó la mordaza.

   -¿Quién eres?- le preguntó con soberbia el Cartaginés. Él no se acobardaba por nada después de haber lidiado con toros de media tonelada.

  -El Zombie- le contestó escuetamente.

   -¿Vas a matarme?

   -Sí.

   -Al menos podrías dejar de torturarme de una puta vez con esa dichosa música.

   -Tranquilo, aún te quedan cinco Lps más.

   -¿Quién te envía? ¿La familia de Parra? Te pagaré el doble, el triple, tengo mucho dinero; es tuyo si me sueltas. -No me interesa tu dinero.

   -Entonces, ¿para quién trabajas? ¿Eres el justiciero ése que está matando a los políticos y banqueros?

   -Me envía la indignación popular, la impotencia de los desamparados, la frustración de los oprimidos. Vas a pagar por tu crimen, aquí nada te va a salvar.

   -¡Menuda gilipollez! ¡No fue culpa mía! ¿Qué vas a hacer conmigo?

 -Te voy a dar una oportunidad para que demuestres tu bravura, voy a lidiarte igual que tú lidias tus toros. En todo momento su voz sonaba rasposa, perdía intensidad.

   -¡Soy inocente, el juez ha declarado nulo el juicio! ¡Te juro que yo no bebí ni una gota de alcohol!

   -Ya, claro, solo te mojaste los labios con champán, igual que hoy, ¿no? El otro tuvo la culpa de toparse contigo, ¿eh? Se olvido que la carretera era tuya.

  -No puedes matarme, soy un héroe nacional; la gente me quiere, me admira, admira mi arte. He hecho yo más por este país que nadie. Alguien como yo nunca irá a la cárcel, la gente no lo permitiría. O es que no has visto como me han aclamado todos al salir de los juzgados. ¿Te atreverás a privar a España de una de sus glorias?

   -Eso es un sofisma sin sentido que no te va a ayudar. El Zombie renqueó hasta una mesa donde había depositado dos banderillas y dos cuchillos de carnicero. Cada vez se movía con más dificultad, ya casi había perdido la facultad del habla y la piel se le empezaba a cuartear, por cuyas grietas brotaba una especie de líquido viscoso color café.

  -Vamos a jugar al torero y el toro- bisbiseó con la lengua hinchada. Las encías también rezumaban pus y excrecencias fétidas. El ansia devoradora se apoderaba de él y el rictus despiadado se instalaba en su rostro en descomposición. Tiró a sus pies los dos cuchillos curvos mientras lo desataba-. ¡Pero en igualdad de condiciones!

   Y le hincó las dos banderillas en la espada con total maestría, igual que hubiera hecho el torero. Los rejones mordieron la carne y se incrustaron en partes no vitales para que pudiera lidiar. La sangre tiñó su espalda desnuda y chorreó por las piernas. El intenso dolor obligó al diestro a postrase delante de su verdugo. Toda su altanería, toda su bravura, su orgullo, se desvanecieron ante la figura tambaleante que se cernía sobre López Contreras, el Cartaginés, con las fauces chasqueando y los ojos cianóticos encendidos por la cólera.

   El torero, convertido en torito, sacó pecho y se irguió a la desesperada. Sus reflejos, curtidos después de mil lidias en la plaza, se pusieron en funcionamiento al instante y desvió con un hábil giro de cintura al Zombie, hundiéndole uno de los cuchillos curvos como cuernos en el estómago. Ejecutando una Verónica sin capote le hundió el otro en la espalda, a la altura de los riñones.

   Para su sorpresa, El Zombie recibió ambas cornadas con indolencia. No podía experimentar dolor porque era un muerto viviente; llevaba muerto más de setenta años, desde que el doctor Mengele le convirtiera en lo que era. El Zombie había muerto multitud de veces desde que el experimento fallido le otorgó ese estado, había sido multitud de personas, adoptado numerosas identidades, aunque recordaba vagamente que un día fue Amancio Jiménez, soldado republicano que luchó contra el General Franco y fue deportado a Auswitch para contribuir a los degenerados intentos de los nazis de engendrar el soldado perfecto, invencible.

    Y de alguna forma, nunca hubieran sospechado el terrible resultado, lo habían conseguido. El cuerpo del Zombie no se podía matar porque ya estaba muerto. Pero necesitaba alimentarse con regularidad para no ser pasto de la putrefacción. Por esa razón, desde que volvió a su nuevo estado en aquella fosa común atestada de judios, había devorado y devorado cuerpos sin descanso. Y no siempre habían sido los de los culpables.

   Con un gruñido aterrador El Zombie se abatió sobre López Contreras y le arrancó la oreja derecha de un mordisco. A continuación le arrancó la oreja izquierda y después las masticó con horrendos ruidos. El torero emitió un alarido que se mezcló con la voz de Julio Iglesias que resonaba en la plaza. Aún tuvo tiempo el diestro de asestar dos puñaladas más, abriendo en canal todo el abdomen de su atacante, cuyas vísceras se desparramaron por los pantalones de cuero como grotescas cadenas.

   El Zombie se miró unos instantes con indiferencia y continuó su ataque, bloqueando los lances del torero, que ya comenzaban a acusar la pérdida de energías, derramadas junto con su sangre. En el frenético forcejeo ambos cayeron sobre la arena. El Zombie alargó sus brazos, rígidos como palos, hacia el cuello del lidiador y lo inmovilizó, tirándose a su cuello con impulso rabioso. Sus dientes le desgarraron la carótida, se hundieron en la carne ensangrentada, mordieron más y más, entre los desquiciados gritos de su víctima, dando enajenadas dentellas y desgarrando con sus uñas ennegrecidas su vientre.

   López Contreras, el Cartaginés, encontró su infausto final en el paroxismo de la agonía, contemplando horrorizado cómo El Zombie se nutría con sus vísceras, clamando al cielo su triunfo, como si se hubiera quitado la montera y la ofreciera a la multitud imaginaria de la plaza. Se había hecho justicia, aunque no divina, pero eso a la gente le importaría un bledo; otro criminal que se creía impune había conocido los efectos de su presunción a manos de El Zombie.

   Antes de abandonar la plaza, montado en su chopper de chasis rígido, trazó una “Z” en la arena junto a la carnicería y decoró su cuelgamonos con la cabeza del torero que se había llevado de trofeo. Días más tarde alguien encontraría una nota que rezaba así: “Un nuevo super-héroe ha llegado a las calles de Santa Ana para limpiar la inmundicia de la sociedad. Corruptos, pedófilos, especuladores, banqueros: ¡temblad! Pensadlo bien antes de cometer vuestros crímenes; puede que os libréis hoy, pero os encontraré mañana”.

   El Zombie.