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jueves, 20 de junio de 2013

Código: Génesis X · Capítulo 4 por Maialen Alonso




Capítulo 4 
Un inesperado encuentro
 

La situación de la ciudad estaba lejos de lo que llegó a imaginar. Shana dio vueltas sobre su propio eje mirando todo a su alrededor. Si bien era cierto que nunca había estado allí, había visto la televisión y el periódico, y desde luego no era lo que había grabado en su
memoria. La vegetación se había tragado absolutamente todo convirtiendo el lugar en unaselva. Parecía no haber ningún tipo de animal, lo cual agradeció terriblemente, el solo hecho de imaginar que algún depredador apareciese frente a ella la aterrorizó.
—No sé qué hacer… —murmuró sentándose para descansar— No hay nadie. ¿Qué
pasó, papá? Tengo miedo… —suspiró y miró sus pies desnudos y el pijama que seguía
vistiendo— No puedo cambiarme, toda la ropa que hay está casi deshecha.
No estaba segura de qué hacer, no había nadie... y pensar que podría ser la única humana en la tierra le quitaba todo el aire de los pulmones, hasta tal punto que quería llorar, y ella nunca lloraba.
Un fuerte pitido resonaba por toda la estancia molestando los oídos de los presentes.
En el centro había una extraña silla de color verde metalizado, estaba perfectamente posicionada frente a un cristal de enormes proporciones y en ella había un hombre sentado que miraba con pose imponente el cristal, el cual había dejado de mostrar el brillante exterior haciendo aparecer una imagen que le hizo fruncir el ceño.
—¿Qué hacemos capitán? —preguntó alguien sentado frente a él, a unos metros de
distancia— La señal parece clara, dudo que sean interferencias.
—Está prohíbo aterrizar, Morrik —habló pausadamente mientras se pasaba una mano por el mentón afilado.
—No creo que eso sea un problema —la puerta se abrió a su espalda con un sonido seco—, teniendo en cuenta que ya hemos bajado más de una vez.
—Sí, pero últimamente las naves del Emperador están rondando por este sector… — dejó escapar un largo suspiro y se levantó— si nos detectan tendremos problemas.
—Por supuesto, se mueren por ponerte la mano encima —el hombre que acababa de
entrar caminó y se posicionó junto al capitán—. Eres un chico malo, Luzbel.
Dejó escapar una risa ronca mientras se acercaba al que estaba sentado, puso una mano sobre su hombro y observó la señal con mayor detenimiento.
—No sé quién estará rondando por ese planeta muerto y prohibido —habló tras unos segundos en silencio—, pero me lo vais a traer aquí. Manda a Tak´ul, déjale claro que sea lo que sea, lo quiero de una pieza.
—¡Sí, capitán!
Shana comenzaba a tener hambre, pero no había absolutamente nada que llevarse a la boca, incluso dudaba de poder beber agua, porque se encontró un enorme lago en medio de la ciudad, en la zona más baja. Los edificios salían de él, algunos medio derrumbados, otros a punto de hacerlo. El agua era tan cristalina que desde la pendiente en la que se
encontraba podía ver todo lo que había sumergido en las profundidades, pero ningún pez, allí no había nada más vivo aparte de ella y las plantas.
—Si supiera cuales se pueden comer… —se dijo a sí misma mirando varios matorrales que no conocía— Mañana intentaré buscar algún libro que hable sobre ello, por ahora, será mejor que busque un sitio en el que descansar.
Miró la cama que había en la tienda de muebles, el pesó de esta había destrozado las patas así que no le preocupó que pudiera ceder con ella encima. Con las manos palpó la superficie, no estaba en buenas condiciones, pero era lo mejor que había encontrado.
—Es más cómodo de lo que había pensado —admitió cuando ya estaba sobre la cama con las piernas estiradas y observando el exterior de la calle.
En aquel momento, sus ánimos bajaron tanto como la temperatura, comenzaba a temer tanto… Deseaba saber lo que había ocurrido, y esperaba y rezaba porque sus padres no hubieran sufrido una muerte cruel. Hundió la cara en sus propias rodillas, se daba cuenta de pronto de que estaban muertos, ellos, que habían formado todo su mundo ya no estaban, pero para animarse un poco a sí misma se dijo que al menos, al ser su mundo tan
sumamente reducido, no estaba sufriendo la pérdida de amigos u otros seres queridos…
—Creo que pensar así es más triste todavía… —se dio cuenta repentinamente— No he tenido ni un amigo en mi vida, es la primera vez que paseo por la ciudad, y resulta que ya no queda nada. Nunca podré ir al cine o a un bar… tampoco tendré una triste cita con un
chico. Aunque si soy sincera, tampoco pensé nunca que lo fuese a hacer. ¡Ni siquiera sé lo que siento o debería de sentir! —golpeó con suavidad el colchón, estaba frustrada— ¿Que si tengo miedo? ¡Por dios que sí! Me tiembla todo.
Decidió callarse, porque aunque no había nadie más allí, se sentía estúpida hablando sola. Lo mejor en aquel momento era tragarse todos los malos sentimientos, no podía hacer nada, no podía revivir a todas aquellas personas que había visto tiradas por la calle “o lo que quedaba de ellas”, porque no eran más que esqueletos.
Dejó escapar un suspiro mientras miraba la calle, el sol comenzaba a dejar extraños tonos anaranjados, nunca había visto un color como aquel, y ella siempre observaba el
anochecer desde la gigantesca ventana de su habitación. Aunque siniestro, resultaba hermoso, se sentía hipnotizada, por un segundo todo lo malo se desvaneció, pero pegó un brinco en la cama que crujió bajo su trasero peligrosamente cuando escuchó un estruendo
enorme.
—¿Alguien? —alcanzó a decir levantándose y cogiendo la mochila— ¡Hay alguien!
Sin pensar si quiera en lo que estaba haciendo, salió por el hueco en el que una vez hubo un cristal y comenzó a caminar rápido y con cierta desesperación hacia la dirección
desde la que estaba segura provenía el sonido. Sus ojos verdes se entrecerraban por la potencia inusual de la luz del crepúsculo. En un primer momento creyó que se debía a que
había estado toda la vida en casa, pero lo descartó, porque ella siempre se sentaba frente a la ventana para disfrutar del astro. Se paró en secó y usando una mano para crear una
pequeña sombra sobre su cara, vio que el sol estaba mucho más cerca de lo que debería.
—No soy una experta —comenzó a pensar en miles de documentales—, pero esto no debería de ser así… de estar tan cerca del sol, me tendría que quemar, y hace frío.
Se encontraba en una pequeña cuesta, la parte redondeada de arriba comenzó a cambiar. Por culpa del sol no podía ver bien, pero la sombra se movía y comenzaba a dibujar una ancha y extraña silueta.
—¡El ruido de antes! —no pudo evitar alzar su voz emocionada.
El sol casi se había ido, solo unos segundos más y podría verles con claridad, porque había diferentes alturas y ya comenzaba a poder diferenciar a tres personas caminando. Se
quedaron de pies allí arriba, sospechó que observándola del mismo modo en el que ella les escrutaba. Cerró los ojos tan solo un segundo para descansar, pues le picaban de manera incómoda por no haber parpadeado, cuando enfocó con la mirada, ellos ya estaban bajando y podía verles con claridad, no tenían nada de humano.
—¿Qué diablos…?
Dio un pasó atrás mientras todo su cuerpo comenzaba a endurecerse, parecían humanos, porque tenían dos piernas y dos brazos, o eso pensó hasta que vio a uno de los individuos, de quien sobresalía un par extra de extremidades desde ambos costados. Capaz
ya de diferenciar incluso los tonos de sus cuerpos, vio que la mujer tenía un color ceniza, la del ser enorme era verdosa, y la del que tenía cuatro brazos parecía casi de color rojo.
—¿Mu… mutantes? —fue lo único que pudo pensar, porque no había más explicación para ella.
Apretó tanto los dientes que sintió una punzada de dolor. Por suerte, su cuerpo actuó por propia voluntad, se giró y comenzó a correr por primera vez en su vida sin pensar en los riesgos que aquel simple acto podrían conllevar para su cuerpo. Pero lo que acababa de ver no podía ser real, ¿tal vez algún desastre nuclear? Porque sin duda, eran mutantes, no
tenían nada de humano.
—¿Qué diablos hace? —preguntó una voz siseante— ¿Huye de nosotros?
—Con tu cara no me extraña —la mujer le miró de soslayo dibujando una sonrisa de burla—. Sea como sea, el capitán ha ordenado llevar al signo de vida, si huye… cazémosla
—acabó preparándose para correr tras ella, pero una mano del tamaño de su cabeza la agarró— ¿Qué mierda te pasa Tak´ul?
—Yo diría que ese gruñido… intenta decirte que no te pases, las órdenes son claras — entornó los ojos pensando en si había acertado, el hombre verde asintió— ¡Cada día soy mejor tío!
—Maldito estúpido —puso una mueca de asco mientras le miraba—, cállate y vamos antes de que perdamos su rastro.
Los tres corrieron calle abajo, en la misma dirección en la que Shana había huido despavorida. Eran rápidos y ligeros, incluso el más grande, que era capaz de apartar los
viejos coches de un golpe, cosa que no parecía resultar un gran esfuerzo para él. En apenas un minuto la vieron apoyando las manos sobre las rodillas e intentando respirar.
Estaba desesperada, tal vez por realizar su primer esfuerzo físico, no estaba segura, pero no podía respirar bien, sentía que se le cerraban los pulmones y resultaba frustrante a la par que doloroso. Les veía ir hacia ella casi a cámara lenta y supo que no podría correr
más, necesitaba pensar en algo cuanto antes. Entonces, en el viejo edificio de color blanco que había frente a ella, vio un pequeño agujero por el que entraría su cuerpo, no se lo pensó, no había tiempo, estaban tan cerca que casi podría tocarles.
—¡Ah! —dejó escapar un grito cuando una fuerte presión se aferró a su tobillo derecho.
Intentaba patalear y luchar por soltarse, maldijo a su propio pie por ser tan lento, sentía como aquella mano tiraba tan fuerte que le arrancaría la pierna entera, y mientras,
clavaba las uñas en el metal de las cuatro pequeñas paredes que la rodeaban creando un horrible e incómodo chirrido.
—¡Joder, sácala ya, me va a provocar dolor de cabeza! —gritó la mujer, pero las palabras que llegaron a los oídos de Shana eran inentendibles— ¡Sácala ya Jowak o la trocearé! —avisó furiosa.
—No sabemos lo que soporta, si tiro más podría partirla, no quiero que el jefe me miré de esa manera —remarcó quejándose y haciendo un poco más de fuerza, pero Shana gritó de dolor y aflojó al momento—. ¿Ves?
Comenzaba a sentir unos horribles pinchazos, no solo en la pierna, también en el corazón, y aquello la alertó, porque cuando eso le pasaba, no acababa nada bien.
La mano con la que se había aferrado a una vieja tubería de cobre comenzaba a aflojarse, no podía seguir luchando contra aquello, el esfuerzo la estaba matando, al final no pudo más y cedió dejándose arrastrar fuera y viendo la cara de aquel ser a tan solo unos
centímetros de la suya, parecía un lagarto rojo o algo por el estilo, con cuatro brazos y el pelo de un llamativo color naranja parecía sacado de una película.
—¡Hey! —habló, pero ella no entendía.
No podía controlar su respiración, y cuando pasaba a mirar de un individuo a otro, su estado empeoraba. Los músculos de todo su cuerpo estaban dolorosamente tensos y los nervios que sentía la hicieron colapsar.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó la mujer con sorna al verla desfallecer— Da igual, cógela y volvamos, llevamos demasiado tiempo aquí y nos pueden detectar.
El gigante verde llamado Tak´ul se agachó y agarró a Shana con ambos brazos, parecía mucho más pequeña de lo que era, y es que con el tamaño que tenía él, cualquiera podría parecer un niño.
Los tres comenzaron a caminar a paso cada vez más acelerado intentando llegar cuanto antes hasta el punto en el que habían quedado. Cuando llegaron, la mujer sacó un pequeño aparato gris y accionó un botón, en apenas un segundo una luz de ponente color blanco les rodeó a los tres haciéndoles desaparecer.

martes, 4 de junio de 2013

Amor Artificial, Francisco José Palacios Gómez

Ilustración, Carlos Rodón


          El aroma del pollo asado invade mis fosas nasales. La saliva impregna mi lengua con su viscosidad. Cojo el cuchillo y el tenedor y ataco al animal inerte tendido sobre la bandeja. La carne tierna cede bajo la presión de la hoja afilada. Me aparto un muslo en mi plato y vierto un poco de salsa sobre él.
            Llevo el tenedor a mi boca y mis papilas gustativas despiertan en una orgía de sabores.
           Elevo la vista y la veo expectante, a la espera de mi reacción.
            “Está delicioso”, afirmo con los mofletes hinchados por el alimento. Ella sonríe.

¡Bip!
            ¡Bip bip!

            Otra vez el pitido insidioso.
           
            “System On
            Checking
            …
            All Ok
            6.30 hours IE (In Earth)”

            Las palabras doradas se desdibujan de mis retinas.
            Tras un breve lapso de oscuridad, una pared límpida aparece frente a mí.
            Se halla iluminada por la luz plateada de las lámparas empotradas en el techo. Algunas parpadean. Tengo que repararlas.
            Salgo de mi cubículo.
            Estiro las extremidades superiores y observo el movimiento de mis dedos. Si alguien pudiera verme aseguraría que realizo ejercicios de estiramiento muscular tras muchas horas de inactividad. Nada más lejos de la realidad. Es pura rutina de control. Si algo falla en mi organismo, la prioridad es la auto reparación antes de iniciar mis tareas.
            Flexiono las rodillas. Una de ellas emite un leve crujido.

            Enfilo el pasillo, de un blanco inmaculado, hacia el taller de mecánica.
            Mis pasos resuenan en el vacío absoluto: el eco recorre galerías solitarias, salas desiertas… domina mi pequeño e inerte mundo.
            La puerta de la sala se eleva al detectar mi presencia. Encuentro en su interior una mesa de trabajo situada en el centro y varias máquinas equilibradoras, reparadoras, y de corte, entre otras muchas, que se alinean a lo largo de las paredes.
            Cojo una caja de herramientas, tomo asiento en un banco y aflojo la rodilla que chasquea. La separo de mi organismo, provocando una llamada de atención de mi programación: me alerta de la imposibilidad de deambular con normalidad en ese estado. Echo un vistazo a la pieza. Una sensación de alivio recorre mi cuerpo artificial cuando compruebo que solo está un poco reseca. De haberse partido, tendría que sustituirla por otra, y no es que me sobren materiales precisamente. Le unto un poco de líquido engrasador y la ajusto de nuevo en su lugar. Flexiono la pierna. Ya no suena.

            Con la caja de herramientas en una mano, regreso al pasillo cuyas luces parpadean. Elevo mis piernas hasta alcanzar la altura adecuada. En un rato, los focos vuelven a despedir una luz fija.
            Luego atravieso toda la nave hasta llegar a la cabina de mando, en la parte superior del vehículo.
            Los ordenadores parecen funcionar correctamente.
            Reviso las pantallas holográficas, las consolas y los mandos. Luego me conecto al cerebro de la nave.
            —Buenos días.
            —No hace falta que saludes, HIM. No eres humano —replica IA, la inteligencia artificial de la nave.
            En los últimos años hemos adquirido la costumbre de empezar todas las jornadas con el mismo ritual. Yo saludo como solían hacerlo los tripulantes y ella me responde de la misma manera, rotunda. A ella no le importa que ignore su comentario y reincida día tras día, y a mí no me importa que me repita una y otra vez la misma obviedad. Ser obtuso era un rasgo típico en los humanos y cada vez es más típico en nosotros.
            ¿Existirá alguna razón para ello?
            —¿Novedades?
            IA guarda silencio unos segundos. Luego responde.
            —Ninguna. Solo vacío.
            —De acuerdo.
            Otra conversación rutinaria más.
            Chequeo la nave.
            Detecto un pequeño fallo en el motor izquierdo: parece que su impulso ha disminuido levemente.
            —¿Hay algo más que no me hayas dicho? —recrimino a IA.
            —No.
            Dos mentiras en pocos segundos: sí que había una novedad, pues tenemos un motor aparentemente averiado.
            Sigo revisando todos los sistemas. La máquina que mantiene a la humana me indica que está inquieta. Debo ir a verla.
            Mientras me dirijo a la parte sur de la nave, me pregunto por qué mentiría IA. No está programada para hacerlo pero supongo que, como yo, evoluciona y aprende. Si miente es por alguna razón que no quiere revelarme. Camino y deduzco.
           
            Cierro la última compuerta tras de mí y me ajusto los arneses. Luego abro el portón exterior. Mis sistemas me informan del cambio de presión y temperatura. Me obligan a ser más cauto en mis acciones. No puedo controlar ese sistema interno de seguridad. Se pone en marcha automáticamente. Siempre me pregunto si el dolor humano tiene la misma finalidad de alerta que los códigos que me exigen precaución para no dañar mi estructura física ante esos escenarios tan extremos.
            Me desplazo hasta el límite de la abertura y me dejo arrastrar por el vacío. La oscuridad es total a mi alrededor, por lo que enciendo una de las lámparas integradas en mi carcasa e ilumino la superficie sobre la que voy a trabajar. Gracias a mis impulsores llego hasta el motor.
            Tiempo después he desarmado, arreglado y armado de nuevo la parte averiada.
            El impulso se estabiliza. Doy por concluida la reparación.

            Una serie de códigos informáticos se ponen en marcha y me indican que necesito ir a verla. Esos códigos no existían cuando empecé a funcionar, hace ya tantos años, pero han ido tomando forma a medida que iba analizándola durante mis ratos de ocio.
            En el nivel inferior de la nave tenemos una bodega de carga. Junto a ella se sitúa una sala repleta de contenedores de hibernación. Allí se encuentra la humana.
            Camino ante los sarcófagos que contienen los restos humanos: varios hombres, mujeres y niños. Los niveles reflejados en sus pantallas no ofrecen muestra alguna de señales vitales. Todos están muertos. Todos menos ella.

            Cuando se produjo la gran avería y la disminución drástica de oxígeno en la nave, fue pura casualidad que me encontrase trabajando cerca de esa humana.
            Mis prioridades son proteger a los tripulantes y reparar las averías de nuestro transporte. Es lo que ordena mi programación. Recuerdo que la cogí en brazos y fui todo lo deprisa que pude hasta la sala de supervivencia. No respiraba cuando la introduje en el cubículo y conecté la máquina. Entonces sí lo hizo. Sus pulmones se llenaron con la vida que le insufló el sarcófago.
            Regresé a por los demás. Poco a poco recuperé y trasladé los cuerpos inertes hasta las cajas de hibernación.
            Algunos empezaron a respirar cuando conecté la maquinaria. Para otros fue demasiado tarde. Entre los afortunados estaba ella. Sin embargo los supervivientes fueron sucumbiendo uno tras otro. No lograron superar la falta prolongada de oxígeno. Todos menos ella.

            A partir de entonces mi obsesión fue evitar su muerte.
Regulaba diariamente el funcionamiento de la cápsula que la mantenía con vida. Estudié a fondo su anatomía, su organismo, los efectos del accidente, las zonas de su cerebro dañadas… y la manera de repararlas.
            He pasado todos estos años investigando en el laboratorio con el objeto de hallar una cura que la salve. Hasta hoy no he tenido éxito.
            De alguna manera, por alguna razón que se escapa a mi comprensión artificial, llegué a obsesionarme con la superviviente. Ya no me limitaba a estudiarla con la curiosidad con la que se examina un simple organismo vivo distinto a nosotros. Su cabello, sus labios, las curvas de su cuerpo. Me deleitaba repasando su perfil con mis ojos. Ya no deseaba curarla: necesitaba curarla. Quería que volviera a moverse, que me hablara… que me tocara.
           
            A pesar de la obsesión surgida con el tiempo, mi momento del día favorito era el período de desconexión al que tenía derecho después de cumplir todas mis tareas. Llegada la hora, regresaba a mi cubículo y dejaba de funcionar.
            Entonces empezaba de nuevo.

            ¿Es frío lo que siente mi cuerpo? Abro los ojos. Todo se deforma ante mí. Estoy flotando. Agito los pies y saco la cabeza de un medio acuoso.
            Oigo gente hablar y niños que ríen.
            Limpio el agua de mis ojos y miro en derredor. Estoy en una piscina. El sol calienta mi piel. Algunas personas de edades dispares disfrutan tumbados en los límites de la piscina o chapotean dentro de ella. Algo agarra mi pierna y me hunde. Cuando logro salir a flote la veo frente a mí. Ríe con el pelo apelmazado, húmedo. Me abraza.

¡Bip!
            ¡Bip bip!

            Otra vez el pitido insidioso.
           
            “System On
            Checking
            …
            All Ok
            6.30 hours IE (In Earth)”
           
            Abro los ojos.

IA se comporta de manera extraña. Me ha vuelto a mentir. Algunos mecanismos de la nave no funcionan como debieran. No obstante, no solo no me informa de ello para que proceda a repararlos sino que, además, reitera día tras día que todo está correcto.
           
            Mi rutina es idéntica a la de la jornada anterior, y a la de la anterior, y a la de la anterior…

            Llega mi momento favorito. Los humanos que habitaron esta nave soñaban y sus sueños flotan confinados en la nave. Rebotan en las paredes y recorren pasillos y salas. Se entrelazan con el eco de mis pasos. Al caer la noche, los atrapo y los revivo. Soy parte de ellos. Soy parte de su humanidad.

            Estoy en la nave. Trabajo. ¿Es otro sueño?
            Creo que sí. Tiene la forma irreal de los sueños. Echo en falta la continuidad de la realidad. Lo que vivo ahora transcurre a saltos.
            Reparo el sistema de respiración de la nave. IA ha detectado un fallo y me ha informado convenientemente.
            La humana prepara sus informes. En ese preciso instante, pasa a mi lado y me observa atentamente. Apunta algo en la máquina portátil que lleva en las manos. ¿Controla mis funciones? Puede ser. Yo controlo a la nave. Ella me controla a mí. Todos nos preocupamos porque cada cual realice bien su cometido. Por un instante pierdo la concentración y me giro para mirarla. Una extraña sucesión de códigos inunda mi programación inicial. No reconozco los comandos. No entiendo las órdenes. Caigo en la cuenta de lo hermosos que son los seres humanos. De lo bella que es esa mujer en concreto. No puedo dejar de mirarla. Ella realiza ese extraño gesto con la boca, esa contracción de los músculos faciales que deja sus perfectos dientes al descubierto. Lo llaman sonreír. No comprendo ni su origen ni su fin.
La distracción sale cara. Toco algo que no debo. Una conexión se parte y todos los sistemas se interrumpen. Ella cae en redondo contra el suelo. Me afano por reparar el desastre. Vuelven las luces.
            La agarro y me dirijo todo lo deprisa que me permiten mis piernas artificiales hasta la sala inferior, donde se encuentran los cubículos de hibernación. La introduzco en uno y lo programo.
            Yo fui el culpable.
            Yo fui el causante de que no existan humanos vivos en la nave. La misión no tiene sentido.
Ahora, después de la catástrofe, comprendo los códigos ajenos a mi programación primera que provocaron la distracción fatal: es una asimilación del significado de la palabra amor.
            Sigo soñando. En el sueño aparece ella. Estoy frente a su cubículo. Se abre y posa el pie desnudo en el suelo helado. Quedo petrificado. Se acerca y me planta un beso en mi boca de metal.
            “Te perdono”, susurra.
            Luego se despide con una sonrisa. Se gira y atraviesa una luz. Ya no está.
            Aún en el sueño, soy consciente de que ha muerto.

¡Bip!
            ¡Bip bip!

            “System On
            Checking
            …
            All Ok
            6.30 hours IE (In Earth)”

            Abro los ojos.
            Raudo llego hasta su sarcófago. Efectivamente, sus impulsos vitales están planos. Ya no existe.
            La alarma suena.
            Me dirijo a la cabina de mando y me conecto a IA.
            —Buenos días.
            —No hace falta que saludes, HIM. No eres humano.
            —¿Por qué suena la alarma?
            —He cambiado el rumbo.
            Igual que el rumbo también ha variado la repetitiva conversación.
            Examino los datos de la bitácora: ya no nos dirigimos a la Tierra. Vamos directos a una estrella cercana.
            Entonces comprendo. IA sabe que los humanos perecieron por mi culpa. Ella también está preparada, enseñada, programada para protegerlos. Y yo soy la razón de sus muertes. Yo soy la amenaza que IA lleva en su vientre.
 Tiene razón. Ahora va a hacerme pagar por ello. Sin los humanos, ni ella ni yo tenemos sentido. Como una madre enajenada, desea acabar con el ser que porta en sus entrañas; quiere hacerme pagar por lo que no fue más que el fruto del infortunio.

Mi nombre es una sucesión de números y letras, un código de fabricación. Sin embargo todos me llaman HIM. Cuando abrí los ojos por primera vez, me encontré con el rostro de un humano pegado al mío. Me observaba atentamente. Esperaba mi reacción; quería comprobar si funcionaba bien.
—Hi, man —dijo.
—Hi, man —respondí.
Luego contrajo los músculos faciales, satisfecho.
Desde entonces, cada vez que me cruzaba con un ser humano, lo saludaba con la misma frase con la que fui recibido en este mundo. A ellos parecía divertirles que un androide se tomara tales confianzas. Acabé adoptando el apodo de HIM, con el que todos los humanos se dirigían a mí.

Cuando comprendo que el final de mi existencia está cerca, me permito el lujo de rebautizarme. Cambio en mi interior la codificación de mi apodo. “Hi-man… HIM… HUM… Hu-man”.
            Tomo asiento ante los mandos.
            Acepto mi destino.
            Como un humano más, sonrío.

viernes, 17 de mayo de 2013

Translúcidos, Luis Carbajales

Ilustración Carlos Rodón

   Elena siempre había creído ser especial. Veía cosas que nadie más veía, sentía cosas que solo ella era capaz de percibir. Debía de tener lo que se solía conocer como un «sexto sentido». Pero ninguna de sus experiencias había sido ni siquiera parecida a lo que sintió aquella noche.

   —Ven —parecía decir la voz en su mente. No era una voz exactamente, sino la representación pura de un deseo o un sentimiento. Como si su cerebro estuviera conectado directamente al de otro ser.

   —Te necesitamos. Hemos venido desde muy lejos, buscando gente como tú —así podría traducirse en palabras lo que aquella anhelante mente le expresaba. Elena vio, en la psique de su interlocutor, el espacio exterior, y una larga travesía en las vísceras de un gran animal translúcido, hasta llegar allí, a las afueras de su modesto pueblo.

   —¡Pero no puedo, no ahora mismo! —contestó ella, tratando de enviar sus propios pensamientos—. Mis padres no me dejarían salir de casa tan tarde...

   Elena era muy joven, tan solo tenía catorce años. La mente al otro lado la oyó, y pareció entristecerse terriblemente. La chica sintió su pesar, y se compadeció del ser.

   —¡Está bien! Esperadme...

   En silencio, se escabulló por la ventana de su casa, y huyó hacia el bosque, donde la esperaban sus misteriosos nuevos amigos.

   Juanito era un borracho. Todos lo sabían, y, en la vida cotidiana, nunca lo tomaban en serio. Sin embargo, en un día como aquel, nadie despreciaba sus esfuerzos por encontrar a la pequeña Elena, unido al resto de guardias civiles y a algunos hombres del pueblo.

   Se separaron, en el extenso bosque que rodeaba el pueblo. Juanito se quedó solo entre los árboles, acompañado únicamente por el zumbido de su radio, de la que, de cuando en cuando, surgían frases desesperanzadoras. «¿Nada aún?». «No, nada».

   A pesar de sentirse algo egoísta al pensar de aquel modo, esperaba ser él quien encontrara a la niña: así, todos dejarían de tomarlo por el pito del sereno, ¡era un guardia civil, coño! Haría honor a su uniforme. Sacó su petaca, y dio un trago de orujo para calentarse. Era otoño, ya empezaba a hacerse de noche, y el viento que mecía las ramas de los árboles era cada vez más frío.

   Mientras, distraídamente, devolvía la petaca al bolsillo de su chaqueta, escuchó un ruido, como si alguien hubiera pisado las hojas secas frente a él. Levantó la vista y se quedó congelado en el sitio, manteniendo una posición ridícula, con un brazo en el aire y el otro en su abrigo. Lo que vio parecía surgido de una delirante pesadilla etílica, pero joder, no estaba tan borracho, y estaba seguro de estar despierto.

   Ante él, una temblorosa masa blanca, translúcida e informe, se agitaba y ondulaba mientras terminaba de tomar una nueva forma: la de un hombre. Era, de hecho, bastante similar a Juanito, si teníamos en cuenta tan solo la silueta: se distinguía su fofa barriga, y sus carrillos hinchados. No tenía piel, ni ojos, ni huesos (la luz seguía dejando ver, vagamente, a través de él), tan solo era aquella sustancia viscosa imitando el aspecto de un ser humano, quizá reflejándolo de forma instintiva. En su interior parecía haber algo flotando, varios objetos difícilmente distinguibles desde el exterior, más aún a la distancia desde la que Juanito los miraba.

   La criatura se adentró en el bosque, corriendo extrañamente con sus nuevas piernas. Para cuando el agente pudo reaccionar, ya no tuvo forma de encontrarla. Trató de seguir sus huellas, pero, en cierto punto, desaparecían por completo. Quizá hubiera cambiado de aspecto de nuevo, y hubiera empezado a arrastrarse, o a volar, ¿quién podía saberlo?

   Los otros guardias civiles encontraron a Juanito sentado sobre la hojarasca, bebiendo de su petaca para pasar el susto. Creyeron que estaba como una cuba desde un primer momento, y su historia les terminó de convencer. Es más, empezaron a pensar que se había vuelto completamente loco.


   ¿Por qué lo tenía que haber contado? Ahora se burlarían de él con mucha más saña, cuando todo aquello hubiera pasado. Ya había empezado a notar las risitas a sus espaldas, de vuelta en el cuartel. En casa, de madrugada, Juanito se emborrachaba solo, lamentándose de su triste destino. Seguro que aquel ser era quien había secuestrado a la pequeña, pero nunca podría demostrarlo.

   Entonces, sintió la presencia dentro de su cabeza.

   —Ven —parecía susurrarle desde lo más hondo de su mente. Era como si le sonriera afectuosamente de un modo no visual, sino psíquico; sentía su calma y amabilidad, su deseo por compartir con él conversaciones y experiencias.

   —Nosotros sabemos que dices la verdad. No eres ningún loco. Para nosotros, eres especial. Queremos que vengas aquí, con nosotros y con Elena. Ella está bien.

   Así entendía Juanito los extraños pensamientos que invadían su cerebro, enviados desde algún lejano lugar.

   Sin duda, se trataba del hombre translúcido que se había encontrado aquella tarde en el bosque. Iría, sí. Vaya que si iría, pensó, mientras comprobaba la munición de su pistola. Se iban a cagar, esa cosa y sus amigos. Todos le creerían cuando les mostrara sus repugnantes cadáveres gelatinosos.

   Salió a toda prisa hacia el bosque, aún borracho. Sin embargo, la tremenda emoción parecía disipar la mayor parte de los efectos del alcohol según alcanzaba la maleza, ya fuera del pueblo. Caminó, incansable, hacia donde la «voz» le indicaba.

   —Te estamos esperando, estamos ansiosos por verte, ven.

   En su mente, sentía su cariñosa llamada. Casi tenía ganas de guardar la pistola, correr hacia esa cosa con una sonrisa en la boca y abrazarla con todas sus fuerzas, fuera lo que fuese. Pero se resistió: era su deber rescatar a la chica y acabar con esos bichos.

   Finalmente, lo vio. La brillante luna llena se reflejaba en su carne blancuzca y maleable, aunque no dejaba distinguir los detalles de los bultos en su interior. Su forma era la de un ser humano, la misma que Juanito le había visto adoptar hacía tan solo unas horas. Se alejó del guardia civil, perdiéndose entre los árboles, antes de que este pudiera alzar su arma. Lo siguió.

   Tras la vegetación, había un claro. Y en él, una enorme masa con forma de huevo, del tamaño de una de las casas del pueblo. Estaba hecha del mismo material que el hombre translúcido, y en su interior parecía haber unas cápsulas para albergar criaturas más pequeñas, además de una miríada de pequeños tentáculos, todo ello orgánico. Era el vehículo de los seres, y también su amigo, por lo que comprendió Juanito, gracias a los mensajes telepáticos que recibía.

   Junto al vehículo, a pocos metros del agente, el hombre translúcido se había reunido con su otro amigo, otra masa informe de tamaño humano. Ambos adquirieron, entonces, su forma natural, con la que se encontraban más cómodos. Eran similares a medusas, pero puestas del revés. La parte principal de su cuerpo era una esfera, del tamaño de un balón de playa, que se arrastraba por el suelo, y, sobre ella, numerosos tentáculos, de grosor regular y de punta redonda, se agitaban frenéticamente.

   Juanito disparó. La bala atravesó la carne de uno de los seres, el que hacía poco había tenido forma humana. Sintió sus diabólicas risas en su propia mente, burlándose de sus patéticos intentos de acabar con ellos. Entonces, uno de los tentáculos se alargó enormemente, y se enroscó en el tobillo del guardia civil. Tiró de él con la fuerza de varios hombres, haciéndole caer al suelo y arrastrándolo hacia el alienígena. Acto seguido, las viscosas medusas se abalanzaron sobre él, cubriéndolo de glutinosos seudópodos que lo sostenían por todas partes con increíble fuerza. Le amputaron la pierna por la rodilla, simplemente arrancándosela. Uno de ellos (ya no recordaba cuál era cada uno) se la introdujo en su esférico cuerpo, junto a los otros bultos. El organismo parecía absorber la materia sólida sin agrietarse o deformarse, probablemente debido a su gran maleabilidad. Era como introducir una galleta en un plato de fluidas natillas, que raudas volvían a cubrirla, recuperando su forma. La otra criatura se sirvió un antebrazo, del mismo modo.

   Entre gritos de dolor y terror, Juanito distinguió finalmente las formas que flotaban en el interior de las medusas, junto a sus propios miembros mutilados. Se trataba de pedazos de otro cuerpo, probablemente del de la pequeña Elena. La carne estaba corroída, como bañada en ácido: parcialmente digerida. La cabeza de la niña lo observaba sin ojos, con los hilillos de carne que salían de su cara destruida flotando y desgajándose en el interior de aquella masa mucilaginosa. Fue lo último que vio Juanito, antes de que le arrancaran su propia cabeza.