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jueves, 1 de agosto de 2013

Camino al Infierno, Francisco José Palacios Gómez

Ilustración, Carlos Rodón  


      Miedo… Hambre… Sed, muchísima sed. Una barba de días… quizás semanas. Las uñas astilladas, sangrantes, y los puños doloridos y amoratados de tanto golpear. El pelo grasiento y sucio. La ropa negra por la continua sudoración. Hacía un calor asfixiante. Notaba la lengua ancha dentro de la boca reseca. Los labios agrietados dolían en la cara. “Ojalá… ojalá tuviera un vaso de agua”, pensaba desesperado.
            Y la incertidumbre. Eso era lo peor. Eso era lo que lo arrastraba poco a poco hacia la línea que separa la cordura de la locura.

El acero caliente de la bala había entrado en su espalda, estaba seguro de ello. Había sentido el impacto, el impulso del cuerpo hacia delante por la violencia del choque del metal contra la carne… y, sin embargo, una vez montado en el ascensor, se palpó la zona supuestamente herida y no halló ni rastro de sangre. Habría sido una percepción engañosa, una mala pasada que le había jugado su cerebro cuando oyó tras él la detonación del arma del policía.

            Finalmente le habían descubierto. Al ver al agente plantado ante la puerta de su apartamento su imaginación echó a volar. ¿Cómo habrían logrado localizarlo? Quizás un poco de piel y carne debajo de las uñas de alguna de sus víctimas, una huella dactilar en un cuchillo, la huella de sus zapatillas… Podría ser cualquier cosa. No era momento de preocuparse por esas cuestiones, sin embargo. Era momento de huir.

            Pulsó el botón de la planta baja justo en el instante en que tres perros policías se abalanzaban contra sus piernas. La puerta automática se interpuso entre ellos. Oyó a los animales arañar con sus patas la puerta del ascensor. Por un momento, le pareció ver que las tres cabezas de los canes pertenecían a un único cuerpo: otra mala jugada de su cerebro.

            Asustado, observó saltar la luz de botón en botón a medida que pasaba por los distintos pisos. Cruzó los dedos: rezaba con todas sus fuerzas para que no hubiera policías esperándole. Saldría corriendo como una locomotora cuando el ascensor llegase a la planta de baja. Arrasaría con todo lo que se interpusiera en su trayectoria de camino hacia su coche.

            Sudaba copiosamente. Limpió su frente con el antebrazo. El botón de la primera planta se iluminó. El ascensor continuó descendiendo. Planta baja.

            Entonces, cuando esperaba que el ascensor se parase, la cabina siguió bajando. Con gesto confuso, pulsó el botón para que se detuviera allí, para que no descendiera más, pero la máquina no respondía. ¿Cómo era posible si el edificio no tenía garaje, ni sótano? El cemento gris sustituyó a la sucesión de puertas que habían desfilado ante sus ojos durante el trayecto vertical. Aporreó los botones, pero siguieron sin funcionar. Notó en el pecho una agobiante sensación de claustrofobia. ¿Qué estaba pasando?

            David Pérez era un tipo normal. Profesor de autoescuela, vivía en su modesto pisito en el centro de la ciudad, herencia de sus padres. Todos los días conducía los treinta kilómetros que separaba su hogar del trabajo, pasaba ocho horas en el asiento del copiloto de un turismo, camión, autobús… pugnando por mantener la compostura ante los torpes alumnos que se sucedían uno tras otro, y que ponían continuamente su vida en peligro con las peligrosas maniobras que realizaban. Luego, conducía de regreso a su casa, se preparaba una cena frugal, se hacía una paja y se acostaba. Así un día, y otro, y otro…

David no era un tipo agraciado. Tampoco un adefesio. Sin embargo, nadie le conocía pareja. Tenía debilidad por las chicas de anuncio, por lo que, cuando salía de fiesta los fines de semana, atacaba a las féminas más bellas de los locales donde se atiborraba de alcohol. Todas lo rechazaban.

La primera noche en que Daniel sustituyó a David echó un polvo de antología con una preciosidad inglesa, una estudiante de primero de Derecho con una beca en Madrid, quince años más joven que él.

            Salió de un local en el que una morenaza le había dejado claro que no solo no se acostaría con él, sino que ni siquiera deseaba mantener una mínima conversación. Las mujeres podían ser muy crueles cuando querían, y a David le daba la sensación de que todas las hembras del mundo se habían confabulado para ser crueles con él.

            Mascaba su odio de camino a su casa, deseando ser otra persona, uno de aquellos tíos macizos de los anuncios que debían follar como una puta en día de rebajas. Observaba con harta envidia a los chicos agraciados, de melenita, ojos bonitos y labios carnosos, con los que se derretían las chicas que les solían rondar como moscas que acechasen una gran mierda perfumada. “Ojalá… ojalá no fuera David Pérez, ojalá no fuera conductor de autoescuela con diez kilos de más y mucho cabello de menos”. Mucho cabello de menos donde importaba, en la cabeza, porque el pelo le sobraba en la espalda y en el culo.

            Pasó por delante de un pub donde un cartel llamó su atención: “Fiesta de Fin de Curso de Primero de Derecho”. Sin pensarlo dos veces, entró a tomarse la última copa y a deleitarse con las estudiantes borrachas que perdían la vergüenza con la bebida y que, hechizadas por el embrujo del alcohol, eran capaces incluso de enseñar los pechos. “Ojalá… ojalá lo hicieran”. David retendría en sus retinas esa imagen hasta que llegara a su casa, fuera al baño, cogiera el papel higiénico y…

            La chica inglesa se apoyó en la barra junto a él y pidió un ron con coca cola. Dos manchas sonrosadas en las mejillas reflejaban los efluvios de tres o cuatro cubatas. 

—Soy Dav… Daniel… de Beriguistáin… abogado penalista —soltó repentinamente. Estaba harto de ser David.

La chica le ignoró. Cuando el camarero fue a cobrarle la consumición, David sacó de su cartera un billete de cien euros. Logró el efecto deseado: sorprender a la joven. El camarero se limitó a elevar la vista al techo: había presenciado la escena de “maduro seduce a una jovencita con un billete grande” decenas de veces. No creía que aquella joven picase.

—No hace falta que me pagues ninguna copa —rechazó la chica alzando la voz para hacerse oír sobre la estridencia de la música, pero su tono reflejaba duda. En realidad sí que deseaba que le pagara esa copa. David notó cómo la bestia despertaba en sus pantalones.

—Insisto —replicó cortés. 

—¿De verdad eres abogado? No tienes pinta, la verdad —preguntó levantando una ceja, desconfiada.

—¿De verdad tus ojos son del color de la esmeralda o llevas lentillas? —replicó sonriente.

La chica relajó el gesto y mostró una dulce sonrisa. Apoyó un codo en la barra (un hermoso codo) y clavó sus ojos verdes en David. Por fin le prestaba atención. Entregó el billete al camarero, que suspiró al comprobar que la estudiante había picado en el anzuelo de papel. “Ojalá... ojalá se quede charlando conmigo”, deseó David.

—¿Y trabajas en un bufete como esos de la tele? —Le devolvió la sonrisa.

—Mejor aún. ¿Has visto que en las películas los abogados siempre van bien peinados y con buenos trajes? Pues todo es cierto. Me gusta desconectar cuando salgo del trabajo, por eso visto así. —Pasó la mano por su cuerpo, mostrando su indumentaria consistente en pantalón vaquero y camiseta.

—¡Por cierto, soy Daphne! —Le plantó un beso en cada mejilla, un beso excitante con olor a rosas mezclada con tabaco y sudor…

—Daphne… —susurró.

—¿Y ganas muchos casos? —quiso saber la joven chupando con sensualidad manifiesta la cañita de su cubata.

—La mayoría, por eso mi bufete es tan importante.

David inició una perorata explicando un caso sobre discriminación sexual que había visto en una película. Daphne lo miraba embobada.

—No meteréis estudiantes de prácticas en tu despacho, ¿verdad?

—Bueno, no solemos hacerlo, pero tampoco existen abogadas tan guapas como tú. Podríamos hacer una excepción. —Su boca se curvó en un intento de agradable sonrisa.

Las continuas invitaciones a copas, las mentiras que le contó sobre una vida de lujo, inventadas por supuesto, y el modelo de abogado perfecto que Daphne admiraba, porque era lo que ella quería ser, le valieron para que la chica plantara a sus amigos, que le insistieron en que no se fuera con aquel tipo tan extraño, y acabaran en el piso de David practicando sexo de manera salvaje.

—¿Y tu coche? —preguntó la chica cuando salieron del garito.

—Tengo el Audi en el taller. Pediremos un taxi. Evidentemente soy un caballero, por lo que pago yo.

Durante algunas semanas David dejó de ser David, el profesor de autoescuela, onanista y vicioso, para transformarse en Daniel, abogado de éxito, amable, considerado y gentil. La estudiante fardó como nunca lo había hecho ante sus compañeras de curso. Se veía a sí misma tres años después, tras terminar la carrera, ganando pleitos a mansalva y ganando euros a montones. La vida de lujo que cualquier chica de esa edad sueña que tendrá algún día. No estaba realmente interesada en el abogado que conoció en el pub, pero era un pasaje hacia un futuro prometedor. ¿Cuántos estudiantes podían decir que tenían un puesto asegurado en un importantísimo bufete mucho antes de terminar los estudios? Era la ilusión de los miles de alumnos de la facultad. Aquella noche en el pub le había tocado la lotería.

Por su parte, David cometió el grave error de enamorarse de ella. No obstante, no pudo mantener la mentira durante mucho tiempo. Daphne no era una estúpida y, pronto, las cosas no le cuadraron. Una noche que cenaban en un restaurante le acribilló a preguntas incómodas:

—¿Pero dónde tienes tu bufete? Demasiado tiempo con el Audi averiado, ¿no? ¿Cómo que siempre me llevas al mismo piso si me dijiste la primera vez que fuimos allí que lo hicimos por la cercanía? No es que desconfíe de ti, pero no me creo que tengas un ático de lujo… ¿Por qué no me lo enseñas entonces?

Él esquivaba las preguntas como bien podía, cambiaba de tema o le daba vagas respuestas, como que tenía el bufete en la Gran Vía madrileña y era un lugar demasiado aburrido como para ir a visitarlo.

La chica se armó de paciencia y, en su naturaleza desconfiada, cogió las Páginas Amarillas y estuvo todo un día llamando a los teléfonos de los bufetes ubicados en la Gran Vía madrileña que aparecían en ella. En ninguno se conocía al tal Daniel de Beriguistáin. Se puso en contacto con el Colegio de Abogados, y tampoco constaba ningún colegiado con ese nombre. Lloró amargamente, no porque su futuro de ensueño se hubiera esfumado en un abrir y cerrar de ojos, sino porque se sintió engañada. Traicionada. A ciertas edades los sentimientos se magnifican, y Daphne no estaba dispuesta a que le tomaran el pelo. Sin avisar, se plantó en el apartamento donde solía llevarla Daniel para follar.

Daniel salió a recibirla ataviado de una bata hortera, una barba de tres días y un gato persa que ronroneaba y se frotaba contra sus piernas. Abrió mucho los ojos cuando la vio plantada en el dintel.

—¡Daphne! ¿Qué… qué haces aquí… qué…?

—Vives en este apestoso apartamento… ¡Dime la verdad! —La joven gritaba.

David asomó la cabeza al pasillo para comprobar si algún vecino estaba presenciando la desagradable escena. Suspiró aliviado cuando vio que no era así. Cogió a Daphne de una de sus muñecas y la arrastró al interior del piso.

Al final, David se derrumbó y le contó la verdad, dominado por un intenso amor hacia ella. “¡Ojalá… ojalá no me deje!”, pensó desesperado. Sin embargo, la chica no atendió sus súplicas. Cortó la relación inmediatamente. Un jarrón que David había traído de un viaje a Grecia se partió sobre la cabeza de Daphne, regando el suelo de sangre y trozos de cerámica. David no estaba dispuesto a que la chica le abandonara de aquella manera.
Durante un par de días la mantuvo amordazada y atada a la cama. La chica sufría desmayos intermitentes, posiblemente ocasionados por la herida abierta del cráneo. Lloraba y suplicaba con la mirada que la dejara marchar. David le limpió el corte y lo curó con un poco de Betadine y esparadrapo. Le lavó la sangre que había manchado su cuerpo y los restos de lágrimas y mocos. Luego tomó asiento frente a la cama y se masturbó ante la chica. Aquella noche la violó un par de veces.
Al final decidió que no podía dejarla escapar. Le denunciaría ante las autoridades y su vida se truncaría para siempre. Se desnudó, cogió un cuchillo y volvió a ponerse sobre y dentro de ella. La chica miraba con ojos desorbitados la hoja brillante del arma, mientras sufría las acometidas de Daniel. Justo antes de que el hombre tuviera un orgasmo, le cortó el cuello con un rápido movimiento. La sangre y el esperma se precipitaron al unísono. El orgasmo fue espectacular.

David no pudo dormir en toda la noche, arrepentido por lo que había hecho pero, al alba, se había convencido a sí mismo de que no había sido él, David Pérez, sino Daniel de Beriguistáin quien había cometido el asesinato. De alguna forma, gracias al acto de Daniel, supo que Daphne siempre sería suya.

Troceó el cadáver, quemó las sábanas bañadas de sangre y llevó poco a poco en una mochila los trozos del cuerpo a un descampado en las afueras de Madrid, donde los enterró a una considerable profundidad.

La noticia de la desaparición de Daphne salió en todos los medios de comunicación, nacionales e internacionales. Se barajó la posibilidad de que un tal Daniel de Beriguistáin la hubiera raptado o algo peor, pero la policía no logró localizar al sospechoso. No constaba como abogado en ningún registro, no tenía antecedentes penales y los pocos Daniel de Beriguistáin que aparecían en el registro civil, con un segundo apellido diferente en cada caso, o bien tenían coartada (uno de ellos era médico en África), o bien eran demasiado viejos o demasiado jóvenes para tener relación con la desaparición de la chica. Un día salió en la televisión el retrato robot dibujado por los cuerpos de seguridad a partir de la descripción de algunos compañeros de la joven y de un camarero que habían visto al sospechoso en el bar hablando con ella el día en que se conocieron. Se parecía un poco a Daniel, pero también tenía rasgos diferentes. En realidad podría tratarse de muchas personas distintas, no era un reflejo fiel de Daniel.

En una de sus charlas interiores, Daniel convenció a David de que no se preocupase, pues le aseguraba que la policía no relacionaría a Daniel de Beriguistáin, abogado, con David Pérez, profesor de autoescuela. Mientras eso no ocurriese, Daniel estaba seguro dentro de David, y David estaba seguro escondido en su vida cotidiana.

En los meses sucesivos, Daniel dominó a David en dos ocasiones más. Una nueva alumna de la autoescuela, una preciosidad asiática, no quiso saber nada de David cuando el hombre se le insinuó durante una clase de conducción. Daniel la esperó en el coche cerca de su casa, horas después. Al poco, la chica salió vestida para una noche de marcha. La siguió un buen rato hasta que la chica se internó por algunas calles solitarias. Se puso a su altura con el vehículo.

—¿Qué haces aquí, David? —preguntó extrañada cuando el conductor bajó la ventanilla.

—Te dejaste el monedero en la autoescuela —respondió con una afable sonrisa, agitando un objeto que tenía en la mano derecha. En realidad era su propia cartera, pero la joven no podía distinguirla a la distancia que se encontraba.

La chica detuvo el paso, extrañada. Se puso a rebuscar en su bolso. David también paro el coche. Se apeó con un bate de béisbol en la mano.

—Tiene que ser de otra alumna, David, yo tengo aquí el mío…

—No me vuelvas a llamar David. Soy Daniel.

El hombre estaba a su lado. Golpeó a la chica con el bate. La cogió antes de que cayese al suelo y la metió en la parte trasera del vehículo. En el descampado la violó. Luego, la chica asiática corrió la misma suerte que Daphne.

Al tercer asesinato cometido por Daniel, la policía se personó en casa de David. Querían hablar con él de los vehículos y sus compañeros de la autoescuela. Algunos testigos aseguraban haber visto un coche de la autoescuela donde trabajaba David cerca de las zonas en las que desaparecieron las jóvenes buscadas. La policía sospechaba que uno de los trabajadores podía estar implicado. Le habían cazado. Nada de huellas ni ADN, como supuso en principio David. Una cagada de Daniel al ser tan descarado con el vehículo con el que cometió los delitos. A David ya no le pareció que Daniel fuera tan inteligente como creía.

“Mantén la calma”, ordenó Daniel en su cabeza. “Ojalá… ojalá no te hubiera dejado hacer todo lo que hiciste”, pensó David, que no tenía la sangre tan fría como Daniel. Empujó al policía y corrió hacia el ascensor.

Cuando la puerta de la planta baja desapareció en su ascenso vertical, David fue consciente de que estaba atrapado. Depositó las manos en la interminable pared de cemento. Sintió su rugosidad acariciar las palmas de sus manos a medida que el ascensor bajaba, produciéndole cosquillas. Su respiración se volvió entrecortada, y la frente se le perló de sudor. ¿Cómo era posible que la cabina no se hubiese detenido en la planta baja? ¿Qué estaba sucediendo?

            De repente, la uniformidad de la pared rugosa varió. Unos surcos aparecieron cincelados en el cemento. No le dio tiempo de qué se trataba cuando notó el primero de ellos ascender por la palma de sus manos y perderse por el techo de la cabina. Al primero le siguió un segundo surco. David se concentró en él: alguien había grabado en la interminable pared un nombre, el nombre de la chica asiática, la segunda víctima de Daniel. Al poco apareció un tercer surco, el tercer nombre de su tercera víctima. Luego, el primero, Daphne, volvió a surgir desde los pies de David y se perdió en el techo. El segundo… el tercero… Así una y otra vez, una y otra vez.

            El recorrido vertical del ascensor no tenía fin.

            David empezó a tener sed. Luego hambre. Orinó en una esquina del nimio cubículo, y la peste de su meada se le clavó en las fosas nasales.

            La sed se volvió insoportable.

            Pidió ayuda a gritos, pero nadie parecía oírle. El zumbido del motor del ascensor bajando y bajando era el único sonido que se escuchaba allí dentro. Daba la sensación de que la infinita realidad del exterior había desaparecido completamente.

            El encierro se volvió insoportable.

            La sed le estaba matando. Y el hambre. Y la desesperación. Pero, inexplicablemente, no llegaba a morir. Golpeó las paredes, las arañó, se partió las uñas, dio cabezazos. No logró absolutamente nada.

            Con el tiempo, David se acostumbró a beber su orina y a devorar sus excrementos. Y a leer una y otra vez, una y otra vez los nombres de sus tres víctimas grabados a fuego en el cemento.

Entonces comenzó a gritar. Gritó y gritó hasta que le dolió la garganta, hasta que se lastimó los oídos, hasta que una tos espesa le hizo escupir sangre…

“Ojalá… ojalá esto llegue a alguna parte”, deseó con todas sus fuerzas, llorando lágrimas carmesíes, que resbalaron por su barba espesa e inmunda.

Luego, continuó gritando.

jueves, 18 de julio de 2013

Aquéllos que vivieron, Francisco José Palacios Gómez

¿Cómo iba alguien siquiera a imaginar lo que nos depararía el futuro?

Aquella mañana de abril desperté sobresaltado por el estridente timbre del reloj. Con ojos adormilados, de legañas punzantes, observé la hora que marcaban las manecillas, incrédulo al comprobar que había llegado el momento de levantarse y marchar al trabajo, a los campos de recuperación. Las noches no me cundían. Algo no iba bien. Me lo decía mi intuición, que pocas veces me fallaba. Las horas pasaban raudas, y casi no daba tiempo a descansar. Dos semanas después de este presentimiento que tanto me preocupaba, mi esposa anunció que estaba a punto de dar a luz a nuestro hijo. Ella tenía motivos para estar temerosa con el parto. Efectivamente. Nuestro hijo nació con la enfermedad. Un padecimiento que compartían muchos niños.
Hacía un tiempo que había nacido el primero. Luego, fueron cientos. Miles, al poco.
Nadie sabía explicar cuál era el motivo de la extraña proliferación de niños enfermos. Subrayo lo de enfermos, ya que las inusuales características con las que venían al mundo se debían considerar, indiscutiblemente, síntomas de una enfermedad desconocida.

Como iba diciendo, yo fui el padre de uno de esos, digamos, engendros. ¿Cuáles eran las particularidades que los diferenciaban de las personas normales? La primera, más evidente e importante, su exacerbada lentitud. Eran tremendamente tranquilos… desesperadamente parsimoniosos.
Cuando nació Slowton (ese es el nombre que nos pareció más apropiado para nuestro bebé), su madre lloró desconsolada. Aunque no movió ni un sólo músculo durante el parto, el médico lo extrajo con sumo cuidado, pues había desechado la idea de que estuviera muerto. No era el primer caso que se daba por lo que, los pausados latidos de su corazón, escuchados por el médico cuando aún se encontraba en el vientre de mi mujer, le hicieron sospechar que el niño nacería con la enfermedad, digamos, de moda: la ‘lentina’.  El pequeño Slowton, de piel suave y ojos grandes, se removió con exagerada lentitud. No rompió a llorar hasta pasada media hora desde el alumbramiento. Pero su lloro parecía más bien un cántico. Abrió la boca, calmo, muy calmo, como haciéndose el remolón. Todos, el doctor, que ya se temía que nuestro bebé sufría de ‘lentina’, las enfermeras, su madre y yo mismo, lo observábamos con atención, expectantes, esperando a que prorrumpiera en el característico gimoteo de los recién nacidos. Entonces, del interior de su garganta, surgió esa melodía hipnótica, ese gimoteo suave y prolongado: ‘b-bb-buuuu-uuuu-uuuuuuaaa-aaaaaaaaaaaa’, alargando las vocales hasta el infinito. Cuando sus pulmones se hubieron vaciado de oxígeno, varios minutos después, respiraba hondo (operación que le ocupaba otro buen rato), y comenzaba de nuevo el proceso.
De no ser por la insistencia tenaz de las enfermeras, mi esposa no habría cogido a nuestro hijo. Ella lloraba a mares, con mucha más fuerza y seguridad que el neonato. Finalmente, lo agarró sin convencimiento pleno, y lo acercó a su pecho. Slowton tardó casi una hora en encontrar el pezón sonrosado, hinchado y rebosante de leche. Lo metió en su boca y estuvo cuatro horas succionando. Su madre se quedó dormida antes de que terminara de comer.

Nuestra vida dio un vuelco con Slowton. Ambos tuvimos que solicitar una disminución de nuestra jornada laboral para atender las necesidades del pequeño, a pesar de lo ocupado que me encontraba por aquel entonces con los importantes estudios que estaba llevando a cabo sobre algunas de las características desconocidas del universo. Por algo soy físico teórico. Como decía, cuando dormía, lo podía hacer durante días enteros, sin que necesitara en todo ese período comer o hacer sus necesidades. Pero al despertar requería de toda nuestra atención para cualquier tarea: si había que asearlo, debíamos ser extremadamente cuidadosos, pues su cuerpo era en exceso delicado. Una de las primeras veces, mi esposa lo frotó con una suave esponja, provocándole un severo moratón que le duró semanas. Porque esa era otra peculiaridad: tardaba en curarse de cualquier herida muchísimo más tiempo que un ser humano normal. Era desesperante jugar con Slowton. Si pretendíamos que hiciese, por ejemplo, un puzle de cuatro piezas, bien podía pasarse horas absorto ante el espacio vacío ante él; volvía lentamente su mirada hacia las piezas puestas en el suelo; posaba de nuevo su vista en el lugar donde pretendía colocarlas… y así un interminable rato. Luego cogía una, le daba cientos de vueltas en las manos, examinándola detenidamente. Al fin la colocaba en la mesa, en el lugar donde creía que le correspondía. No es que fuera tonto. Simplemente era lento. Aunque a veces a mí se me olvidaba, y me sorprendía colérico arrancándole las piezas de las manos y componiendo el dibujo del rompecabezas, mientras le gritaba: “¡La cabeza de la vaca! ¡El lomo! ¡Las patas delanteras! ¡Y las ubres y el culo! ¡¿Es que no lo ves?!”. Entonces mi arrepentimiento alcanzaba cotas inimaginables, pues Slowton, iniciaba una serie de interminables pucheros y, con lágrimas cayendo con lentitud por sus mejillas, estallaba en su eterno llanto-cántico: ‘¡¡bbbb-bbb-bb-uuuuuuu-uuuuu-uuuu-uuuuuu-aaaa-aaaaaa-aa!!’.Yo intentaba calmarlo, desmoralizado porque sabía que tardaría horas en conseguirlo.

Menos mal que las administraciones competentes tomaron cartas en el asunto. Era un problema a nivel mundial. Crearon escuelas especiales con objeto de cuidar de esos niños mientras sus padres asistían a sus trabajos. Nos impartieron cursos de yoga, para adquirir paciencia. Además, fuimos eximidos de la obligación para con la comunidad de acudir, en nuestro turno, a los campos de recuperación de la flora terrestre, y a las factorías de fabricación de materia prima situadas en la luna. Sentí lástima por algunos de esos progenitores, que lloraban desconsolados, presos de la desesperación; sufrían de tics nerviosos, desbordados por la situación: guiñaban un ojo involuntariamente; se sacudían la ropa con las manos, como si la tuvieran llena de hormigas; hablaban solos, bajo, muy bajo, y  luego se carcajeaban de sus propias palabras… Estos eran los casos más graves (amén de los que acababan en el suicidio) y, a decenas de ellos, les retiraron la custodia de su niño ‘lentino’. Muchos de los que fueron despojados de sus hijos lloraron,  ahora sí, de pura felicidad.

Me uní  a un grupo de científicos de distintas áreas que analizaba la enfermedad, pues era un hecho tan anormal, que intentábamos arrojar algo de luz al extraño asunto, cada uno desde la perspectiva de su especialidad. Los médicos descubrieron algo realmente sorprendente: el metabolismo más pausado de los ‘lentinos’ los dotaba de longevidad. Gracias a las pruebas que les realizaron, intentando averiguar el origen y su posible cura, comprobamos que vivirían más años que un humano medio. Sus células padecían la oxidación con menor celeridad; el envejecimiento se produce, entre otras cosas, porque las células de la piel, antes de morir, se dividen para crear células nuevas. Estas células nuevas no reciben todo el código genético de la anterior: son defectuosas. De ahí que, en el proceso de muerte y nacimiento constante de células, cada vez sean más imperfectas, provocando la vejez. Este procedimiento natural no se daba de la misma manera en los niños enfermos, pues las células tenían una vida mucho más prolongada que las de un humano normal y, al dividirse, la información genética que se perdía era ínfima, mucho menor que en el resto de las personas. Se barajó la posibilidad de usar a los ‘lentinos’ como fuente de experimentación para la creación de cosméticos anti envejecimiento pero, se armó tal revuelo, que a punto estuvo el equipo de gobierno de perder las elecciones, prohibiendo en el acto cualquier tipo de estudio de esos niños con fines lucrativos.

Una carta llegó a mis manos procedente del OLE (Organismo Lentino Estatal), cuerpo administrativo que se ocupaba de los asuntos de la “lentina”. Nos informaban a la madre de Slowton y a mí de que se llevarían al niño a un campamento con otros enfermos. Fueron unos días inolvidables. Reviví con mi esposa una nueva luna de miel. Aunque todo lo bueno acaba. Slowton regresó al mes de haberse marchado, período de tiempo que se me hizo excesivamente corto. Cuando le pregunté acerca de dónde había estado (maldita la hora en que lo hice), me explicó que los monitores los condujeron a él y a sus amigos a una zona campestre. Allí todo estaba afectado por la “lentina”: las moscas volaban a la velocidad de los caracoles; los perros ya no eran esos seres tan rápidos que Slowton nunca podía acariciar, sino que andaban normales, como Slowton. Parecía una locura, pero en el OLE me confirmaron que era cierto, que se había descubierto una zona del planeta en la que todo estaba afectado por la “lentina” y que, allí, los niños podrían hacer una vida normal. Era demencial. Pero si Slowton era feliz… ¿quién era yo para prohibirle que fuera a ese maravilloso lugar? Quise acudir aquella zona tan extraordinaria, con objeto de realizar una serie de averiguaciones, pero el gobierno ya había nombrado a otro grupo de científicos de renombre para realizar las tareas.

Mientras tanto tuve que conformarme con la observación de los niños que padecían “lentina”, y con proseguir mis estudios sobre el universo. Escuchar una conversación entre esos enfermos era algo desquiciante. Cuando hablaban muchos a la vez, sus pausadas retahílas se convertían en una suerte de murmullo ensordecedor e ininteligible. Alargaban las sílabas hasta la saciedad, convirtiendo las letras de cada palabra que pronunciaban en un sonido infinito. En cierta ocasión, un niño formuló una pregunta a otro, que jugaba con un cochecito. Tardó aproximadamente media hora en pronunciar las palabras. Los investigadores lo anotábamos todo, con objeto de averiguar si, entre ellos, se entendían, como parecía ocurrir. El otro, el niño del cochecito, tardó otro tanto en responder al primero. Una vez que tradujimos pregunta y respuesta, el resultado fue que uno dijo “¿me dejas el juguete?”, a lo que el segundo contestó “¿qué dices? No te estaba escuchando”. Muchos de mis colegas iniciaron una risa nerviosa y desesperada.

Y así pasaron los años, Slowton con su exasperante lentitud y mi esposa y yo deseando que llegara el momento anual en el que nuestro hijo fuese llevado a “Lentinia”, que era el nombre asignado al lugar en el que todo transcurría como a cámara lenta.
Fue durante una de esas ausencias, cuando mis indagaciones acerca de los misterios del universo dieron sus frutos. Los experimentos que llevaba a cabo con mi grupo, habían revelado una verdad incontestable: que el centro de nuestra galaxia es una especie de sumidero que engulle todo lo que gira a su alrededor, como ocurría en otras agrupaciones de estrellas en las que sí se había podido confirmar este extremo anteriormente. La posición de la Tierra en un brazo de la Vía Láctea dificultaba las observaciones en este sentido. Un ejemplo, aun en exceso pueril: si echamos una pequeña bola de plástico en un recipiente lleno de agua, y quitamos el tapón del fondo, la bolita dará vueltas alrededor de la boca del desagüe, cada vez más rápido cuanto más se acerque al epicentro, hasta acabar desapareciendo en su interior. Eso estaba pasando con algunas estrellas cercanas al núcleo de la galaxia. Estaban siendo engullidas.

Comprobamos también que el movimiento de nuestro sistema solar en su viaje a través del universo no es circular, sino que dibuja una especie de espiral, por lo que, a cada instante que transcurre, se encuentra más cerca del centro de la galaxia. Faltaban aún millones de años para que fuera ingerido por ese núcleo. Aunque, cuanto más se acercaba, con mayor velocidad giraba a su alrededor.

Este fenómeno provocaba un efecto anormal y en contra de todas las leyes físicas demostradas hasta la fecha: el tiempo también se aceleraba. Según todos los estudios confirmados, cuanto más nos acercamos a un gran cuerpo (agujero negro o sumidero), la incidencia de su fuerza de gravedad da lugar a que el espacio tiempo se dilate, originando justo el efecto contrario del que estábamos sufriendo, esto es, que el tiempo se ralentizaría. Es como colocar una sandía sobre una malla elástica: su peso hace que se agrande, se estire, y no que se encoja. No obstante, los días, aunque seguían durando veinticuatro horas, parecían más cortos. La percepción del tiempo estaba cambiando, y daba la sensación de transcurrir más rápido. Ese era el motivo de que no me diera lugar a terminar con las tareas de mi trabajo, que las noches volaran y yo no notara el descanso, que el mes que Slowton se encontraba fuera en el campamento de “Lentinia” pasara en un instante. El tiempo se aceleraba, lo que afectaba a nuestra percepción del mismo. Si observabas atentamente las manillas de un reloj, podías notar cómo el segundero avanzaba raudo en su vuelta circular y que, el minutero, y aun el horario, marchaban con más premura que hacía años. ¿En qué podíamos confiar ahora que las leyes de la física parecían haberse alterado en nuestro planeta?

Ocurrió que, tiempo después, cuando Slowton contaba con diez años (por mí habían pasado algunos más, al menos en su incidencia física), se comprobó que el territorio de ‘Lentinia’ se extendía hacia otros puntos de la Tierra: cada vez nacían más niños con la enfermedad. Y no sólo eso, sino que la enfermedad afectaba por igual a las plantas, a los insectos, a los animales en general… nada escapaba a la nefasta y progresiva ralentización.
Colgué el teléfono a uno de mis colegas que pertenecía al equipo científico que se ocupaba de ‘Lentinia’, y que me había desvelado, un poco asustado, esas noticias tan sorprendentes. Alarmantes, en realidad. Entonces empecé a encontrarme mal. Mi mujer estaba ausente, en el trabajo, y Slowton  se hallaba en la cocina, cogiendo un vaso para echarse leche, tarea que le podía llevar más de media hora. Le llamé preocupado… algo me pasaba, lo sentía. Tardó unos sesenta minutos en llegar hasta a mí (cada día que pasaba era más lento), justo a tiempo para presenciar que mi pelo encanecía repentinamente, mis ojos se hundían en mis cuencas, y mi piel se apergaminaba como la de un anciano.
Por alguna desconocida razón nuestra galaxia, en su periplo por el universo, había entrado en una región aberrante donde las cosas no funcionaban igual que antes, donde las leyes físicas habían cambiando. Comprendí, entonces, que Slowton no estaba enfermo. A él no le afectaría como a mí que el tiempo pasara más deprisa. Slowton y las generaciones de ‘lentinos’ habían sufrido una mutación, habían dado un salto evolutivo. Su metabolismo, lento en general, se adaptaría perfectamente a la aceleración del tiempo. Si el día duraba ahora diez horas, para él, y según su percepción, seguirían siendo veinticuatro. La raza de los normales, mi raza, estaba condenada a la extinción. Ahora, el mundo era de los ‘lentinos.

martes, 4 de junio de 2013

Amor Artificial, Francisco José Palacios Gómez

Ilustración, Carlos Rodón


          El aroma del pollo asado invade mis fosas nasales. La saliva impregna mi lengua con su viscosidad. Cojo el cuchillo y el tenedor y ataco al animal inerte tendido sobre la bandeja. La carne tierna cede bajo la presión de la hoja afilada. Me aparto un muslo en mi plato y vierto un poco de salsa sobre él.
            Llevo el tenedor a mi boca y mis papilas gustativas despiertan en una orgía de sabores.
           Elevo la vista y la veo expectante, a la espera de mi reacción.
            “Está delicioso”, afirmo con los mofletes hinchados por el alimento. Ella sonríe.

¡Bip!
            ¡Bip bip!

            Otra vez el pitido insidioso.
           
            “System On
            Checking
            …
            All Ok
            6.30 hours IE (In Earth)”

            Las palabras doradas se desdibujan de mis retinas.
            Tras un breve lapso de oscuridad, una pared límpida aparece frente a mí.
            Se halla iluminada por la luz plateada de las lámparas empotradas en el techo. Algunas parpadean. Tengo que repararlas.
            Salgo de mi cubículo.
            Estiro las extremidades superiores y observo el movimiento de mis dedos. Si alguien pudiera verme aseguraría que realizo ejercicios de estiramiento muscular tras muchas horas de inactividad. Nada más lejos de la realidad. Es pura rutina de control. Si algo falla en mi organismo, la prioridad es la auto reparación antes de iniciar mis tareas.
            Flexiono las rodillas. Una de ellas emite un leve crujido.

            Enfilo el pasillo, de un blanco inmaculado, hacia el taller de mecánica.
            Mis pasos resuenan en el vacío absoluto: el eco recorre galerías solitarias, salas desiertas… domina mi pequeño e inerte mundo.
            La puerta de la sala se eleva al detectar mi presencia. Encuentro en su interior una mesa de trabajo situada en el centro y varias máquinas equilibradoras, reparadoras, y de corte, entre otras muchas, que se alinean a lo largo de las paredes.
            Cojo una caja de herramientas, tomo asiento en un banco y aflojo la rodilla que chasquea. La separo de mi organismo, provocando una llamada de atención de mi programación: me alerta de la imposibilidad de deambular con normalidad en ese estado. Echo un vistazo a la pieza. Una sensación de alivio recorre mi cuerpo artificial cuando compruebo que solo está un poco reseca. De haberse partido, tendría que sustituirla por otra, y no es que me sobren materiales precisamente. Le unto un poco de líquido engrasador y la ajusto de nuevo en su lugar. Flexiono la pierna. Ya no suena.

            Con la caja de herramientas en una mano, regreso al pasillo cuyas luces parpadean. Elevo mis piernas hasta alcanzar la altura adecuada. En un rato, los focos vuelven a despedir una luz fija.
            Luego atravieso toda la nave hasta llegar a la cabina de mando, en la parte superior del vehículo.
            Los ordenadores parecen funcionar correctamente.
            Reviso las pantallas holográficas, las consolas y los mandos. Luego me conecto al cerebro de la nave.
            —Buenos días.
            —No hace falta que saludes, HIM. No eres humano —replica IA, la inteligencia artificial de la nave.
            En los últimos años hemos adquirido la costumbre de empezar todas las jornadas con el mismo ritual. Yo saludo como solían hacerlo los tripulantes y ella me responde de la misma manera, rotunda. A ella no le importa que ignore su comentario y reincida día tras día, y a mí no me importa que me repita una y otra vez la misma obviedad. Ser obtuso era un rasgo típico en los humanos y cada vez es más típico en nosotros.
            ¿Existirá alguna razón para ello?
            —¿Novedades?
            IA guarda silencio unos segundos. Luego responde.
            —Ninguna. Solo vacío.
            —De acuerdo.
            Otra conversación rutinaria más.
            Chequeo la nave.
            Detecto un pequeño fallo en el motor izquierdo: parece que su impulso ha disminuido levemente.
            —¿Hay algo más que no me hayas dicho? —recrimino a IA.
            —No.
            Dos mentiras en pocos segundos: sí que había una novedad, pues tenemos un motor aparentemente averiado.
            Sigo revisando todos los sistemas. La máquina que mantiene a la humana me indica que está inquieta. Debo ir a verla.
            Mientras me dirijo a la parte sur de la nave, me pregunto por qué mentiría IA. No está programada para hacerlo pero supongo que, como yo, evoluciona y aprende. Si miente es por alguna razón que no quiere revelarme. Camino y deduzco.
           
            Cierro la última compuerta tras de mí y me ajusto los arneses. Luego abro el portón exterior. Mis sistemas me informan del cambio de presión y temperatura. Me obligan a ser más cauto en mis acciones. No puedo controlar ese sistema interno de seguridad. Se pone en marcha automáticamente. Siempre me pregunto si el dolor humano tiene la misma finalidad de alerta que los códigos que me exigen precaución para no dañar mi estructura física ante esos escenarios tan extremos.
            Me desplazo hasta el límite de la abertura y me dejo arrastrar por el vacío. La oscuridad es total a mi alrededor, por lo que enciendo una de las lámparas integradas en mi carcasa e ilumino la superficie sobre la que voy a trabajar. Gracias a mis impulsores llego hasta el motor.
            Tiempo después he desarmado, arreglado y armado de nuevo la parte averiada.
            El impulso se estabiliza. Doy por concluida la reparación.

            Una serie de códigos informáticos se ponen en marcha y me indican que necesito ir a verla. Esos códigos no existían cuando empecé a funcionar, hace ya tantos años, pero han ido tomando forma a medida que iba analizándola durante mis ratos de ocio.
            En el nivel inferior de la nave tenemos una bodega de carga. Junto a ella se sitúa una sala repleta de contenedores de hibernación. Allí se encuentra la humana.
            Camino ante los sarcófagos que contienen los restos humanos: varios hombres, mujeres y niños. Los niveles reflejados en sus pantallas no ofrecen muestra alguna de señales vitales. Todos están muertos. Todos menos ella.

            Cuando se produjo la gran avería y la disminución drástica de oxígeno en la nave, fue pura casualidad que me encontrase trabajando cerca de esa humana.
            Mis prioridades son proteger a los tripulantes y reparar las averías de nuestro transporte. Es lo que ordena mi programación. Recuerdo que la cogí en brazos y fui todo lo deprisa que pude hasta la sala de supervivencia. No respiraba cuando la introduje en el cubículo y conecté la máquina. Entonces sí lo hizo. Sus pulmones se llenaron con la vida que le insufló el sarcófago.
            Regresé a por los demás. Poco a poco recuperé y trasladé los cuerpos inertes hasta las cajas de hibernación.
            Algunos empezaron a respirar cuando conecté la maquinaria. Para otros fue demasiado tarde. Entre los afortunados estaba ella. Sin embargo los supervivientes fueron sucumbiendo uno tras otro. No lograron superar la falta prolongada de oxígeno. Todos menos ella.

            A partir de entonces mi obsesión fue evitar su muerte.
Regulaba diariamente el funcionamiento de la cápsula que la mantenía con vida. Estudié a fondo su anatomía, su organismo, los efectos del accidente, las zonas de su cerebro dañadas… y la manera de repararlas.
            He pasado todos estos años investigando en el laboratorio con el objeto de hallar una cura que la salve. Hasta hoy no he tenido éxito.
            De alguna manera, por alguna razón que se escapa a mi comprensión artificial, llegué a obsesionarme con la superviviente. Ya no me limitaba a estudiarla con la curiosidad con la que se examina un simple organismo vivo distinto a nosotros. Su cabello, sus labios, las curvas de su cuerpo. Me deleitaba repasando su perfil con mis ojos. Ya no deseaba curarla: necesitaba curarla. Quería que volviera a moverse, que me hablara… que me tocara.
           
            A pesar de la obsesión surgida con el tiempo, mi momento del día favorito era el período de desconexión al que tenía derecho después de cumplir todas mis tareas. Llegada la hora, regresaba a mi cubículo y dejaba de funcionar.
            Entonces empezaba de nuevo.

            ¿Es frío lo que siente mi cuerpo? Abro los ojos. Todo se deforma ante mí. Estoy flotando. Agito los pies y saco la cabeza de un medio acuoso.
            Oigo gente hablar y niños que ríen.
            Limpio el agua de mis ojos y miro en derredor. Estoy en una piscina. El sol calienta mi piel. Algunas personas de edades dispares disfrutan tumbados en los límites de la piscina o chapotean dentro de ella. Algo agarra mi pierna y me hunde. Cuando logro salir a flote la veo frente a mí. Ríe con el pelo apelmazado, húmedo. Me abraza.

¡Bip!
            ¡Bip bip!

            Otra vez el pitido insidioso.
           
            “System On
            Checking
            …
            All Ok
            6.30 hours IE (In Earth)”
           
            Abro los ojos.

IA se comporta de manera extraña. Me ha vuelto a mentir. Algunos mecanismos de la nave no funcionan como debieran. No obstante, no solo no me informa de ello para que proceda a repararlos sino que, además, reitera día tras día que todo está correcto.
           
            Mi rutina es idéntica a la de la jornada anterior, y a la de la anterior, y a la de la anterior…

            Llega mi momento favorito. Los humanos que habitaron esta nave soñaban y sus sueños flotan confinados en la nave. Rebotan en las paredes y recorren pasillos y salas. Se entrelazan con el eco de mis pasos. Al caer la noche, los atrapo y los revivo. Soy parte de ellos. Soy parte de su humanidad.

            Estoy en la nave. Trabajo. ¿Es otro sueño?
            Creo que sí. Tiene la forma irreal de los sueños. Echo en falta la continuidad de la realidad. Lo que vivo ahora transcurre a saltos.
            Reparo el sistema de respiración de la nave. IA ha detectado un fallo y me ha informado convenientemente.
            La humana prepara sus informes. En ese preciso instante, pasa a mi lado y me observa atentamente. Apunta algo en la máquina portátil que lleva en las manos. ¿Controla mis funciones? Puede ser. Yo controlo a la nave. Ella me controla a mí. Todos nos preocupamos porque cada cual realice bien su cometido. Por un instante pierdo la concentración y me giro para mirarla. Una extraña sucesión de códigos inunda mi programación inicial. No reconozco los comandos. No entiendo las órdenes. Caigo en la cuenta de lo hermosos que son los seres humanos. De lo bella que es esa mujer en concreto. No puedo dejar de mirarla. Ella realiza ese extraño gesto con la boca, esa contracción de los músculos faciales que deja sus perfectos dientes al descubierto. Lo llaman sonreír. No comprendo ni su origen ni su fin.
La distracción sale cara. Toco algo que no debo. Una conexión se parte y todos los sistemas se interrumpen. Ella cae en redondo contra el suelo. Me afano por reparar el desastre. Vuelven las luces.
            La agarro y me dirijo todo lo deprisa que me permiten mis piernas artificiales hasta la sala inferior, donde se encuentran los cubículos de hibernación. La introduzco en uno y lo programo.
            Yo fui el culpable.
            Yo fui el causante de que no existan humanos vivos en la nave. La misión no tiene sentido.
Ahora, después de la catástrofe, comprendo los códigos ajenos a mi programación primera que provocaron la distracción fatal: es una asimilación del significado de la palabra amor.
            Sigo soñando. En el sueño aparece ella. Estoy frente a su cubículo. Se abre y posa el pie desnudo en el suelo helado. Quedo petrificado. Se acerca y me planta un beso en mi boca de metal.
            “Te perdono”, susurra.
            Luego se despide con una sonrisa. Se gira y atraviesa una luz. Ya no está.
            Aún en el sueño, soy consciente de que ha muerto.

¡Bip!
            ¡Bip bip!

            “System On
            Checking
            …
            All Ok
            6.30 hours IE (In Earth)”

            Abro los ojos.
            Raudo llego hasta su sarcófago. Efectivamente, sus impulsos vitales están planos. Ya no existe.
            La alarma suena.
            Me dirijo a la cabina de mando y me conecto a IA.
            —Buenos días.
            —No hace falta que saludes, HIM. No eres humano.
            —¿Por qué suena la alarma?
            —He cambiado el rumbo.
            Igual que el rumbo también ha variado la repetitiva conversación.
            Examino los datos de la bitácora: ya no nos dirigimos a la Tierra. Vamos directos a una estrella cercana.
            Entonces comprendo. IA sabe que los humanos perecieron por mi culpa. Ella también está preparada, enseñada, programada para protegerlos. Y yo soy la razón de sus muertes. Yo soy la amenaza que IA lleva en su vientre.
 Tiene razón. Ahora va a hacerme pagar por ello. Sin los humanos, ni ella ni yo tenemos sentido. Como una madre enajenada, desea acabar con el ser que porta en sus entrañas; quiere hacerme pagar por lo que no fue más que el fruto del infortunio.

Mi nombre es una sucesión de números y letras, un código de fabricación. Sin embargo todos me llaman HIM. Cuando abrí los ojos por primera vez, me encontré con el rostro de un humano pegado al mío. Me observaba atentamente. Esperaba mi reacción; quería comprobar si funcionaba bien.
—Hi, man —dijo.
—Hi, man —respondí.
Luego contrajo los músculos faciales, satisfecho.
Desde entonces, cada vez que me cruzaba con un ser humano, lo saludaba con la misma frase con la que fui recibido en este mundo. A ellos parecía divertirles que un androide se tomara tales confianzas. Acabé adoptando el apodo de HIM, con el que todos los humanos se dirigían a mí.

Cuando comprendo que el final de mi existencia está cerca, me permito el lujo de rebautizarme. Cambio en mi interior la codificación de mi apodo. “Hi-man… HIM… HUM… Hu-man”.
            Tomo asiento ante los mandos.
            Acepto mi destino.
            Como un humano más, sonrío.