domingo, 26 de mayo de 2013

El Milagro, Miguel Ibañez

Ilustración, Carlos Rodón  



 




   La educación es lo más importante. No importa quién seas, si médico, celador, enfermero o el maldito director del hospital. No faltes a la educación.

   Anna corre por el pasillo de la planta de neo natos del hospital. Odia que le griten, lo odia. Pero más tarde ya cogerá a esa listilla de la Dra. Zamora. ¿Qué se cree? Al menos es 20 años más joven que Anna y no tiene ningún derecho a tratarla así. A ella, con una experiencia de casi 25 años asistiendo al nacimiento de más de 5000 niños. No. Nunca le gustó Zamora. Anna ya lo intuía, que la médica era de esos: Los que llegan directos de la facultad y creen que se van a comer el mundo, a revolucionar la medicina; pero el primer día que se les muere un paciente, no saben como actuar, pierden la templanza y creen que el liderazgo en situaciones extremas está basado en el grito y las malas palabras. 

   Anna nunca olvidará la primera vez que se le murió un paciente. Fue la pequeña Silvia. De estar viva, ahora tendría 23 años. El parto fue complicado y tras horas de incertidumbre consiguieron sacarla adelante; pero al día siguiente, sufrió un infarto y no hubo nada que ellos pudieran hacer. 
Hora de la muerte: 06.32 de la mañana. 
Causa: anomalía congénita en las arterias coronarias. 
La pobrecita había nacido condenada. 

   No fue fácil para Anna, que vio flaquear su vocación de enfermera. La muerte de Silvia le hizo cuestionarse si realmente servía para eso; si podría soportar esa presión. Qué horrible contraste ver el cuerpo inerte del bebé en una habitación decorada con imágenes de princesas Disney. Anna definitivamente odia a Disney. 

   Pero a pesar de aquella desagradable experiencia, lo consiguió; pudo sobreponerse a la muerte de la pequeña. Entendió que era una parte más de su trabajo, una parte inevitable, incluso necesaria y que otras muchas muertes sucederían a esa primera. La vida es así. Y desde ese día, para ella, los niños, todos, se llaman “Juan”; y las niñas, todas, “Laura”. Así es mejor. Es más fácil olvidarlos si las cosas van mal.

   Anna no entiende que ha podido salir mal en el parto. El bebé estaba vivo cuando la madre ha entrado en el quirófano, se movía dentro de ella. Además todo ha ido bien y ha sido asombrosamente rápido. Pero al nacer no respiraba. Se le ha intentado reanimar, pero no respondía. 

   Y entonces han empezado los gritos de Zamora. 

   “Dónde está la puta adrenalina?” “Déjame espacio, coño!” “Anna, mueve el culo y ve a buscar al Dr. Ramiro, ostia”. 

   Y claro, Anna ha de obedecer sin rechistar. Pero ya hablará con ella, ya… 25 años asistiendo en partos y jamás nadie le ha oído decir una mala palabra. Ni en la peor de las situaciones. 

   Anna encuentra al Dr. Ramiro en el office de los médicos. No hace falta que le diga nada; con su cara paga. Los dos corren hacia el paritorio mientras Anna le detalla lo sucedido. 

   Y al entrar, el milagro. 

   La madre llora aliviada con su bebé en brazos. Está vivo. Es niño, es un “Juan”. El pequeño gime desorientado, con los ojos abiertos de par en par. Al lado de la camilla, la Dra. Zamora, tiembla asustada, aliviada. Anna la mira y se desmonta. Quizás ha sido dura con ella. 

   “Pobre chiquilla, si es una novata. Se ha puesto nerviosa, eso es todo”. 

   Zamora se acerca a Anna y le sonríe. 

   “Lo siento, Anna”. Definitivamente Zamora será una gran médico. Sí, le acaba de ganar. Es mejor olvidar todo lo que ha pensado de ella. 

   “Refréscate un poco, yo me encargo del resto”. Zamora no discute, asiente y sale del paritorio. Lucía y Begoña, las compañeras de Anna se llevan a la madre. La tranquilizan, todo está en orden. En breve llevarán a su bebé con ella. 

   El Dr. Zamora se hace cargo de la situación. Hay que someter al pequeño a algunas pruebas para descartar lesiones cerebrales provocadas por el tiempo que ha pasado sin respirar y mantenerlo en observación unas horas.

   Anna coge a “Juan”. Está pálido. Pobrecito, con lo que ha sufrido. 

   Sigue sin llorar y ahora sus gemidos se asemejan a gruñidos. 

   “Doctor, se ha fijado en sus pupilas?”. 

   Son de un color extraño, como rojizas. Seguramente ha sufrido un pequeño derrame. Es normal. Anna confía en el Dr. Ramiro, si él dice que es normal, es que lo es. 

   El Dr. Ramiro intenta auscultar a Juan, que no para de moverse. Este bebé es un culo inquieto. Y entonces el niño se aferra la mano del médico. 

   “Tiene fuerza, el tío”. 

   Y empuja su mano hacia la boca. 

   “Y hambre”.

   El bebé mira al médico profundamente, como si fuera plenamente consciente de su presencia. 

   El Dr. Ramiro posa el estetoscopio en el pecho del bebé. Escucha. Tras unos instantes, levanta el aparato y lo vuelve a posar en la suave piel del recién nacido. Escucha de nuevo. 

   “Que extraño…” 

   Anna mira al médico. 

   “Pasa algo?”. 

   Ramiro no contesta. Vuelve a auscultar al bebé. El médico suspira y coge la muñeca del niño para tomarle el pulso. Anna le observa. No se atreve a volver a preguntar. 

   “Anna, por favor acérquese…” 

   Anna obedece y el médico le da su estetoscopio. 

   “Escuche”. 

   Anna se pone el aparato en los oídos. No oye nada. 

   “Y tampoco tiene pulso… ” 

   Pero eso no es posible. El niño se mueve, está vivo, les observa. Y de nuevo intenta aferrarse a la mano del   Doctor y llevársela a la boca. 

   Ramiro prueba con otro estetoscopio, pero el resultado es el mismo: Nada. 
   Lo mejor es hacerle una ecografía para salir de dudas.

   No, no puede ser… ¿Por qué el corazón del bebé no late? Lomestán viendo en la pantalla del ecógrafo. Ese pequeño muñón de carne que debería bombear sangre con fuerza, está inerte dentro del niño. Y sin embargo, el bebé está vivo. 

   Ramiro sale del paritorio. Quiere consultar con un colega la situación. Le pide a Anna discreción. De momento es mejor que nadie sepa nada de lo que sucede. Seguro que hay una explicación médica. No sabe cuál, pero la hay. Es importante no dejar al bebé ni un instante, por lo que pueda pasar, por lo que puedan observar. 

   Anna observa a “Juan”,que se mueve inquieto. 

   “Estás jugando con nosotros, eh?”.

   El niño gruñe a modo de respuesta. Anna acaricia su rostro. Las pupilas rojizas del niño brillan con fuerza al contacto de los dedos de Anna con su piel. 

   “Te gusta, eh?”. 

   Anna coge al niño en sus brazos. 

   “Claro que estás vivo, lo que pasa es que te quieres hacer notar”. 

   Anna apoya el bebé contra su pecho para que note sus latidos, para enseñar a su corazoncito lo que debe de hacer. 

   Y entonces los pequeños gruñidos que emite se convierten enun chillido agudo y fuerte. Anna se asusta y se separa del bebé. Ahora sus pupilas son de un rojo intenso y vivo. 

   Con la boca muy abierta el niño mira a Anna y empuja hacia ella con mucha fuerza. Anna, sorprendida, se tira hacia atrás hasta chocar contra la pared. El golpe hace que la enfermera relaje los brazos y el pequeño.

   “Juan” cae al suelo y deja de gritar. 

   El niño no se mueve. Tiene los ojos cerrados. Parece relajado, parece… 

   No ha sido su culpa. En 25 años de profesión ningún niño se le ha caído. Pero no ha sido su culpa, se ha asustado. No es normal, ese bebé no es normal. 

   Anna se agacha ante el pequeño. 

   “Por favor, por favor…” 

   Cuando el bebé abre los ojos y sus dedos se clavan en el rostro de Anna, ésta casi lo agradece, aliviada.

   Pero cuando las uñas del pequeño “Juan” rasgan la piel de Anna y la sangre salada entra en sus ojos cegándola, la enfermera grita aterrorizada.

   Anna se arrastra por el suelo, desorientada y ciega. Oye al bebé gruñir cerca de ella. No, no es posible que cada vez le oiga más cerca, que un recién nacido se arrastre… no es,posible que está escalando encima de ella, que su lengua, rasposa como la de un gato, lama la sangre de su rostro, que su pequeña boca sin dientes muerda su rostro con tanta fuerza que consigue arrancar dolorosamente un trozo de su mejilla. 

   “Joder” 

   Es la primera vez en 25 años que una mala palabra sale de la boca de Anna. Pero es que nada de lo que está sucediendo es posible… no, no lo es… 

   Sofía está estirada en el sofá con el cuerpo de su bebé contra el pecho. 

   Desde el balcón, Raúl, su marido, la intenta calmar. 

   “Ya llegan, ya llegan. 

   ”La ambulancia está entrando en la calle. 

   Sofía no lo entiende, meses preparándose para el parto y la niña ha llegado de repente, sin avisar, sin apenas contracciones, mientras Sofía se duchaba. 

   Y ha llegado muerta. 

   Los sanitarios están subiendo por las escaleras a toda velocidad. 

   “Tranquila Sofía, ya están aquí…” 

   Y antes de que crucen el umbral de la puerta… el milagro. El bebé abre los ojos y emite un leve gruñido.   

   Sofía la coge y llora emocionada. Las pupilas de la pequeña son rojizas, pero Sofía no se fija en ello. Su hija está viva…

sábado, 25 de mayo de 2013

Ilustración de Angye


 En el Silencio de la Noche, por Angye
 
                                                               En el silencio de la noche…
recorriendo mis adentros,
caminos inexplorados, oscuros senderos,
hilos de sangre trenzados,
llenando de vida mi mente, mi cuerpo,
de muerte mi corazón tejiendo,
al compás de mis lamentos.

Heridas tatuadas en mis venas,
sangre negra…tinta de acero,
cicatrices que ya no duelen,
por un amor que está muerto.

Enterrado en mis entrañas,
olvidado en mi cerebro,
censurado en mi cama,
clausurado entre mis pechos.

Telas de araña lo engalanan,
estrangulando sus deseos,
anhelando suspiros, añorando recuerdos…
pasión desmedida, celos incontrolados,
falsos argumentos e incalculables mentiras,
por un romance dormido…
entre penas y alegrías.

Espinas clavadas evidencian mi mirada,
ojos de cristal que me delatan,
desconsuelo, angustia y sonrisas simuladas.
Extraños sueños rastreo…
bajo la incertidumbre de la duda,
el sonido del silencio,
temor al olvido…pavor a lo fresco.

Como fantasma encadenado…
alma en pena sin corazón amado,
muerta en vida me hallo,
por la falta de un querer…
que no supo amarme en el pasado.

Calvario y tortura en vida,
desconsuelo, rabia e ira…
un ramo negro de sentimientos,
me arrastraron al abismo, a la deriva…

Mi morada el infierno,
rodeada de cenizas,
aguardándote en silencio
para darte la bienvenida.

Soñando con tu llegada,
gestando nuestro encuentro,
no te faltará de nada,
preparada la fiesta tengo.

Te alimentarás de mi venganza,
calmarás tu sed con mi sangre,
arderás en mi cuerpo,
yacerás entre puñales.

Ahondaré en tus heridas,
¡que corran ríos de sangre!
así sabrás lo que un día…
sufrió tu fiel y entregada amante.

Reiré con tus sollozos,
bailaré con tus lamentos
me vestiré con tus despojos,
tu sangre nutrirá mi cuerpo.

En el silencio de la noche,
recorriendo mis adentros…
siento vida en mi alma
al saber que tú estás muerto.

Mi venganza cumplida,
realizados mis sueños
suturadas mis heridas,
latiendo mi corazón de nuevo,
por un amor que sí estima…
   lo que soy y lo que siento.      

jueves, 23 de mayo de 2013




Conversación susurrada entre Poncio “el santurrón” Y el soldado redivivo que exige manumisión.
por Carlos Rodón.

Ilustración, Carlos Rodón



La guerra es de esos asuntos de los que no suelto prenda.
Si por suerte sobrevives, entonces, mejor callar.
Por mor de no despertar fantasmas de la contienda.
Aunque a veces sin más causa los tengas que soportar.

¿Dónde está el honor ganado?
¿Dónde yaz la gloria aquella?
¿Dónde quedó la victoria?
¿Dónde guardé la botella?

Detén este desconsuelo que en mi alma has horadado.
“Entiende que así ha de ser el castigo de un malvado”
¿Castigo, por qué, por Dios?
“Por haberme asesinado”
“Por dejar mi cuerpo inerte en aquél lecho embarrado”

Habitas entre las sombras, sin conseguir comprender.
Que a ello me vi obligado, sin encontrar más salida.
Eras mi amigo, mi hermano, pero tuve que escoger…
“…Y así salvaste la vida”
Y así la vida salvé.

No interrumpas sombra impía, detén ese verbo infecto…
“…Vida que no mereciste, vida que me pertenece”
“Vida que vives por mí, desde aquél martes y trece”
De saber que volverías otro hubiera sido el cuento…
La guerra ya terminó, has de ausentarte de aquí.
Marcha, libérate al fin y déjame en mi agonía.
“¿Agonía dices, necio? Para agonía la mía”
“Que he de seguir a tu lado hasta que acaben tus días”
“Viendo como comes, gozas, bebes, ríes y porfías”
De una suerte maldecida…
”De una suerte que era mía”

Calla bellaco, te digo, cierra esa boca de arpía.
“Échale otro tronco al fuego, que la noche quedó fría”

Maldito fantasma infiel, maldigo tu ser cien veces.
Al menos bribón no puedes arrebatarme la vida.
Ni beber de mi botella, ni comer de mi comida.


“Tú ríe, maldito, ríe. Que cuando llegue el momento”
“Y en singular travesía arrebataré el calor”
“Que en tu interior es sustento”
“Arrastrándote al rincón más frío del firmamento”

No tendrás tal ocasión pues estoy en el intento.
De conseguir que te marches rezando a Dios en silencio.
“Tu Dios nada puede aquí, tu bajeza es mi alimento”
“Y por mucho que le reces, no escuchará tu lamento”

“Abre pues la puerta ahora, han llegado las rameras”
“Estaré ligado a ti cuando retoces con ellas”
“Nunca has de liberar mi soplo de tu pescuezo”
“Fornicaré con tu pene y gozaré con tu aliento”