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lunes, 5 de agosto de 2013

Hasta que se demuestre lo contrario, por Javier Martos




Ilustración: Kike Alapont
 
El sol cálido de otoño se colaba por los grandes ventanales de cristal de la Sala de Justicia en anchos rayos de luz amarilla. Fuera, la airada indignación de la multitud se correspondía con los fuertes gritos que vociferaban las gargantas; carteles y pancartas al aire, organizados a través de las redes sociales. Dentro, apenas si se oía un leve murmullo amortiguado, como el runrún de un tren aproximándose desde muy lejos. Por lo demás, el silencio era absoluto salvo por la disertación que el fiscal del distrito dedicaba en ese momento a los miembros del jurado.
El juez oía atentamente el discurso del hombre trajeado. Los numerosos periodistas asistentes tomaban notas en sus libretas, o directamente grababan las intervenciones en sus eficaces teléfonos móviles. Un enjuto alguacil del estado permanecía derecho como una estaca frente a los portones cerrados de la entrada de la sala. Algunos miembros del jurado tenían los ojos puestos en el fiscal, mientras otros se limitaban a mirar fijamente al acusado. Este, ataviado con el habitual mono gris de la penitenciaría estatal, permanecía sentado en su asiento, sedado y anclado al suelo mediante unas esposas de metal enganchadas a unas enormes cadenas de hierro. Habían tenido que suministrarle una dosis desproporcionada de sedantes para mantenerlo calmado y así poder vestirlo, puesto que, en el instante de su detención, llevaba la ropa hecha jirones y salpicada de sangre, con restos de las tripas de sus supuestas víctimas. A pesar de que lo habían aseado y medio peinado, seguía desprendiendo un hedor putrefacto. Tenía el rostro repleto de arañazos a medio curar y unos ojos opacos presidían su mirada perdida.
A cierta distancia, dos agentes uniformados y armados lo vigilaban con suma diligencia. Justo a la derecha del recluso se sentaba el abogado defensor, designado de oficio, puesto que ninguno de los letrados de la ciudad, con un mínimo de sentido común, había querido hacerse cargo del caso. Ni siquiera el joven defensor ––recién salido de la facultad de Derecho–– creía en la inocencia de su cliente. Sin ir más lejos, en los pasillos del Palacio de Justicia ya corrían rumores sobre su falta de escrúpulos por haber aceptado la tarea de representar al individuo que ahora se sentaba en el banquillo de los acusados. Pero, al menos ––pensaba él––, podría ganar algo de experiencia en el complejo mundo de las leyes y los litigios. En cualquier caso, y tras un tupido velo de inmoralidad y tejemanejes, gente influyente y con poder había exigido al joven abogado que se limitara a defender los derechos como acusado de su cliente, pero que en absoluto se atreviera a presentar argumentos a favor de su puesta en libertad. El caso era claro, y la justicia recaería con fuerza en esta ocasión. No iban a permitir que por un error de trámite o por una suertuda intervención de principiantes el acusado pudiera quedar libre.
––Señores miembros del jurado ––añadió el fiscal­ con voz altisonante––, nos encontramos ante uno de los casos más claros de dilucidar de todos los tiempos. ––El hombre de ajustó la corbata y miró a las dos mujeres del jurado sentadas en la primera hilera del estrado––. El acusado, sin piedad y con una gran carga de violencia, cometió tres asesinatos antes de ser detenido por las fuerzas de seguridad del estado. En las próximas horas expondré, con todo lujo de detalles, junto a las pruebas incriminatorias pertinentes, los hechos acaecidos en la madrugada del pasado 20 de junio, cuando el señor Lacha asesinó al vigilante del cementerio municipal para más tarde segar la vida de una madre y su hija pequeña.
Algunos miembros del jurado se movieron incómodos en sus asientos.
––Como decía, el pasado 20 de junio, el señor Bonnet, vigilante nocturno del cementerio municipal, detectó ruidos en la zona más alejada del camposanto, cerca de los nichos de los Caídos. Cumpliendo eficientemente con su trabajo, el señor Bonnet acudía al lugar para solventar la incidencia cuando se encontró con el señor Lacha a pie de una tumba abierta, con la tierra removida y esparcida por todas partes. Sin tiempo para reaccionar o dar la alarma, el señor Lacha se precipitó con violencia hacia el señor Bonnet y le desgarró la garganta a mordiscos, arrancándole la vida casi al instante. Y no crean que se contentó con esos mordiscos, sino que se regodeó en su carnicería causándole innumerables desgarros en el resto del cuerpo, efectuados con las manos y de nuevo con los dientes. ––Ahora redujo la voz a un ligero hilillo tenebroso––: El vigilante de seguridad fue encontrado de esta guisa a la mañana siguiente de su muerte. Las muestras de ADN recogidas en la víctima coinciden al noventa y nueve por ciento con el señor Lacha.
El fiscal hizo un gesto hacia su joven ayudante, que aguardaba con parsimonia en la mesa de la derecha, y este se levantó en seguida con dos carpetas de color marrón en las manos. Una se la entregó al juez, y de la otra extrajo varias fotografías que repartió entre los miembros del jurado.
––Señoría ––expuso el fiscal––, solicito que el expediente entregado con estas imágenes se tramite como prueba A en el caso contra el señor Lacha.
––Se acepta.
El juez abrió la carpetilla y pasó rápidamente las fotografías. Como era de esperar, las instantáneas mostraban el cadáver del vigilante del cementerio municipal: unas imágenes muy crudas, viscerales, repletas de sangre y jirones de piel. Nada fuera de lo habitual en estos casos de asesinato.
Algunos miembros del jurado intercambiaron murmullos entre sí, y otros incluso se vieron en la obligación de sofocar un improperio llevándose las manos a la boca. Para ellos sí se trataba de fotografías demasiado duras.
El fiscal se acercó a la mesa y se sentó al lado de su ayudante. El triunfo se dibujaba en su rostro bajo una sonrisa de hito en hito. Era cuestión de tiempo.
El juez se dirigió al abogado defensor.
––¿La defensa tiene algo que alegar?
El joven abogado hizo el amago de levantarse, pero en el último instante se inclinó sobre la mesa y con un susurro rechazó su derecho a intervenir. Volvió a sentarse de forma torpe en su silla, mirando de reojo la posible reacción de su cliente, quien apenas había parpadeado en un par de ocasiones.
Ni siquiera se inmutó.
El juez asintió satisfecho y continuó:
––Así pues, la fiscalía puede continuar.
El fiscal volvió al centro de la sala con la misma ligera y socarrona sonrisa en los labios.
––Señores miembros del jurado ––expuso––, tras este vil asesinato a sangre fría, el acusado salió atropelladamente del cementerio y caminó a trompicones por varias calles de la ciudad. Vestido con un desarrapado traje negro manchado de tierra húmeda, con las manos ensangrentadas, las uñas destrozadas y la boca repleta de sangre coagulada, quiso el destino que el señor Lacha se topara en la calle principal de Serena con una joven señora y su hija pequeña, de seis años. Ambas volvían a casa después de pasar una agradable jornada en el cine del centro comercial. Vieron una película de dibujos animados. ––Hizo una pausa para que sus palabras calaran hondo en todos los presentes––. De forma reprochable y con una violencia desmedida, el señor Lacha se abalanzó en primer lugar sobre la niña. Esta apenas tuvo tiempo de agarrarse a la pierna de su madre antes de caer de espaldas sobre la acera. El señor Lacha, enloquecido, la mordió en un brazo en repetidas ocasiones antes de pasar a otras partes del cuerpo. En resumen, la niña pequeña recibió trece mordiscos en total, lo que conllevó a su muerte por desangramiento. Señores miembros del jurado, no crean que cesa aquí la matanza. ––Otra pausa intencionada para amoldar a sus interlocutores––. Mientras el señor Lacha llevaba a cabo este segundo asesinato, la madre de la pequeña, en un acto de valentía admirable, y empujada por su condición de madre protectora, no dejó de golpear al acusado en la espalda con todas sus fuerzas, aunque fue incapaz de apartar al hombre de su hija. Gritaba pidiendo auxilio, pero nadie acudió para brindar ayuda. En cualquier caso, si alguien se hubiera acercado, habría sido una víctima más que sumar a la lista.
»El señor Lacha ––continuó el fiscal––, no saciado tras la muerte de la niña, se giró hacia la madre y le endosó un mordisco en la mejilla derecha, desprendiéndole gran cantidad de carne del rostro. No quiero entrar en detalles, pero tal y como podrán comprobar en las siguientes fotografías ––volvió a hacerle un gesto a su ayudante, quien se levantó de nuevo para entregar al juez una carpeta idéntica a la anterior y repartir copias de las imágenes entre el jurado––, tras otros once mordiscos la mujer falleció sin remedio.
Más rumores entre los presentes. Los periodistas tomaban nota frenéticamente.
El fiscal se dirigió al juez.
––Señoría, solicito que estas imágenes sean aceptadas como prueba B en el caso contra el señor Lacha.
––Se aceptan las fotografías como prueba.
––Asimismo, solicito que suba al estrado, en condición de testigo, la señorita Amanda Martínez.
––Que avisen a la señorita Amanda Martínez ––dijo el juez desde su asiento.
Murmullos entre los asistentes.
El alguacil abrió uno de los portones de la entrada y avisó a la aludida. En unos segundos, una mujer de unos treinta años enfiló el pasillo central para sentarse afablemente en el trono de los testigos. Llevaba un traje chaqueta gris, con un corte demasiado anticuado para su edad, probablemente comprado o alquilado para la ocasión. Unos labios pintados de color rojo pasión proferían una belleza inusitada al conjunto de su rostro. Los ojos le brillaban de seguridad en sí misma.
Los periodistas tomaron nota.
––Le recuerdo, señorita Martínez ––dijo el juez––, que se encuentra usted bajo juramento. Deberá decir toda la verdad, sin omitir aspecto alguno en su declaración.
Amanda asintió ligeramente con la cabeza.
––Lo juro ––dijo y esbozó una dulce sonrisa que cautivaría al pirata más cruel de los mares caribeños.
––Proceda con su testigo, letrado.
El fiscal se acercó a la mujer.
––Señorita Martínez, ¿dónde se encontraba en la noche del 20 de junio?
Amanda no vaciló en su respuesta. Miró al fiscal y habló con voz clara y decidida:
––Me encontraba en la calle principal de Serena.
––¿Qué hacía? ––preguntó el hombre.
––Fumaba un cigarrillo en la entrada de mi tienda, poseo una floristería a pocos metros del centro comercial.
––¿Ocurrió aquella noche algo que considere fuera de lo normal?
––Por supuesto. Fue la noche en la que asesinaron en plena calle a la madre y a su hija pequeña.
––¿Intentó usted ayudar a esas personas?
Medió un silencio entre ellos. Un ramalazo de culpabilidad recorrió el cuerpo de la joven. No obstante, acudir en auxilio de aquellas personas habría sido un acto irreflexivo, no hubiera podido hacer nada por ellas y para entonces ya estaban sentenciadas.
––No ––dijo Amanda al poco––, me asusté muchísimo. Además, el asaltante estaba fuera de sí, parecía rabioso, mordió a la niña y a la mujer con una fuerza… como si… como si estuviera hambriento. Muerto de hambre.
––Muerto de hambre ––repitió el fiscal––. Una buena analogía.
––Sí. Me dio mucho miedo. Grité pidiendo ayuda, aunque no había demasiada gente en la calle. De todas formas, en mi opinión, nadie hubiera podido detener al asaltante. Parecía tener una fuerza fuera de lo común. Como si estuviera fuera de sí.
––¿Qué hizo el agresor tras acabar con la vida de la mujer y su hija?
––Siguió adelante por la calle principal, abalanzándose sobre todo aquel que estuviera cerca. Si hubiera sido un animal, diría que se trataba de un oso enloquecido.
––¿Atrapó a alguien más?
––No, que yo sepa. Para entonces, todo el mundo gritaba y corría huyendo. Yo misma entré en mi tienda y llamé a la policía.
––Bien hecho.
––Gracias ––respondió satisfecha.
––¿Podría reconocer al asaltante, como usted lo ha denominado, en una rueda de reconocimiento?
––Por supuesto.
––¿Podría señalarlo con el dedo, ahora?
––Sí, claro.
Amanda Martínez extendió el brazo y señaló con el dedo al acusado que seguía en su asiento casi en estado catatónico, sometido a la eficacia de los sedantes.
––Gracias por todo, señorita Martínez. ––Se giró hacia el juez y dijo––: No tengo más preguntas.
El juez preguntó al abogado defensor si tenía pensado interrogar a la testigo. Tras la negativa del joven letrado, la mujer dejó su asiento y abandonó la Sala de Justicia.
––La fiscalía puede seguir con el procedimiento.
El fiscal carraspeó y volvió a dirigirse al jurado.
––Señores miembros del jurado, tras el asesinato de la mujer y la pequeña, el señor Lacha avanzó por un par de calles más hasta que, minutos más tarde, la policía lo interceptó frente al centro comercial de Serena, junto al estadio del equipo de fútbol. Hicieron falta cuatro agentes y el uso de varias pistolas Taser para lograr reducir al acusado. Aun así, dos de los agentes resultaron heridos de gravedad en la detención, aunque ya se recuperan favorablemente en el Hospital General y no se teme por sus vidas.
»Por último, y solicito a su señoría que lo acepte como prueba C en el caso contra el señor Lacha, quisiera aportar un nuevo documento que claramente demostrará que el acusado es culpable del cargo principal que se le imputa. Daniel, por favor, haga entrega del documento.
El joven ayudante volvió a levantarse por tercera vez de su sitio, y entregó al juez un documento consistente en una sola página. Seguidamente, pasó varias copias a los miembros del jurado. Luego regresó a su asiento.
El juez estudió el documento con tranquilidad y habló con voz autoritaria.
––Se acepta el documento. Explíquele al jurado de qué se trata.
El fiscal no tardó en satisfacer su petición.
––Señores miembros del jurado, el documento que acaba de serles entregado es una copia del certificado de defunción del acusado. Como han podido comprobar, el señor Lacha lleva muerto más de una semana, declarado fallecido precisamente dos días antes de los asesinatos cometidos en la noche del 20 de junio. Con este documento, se demuestra que el señor Lacha es un muerto viviente. Se demuestra así que en la fecha en que ocurrieron los asesinatos, este señor llevaba muerto más de cuarenta y ocho horas.
Los periodistas entraron en un estado de frenesí absoluto. Los que llevaban teléfonos móviles hacían comentarios en voz baja para que quedaran bien registrados; los demás tomaban notas como si el Pulitzer asomara en una de sus palabras. Los miembros del jurado intercambiaron rápidas reflexiones entre sí. El fiscal volvió a su asiento, satisfecho por un trabajo bien hecho.
El sol seguía colándose por los ventanales de la Sala de Justicia.
El juez tardó unos segundos en lograr el orden entre los asistentes. Después preguntó a la defensa si tenía algo que exponer para acabar con el proceso, y el joven abogado respondió de nuevo con sencillo no. Seguidamente, indicó que los derechos de su cliente habían sido salvaguardados y que se sentía satisfecho por cómo se había llevado a cabo todo el procedimiento.
––Por supuesto que sí ––dijo el juez con severidad.
A continuación, su señoría hizo un resumen pormenorizado de los cargos imputados y de las pruebas presentadas.
––Tengan en cuenta que de ustedes depende que el acusado sea declarado culpable o inocente de los cargos que se le imputan. Cargos que, de ser declarado culpable, conllevarían la pena capital, llevada a cabo mediante la decapitación y la consiguiente incineración de los restos.
Hizo hincapié en los aspectos más relevantes y aconsejó qué datos debían dejar en cuarentena, por ser irrelevantes o conflictivos. Indicó al jurado que no podían hablar del caso con personas ajenas al litigio mientras durara su deliberación, y los instó a reunirse en una sala contigua para llegar a un acuerdo. Los conminó a encontrarse de nuevo una hora más tarde en aquella misma Sala de Justicia y levantó la sesión con un golpe de martillo.
El abogado defensor agachó la cabeza y miró directamente a la carpeta que yacía bajo todos los papeles, como un raro espécimen que se ocultara entre la maleza burocrática. Apenas un trozo de cartón en el que había garabateado, con trazo firme y entusiasta, la palabra «defensa». No se sentía nada bien. A fin de cuentas, no se había atrevido a esgrimir sus argumentos. Aquello se alejaba bastante de llegar a ser un auténtico abogado, algo que había prometido a su padre antes de que este falleciera hacía tres años. Pero ya era tarde para lamentos. El tipo se levantó y puso la mano en el hombro del acusado.
––Lo siento, amigo ––dijo, claramente compungido.
Comenzó a caminar hacia la puerta de la sala, comprobando en su agenda electrónica cuál era su próximo juicio, asignado de nuevo de oficio, que comenzaría en aquel mismo edificio un par de semanas más tarde.
––Un jodido violador de niños ––susurró fastidiado––. Maldita sea, solo me tocan monstruos.
Mientras abría la puerta, y sin mirar atrás, comprobó que en su maletín de cuero también llevaba otra carpeta, con la idéntica palabra «defensa» escrita en el frontal, para aquel próximo caso.
La sacó con cuidado y la acercó a la boca de una de las papeleras del pasillo, pero en el último momento optó por devolverla al interior del maletín. Joder, al fin y al cabo, había prometido ser un buen abogado. Siempre podía enderezar el rumbo.


El jurado necesitó catorce minutos para llegar a una resolución unánime.
De nuevo reunidos en la Sala de Justicia, el juez habló con voz grave:
––Señor presidente del jurado ––dijo dirigiéndose a un hombre con traje gris que permanecía en pie frente al primer asiento del estrado––, ¿han llegado a una decisión respecto a los cargos imputados al acusado?
––Sí.
El juez asintió satisfecho. El litigio terminaría antes del almuerzo y podría irse a casa cuanto antes. En un caso tan claro como aquel, lo menos indicado sería que el jurado entrara en desacuerdo por asperezas personales.
––Señor presidente del jurado, ¿cómo consideran al acusado respecto a los cargos de asesinato de tres personas en la noche del 20 de junio?
––Culpable.
––Señor presidente del jurado, ¿cómo consideran al acusado respecto al cargo de estar clínicamente fallecido y ser, de hecho, un muerto viviente, o comúnmente conocido como zombi?
El hombre del traje gris no vaciló en su respuesta.
––Culpable.

domingo, 4 de agosto de 2013

Conversión _ Ricard Millás

Ilustración: Kike Alapont

   La escena se funde en negro cuando el contacto de sus dientes con tu piel acrecienta el latido del corazón. El bombeo de la sangre es el pistón de una enfurecida locomotora huyendo de las flechas enemigas. Huyendo del nuevo orden imperante. La muerte sonríe eternamente y no se preocupa por las manchas rojas que luce en la ropa. Las medallas negras se muestran opacas bajo la crueldad del sol. Nada importa mientras la vida se muestre como un tierno bocado.
   Has sucumbido bajo el poder del paso renqueante, de la muerte subida en un caballo con la boca llena de espuma. En un par de horas volverás a abrir los ojos y lo que hayan dejado los zombis formará parte de tu cuerpo. Mientras alguien desgarra el tejido muscular de tu brazo izquierdo piensas en cómo va a ser tu nueva vida. Agradeces que nadie se haya fijado en la piel tatuada del bicep izquierdo. El precio de los tatuajes ha subido demasiado en los últimos dos años. La musa que te mira gravada en tu piel es la última mujer que vas a ver en tu vida.
   El deseo se escurre junto a la ingente cantidad de sangre que brota de tu cuerpo como si fueran lágrimas derramadas en el día de los muertos. La llorona roja fluye por el dibujo de la baldosa de la ducha.
   Eres la versión zombi de Janet Leigh con el pingajo colgante de tu miembro a modo de representación masculina.
   Una dentellada en la pierna dispara la alerta del sistema inmunológico. Los agentes en miniatura acuden al rescate en el micromundo de tu anatomía humana. No sientes nada porque has caído víctima del coma. Tu cuerpo se convulsiona mientras la conversión libra una batalla con tus defensas. No existe el dolor cuando la ausencia de los sentidos se hace latente.
   Vives tu propia pesadilla escondido en la negrura de la inconsciencia.
   La carne se desgarra de tus huesos con la misma facilidad que un vampiro vacía las venas de una diva del celuloide. Como si fueras la protagonista de Nosferatu, el zombi adopta el papel de Max Schreck mientras la ausencia de unos pechos femeninos se dibuja contra el blanco deteriorado de la baldosa de la ducha. No eres una estrella de Hollywood pero todos están pendientes de ti. Desean tu carne y tu cerebro. Obviando tu modo de ser ingieren la carne sangrante que se desparrama por el suelo a modo de alfombra.
Tu consciencia retransmite el evento de tu descuartizamiento. Mueres a sabiendas de que vas a volver a ponerte en pie, suspirando por la carne de tus semejantes. En realidad lo ves todo en tu memoria. Oyes como rascan sus gargantas por la ausencia de saliva mientras tragan carne y se regodean en su postura de acólitos de la muerte. Mueres poco a poco para volver a nacer; esta vez no habrá parto posible. La anti-naturaleza jugará su papel por vez primera en tus carnes. O en lo que queden de ellas.

   Han entrado en tu casa formando un tremendo alboroto, como una horda de niños hambrientos han exigido sin palabras el calor rojizo que se esconde bajo tu piel. Lo peor de todo es que no te has enterado. El volumen de tu equipo estereofónico casi roza los límites de la paciencia humana; nunca has tenido en cuenta que siempre has vivido rodeado de otras personas. El hecho de formar parte de la raza humana nunca ha sido un impedimento para exigirte a ti mismo alcanzar la cima de tu egoísmo. Nunca te ha importado la gente, ni tan solo te has molestado en pedir auxilio cuando el terror ha irrumpido en tu casa y te ha obligado a correr hacia el baño y protegerte con la frágil balda que se esconde detrás de la puerta.
    El egoísmo se muestra fiel hasta la muerte.
   Los golpes han sido tan fuertes que el sonido de la música se ha convertido en un rumor.   La banda sonora de tu muerte ha rebotado en las paredes de tu piso. Convertido en víctima has buscado protección en tu imagen reflejada y en las cortinas de la ducha. No hay forma de salir vivo cuando la muerte llama a la puerta. Has esperado durante dos horas mientras la dureza de la puerta se ha convertido en la fragilidad del batir de las alas de una mariposa.
    Prolongar el sufrimiento inyecta pensamientos descorazonadores en la mente; es hora de afrontar la realidad.
   Has abierto la puerta a las decenas de bocas hambrientas y les has ofrecido el poder de la redención de la carne. La batalla llega a su fin antes de comenzar. De un salto la planta de tus pies desnudos se han posado en la baldosa de la ducha. Las primeras gotas de sangre han caído como las lágrimas de una niña malcriada. Los primeros mordiscos han ocurrido bajo la asepticidad de la baldosa blanca.

   Cuando la blancura de tus ojos se acostumbra al entorno ya no eres consciente de tu nueva condición; lo único que deseas es volver a sentir la vida corriendo por tu interior como una manada de caballos salvajes mostrando la grandeza de la existencia. Te pones en pie y caminas sin ser consciente de que lo estás haciendo. Las láminas de Linchenstein que cuelgan de las paredes de tu vivienda ya no significan nada para ti, al igual que la música de Hans Zimmer que sigue brotando de los altavoces buscando la inexistente exaltación de los sentidos. La media docena de cuerpos que deambulan contigo por el piso lucen restos de sangre fresca cayendo por sus rostros, formando nuevas condecoraciones en el ejército de la muerte.
   Te unes a las tropas de la podredumbre cuando salís del piso y camináis en tropel, buscando nuevas vidas en el desorden que habéis ocasionado con vuestra ansia por la ingesta de carne viva. Ya nada importa, excepto el primer lamparón rojo que cuelgue de tu camiseta.

lunes, 18 de marzo de 2013

LA RESEÑA: COLEGIO Z ALA ESTE

IGNACIO MALLÉN LAFUENTE: Nació en Teruel el 3 de noviembre de 1984. Trabaja como programador informático y en es en su tiempo libre cuando se dedica a escribir relatos de terror y de ciencia-ficción.
Uno de sus primeros cuentos, “Caja una Caja”, fue publicado en el 3º número de la revista REDES. “Colegio Z Ala-Este” ganó el National Novel Month de 2011 y es ahora en 2013 cuando ha visto la luz su publicación en la editorial BUBOK.


SINOPSIS: Los alumnos del Colegio Privado “Siete de noviembre” deberán luchar por su vida, pero no contra los zombis que les rodea sino contra sí mismos.

RESEÑA:
¿Cómo se comportarían nuestros hijos en caso de sobrevivir a un Apocalipsis Zombi?

Ignacio Mallén nos invita a vivir una situación límite de pánico desde la página uno de su novela. Utilizando el ya clásico tema de un ataque zombi por contagio de un virus, y sin entrar en detalles, nos sumerge en una vorágine de duros y crueles acontecimientos donde unos adolescentes acostumbrados a vivir rodeados de lujos, son testigos de las muertes más atroces, de los accidentes más estúpidos, de traiciones y de locuras.

No es tanto el problema de los zombis lo que se narra en esta historia, sino las luchas internas de unos críos que desean ser los más importantes en la escuela, los reyes del mambo y convertirse en los líderes de una pandilla de compañeros de escuela malcriados. Ellos no captan el peligro real que les acecha, lo viven como un juego de patio de recreo, no piensan más allá del siguiente minuto y el Apocalipsis Zombi pasa rápidamente a un segundo plano tanto para los personajes como para el propio lector, que en algún momento llega incluso a olvidar que en el exterior del colegio ha llegado el fin del mundo.

Es entonces cuando sentimos el verdadero terror que nos quiere transmitir el autor y que va impregnando cada página de la novela. En una situación caótica, Ignacio Mallén es capaz de sacar a relucir los peores instintos del ser humano.

Solo he echado de menos una cosa: las descripciones. Son escasas y me costaba imaginar el escenario y a los personajes. Pero en general es una buena novela, entretenida y que te lleva a sentir un desagradable estado de mal humor. Conforme avanza la historia, la calidad de la intriga va “in crecendo”.

OPINIÓN PERSONAL: La novela se lee rápida, es entretenida y, mientras la leía, solo un pensamiento pasaba por mi mente: me apetecía que todos esos adolescentes egoístas,  engreídos y perversos murieran a manos de los zombis lo más rápido posible.


Ana Vivancos

jueves, 14 de marzo de 2013

TURNO DE NOCHE ZOMBIE

Ilustración: Carlos Rodón

Tom empezaba su turno de noche en la fábrica. Su compañero le pasó las últimas instrucciones enviadas por su empresa y se marchó.

Los vigilantes veteranos de su empresa estaban tan quemados con aquél trabajo que apenas si hablaban con los nuevos vigilantes, era como si pertenecieran a una élite que no se relacionaba con cualquiera. En cualquier caso para Tom no eran más que unos fracasados que se habían conformado con el peor puesto de la empresa y encima no tenían la humildad necesaria para reconocerlo. Entró en la fábrica y cerró la pesada puerta de metal, echó la llave y subió las escaleras que daban al piso superior. Una vez allí soltó sus cosas en un enorme sillón que en más de una ocasión le servía de cama y se sentó en la silla que había junto a los seis monitores. Desde allí podía ver no solo el exterior, sino las dependencias más importantes de la fábrica. Pero no se engañaba, mirar esas cámaras era tan divertido como contar de uno a mil. Se reclinó hacia atrás y suspiró, le quedaban doce horas de aburrimiento y sueño por delante. Aunque tenían una televisión, ésta sólo sintonizaba algunos canales y la mayoría de noticias, por ese motivo Tom no la solía usar. Un piloto rojo se encendió.

-¡Mierda! - gritó Tom. ¡Ni diez minutos de servicio y ya hay un problema! Se ajustó el cinturón y revisó la pistola. Esperaba no tener que usarla pero últimamente había mucha gente rara merodeando por aquel antiguo complejo de fábricas. Por un poco de cobre, eran capaces de cortarte el cuello.

Bajó las escaleras y corrió por el corredor A. A medida que iba avanzando los sensores de luz lo detectaban y se iban encendiendo las luces cercanas a él mientras las que quedaban a sus espaldas se apagaban. Eso le molestaba mucho, porque entre otras cosas le daba escalofríos, todo parecía muy tétrico en la oscuridad. Cuando llegó a la puerta, ésta se encontraba atrancada, aunque prácticamente cerrada. Intentó abrirla para cerrarla correctamente, pero ésta estaba demasiado atascada. Le pegó una patada y la hoja cedió con brusquedad, provocando un sonido extraño. Parecía como si hubiera golpeado algo y ese algo hubiera caído al suelo. Se acercó a la puerta y allí vio un hombre en el suelo, parecía en estado de shock, no reaccionaba. Tom le pregunto si se encontraba bien, pero no obtuvo respuesta alguna, por más que insistía. Entonces vio que llevaba un traje que en otro momento debió ser muy elegante pero que ahora estaba totalmente cubierto de un líquido oscuro. Tom alumbro al hombre con su linterna y quedo paralizado. Aquel hombre debía tener menos de cincuenta años, pero su cara estaba desfigurada, de hecho le faltaba parte de la mejilla y todo su cuerpo estaba cubierto de sangre. Lentamente el hombre se levantó y se aproximó a él renqueante. Sus ojos estaban en blanco y su boca parecía escupir sangre con cada balbuceo. Tom retrocedió y cerró la puerta con un golpe tan bestia que se quedo no solo cerrada sino algo deformada. Cerró con llave y salió pitando. Tras él, aquel extraño hombre, golpeaba la puerta sin mucha fuerza pero con una perseverancia que helaba la sangre.

-¿Por qué diablos quería entrar?

Tom subió las escaleras saltando los peldaños de dos en dos. Estaba aterrorizado, él no era ningún boina verde retirado, solo era un antiguo camarero reconvertido en vigilante. Agarró el teléfono y llamó a la policía. Al cabo de unos interminables minutos una agente con voz apática le habló.

-Policía, ¿dígame?
-Señorita le llamo desde la fábrica Drusmor en el parque Joan Malden, alguien está tratando de entrar en la fábrica.

Tom miraba el monitor que enfocaba la puerta que había cerrado, esta parecía moverse, aquel ser seguía intentando entrar.

-¿Es una persona o varias?
-Es un hombre de unos cincuenta años, parece enfermo, pero actúa como un loco.
-Bien, mandaré una patrulla, un segundo. Se escuchó como la agente soltaba el teléfono y hablaba por radio. Señor. Si.
-La unidad 5 está por la zona en menos de cinco minutos estará allí.
-Gracias.
-¡Maldito loco! ¡Tenía que venir a joder en mi turno!

Tom estaba como hipnotizado mirando la puerta, dio un par de vueltas en círculos y revisaba una y otra vez su arma. Joder este tío me va a buscar la ruina. Se volvió a sentar y vio por uno de los monitores que la patrulla había llegado.

-¡Por fin! - Gritó.

La policía llamó al timbre de la puerta principal. Tom descolgó el teléfono.

-Gracias agentes por venir tan rápido. Es un loco está en la puerta justo al final de la nave donde hay varias camionetas aparcadas, deberían verlas desde su posición.
-Ok, las vemos. Permanezca dentro del edificio hasta que nosotros le avisemos.
-De acuerdo. Tom suspiró aliviado.

Conectó las cámaras de la zona y vio como los agentes se acercaban a las camionetas. Se lo tomaban con tranquilidad. Cuando llegaron a la parte de atrás, las cámaras no estaban bien orientadas, por lo que tuvo que redirigirlas manualmente.

-Ahora si voy a ver en directo como te patean el culo. ¡Imbécil!

La policía se paró justo a tres metros del hombre, por sus gestos le estaban soltando el rollo típico de la policía. El hombre los miró y se acercó lentamente a uno de ellos. Este le hizo ademán de que se parara, pero el hombre siguió avanzando. Cuando estuvo cerca del policía, Tom presenció el acto más absurdo y aterrador que jamás había visto. Aquel ser, saltó sobre el policía y comenzó a morderle el cuello. El otro agente le disparó pero las balas ni le molestaban, seguía devorando al desgraciado policía. Varios hombres y mujeres se acercaron a ellos pero lejos de ayudar agarraron al otro policía y lo tiraron al suelo. Tom no pudo seguir mirando. No podía creer lo que había pasado. El mundo se había vuelto loco. Escuchó un golpe en la puerta principal. Miró por la cámara y allí estaba John, el compañero que se había marchado hacia menos de veinte minutos. Visto lo visto, no correría ningún riesgo. Movió la cámara hasta enfocar la cara de John. ¡Dios! Tenía la cara desfigurada y cubierta de sangre, le faltaba un ojo y el labio superior. Tom comprobó por las cámaras todas las puertas de acceso y cerro las internas herméticamente. Por lo menos aquella fábrica era segura. Pero de que tenía que defenderse exactamente, ¿era una enfermedad?, ¿unos locos? Volvió a llamar a la policía pero nadie cogía el teléfono. Llamó a su jefe pero él tampoco lo cogía. Encendió la televisión y buscó algún canal de noticias, con la esperanza de encontrar algo que aclarara lo que estaba pasando. CNN bueno.

-“Ésta misma debería valer”- musitó Tom.

En la pantalla se veían fuertes disturbios por toda la ciudad, la gente corría asustada, otros avanzaban lentamente y atacaban a todos los que encontraban a su paso. La policía no solo no los podía contener sino que además después de ser atacados se unían a la masacre, era como si los infectaran y se volvieran como ellos.

Una corresponsal trataba de dar un informe.

-Lorna Banson desde la calle 45. Esto es una locura, la gente está literalmente comiéndose entre sí. Les aconsejo que no salgan a la calle hasta que la policía controle la situación.

El informe duró poco, una horda agarró tanto al cámara como a la periodista. La cámara seguía filmando, pero Tom no pudo más. Vomitó y vomitó hasta casi quedarse sin aliento. Apenas una hora antes su vida era normal, mediocre pero normal y ahora el mundo estaba loco, nada parecía tener sentido. Se acercó al sofá y se dejó caer. Aunque los cristales de la puerta eran fuertes y la puerta de sólido metal reforzado, los gritos y golpes de los seres se dejaban escuchar. Emitían un lamento insoportable. Tom agarró su pistola y le quitó el seguro.

-¡Aún no! - pensó – “Dejemos que pase el tiempo a ver qué pasa”

La televisión seguía emitiendo imágenes de gente corriendo. El ejército había tomado las calles, se veían vehículos acorazados y soldados pertrechados más para una guerra que para un disturbio local.
-¡Fenómeno, estos les darán caña! Tom miraba entusiasmado como la guardia nacional abría fuego contra los seres. Caían uno tras otro, pero se volvían a levantar. La batalla fue feroz, pero la gente seguía avanzando. Algunos se arrastraban, otros aún faltándole brazos o piernas seguían adelante. Al final los soldados fueron superados y aniquilados. La televisión dejó de emitir. Tom corrió y pulsó todos los botones, canal a canal.

-¡No, mierda, no! La televisión también había muerto.

Aquellos seres debían haber atacado las instalaciones de las cadenas de televisión o los periodistas las habían abandonado al ver lo ocurrido en las calles.

-¡Bien, se acabó!

Tom agarró la pistola y se la puso en la sien. El sudor resbalaba por su frente, apretó los ojos y la boca. Los dientes le rechinaron por la presión.

-¡Joder! ¡No puedo! Bueno pues si tengo que morir antes me cargaré a todos los que pueda. Abrió la puerta de la sala y camino por el oscuro pasillo C, las luces no funcionaban en aquella zona, debió saltar algún conmutador, cerca de allí se escuchaban pasos. Tom sabía que allí no debía quedar nadie y eso no lo tranquilizaba precisamente. El ruido procedía de una de las puertas interiores que había cerrado desde la sala de control. Allí la oscuridad era total, acercó su linterna a la puerta pero no vio nada raro. Agarró la llave y la introdujo en la cerradura, justo en ese momento un ser se estrelló contra el cristal blindado. A pesar de haberse partido media cara y haber cubierto con su sangre el cristal, seguía golpeándose contra la puerta, sus ojos muertos se posaron en él. Tom sacó la llave de la cerradura y echó a correr. Cuando llegó a la sala D, cerró la puerta del pasillo y entró en la sala blindada. Nada más introducir la clave la puerta se abrió. Entró y encendió la luz. Una fila interminable de bombillas iluminó la estancia. La mayoría de las estanterías estaban ya vacías pero aun había un auténtico arsenal, pistolas, rifles, granadas, etc.… aquellos seres se habían equivocado al meterse con él. Porque a diferencia de otros vigilantes, el no custodiaba latas de conserva o ropa, sino las reservas de una pequeña fábrica de armas. Agarró todo lo que pudo y salió fuera, cerró todas las puertas que daban acceso a la cámara y subió a la pequeña azotea superior. Desde allí podía ver el exterior, a lo lejos se divisaban incendios y algunos helicópteros. La ciudad era un caos y él estaba dispuesto a sembrar un poco de orden.

Tomó un fusil de asalto y comprobó su estado. Acto seguido comenzó a introducir balas en los cargadores. Colocó el selector en posición tiro a tiro. Y seleccionó a su primera víctima que no era otra que su compañero.

-Nunca me caíste bien, pero no mereces vivir así.

El disparo retumbo en las cercanías que estaban relativamente tranquilas en comparación con el resto de la ciudad. Los seres se acercaron al escuchar ruido. Tom abrió fuego sobre todos los que veía. A lo lejos vio como algunas personas trataban de huir, soltó el rifle y cogió uno de caza con una enorme mira telescópica. Uno a uno abatió a todos los seres que se encaminaron hacia ellos. Cogió unos prismáticos para ver la dirección a la que iban.

-¡Joder! Van directos a la peor zona.

Tom agarró una granada y la tiró al aparcamiento. El pequeño grupo se quedó paralizado al ver la explosión y aun más confuso al ver a un loco que les hacía señales desde un tejado. Finalmente decidieron que mejor arriesgarse con un loco vivo que con un loco devorador de hombres. Corrieron hacia la fábrica. Tom limpió la zona hasta la entrada. Agarró un subfusil y bajó las escaleras. Corrió hacia la puerta más cercana al grupo. Por el camino recordó que debía pasar por el pasillo donde aquél ser estaba encerrado. Se le heló la sangre. Reanudó la marcha con el corazón latiendo con fuerza. Metió la llave en la cerradura. El ser estaba en frente mirándolo, esperando o al menos eso le pareció. Tom abrió la puerta y rápidamente le disparó a la cabeza esparciendo sus sesos por todo el suelo. Cuando pasaba junto a él, se percató de que llevaba un mono de trabajo, debía ser algún contratista que se quedó haciendo horas extras, pero ¿cómo se infectaría?, debió ser antes. En cualquier caso apartó esos pensamientos de su mente y corrió hacia la puerta exterior, el grupo no estaba a salvo afuera. Abrió la puerta y disparó a todos los seres que se acercaban. El grupo compuesto por dos ancianos, varios jóvenes, un niño y dos soldados se acercaron corriendo. Tom afinó la puntería y acabó con un ser justo cuando agarraba por el pelo a una joven. Los soldados debían estar sin munición porque en ningún momento escuchó disparos. Por fin llegaron a la puerta. Tom cerró con llave y les ordenó acompañarles. Una joven gritó al ver al ser tirado en el suelo. Tom agarró la llave y cerró la puerta de seguridad. Una vez a salvo se relajó y los miró. Uno de los soldados le dio la mano.

-Hola me llamo Dexter pertenezco a la Guardia Nacional.

Tom lo miró confuso.

-Os vi por la tele, os dieron una buena.

Dexter bajó la mirada.
-Así es, salvo Jimmy y yo acabaron con todos.
-Veo que recogisteis supervivientes- comentó Tom.
-Son los pocos que encontramos con vida.

Tom los miró otra vez.

-Bueno pues ¡bienvenidos a mi fábrica de armas particular!

Dexter lo miró con los ojos como platos.

-¿Has dicho?, ¿fábrica de armas?
-Sí, lo cierto es que la estaban cerrando, cuando todo esto pasó. La mayor parte se trasladó la semana pasada, pero aún queda un auténtico arsenal. Todas las puertas exteriores e interiores están cerradas. Si seguís este pasillo hacia la izquierda os llevará hacia la sala de seguridad y hacia la derecha a la cámara donde están las armas. Os aconsejo que vayáis a la sala de seguridad hay un gran sillón donde podréis descansar algo, después bajaré al comedor de la fábrica, estoy seguro de que aún debe haber algo de comer.
-¿A dónde vas tú? - Preguntó Dexter.
-Voy a la azotea, a ver cómo está el patio.

Tom subió la escalera y se asomó con sigilo, procurando no dejarse ver. Fuera en el aparcamiento la muchedumbre se había diseminado. Algún ser deambulaba en las sombras, pero por lo demás las calles estaban tranquilas. A lo lejos seguían ardiendo algunos edificios, ya no había movimiento en el cielo, los helicópteros debían haberse marchado lejos de allí. Un ruido tras él le sobresalto, se volvió rápidamente apuntando con el subfusil. Era una joven. Ella sobresaltada lo miró.

-Perdona soy Jean, quería darte las gracias, de no ser por ti ese ser me habría devorado.
-Vaya, tu eres la chica a la que le querían hacer un corte de pelo. No hay de qué.

Tom volvió a mirar a la calle. A lo lejos empezaba a verse movimiento. Decenas de cuerpos renqueantes se acercaban con torpeza y sin disimulo alguno.

-¡Mierda! Esas putas criaturas no se cansan nunca - Gritó Tom.

Entonces escuchó un ruido ensordecedor. Varios cazas surcaron el cielo llenando la noche con los estruendos de sus misiles. Las explosiones iluminaban las calles, los edificios ardían y se derrumbaban. Parecía como si quisieran demoler la ciudad entera para acabar con esas criaturas, pero eso no serviría de nada, pensó Tom. Siempre quedaría alguno en alguna alcantarilla, bajo los escombros, aunque acabaran con la mayoría, unos pocos supervivientes podrían provocar la infestación otra vez. Tom agarró un fusil que tenía lanzagranadas y disparó al aire justo cuando un avión venía en su dirección. Tom vio cómo el piloto hacía un giro inesperado que daba a entender que había visto la explosión, pero ¿habría entendido el mensaje? El ruido atrajo a más y más seres, cuando los aviones dejaron de bombardear, las calles estaban llenas de miles de ellos. Y ahora todos parecían dirigirse a la fábrica. Tom mandó a Jean abajo y le ordenó que avisara a los demás para que cogieran todo el armamento que pudieran cargar y subieran al tejado. De ponerse mal las cosas, la azotea sería el sitio más seguro. Cuando todos subieron Tom recordó que apenas si tenían comida, pero los ruidos en la parte de abajo llamaron su atención. Se acercó a uno de los laterales de la azotea y después miró el resto de posiciones. La cosa se ponía mal. Los seres estaban intentando entrar por todas las puertas, no tenían mucha fuerza pero eran tantos, que ejercían demasiada presión sobre las puertas y no todas estaban diseñadas para aguantar mucho. Pronto escuchó como reventaban una de las puertas traseras. Ni siquiera las puertas con cristales blindados aguantarían mucho, y el tiempo acabó dándole la razón. Se escuchaba ruido de cristales rotos y pasos torpes tropezando en la oscuridad. ¡Mierda! Agarró su arma y disparó a los goznes que sostenían la pequeña escalera que daba acceso a la azotea. Tom miró al grupo.

Ahora esos engendros no lo tendrán fácil para subir, pero como se amontonaran abajo, esos desgraciados podrían escalar. Cerró la tapa y la atrancó. Lentamente se fue retirando a un rincón de la azotea y se sentó en el suelo. Se llevó las manos a la cabeza y se tapo los ojos. Necesitaba pensar. El resto del grupo se estaba poniendo nervioso al escuchar tan cerca a los seres. Tom cogió su pistola y la miró fijamente, pensó en pegarse un tiro y terminar de una vez con aquella pesadilla, al fin y al cabo él no era responsable de aquella gente ya había hecho demasiado por ellos.

Bajo la azotea se escuchaban los lamentos y pisadas. No tardarían mucho en encontrar la manera de subir. Todos estaban asustados y miraban fijamente a Tom.

-¿Qué hacemos ahora? -Pregunto Dexter.

Tom lo miró incrédulo.

-Y ¿me lo preguntas a mí? Tú eres el soldado, que quieres que haga yo.

Dexter lo miró.

-Sí, es cierto, soy soldado. Pero yo no he sabido proteger a esta gente, ni a mis amigos, el único que ha sabido ser un líder y salvarnos el pellejo a todos eres tú. Me da igual que locura se te ocurra, tu dinos que hacer y todos te seguiremos.

Tom se rascó la cabeza con la pistola.

-Tío, no soy un líder ni quiero serlo. He tenido suerte y hasta ahora hemos sobrevivido pero eso es todo, a partir de aquí deberéis buscaros la vida. En lo que a mí respecta cuando se acerquen esas cosas me volaré la cabeza. No tengo ninguna razón para seguir luchando.

Dexter maldijo en silencio y se alejó de allí. La trampilla de la azotea comenzó a zarandearse, de alguna manera habían conseguido llegar arriba. Dexter miró a Tom que ya le había quitado el seguro a su arma y con un guiño le indicó que todo se acababa. Fue en ese momento cuando un niño se sentó junto a Tom.

-Señor usted nos va a salvar de esas cosas, ¿verdad?

Tom lo miró.

-Hijo yo no sé qué puedo hacer….

El niño lo miró entre lágrimas.

-Entonces ¿nos van a comer?

Tom se maldijo a sí mismo. Se levantó, acarició la cabeza del chico y le dijo.

-Nadie te va a comer mientras yo esté aquí.
El niño se abrazó a su pierna y sonrió. Tom miró a Dexter.

-Quiero que todos carguéis las armas y la comida, quitad los seguros y estad alerta. Bajaremos a la azotea inferior, desde allí hay una escalera que da acceso a un patio trasero donde está aparcada una furgoneta. Las llaves están en la guantera. Dexter acompáñalos y asegúrate de que lleguen vivos. Y otra cosa. Si en diez minutos no estoy abajo sácalos de aquí.

Dexter lo miró, dudando. Tom captó su nerviosismo.

-¿No querías un puto líder que diera órdenes? pues ¡obedece!

Dexter asintió, se acercó a él y le dio un fuerte abrazo. Tom vio cómo el grupo se alejaba escaleras abajo. Los vio caminar por la azotea inferior y bajar hasta el patio. Dexter y el otro soldado aseguraron la zona mientras el resto subían a la furgoneta. Sin encender el motor ni las luces esperaban allí. Pero los seres rompieron la trampilla y comenzaron a subir. Tom los acribilló sin compasión, corrió hacia la escalera pero comprobó que la azotea inferior y el patio comenzaban a llenarse de criaturas. Estaba atrapado. La furgoneta se puso en marcha y se alejó de allí rápidamente. Ahora estaba atrapado y solo. Trepó por una chimenea lo más rápido que pudo, con horror, vio como se le caía la bolsa con la munición extra. Ya sólo tenía un cargador y la pistola. Siguió subiendo hasta que ya no tenía escapatoria. Uno a uno fue eliminando a todos los seres que conseguían trepar. Pero pronto se quedo sin balas. Tiró el fusil contra la cabeza de uno, consiguiendo desestabilizarlo y hacerlo caer. Pero vio como se volvía a levantar. Sacó su pistola y se la puso en la cabeza, no quería morir pero mejor una bala que ser devorado. Apretó el gatillo. Tom apretó los ojos, pero nada sucedió. Saco el cargador y comprobó que estaba vacío.

-¡Dexter! - Gritó.

Dexter circulaba lo más rápidamente posible con las luces apagadas, atropelló a varias criaturas en su camino de huida. El grupo estaba muy disgustado por abandonar de esa forma a su salvador, pero comprendían que no había otra opción, si se hubieran quedado, habrían muerto todos allí. Dexter suspiro aliviado al comprobar que había acertado con la  ruta y ahora se alejaban de la ciudad por una carretera secundaria.

Atrás después de unas cuantas horas de viaje, la mayoría estaban dormidos. Algunos no podían ni pensar en cerrar los ojos del miedo que tenían y Dexter apretaba los suyos para intentar ver mejor la carretera y sobre todo no dormirse. Fue entonces cuando dos Jeep salieron a su encuentro. Varios hombres se acercaron a ellos apuntándolos con sus armas. Dexter les gritó su rango y número. Los soldados inspeccionaron la furgoneta y los condujeron a su base. Dexter se enteró de que el ejército iba a bombardear la ciudad hasta no dejar piedra sobre piedra. Todos se miraron, nadie quiso admitirlo pero todos pensaban en Tom. Solo, abandonado y encima si no lo mataban los zombis lo haría el bombardeo.

Un helicóptero se aproximaba.  Unas pequeñas luces delataban su posición. Lentamente se acercaba hasta que acabó posándose cerca de ellos. Varios soldados saltaron del helicóptero. Tras ellos apareció un hombre. Todos los del grupo se quedaron asombrados. El niño del grupo salió corriendo hacia el helicóptero. Allí con cara de pocos amigos y con un puro en la boca estaba Tom. El niño se le agarró a la pierna, Tom lo cogió en brazos. El grupo entero corrió hacia él entusiasmados al verle con vida.

Dexter se acercó a Tom y le puso una mano en el hombro.

-Tío eres duro de pelar.

Tom le sonrió.

-Y tú un ¡cabrón! La próxima vez que me abraces, revisaré el cargador de mi pistola, no me quedó otra que ingeniármelas para escapar. Bueno ahora veamos la fiesta. Todos se giraron al escuchar los aviones, esta vez no eran cazas sino bombarderos. La noche se iluminó a la luz de las explosiones. El bombardeo fue tan intenso que durante horas la noche parecía haber dejado paso al día.

La pregunta que todos se hacían era, ¿acabarían la bombas con todos los seres?