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jueves, 21 de febrero de 2013

CRÓNICA PÚRPURA (3)


   Supe que debía alimentarme de ella... de la puñetera sangre. Acepté aquel mal, acepté aquella locura. Joder... vaya que si lo hice. Me quedaban dos opciones; alimentarme vía intravenosa, metiendo en mi cuerpo el liquido burdeos en repetidos trasplantes, o, en cambio, salir fuera, al mundo exterior, a las calles. Echarme a los suburbios para chupar la sangre de mis semejantes... ¿que coño semejantes? ya no lo eran: YO NO LO ERA. No era humano, joder. No era uno de ellos. Era un puto vampiro, un ser de la noche... un monstruo. Un monstruo al que Audrey, sin desearlo, dejó tirado en aquel apartamento.
 
   El viejo la diñó. Aquel día no asistió a la cita. Por lo que pude descubrir poco después, el pobre viejo murió de un infarto. Le dio un jodido patatús en el camino de regreso al piso. Me quedé solo. Dios... solo en aquella ciudad. Solo con mi... ¿enfermedad?
 
   Los dos primeros días fueron relativamente molestos. Cansancio, jaquecas, fiebre y una incomoda sensación en el estomago... Pero al cabo de la tercera jornada sin alimentarme... Jesús; estaba al borde del delirio. Me miré en el espejo; era un muerto en vida. Había envejecido considerablemente. Estaba arrugado como una pasa, mustio como que un ficus sin regar. Era... era un puñetero zombi. Mi pelo, mi larga melena se había transformado en una mata blanca y cana. Mis ojos, hundidos en sus cuencas brillaban tenuemente en un color apagado, teñido en rojo oscuro. Se me notaban los huesos de las manos, de los brazos; de todo el cuerpo. Jesús; menos mal que me dio por limpiar aquel claustro poco después de acabar con los polis, me hubiese costado un triunfo borrar las huellas en aquel estado.

   -Ugen... ¿Qué vas a hacer? -me decía a mí mismo frente al espejo del baño-. ¿Vas a morir así? ¿vas a...? ¿rendirte?

   Por un rato pensé en salir corriendo de allí; marcharme bien lejos para dejar atrás aquella maldita pesadilla. No hubiese servido de nada. Le dí a la cabeza durante unos minutos que se me antojaron jodidamente eternos. Tracé el siniestro plan. Le eché un par de huevos. Entonces, tras una conversación absurda conmigo mismo, decidí hacerlo. Caminé hasta la diminuta cocina. Abrí uno de los cajones y...
 
   -Sí.
 
   El cuchillo era lo suficientemente grande.
 
   -Lo siento Padre... Lo siento Señor...
 
   Luego dispuse el filo a la altura de la muñeca y rasgué de un tirón el tejido de mi piel. La herida se abrió en profundidad a lo largo del brazo, sesgando venas a su paso.

   -Padre nuestro que estás...
 
   Imité el corte en la otra muñeca.
 
   -...santificado sea... tu nom... brrrr.....
 
   Las heridas estaban abiertas, saludando como bocas enmohecidas teñidas en color azul y pardo. Unas bocas sanguinolentas suplicando por la vida.
 
   -...así en la tieerrrrraaa....
 
   Sentí un mareo profundo, un acusado malestar que rozó lo infinito. Un dolor punzante allí dónde debería alojarse el corazón. Entonces, en pleno éxtasis de agonía, llevado por una fuerza superior, alcancé a divisar mis brazos curtidos; allí, en el lugar de los tajos, la sangre no figuraba. Las bocas abiertas en la piel no gritaban clemencia, al contrario, se reían de mí, insultando mi estupidez, la insensatez que no llevaba a nada. No lloraban, al revés, aullaban de alegría, gritando a los cuatro vientos que por mucho que me hiciera, jamás moriría de daño alguno.

   -Arrrrrrrggggg...
 
   Continuaban abiertas, rasgaban la piel, pero dentro, la sangre no corría, no fluía. Sentí el dolor, el escozor, la angustia. Pero ni de lejos, ni por asomo, rocé el cielo o el infierno que tras lamentable paso podría aguardar a un mortal recién fallecido. Entonces grité. Grité como nunca antes lo había hecho:
 
   -¡Diooooooooooooosssssss!!!
 
   Después acepté.

   Al cabo, dejé llevarme por la oscuridad de la noche. Soñé de nuevo. La pesadilla surgía ante mí como una película, una extraña sucesión de imágenes que me guiaban a través de los callejones más oscuros de aquella ciudad. Arrastraba mis pies, cojeaba incluso. Me sostenía en paredes y cubos de basura. Cogía aliento a marchas forzadas, como si mis pulmones no desearan el soplo de la vida o no les hiciera falta. 

   Asfixiado o al borde de estarlo, mi ser continuaba allí, buscando, perdido pero guiado por el olfato, aquel que de repente había logrado llegar al cenit de la evolución. Era perfecto, sentía el respirar de una mísera rata que se escondía, la misma pelleja que me vigilaba bajo un vehículo aparcado decenas de yardas atrás. Olía la colonia barata de una puta, aquella que asomaba con pitillo en mano a través de una ventana de un cercano patio de luces, cotilleando como una sucia vecina situada en lo
más alto de aquella torre de apartamentos. Paladeaba sabores de cocina, de gas, productos tóxicos y grasas quemadas en parrillas oxidadas. Paladeaba mucho más; sudor, hombres, mujeres, niños... personas durmiendo plácidamente. Paladeaba lo importante; el sabor dulce cobrizo de la sangre, la que corría a través de las venas de un pobre vagabundo que se afincaba a unos pasos de mí.
 
   -Sí... sí...
 
   Aquel hombre fue el siguiente. Le alcancé por la espalda, le sostuve por el cuello y...
 
   -Lo siento.
 
   Mordí, mordí, mordí... le trituré en más de veinte bocados. No aspiré su sangre, no; la tragué a rebosar por mis labios, ansioso, hambriento. Le despedacé con mis propias manos bebiendo de su piel y trozos de carne a modo de cuenco. Dios... Jesús... era como gelatina, como un dulce bocado de nube azucarada. Su ser era sabroso, caliente. Era... Joder... era mi puñetero entrante. Era mi comida, mi alimento. 

   Aquel día, llevado por las malditas pesadillas, cené más de lo normal. Cuatro personas desaparecieron en oscuros callejones sin salida. 

Phoenix, Estados Unidos. Tres años después.
 
   La conocí en aquel bar. En el mismo que solía frecuentar antes de salir a cazar. Era tan... tan guapa. Joder, qué cuerpazo. Qué mujer. Entró como una exhalación pidiendo ayuda. Abrió la puerta del pequeño garito y corrió entre gritos hasta alcanzar la barra. Allí, Charlie preguntó apaciguando:

   -¡Hey! ¡muchacha! ¿qué diablos te ocurre...? tranquila, tranquila.
 
   Era Charles, el dueño del local. Un tipo honrado, un... amigo. Una especie de colega al cual veía todas las noches. Él me proporcionaba el licor necesario para afrontar la barbarie y ser capaz de llevar a cabo mis... ¿cenas?
 
   -¡Ayuda! ¡ayuda por favor...!
 
   La chica estaba sin camisa, joder; en sujetador. Con aquellos pechos asomando por encima de la prenda. Iba sofocada, sudando. Vestida de cintura para abajo con un pantalón vaquero repleto de grasa y barro.
 
   -¡Respira mujer! ¿Qué ocurre...? -Charli le cogió de un brazo.
   -¡Fuera! ¡dos tipos...! ¡dos malnaci...! ¡ellos me han...!
 
   No dio tiempo a más. Los tres únicos que rondaban en el bar a aquellas horas, asomamos nuestra vista al exterior mirando a través de un amplio ventanal. Fuera, en el mugriento y oscuro parking, un vehículo de gran tamaño reanudaba la marcha.

   -¿Quién...? -me atreví a preguntar, dejando encima de la barra mi copa de whisky.
   -¡Ellos! -secundó la joven en un sollozo.
   -¿Ellos? -siguió Charlie, extendiendo las cejas al cielo-. ¿Norman?
  -Disculpa tío -añadí-; ¿conoces al conductor?
  -Sí. Es... suele hacer noche ahí. Viene con un sobrino, es su ayudante de carga. Lleva los troncos del aserradero hasta el condado vecino. Es un tipo muy vulgar... hay veces que cena aquí y...
 
   La muchacha lloró en un segundo grito, alertando y haciendo aspavientos con sus manos, mirando con cara de loca el camión de transporte que en aquellos mismos instantes salía del aparcamiento publico.

   -¡Tranquila mujer! -el camarero continuó a lo suyo-. ¿Se puede saber qué diablos...?
   -¡Me han violado! -terminó aclarando la chica-. ¡Esos dos cerdos del camión me han violado!
 
   Una espina, una tan grande como el propio vehículo que salía de ruta, se me clavó en el pecho aquella jodida noche. Santo Dios... era como si una fuerza descomunal e invisible tirara de mí hacía el exterior de la cafetería. Una tan poderosa que no pudiera resistirla. La fragilidad de la mujer. Su juventud. Su cuerpo. Aquella mirada dulce, empapada en lagrimas y sufrimiento. La inocencia que transmitía. Era preciosa. Era como aquella chica, la misma de la que me enamoré en el pasado, cuando era niño. Jesús... ¿era ella...? Era su doble.
 
   -Hijos de puta.
 
   Y aquellos malnacidos la habían violado porque sí. Sin más. Unos putos cerdos hijos de perra que por lo visto no tenían nada más que hacer aquella noche. Recogieron medio borrachos a la muchacha en un cruce a las afueras de la ciudad; ella salía de un motel finalizado su turno laboral. La hostia... Una preciosidad inocente. La metieron en la cabina y abusaron de ella. Ambos la forzaron. Jesús; aquel tipo dueño del camión era tan retrasado y paleto que pretendía enseñar al hijo de su hermana lo que debía hacer un hombre. Malnacido hijo de chacal. Le enseñó al joven a violar mujeres. ¿Quién era el monstruo y quién el humano...?
 
   -Charlie -solté-, no llames a la poli. No salgáis bajo ningún concepto. Ahora mismo vengo.
 
   Charles se quedó con la palabra en la boca, y la chica, a punto del desmayo, prefirió ausentarse de la realidad tomando asiento en el mismo suelo del local.
 
   Corrí como nunca. Salí a la carretera principal llevado por mi locura. En mitad de un cruce de caminos y vías asfaltadas alcancé a divisar el vehículo detenido ante un semáforo. Más allá, a unas yardas de distancia por delante del camión, una barrera bajada avisaba del paso a nivel. Tenía tiempo de sobra para llegar antes de que el conductor apretara el pedal de nuevo. El tren de mercancías de las 23:00 horas estaba a unas millas de allí y pronto se dejaría ver por aquel extremo de la ciudad. 

   -Tú puedes, Ugen. Ya sabes de lo que estás hecho.
 
   Y vaya que podía. Apresuré el paso mucho más. Doblé mi potencial. Volé sobre el asfalto en una carrera agónica a punto del colapso. Pero pude. Pude llegar a tiempo. Alcancé a los dos tiparracos. Los cogí en aquel ataúd de pino con ruedas.

   -¡Hijos de perra!
   
   No dije más. Con eso bastó. El resto fue un saludo mudo. Un entendimiento propio. Un tú a tú, mano a mano, puño a puño. Bocado a bocado. Ellos imaginaron que un tipo los habría visto. Venganza... ¿el novio de la muchacha quizá? ¿un sheriff loco llevado por el orgullo de portar una reluciente estrella? No. Eso no. Yo lo sabía. Sabía la verdad. La verdadera razón era JUSTICIA, pero acompañada de otra palabra: HAMBRE. Entonces pensé: Tres años asesinando a vagabundos. A perros de la calle. A gatos, ratas. Inocentes. Dios... debía haberlo pensado antes. Aquella sangre sabía mejor. Era más... ¿dulce y caliente? 

   Mientras me abría paso por la garganta agonizante de aquellos dos malnacidos, mi mente daba vueltas en un pensamiento lucido, perfecto, elocuente. Joder; ¿por qué asesinar si podía librar mi propia batalla contra un mundo injusto, oprimido, insensato, cruel y vomitivo? La Virgen; se me encendió la luz en mi cabeza aquella noche dentro de la cabina del camión. Me llegó la inspiración mientras despedazaba carne empapada en sangre. Sí... un justiciero de la noche. Un héroe. Un... vampiro vestido de vaquero que debía alimentarse de sangre. Sí... sangre de capullos, asesinos, hijos de puta sin nombre. Violadores como aquellos dos maricas. Tío y sobrino; ¡Ja! Muertos. Dos joputas menos. Y yo, ansioso de hambre, al fin alimentado, saciado...
Feliz.

   El mundo no se merecía a un monstruo. No... se merecía a un héroe como yo. Inmortal joder. Fuerte... ¡la leche! Rápido. Con el mundo a mis pies. Con un poder inimaginable. Sí... pasó el tiempo de la sangre envasada. Pasó el tiempo de oscuros callejones y locales de alterne. Pasaron perreras y cloacas. Llegó el tiempo de Ugen Slater. Llegó la aceptación del mal, y con ello... el héroe que todos esperaban.

   Así fue hasta que llegasteis vosotros, capullos polacos.

Varsovia, Polonia. 2011. 02:45 de la madrugada.
 
   -Bien cabrón, esa historia es cojonuda... ¿pero qué fue de la mujer que te mordió? ¿dónde está la tía zorra que te transformó?
   -No volví a saber de ella... ¿qué palabra no entiendes capullo? ¿acaso te la he mencionado antes? Llevo casi una hora contándote mi vida... joder.
   -¿Te ríes de mí? ¿acaso crees que yo, el señor Kozlov se chupa el dedo?
   -La Virgen... atravesaba América porqué la buscaba. ¡Joder! ¡la buscaba para rendir cuentas! ¡no he dado con el paradero de esa mujer vampiro! ¡no la veo desde aquel día! ¡Dios...! ¡llegasteis vosotros y me metisteis en un puto avión! ¡no sé nada más!
   -Osea, pretendes que crea que andas por ahí buscando a esa... cosa, y que aún no has dado con ella. ¡Ja! ¡y un polla, monstruo de mierda! ¡podéis oleros el culo unos a otros como chuchos en celo!
   -Joder mafioso maricón, hablo en serio capullo.
   -...
   -Jefe... ¿le pego un tiro de una vez?
   -Idiota, eso no le hace nada.
   -¿Llamo a los americanos para que follen a su novia y la tiren por la ventana?
   -Quieto fiera. Este paleto todavía puede ayudarnos.
   -No sé cómo, maldito gilipollas. Te he contado todo. Te he dicho cada aspecto de mi vida, cada puto detalle. A qué hora cago, cuándo me pajeo... ¿Qué más quieres? ¿es que no puedes asimilar que yo no puedo darte la puñetera eternidad? No soy un vampiro de serie joder, no nací así. Me mordieron, me transmitieron esa especie de rabia... solamente puede entregarte esta maldición un vampiro de verdad. Uno de pura raza. ¡Ya
lo sabes, te lo conté antes! ¿Acaso no te informan correctamente tus chivatos?
   -Hijo de puta, paleto de mierda. ¡Mientes!
   -En serio, Dios... ¿qué más quieres que te diga?
   -...
   -Jefe; ¿me lo cargo ya?
   -¡Aguarda un poco, joder!
   -De verdad. La hostia. Mierda. No puedo convertirte. No puedo hacer que seas rico, sucio, bastardo y traficante de zorras durante toda la eternidad, maldita sea. Debes encontrar a un pura sangre. Y créeme; no he vuelto a ver a ninguno desde aquella madrugada en el rancho. ¡Y no conozco a ninguno de ellos excepto a la que me mordió!
   -...
   -Jefe...
   -...
   -¿Jefe? ¿qué hacemos?
   -¡Aaargg! ¡Mierda! ¡Mi gozo en un pozo querido Minka! No sólo me tiro cuatro asquerosos años buscando a este chupasangres desde que supe de él perdiendo gran parte de mi fortuna, sino que cuándo lo hago, me doy de bruces contra un muro de mierda descubriendo que todo es verdad. Sí, joder... el poder es real... pero no está al alcance de mis manos... ¡No está al alcance de mis puñeteras y poderosas manos!
   -Señor Kozlov; disculpe, ¿cree que dice la verdad? Podríamos... podríamos taladrarle los sesos hasta que...
   -Joder Minka, le has roto las piernas, le has desencajado los hombros del sitio, hemos metido sus manos descarnadas dentro de sosa cáustica y le he abierto un agujero del tamaño de un obús en su pecho. ¿No piensas que ya ha cantado suficiente? Es hora de acabar con esto... Moriré de cáncer en unos meses, no debo entretenerme más con este paleto. Por mi patria... joder... me pudriré en la tumba mientras que mi mujer se folla a ese puto chaval encima de mi yate, despilfarrando mi capital por toda Europa. ¿Oyes? ¡Mi capital! ¡Mis millones! ¡Mis putas! ¡Mi droga! Por mi santa madre... todo mi imperio.
   -Señor... yo...
   -Llama a los americanos, tienes razón Minka. Tenemos ese as en la manga todavía. Que este capullo eterno escuche como matan a esa nenita de pelo largo.
   -Sí jefe.
   -...
   -¿No dices nada cerdo paleto?
   -...
   -¿Te ríes de mí? ¿acaso te ha comido la lengua el gato?
   -Señor Kozlov, creo que al maricón este le importa una mierda esa tía.
   -No sé... A ver paleto; voy a ordenar que maten a tu putita preferida... ¿vas a soportar esa mierda antes de que te prenda fuego? ¿serás capaz de soportarlo?
   -Haz lo que desees, capullo. Inténtalo.
   -Jefe, le da lo mismo. Iré a por el teléfono.
   -Eso. Acabemos de una vez con todo esto. No me hace falta esta perra americana chupasangre para dar con esa mujer pura raza. Ordena que maten a esa puta y luego rocía de gasolina el inmueble. Os espero en el coche, muchachos. Prender fuego a todo esto. ¡Nos vamos en diez minutos!
   -Bien señor.
   -Aguarda cerdo.
   -¿...?
   -Aguarda un poco.
   -Vaya... el monstruo acaba de recapacitar. ¿Qué deseas capullo? ¿Vas a decirme todo lo que sabes?
   -Creo... creo que se me olvidó algo.
   -Vaya, vaya, vaya... Di.
   -Se me pasó contarte una cosa. Es sobre... es sobre la joven que violaron en aquel parking de mala muerte. Estaba.. yo estaba solo. Me sentía abandonado en una vida de mierda. Entonces... me enamoré de ella al verla entrar en el bar de Charlie.
   -¿Pero qué cojones estás diciendo, maldito vampiro?
   -Comenzamos una relación. Me ayudó al igual que lo hizo Audrey años antes. Ella... ella consiguió retener al monstruo dentro de mí. Me proporcionó sangre envasada, sangre de hospital, trasplantes joder. Ella se volcó en mi ayuda. Se lo conté. Confié y confió. Supo la verdad sobre mí. Yo dediqué el tiempo a librar mi propia batalla con los indeseables del país, y ella... ella era mi cómplice.
 
   -¿Estás loco? ¿Qué quieres decir con esto paleto?
   -No podía dejar que envejeciera a mi lado... no podía dejar que... muriera. La amaba. La quería más que a nada en el mundo.
   -¿Qué...? ¿De qué mariconadas estás hablando?
   -Entonces... je, je, je... entonces decidí convertirla.
   -...
   -...
   -...
   -¿Qué...? ¿convertirla? ¿Pero qué cojo...?
   -Jefe, este capullo ha estado jugando con nosotros.
   -¡Ya lo sé inútil! ¿acaso crees que no lo sabía?
   -Mirad capullos; la mordí. La convertí. Le entregué el poder. Se transformó. Era una chica preciosa... Dalena se llamaba y Dalena se llama hoy en día. Tiene veinte años. Quizá alguno más... pero lleva en esta vida más de sesenta años con la apariencia sexy de una joven muchacha de cabello negro. Joder idiotas; vuestros amigos de Estados Unidos retienen a un vampiro... je. Intentan retener a un ser que es capaz de matar de un puñetazo a un jodido elefante.
   -¡Minka, Konrad! ¡llamar a Nueva York! ¡Preguntar por la zorra!
   -¡Sí señor!
   … … …
   -Señor...
   -¿Qué diablos ocurre?
   -Es para usted, dicen... dicen que se ponga. Tome. 
   -¿Qué...? ¿Sí? ¿Quién diablos...?
   -Buenas noches hijo de puta.
   -¿Quién co...?
   -¿Acaso no reconoce a una dama por teléfono maldito polaco? Soy Dalena, aquella a la que mandó secuestrar. Lamento informarle que sus pequeños y traviesos hombrecillos están a cientos de pies por debajo mía. Siento decirle que a esos cuatro maricas los tiré por la terraza del hotel. Claro... no sin antes sacarle los ojos a todos ellos, uno por uno, y cortar sus pollas en pedacitos para alimentarme de su sangre. Es una pena, había dos que eran tremendamente guapos... chillaban como unas nenazas cuando los solté. En fin, que se le va a hacer. ¡Ah! diga a mi marido que se dé prisa, por favor. Le aguardo en la cama muy caliente al otro lado del océano.
   -¿Prisa...? ¡Joder! ¡Maldita capulla! ¡Malditos capullos!
   -¡Jefe! ¿Qué ocurre? ¿era ella? ¿era la chica, verdad?
   -¡Maldito seas Ugen!
   -Lo siento cerdo, te mentí. Veras... se me pasó contar ese detalle. Os voy a dar un minuto; uno solo. Lo justo. Es lo que tardaré en quitarme estas jodidas cuerdas y la cinta que me aprisiona en la puñetera silla. Después, como sé que no os habrá dado tiempo a salir del edificio, iré a por vosotros en un paso tranquilo, sosegado. Os cogeré. A ese capullo de la ventana le arrancaré de cuajo el puto cabezón que tiene. A ese marica, a
tu chupapollas llamado Minka, le quitaré las piernas y los brazos y le colgaré del pito en la lámpara del soportal. Haré que de vueltas en las aspas del ventilador que posee el alumbrado. Joder... quedará de lujo como adorno. En cuanto a ti mamonazo... en cuanto a ti respecta; te cortaré ese pequeño gusano que tienes por minga y dejaré que te desangres. Después... je... después iré en busca de tu mujer y le llevaré metida en un cofre de regalo tu polla. Le diré: Oh, lo siento señora, pensé que le gustaría tenerla como recuerdo. Su marido... el pobre... murió en la perrera municipal. No sé como acabó allí pero... buffff... no quedó mucho de su cuerpo en el momento que le sacaron del recinto. Tendrían hambre los pobres animalitos...
 
   -Hijo... Hijo de puta. Maldito seas monstruo.
   -Bien señor Kozlov, la cuenta atrás ha comenzado; ¿vais a huir de una maldita vez o ceno esta noche a resguardo de la nieve?
 
Fin.

sábado, 19 de enero de 2013

CRÓNICA PÚRPURA (2)




Audrey cuidaba de mí; aquel tipo se apiadó de mi alma. Era un anciano adinerado, en el pasado ejerció como veterinario en varias de las fincas de la zona además de ocuparse de sus propias reses. Trabajó para mi tío y le ayudó con el ganado también. Era uno más en la familia... le queríamos y él a nosotros por igual. Joder... era un buen hombre, vaya que sí lo era. Quizá por eso decidió sacar adelante al pobre diablo en el que me estaba convirtiendo...
Días después de enterrar los cuerpos de tío Ack y de mi pobre primo, aquel medico decidió sacarme del camastro y llevarme a Phoenix. Audrey tenía un pequeño apartamento vacío en la ciudad. Pensó que podía ser peligroso dejarme en la granja, dudaba de mi seguridad. La verdad, el doctor más bien temía de aquella cosa que nos atacó; la mujer que asesinó a mi familia. No llegó a verla, no sufrió en sus carnes el ataque del monstruo, pero gracias a mi descripción de los hechos él no tuvo más remedio que temerla. Audrey fue testigo de las heridas infligidas en los cuerpos de Ackley y el joven Parking, por lo cual, por muy fantásticas que sonaran mis palabras, el doctor tuvo que darlas por válidas. Creyó en mí.
Antes del traslado a la gran ciudad el bueno de Audrey descubrió qué diablos era aquello que me corroía por dentro. Yo llevaba días enteros en cama. Las fiebres habían cesado pero ya no tenía fuerzas ni para levantarme de la cama. El viejo se acercaba a la finca dos veces al día. Dejaba a la poca familia que le quedaba y viajaba hasta el rancho para velar por mí. Me administraba algo de suero, curaba mis heridas... intentaba desesperadamente que comiera algo sin apenas conseguirlo. A veces acercaba un poco de pescado, otras verdura, arroz cocido, carne en salsa... Incluso una hija suya me preparó un pastel de manzana. Recuerdo que ni lo probé... a decir verdad no probé nada de lo que me llevaba. Una vez tomé un sorbo de caldo caliente y devolví toda una papilla de bilis mezclada con restos de algo que comí días antes del infortunio. Audrey, testigo de mi resurrección, comenzaba a preocuparse seriamente. Fallecidos Ack y mi primo, el doctor no quería ver al único superviviente de la matanza bajo tierra. Aquel hombre procuró sacarme adelante, se lo juró a sí mismo. Tomó muestras de mi sangre, consultó tratados médicos y preguntó a colegas de confianza, siempre, claro está, cubriendo todo bajo un manto de confidencialidad y hermetismo. Tras requerir la ayuda de expertos en enfermedades desconocidas e invalidar la idea de sufrir alguna especie de rabia, Audrey sopesó otros argumentos. No sé muy bien en qué momento llegó a la acertada conclusión de que yo ya no pertenecía a este mundo. Todavía me lo pregunto. Sí que acierto a recordar con difusas imágenes que el doctor realizó una prueba un tanto peculiar... Sí... El día antes de trasladarme a Phoenix llevó un par de bolsas con sangre de las que utilizan para trasplantes. Me vio extremadamente debilitado y al borde de una segunda muerte, así que imaginó lo imposible. El viejo Audrey pensó que mi cuerpo ya no se alimentaba de comida sólida, por eso... por eso mismo optó por la sangre. Viejo chiflado... qué listo era.
Primero probó a inyectarme una bolsa de líquido vital. Desechó el suero y los antibióticos y probó suerte con el trasplante. Procuró cargarse con varios envases, por lo visto disponía de ellos para un uso animal respecto al ganado. Con sumo cuidado retiró el gotero inservible y lo cambió por el dulce y envasado manjar color púrpura. Joder... sí... mi rostro cambió de inmediato. Estaba desecho en aquel camastro, sin fuerza alguna; derrotado y en extremis. Dios y la madre del cordero... bendito momento. Sentí fuerza, vigor... el aliento de la vida. Abrí los ojos de inmediato. Según me contó Audrey poco después, mi palidez digna de las garras de la muerte se terció rosada y con tono tras la primera toma. Las ojeras que hundían mis ojos en la piel desgastada y reseca se tersaron de inmediato. Las heridas y arañazos de la pelea se curaron al instante... aquel mordisco de la ingle desapareció; Jesús, se esfumó de un soplido... no quedaba rastro alguno de la perforación.
Recuerdo que lo primero que dije a Audrey fue:
-¡Más! ¡Quiero más!
Me incorporé de la cama, en un gesto dantesco y de pesadilla arrebaté la segunda bolsa de sangre y le hinqué el diente al plástico. De pronto comenzó a brotar el líquido. Se derramó sobre mi pecho, sobre la garganta... cubrió parte de mi rostro. Aun así, a pesar de actuar como un loco poseso, la mayoría del contenido entró a través de mi boca. Entonces, al término del manjar quedé satisfecho. Ufff... Había vuelto a la vida por completo. Ya no era humano.
-Ugen... ¿Estás...? ¿Te encuentras bien?
No sé qué diablos pasó por la cabeza del viejo aquel día, pero desde luego, le estaré agradecido eternamente ya que si no hubiese reaccionado con aquel gesto, yo no estaría contando hoy mi historia. Aquel conocido supuso lo que para mí hasta entonces había pertenecido a las historias de terror de la Universal.
-Estoy... estoy algo confuso Audrey; ¿Qué diablos ha ocurrido? ¿Por qué...?
-Tranquilo Ugen. Será mejor que nos marchemos de aquí ahora que te encuentras algo recuperado. Tengo un pequeño apartamento en el centro de Phoenix, pertenece a mi hija pequeña, ahora se encuentra en Dallas estudiando no sé qué diantres. Descansarás allí hasta que te recuperes del todo y dé con la cura de lo que te afecta.
-¿Marcharnos? ¿De qué estás hablando?
-Ugen, por el amor de Dios, hazme caso. Has estado en cama al menos dos semanas. No estás bien, hablabas en sueños... gritabas como un poseso.
-¿Y qué tiene de malo eso? ¿No lo hacen los enfermos con fiebre, acaso?
-Eugenio, desde luego que hablan en pesadillas los que rozan la muerte... ¿pero crees que lo hacen en latín?
-¿Latín?
-¿Conoces tú el Latín, Ugen?
No tuve más remedio que negar en silencio. No tenía respuesta para Audrey.
Dios Santo... yo era un paleto, me costaba hablar correctamente americano como para conocer otros dialectos... Joder; ¿pesadillas en Latín? Es lo que tiene la transformación: rozas lo increíble con la yema de los dedos... tocas el cielo, ves la luz, das con las respuestas de todas las cosas. Consigues la perfección, pero justo, poco antes de conseguirla por completo, regresas de nuevo a la vida terrenal. El mordisco de aquella mujer infernal y la sangre proporcionada por Audrey se encargaron de convertirme. Dejé de ser humano para transformarme en un ser celestial; en un ángel expulsado del paraíso por beber la sangre prohibida y contener dentro de mí la semilla del maligno.
Dejamos atrás el rancho de tío Ack. De madrugada, y tras mi primera toma de sangre humana, Audrey me ayudó a solventar de la mejor manera posible mi transformación. Lo primero que hizo fue llevar la anticuada Suburban hasta Phoenix conmigo dentro. Conducía por la secundaría, bajo una tormenta que no tenía pinta de tocar fin. El viejo no abrió la boca en todo el trayecto, se limitó a escuchar mis quejidos y paridas incoherentes. Yo no paraba de retorcerme en el asiento de cuero; me dolía a rabiar el estómago y aunque había mejorado considerablemente respecto al amanecer, aquel tedioso malestar me punzaba en lo más profundo de mis entrañas. Sudaba, me meé encima incluso. Por poco no me cago. Me encontraba en una constante paranoia. De repente dormitaba como que me ponía erguido en el asiento y comenzaba a gritar insultos y nombres extraños o desconocidos para mí. Audrey debió pasarlo realmente mal... pobre; me quería igual que a un hijo.
-Tranquilo, Ugen, no queda mucho.
Las intenciones de Audrey eran las de alimentarme de nuevo una vez llegáramos al apartamento. Tenía que mantenerme con vida y dar con las respuestas necesarias mientras tanto.
-Loco... -mascullaba yo, rechinando los dientes en una de las pesadillas- viejo chiflado... ¿Qué has hecho conmigo...? ¿Por qué me diste a probar la jodida sangre?
¡Maldito seas, estúpido! ¡Maldito seas!
Sufría de nuevo unas terribles visiones. Me veía a mí mismo saltando del asiento y cogiendo a Audrey por el cuello. Le mordía... Jesús; le arrancaba un pedazo de carne y bebía de su sangre. Le sacaba de sus órbitas los ojos y hundía en aquellas cavernosas cuencas la lengua... aspiraba la fuerza vital... aspiraba su vida.
-Audrey... quiero tu sangre, jodido mortal...
La pesadilla se tornó más oscura: era testigo de otra difusa imagen, quizá más horrorosa que la anterior. Corría por la calle, a oscuras, en medio de aquel chaparrón. Me guiaba por el olfato, por aquel nuevo instinto que despertaba en mí. De repente, en medio de la nada, a un palmo de mi posición aparecieron dos muchachas. Al dar dos pasos y alcanzar sus figuras pude comprobar que eran dos resabiadas mujeres, prostitutas quizá.
Andaban solas en aquella fría madrugada del '63, caminaban buscando el bolsillo de cualquier borracho y el calor de una sucia y maloliente habitación de algún perdido motel de carretera.
-Zorras...
Me acerqué a la primera, la más mayor en apariencia. Era una mujer alta, no muy agraciada en rostro pero sí en cuerpo y figura. Vestía a pesar de la lluvia y la helada con una camiseta de tirantes de escaso tamaño para su porte. Se cubría con una chaqueta de falsa piel, y esta misma indumentaria se ocupaba de esconder sus partes nobles a la vista. Nada más verme llegar, apartó con sutileza el supuesto visón para dejar al aire la parte superior de sus dos abultados pechos. Su compañera de viaje se echó a un lado en una carcajada, moviendo sus brazos en un absurdo aplauso y contorneando a la par su estilizaba silueta en un frágil paso de baile.
-Sé que deseas placeres, desconocido -señaló la más madura-: ¿quieres probar con nosotras los pecados de lo qué no te enseñan en casa?
No la dio tiempo para más monsergas. Me abalancé encima de ella y mordí en la blancura de sus pechos. Primero fue en uno, después, agarrando con firmeza el otro, arremetí con un segundo y fiero bocado arrancando de un tirón el enorme pezón que lo adornaba. Un chorro de sangre brotó al instante. Salió despedido con tanta fuerza que salpicó el vestido de fiesta de la compañera, la cual, abrumada y en estado de confusión se mantenía a escasos pasos del vil asalto.
-¡No quiero tu cuerpo, mujer! ¡Quiero tu esencia! ¡Tu vida!
En un brutal gesto tronché el torso de la puta. La partí en dos doblando su cuerpo de cintura para atrás ayudado de mis manos. Después salté a por la otra. Pobre... ni se inmutó. Se dejó hacer. La rasgué el vestido de lentejuelas y solté al aire sus pechos y parte del vientre. Era joven... una mujer de unos veinte años quizá. Preciosa. Deslicé lo que quedaba de vestido hacia sus rodillas y la abracé con fuerza contra mi cuerpo. La tomé, la violé... no sé cómo diablos podía hacerlo, no entiendo como pude dominar su mente, ella no se resistía; gemía de placer... me susurraba al oído y pedía más y más.
Tras el orgasmo mi sed de sangre afloró con mucha más fuerza. La miré a los ojos, la acaricié la melena rubia y la besé en la frente: entonces clavé mis colmillos en su terso y suave cuello. Se desangró en dos minutos y yo acabé saciado.
-¡Ugen, por favor! ¡Despierta!
La pesadilla llegó a su fin. Abrí los ojos y descubrí que estábamos dentro de un pequeño recinto. Estaba oscuro, al parecer era una especie de garaje, un trastero en el cual entraba a la perfección la destartalada Suburban.
-¿Qué...? -pregunté al veterinario.
-Hemos llegado, tranquilo Ugen, tranquilo; estabas soñando de nuevo.
-Estoy agotado Audrey... no puedo con mi cuerpo.
Audrey no dijo más. Salió de la furgoneta y me ayudó a salir de ella. Me cogió como pudo y en un ejercicio monumental me guio hasta la puerta de entrada a la vivienda.
El rellano también se encontraba oscuro. Aquel sitio olía a estiércol, gasoil y metal oxidado. Podía paladear aquellos regustos con mi boca tan sólo palpando el ambiente.
Por igual, muy a mi pesar, alcanzaba a oler la sangre que circulaba a través de las arterias del viejo doctor.
-Audrey... no puedo más...
-Me encargaré de administrarte dos o tres bolsas en cuanto subamos al apartamento -aclaró mientras que abría una puerta de aluminio-, tu cansancio se debe a la falta de sangre. Tranquilo chico, tranquilo.
-¿Qué cojones me está pasando? -pregunté.
-No lo sé hijo... no lo sé. Sólo alcanzo a comprender que tu cuerpo ya no se alimenta de sólido.
-Audrey... no sé de qué manera agradecerte esto.
-Necesitas sangre, eso es lo que te mantiene con vida. Ya hablaremos, muchacho, ahora no te preocupes de tonterías.
El viejo me tumbó en un amplio sofá de tres plazas. Perdí el conocimiento en el pasillo que llevaba hasta la modesta vivienda, sumiendo mi mente con ello en un profundo sueño repleto de imágenes confusas y voces desconcertantes.
Muerte... sangre... sal ahí fuera y alimenta tu cuerpo... eres poderoso... nada te detendrá... eres dueño y señor de la noche...
Al despertar comprobé que me había tirado la mayor parte de la noche en aquel cómodo e improvisado camastro de polipiel. Sería poco antes del mediodía cuando abrí los ojos. Los rayos del sol entraban a través de un resquicio abierto entre la cortina que cubría un ventanal. Molesto por el cegador reflejo me levanté para cubrir por completo el cristal.
-¿Qué diablos...?
Al ponerme en pie y dar dos pasos un sonido metálico me avisó de la imprudencia; había pegado un tirón a la sonda que me administraba sangre regada desde un gotero dispuesto en un trípode con ruedas.
-Mierda.
Recogí del suelo la bolsa y la coloqué en su sitio, luego hinqué de nuevo la aguja en el torrente sanguíneo, le quedaba muy poco por soltarse completamente de mi muñeca.
-Audrey, viejo loco, estás en todo.
Sonreí. Husmeé el ambiente. El doctor no se encontraba en el apartamento, no alcanzaba a paladear el regusto de su sangre en aquel viciado recinto. Al parecer el apartamento llevaba meses cerrado, sin ventilar, sin limpiarse. Podía sentir el sabor del polvo en mi boca, el rancio y húmedo moho que se acumulaba en las paredes y en algunos rincones, el olor a plantas y flores... llegaba incluso a sentir el nauseabundo aliento de las sucias y asquerosas bajadas.
-Queda poca sangre; espero que no tarde demasiado en regresar.
Por lo visto Audrey me había estado suministrando el líquido de la vida durante toda la madrugada y parte de la mañana. Al colocarme el último gotero salió para proseguir con sus quehaceres, dejándome solo en el piso. Recuerdo que aproveché para cotillear un poco. Di varias vueltas por el apartamento, llevando a cuestas el trípode que sujetaba el particular gotero.
-Chiflado...
Fue en la cocina donde encontré una nota escrita:
Estarás saciado con las cinco bolsas. Espero regresar antes de que se agote la última, así que no te preocupes. Si estás leyendo estas palabras significa que has recobrado de nuevo las fuerzas. Me alegro de ello, amigo mío. No salgas a la calle y procura meter poco ruido, no quisiera dar explicaciones a los vecinos de mi hija, ¿de acuerdo? A lo sumo llegaré al apartamento antes del almuerzo. Si sientes mareos o confusión, regresa al sofá. Intenta no revolver mucho, no quisiera que April descubriera que metí a alguien en su casa sin su permiso.
Audrey.
Eché un vistazo de nuevo al gotero, quedaba poca sangre dentro del plástico, pero a decir verdad no estaba preocupado por ello; me encontraba pletórico, rebosante de energía. Estaba bien, excelente. Sentía más fuerzas que nunca, incluso más que al tomar la primera comida proporcionada por el doctor. Me creía capaz de todo.
-Aguardemos entonces.
Pasaron varias horas. Estaba harto de esperar y me encontraba cansado de leer las revistas que coleccionaba la hija de Audrey. Realicé varios paseos por la vivienda y vigilé la calle desde la ventana, escondido tras las cortinas. Recorrí el sinuoso pasillo más de cincuenta veces hasta lograr patear el camino que llevaba al baño con los ojos cerrados. Joder, estaba aburrido, cansado de estar a la espera. Para colmo la bolsa de sangre había tocado su fin.
-Mierda, y el viejo sin venir.
Entonces me impacienté. Entonces sentí un escalofrío. Entonces llamaron a la puerta:
-Su madre... ¿Quién diablos?
No era el olor de Audrey. Me deslicé hasta el hall y me quedé quieto junto a la puerta blindada, tratando de escuchar:
-¿Quién dio el aviso? -preguntó una voz de hombre en voz muy baja.
-La central; ¿quién sino? -respondió un segundo.
-Ya, hasta ahí llego, me refiero qué quién llamó al cuerpo.
-Una mujer, no quiso dar su nombre.
-¿Un ajuste de cuentas?
-No lo sé, un chivatazo tal vez; la competencia entre bandas está a la orden del día, se dan por culo entre ellos con tal de tener exclusividad.
Picaron de nuevo en la madera.
-No hay nadie, señor.
-O no quieren abrir, una de dos.
Me estremecí. Podía escuchar la respiración de ambos, oler la colonia barata que impregnaba sus ropas, oler el sudor que despedían sus cuerpos... sentir su sangre.
-Sed...
Me mareé de nuevo. Cerré los ojos y me apoyé contra la pared. Respiré profundo y me dejé llevar por aquel extraño instinto que gritaba desde lo más profundo de mi ser.
-Dios Santo...
En una fugaz visión pude contemplar dos agentes de policía esperando tras la puerta blindada. Luego, tras un breve fogonazo de luz, mi vista mental recayó en un aparador que se asentaba al lado de la cama del dormitorio principal. Dentro de uno de los diminutos cajones, metido en una bolsa de papel, aparecía un contenido un tanto comprometedor...
-Mierda.
Abrí los ojos. En una carrera alcancé el dormitorio donde solía descansar la hija del doctor. De un golpe abrí la puerta de paso y avasallé la propiedad privada sin pudor alguno. Abrí un cajón de aquel aparador, el mismo que segundos antes se había dibujado en mi pesadilla. Aparté bragas y sujetadores y busqué guiándome por el instinto:
-Joder. Joder. Joder.
Allí estaba; una pequeña bolsa de papel marrón que pertenecía a unos grandes almacenes.
-Hay que joderse... cómo huele.
Lo soñado: allí estaba. Mi sed de sangre no me dejó sentir aquel profundo olor. El líquido vital envasado en el gotero camufló el tufo a:
-¡Hierba! ¡La leche! ¡La hija de Audrey trafica con Marihuana!
Llamaron por tercera vez a la puerta; esa vez con más fuerza que nunca:
-¡Sabemos que está en casa! ¡Abra la puerta, por favor! ¡Abra a la policía si no quiere que vengamos con una orden judicial! ¡Será peor para usted, señorita April!
Maria... y no sólo eso, bajo la cama se escondía una caja de zapatos con un contenido extremadamente dudoso: varias agujas usadas y un líquido envasado en un frasco de cristal completaban el equipo. Al lado de la supuesta droga, envueltos en una bolsa de plástico, se encontraban también varios papeles de fumar, setas disecadas y un tarro de escaso tamaño repleto de pastillas.
-Hija de perra -espeté en un cabreo monumental-, es una puta drogata.
Aquellos dos agentes regresarían con una orden. Entrarían en la vivienda, verían a un jodido tipo desnudo ataviado con un gorro de vaquero y con pintas de tener un mono de aúpa, con una maldita sonda de trasplantes enganchada a su brazo, con dos kilos de marihuana y otras tantas drogas más en su poder, y para colmo, con dudosos antecedentes familiares. Joder... mi familia recientemente desaparecida, enterrada en el mismísimo rancho... Asesinados por una loca posesa. Yo no disponía de conocidos en el condado para poder defenderme... Me aguardaba una buena.
Tenía que hacer algo.
-¿Dónde cojones se habrá metido ese viejo?
Retiré el gotero apartando de un tirón la aguja de mi muñeca. Me quedé mirando unos instantes la bolsa que contenía la sangre; quedaban nada más que unos restos pegados a los pliegues del envase. Luego eché un vistazo a la caja de zapatos... miré a la marihuana... evalué la situación.
-Suputamadre, suputamadre, suputamadre.
Suspiré, cerré los ojos y me dejé llevar. Me dejé llevar como en aquellos malditos sueños:
-Son sólo pesadillas, Ugen.
Entonces sonaron mis tripas. La boca se me hizo agua. Me vi correr hasta la puerta de entrada, abrir la madera en un brusco gesto y pillar desprevenidos a los dos agentes de la ley. Creo que uno se llevó la mano al arma, el otro, más rápido que su compañero, logró entrar al apartamento de un salto. Yo salí al rellano. De un manotazo arranqué la mano del que me apuntaba y su pistola rodó por el suelo entarimado. Cogí al joven policía en volandas y le metí en el piso. El más experimentado gritaba como un loco, estaba con el arma a un palmo de mis narices y yo, por mi parte, pasaba de sus advertencias. Dediqué aquellos segundos en morder salvajemente el rostro del agente manco. Hubo un momento en el que dejé de escuchar los gritos de dolor. Incluso, por increíble que pareciese, no sentí el fogonazo del arma disparándose. Aquel bastardo, el agente encargado del caso, no dudó en descargar tres proyectiles contra mi torso. Caí al suelo con el cuerpo del joven encima. No sentía dolor alguno, ni sentía debilidad o decaimiento. Al contrario, un ansia voraz crecía por momentos dentro de mí. Una rabia sin medida deseaba apropiarse de mi mente y de mi cuerpo.
-¡Alto, hijo de puta! ¡No te muevas!
Pero yo no hice caso al agente. Me puse en pie a pesar de mis heridas. La sangre salía a través de los orificios de mi estómago y pecho, pero yo, repleto de vigor y vida, no sentía que aquello fuera grave, al contrario, me hacía más fuerte, más poderoso.
-¡Quieto!
No le escuché. Me lancé por él. Dentro de aquella pesadilla yo cogía con ambas manos la cabeza del agente. Apretaba con tanta fuerza que aplastaba su cerebro contra el cráneo. Un chasquido proveniente de sus sienes me avisó de que había reventado su cabeza, y luego, la masa gris y viscosa que se esparramaba por sus carrillos y que salía a través de ambos orificios auditivos me aseguraba que el tipo había pasado a mejor vida.
Para terminar, de una salvaje llave, conseguí tronchar el cuello del hombre para arrancarlo de cuajo y separarlo del torso. El cuerpo sin vida cayó al suelo, momento en el cual, aproveché para arrodillarme y beber de la sangre que se vertía del segado cuello.
-Son sólo pesadillas, Ugen, sólo pesadillas...
Pesadillas muy reales.
-Huye. Vete de la casa. ¡Vete de la casa...! ¡Corre!
Quise hacer lo que mi mente me pedía; lo que yo mismo me ordenaba. Dejar ir a los dos policías y marcharme antes de que regresaran con una orden. Dejar una nota a Audrey aclarando todo y avisándole de la droga que escondía su joven hija.
-¡Huye!
Transcurrió un tiempo hasta que decidí abrir de nuevo los ojos para regresar al presente. Ya no se escuchaban los avisos de los agentes, ya no golpeaban la puerta para querer entrar al apartamento. ¿Se habían marchado?
-Dios... La Virgen.
Al abrir los ojos me percaté de que no me encontraba sentado encima de la cama. No... No estaba en el dormitorio de la jodida yonki. Mierda... estaba sentado en el rellano del hall. El suelo estaba cubierto de restos de sangre reseca. Al mi lado un par de bolsas de basura de considerable tamaño se apoyaban contra la pared.
-Joder... ¿Qué...?
Abrí una de ellas y comprobé que su contenido no era otro que las extremidades mutiladas de uno de los agentes.
-¡Jesús!
La pesadilla. La jodida pesadilla. No había sufrido ninguna. No había estado soñando... Maldita sea: había asesinado a los dos policías. Los había matado.
-No...
Me había alimentado de su sangre.
-Dios... ¿Qué cojones? ¿En qué me he convertido?

Continuará...

lunes, 17 de diciembre de 2012

Crónica Púrpura 1/3


En algún lugar de Varsovia, (Polonia) 02:00 de la madrugada.

-Bien, eso es... abre los ojos.
-Ya despierta, jefe; maldito hijo de perra, mírele, parece un crío.
-Así... así. Eso está mejor... empieza a recobrar la consciencia... venga incorpórate. Comenzaba a dudar si me había pasado con la jodida droga. Necesité una buena cantidad para doblegarte. No veas, aquellos tipos del bar acabaron en el hospital. Menos mal que al final la botella de vodka hizo su trabajo. Digamos... que allí metí el dopaje. Te fiaste de mí y del camarero. Pobre ingenuo.
-Mmn...
-Minka, trae un poco de agua.
-Sí, jefe.
-Usted, Konrad, ni se le ocurra mover su asqueroso culo de la ventana. Atento a la entrada.
-De acuerdo, señor Kozlov. Por ahora la calle está tranquila.
-No creo que nuestro amigo se atreva a contrariarnos; ¿verdad, señorito Slater? Ya sabes de lo que soy capaz.
-Mmm...
-Por tu bien, espero que así sea. Ahora voy a quitarte la cinta de la boca. No quisiera dispararte en la otra pierna, así que ni se te ocurra alzar la voz; ¿estamos?
-Señor, el vaso de agua que pidió.
-Gracias Minka, Glup, glup, ahhh. Qué sed tenía. ¡Oh! vaya, pensabas que el agua era para ti. Bueno, quizá si me cuentas lo que quiero oír te traiga agua, puede que incluso te traiga algo de comida, ¿entiendes?
-Mmm...
-Supongo que eso es un sí. Bien; aguanta un poco... ahora te voy a...
¡Ras!
-¡Ouch!
-Sí señor, puedo haberlo hecho mil veces pero siempre con el mismo resultado; suele escocer un poco, ¿verdad? Vale vale, no me mires así fiera. Puesto que ya nos hemos conocido en el bar, no hacen falta presentaciones. Sabes que no me gusta andar con mariconadas. Soy un hombre serio, y siempre consigo lo que quiero. La paliza que te hemos dado antes no ha sido nada comparado con lo que tenemos preparado si no hablas. A mis hombres se les van las manos a veces. Señor Konrad, acérquese. Mi último fichaje. Se ha incorporado hará un par de horas al grupo... Digamos que es mi guardaespaldas en esta fría ciudad. No le subestimes, este capullo es capaz de matar a su abuela con tal de cobrar por su trabajo. A ti te despellejaría con sumo gusto, te cortaría los huevos y después te metería por el culo el escroto si yo se lo pidiese. Así que... ya sabes. No se te ocurra abrir la puta boca a no ser que yo te lo pida.
-...
-Veo que lo has entendido. Si te comportas y pones de tu parte, puede que te suelte las manos. Puede incluso que te deje ir al baño. Sé que es algo incómodo pasar diez horas pegado a esa silla, atado de pies y manos, meándote encima, pero créeme, no quiero matar a nadie, no, todavía no. Pero si desobedeces mis órdenes e intentas huir o hacer alguna otra estupidez, lo lamentarás. No me conformaré con pegarte otro tiro en la otra pierna. Será mucho peor. Sé que eso te duele como a cualquier mortal. ¿Sabrás comportarte?
-Chup...
-¿Ohhh? Eso es justamente lo que no deberías hacer. Nunca podré acostumbrarme a los escupitajos, es algo que detesto. ¡Minka!
-Jefe.
-Ya sabe lo que debe hacer.
-Sí. ¿Qué te ocurre, idiota? ¿es que no tuviste suficiente? ¡Plas! ¡Plas! ¡tap!
-Hijo de perra, no es suficiente. Ni se inmuta. ¿Señor...?
-Tráeme la sal. Ahora verá este capullo.
-Ouch... oh... Jesús...
-¿Te duele la pierna, cabrón? ¿te duele ahora?
-... Hijo de... ohh, Dios...
-¿Ves estos alicates? ¿los ves, paleto? ¿Adivinas que voy a hacer con ellos?
-Ahg... la uña, puto cabrón.... la uña...
-¿Vas a hablar? ¿vas a abrir tu jodida boca? ¿Quieres que te dispare en la polla?
-Maldito... oouh... ¿Qué...? ¿Qué coño quieres de mí?
-Ya responde... Bien, en ese caso guardaré la compostura y la educación. Espero que ahora estés más receptivo... No podrás negar que perder las uñas de un tirón es tremendamente doloroso, por mucho que los de tu calaña digan que no sienten dolor. Estarás de acuerdo conmigo en que esas balas no te hacen demasiado, son como arañazos; ¿no es cierto, señor Slater?
-No sé... no sé de que me hablas... Ouch... uf...
-Je. ¿Habéis oído? ¿Escucháis chicos? Ha perdido dos litros de sangre y sigue en pie, como si nada, tan sólo unas magulladuras, ¿pretendes engañarnos? ¡Ahora va a resultar que nos hemos confundido de hombre! Vamos a ver, maldito hijo de puta; dame una sola razón para demostrarme que no he secuestrado al tipo equivocado. Dime que eres humano y te dejaré marchar, demuéstramelo. Házmelo creer.
-¿Qué... qué quieres decir...?
Chas. Chas... ¡Ras!
-¡AAAGGGG! ¡Hijo de puta! Dios... aggg...
-Dime cómo te llamas, cabronazo, o arrancaré de cuajo el pellejo de tu polla con los alicates y te lo haré tragar, ¿me entiendes?
-Eso, dile cuál es tu nombre, maldita perra americana.
-¿Mi nombre...? Ugg...
-Slater; ¿no es así?
-Sí.
-Eugenio Slater... ¿sí?
-...
¡Ras!
-¡Joder! ¡Agg!
-Me estás cansando, voy a meter el cañón de mi jodida automática por tu culo lleno de mierda y vaciaré el cargador entero si no me dices cómo cojones te llamas, ¿Está jodidamente claro? Se acabaron los buenos modales, cabronazo hijo de hiena. Minka, echa sal en las heridas de sus dedos y trae ese puto paraguas, vamos a meterle el hierro en el agujero de la rodilla. Vamos a dejarle cojo de por vida.
-¡Eugenio!, soy Eugenio Slater, aunque ya nadie me llama así.
-¡Vaya! El maldito diablo ha decidido hablar.
-Quien sabe de mí sabe cómo me llaman: Ugen, así me llamo ahora. Soy de Arizona. Hace tiempo que dejé aquel lugar...
-Eso es, Ugen. Continúa.
-Se pronuncia Ugen. Ugen con "y" latina. Ugen... Ouch...
-Bien, mamonazo. Ahora que sabemos que eres el tal Ugen de Arizona, vas a contarnos qué cojones eres en realidad; ¿entiendes? Sabemos que no eres un simple humano.
-¿Cómo...? ¿Qué soy?
-No te hagas el tonto, Ugen. Te seguimos la pista desde que decidiste abandonar París. Hemos estado pegados a ti en todo momento. Huelo tu culo desde hace meses. No puedes engañarme.
-¿Qué? ¿Entonces...?
¡Ras!
-¡Oh, Dios! ¡Aaarrg!
-Cuéntamelo todo. Dime... dime quién te hizo y te dejaré en paz.
-¿Quién me hizo el qué, joder?
-¡Responde al señor Kozlov, maldito cabrón!
¡Pam! Plas!
-No hace falta que le pegues más, Minka. Por su bien nos contará lo que necesitamos saber. Por el bien de sus amigos... de sus familiares. ¿Verdad, Ugen?
-Mi familia murió hace años, capullo... No tengo a nadie. Uff... Dudo que puedan hacer daño a alguien... ouch... me las vas a pagar hijo de puta...
-¿Pagártelas? ¡Ja, ja, ja, pequeño bastardo! No me hagas reír. Tengo a la guarra de pelo negro atada en una silla como ésta al otro lado del Atlántico. Una llamada... solamente una llamada y mis pequeños ahijados norteamericanos la pegarán un tiro en la cabeza a tu putita. Y no sólo eso, enviaré su preciosa cabeza a sus padres con una nota clavada en su frente de tu parte, aclarando que decidiste cargártela porque era una puta que cambiaba mamadas por coca. ¿Te parece buena idea o quieres hablar con la señorita Dalena por teléfono? ¿Necesitas pruebas, Ugen?
-No joder...no. Ni se te ocurra tocarla, capullo.
-Bien. Pues cuéntame todo. Cuéntame tu historia, maldito demonio. Pero cuéntamela desde el mismo momento en el que naciste por segunda vez. Mejor aún... cuéntame qué ocurrió para que nacieras de nuevo. Habla y soltaré a la puta para que pueda volver a chupártela. Tienes mi palabra de ruso, diablo de mierda.


CRÓNICA PÚRPURA.
Capítulo primero: Sangre en Arizona.

Navidades del año 1963. San Tan Valley, Arizona. Estados Unidos.

Las cosas estaban difíciles por aquella época. A decir verdad, estaban demasiado complicadas. No había mucho trabajo, la puta crisis del '62 acojonó a los americanos. La bolsa se resintió, y con ella, la economía. Fidel y el asunto de los misiles calaron hondo en la mente de los ciudadanos, en la solvencia del país, y aunque Kennedy hacía todo lo posible para sacar adelante a la madre patria y luchar por ganarse la confianza del resto de mandatarios, éste no lograba mucho, la verdad sea dicha. Tuvieron que pasar unos años para que la cosa se apaciguara... para que todo volviera a ser normal. Mientras tanto, mientras que muchos disfrutaban de privilegios, familias bien sobre todo e hijos de militares importantes y gente del estado, la mitad del país lo pasaba jodidamente mal. Pasaban hambre, joder. Yo era uno de éstos estos últimos de la lista. Menos mal que teníamos el campo... Teníamos la granja.
Crecí en Casa Grande, no muy lejos de donde ahora nace la autovía 10. El rancho estaba a medio camino de San Tan Valley, en plena llanura. No recuerdo bien a mis padres, murieron cuando yo era un niño... tenía tres años si no me equivoco. Mis tíos cuidaron de mí, me adoptaron... Crecí comiendo mazorcas de maíz, trabajando en el campo, cuidando de mis pequeños primos y disfrutando de la amada Arizona. Oh, Dios... Arizona: tenemos el Gran Cañón de Colorado. Joder, es lo más bonito que he visto en mi vida.
Tenía veintiocho años. Veintiocho; ¿comprendes? Un hombre joven, un tipo de pueblo. No había salido nunca del condado. No conocía nada, tan sólo tierra árida, cactus, montañas y granjas. Un paleto, un jodido paleto... Un vaquero de la llanura. Eso es lo que era. ¿Quieres saber qué coño pasó para que ahora me encuentre en el viejo continente? ¿En serio deseas conocer mi historia y saber cómo he llegado hasta aquí...? ¿Cómo he llegado al año 2011 sin apenas envejecer? ¿es eso lo que deseas, verdad? ¿Deseas lo mismo para ti, para los tuyos, no es así? ¿Deseas mi eternidad? Sí... por eso me buscas, por eso me sigues. Quieres saber quién me convirtió para que lo haga contigo.
Eternidad... Podemos llamarlo así. Podemos llamarlo con ese nombre. Un no muerto... ¡Ja! La verdad, esta puta maldición no tiene fecha de caducidad, al menos no en unos cuantos siglos. No es como el yogurt de frutas, el cual se corrompe a los pocos días de salir de fábrica. Yo no me caduco. No me estropeo. No... ¿me hago viejo? Eso no ocurre en mi caso. Pueden cortarme los miembros, dispararme, clavarme un hacha en la cabeza... pero jamás moriré mientras la puta maldición camine conmigo; no mientras la sangre del mismísimo diablo corra por mis venas. No mientras tome la sangre de los mortales.
Contraje esta mierda allí, en mi propia casa. En la granja de tío Ackley. Aquella cosa entró en la jodida vivienda, aguardó a su presa escondida dentro del rancho.
Veníamos del entierro de mi tía, la esposa de Ackley. Era de noche... joder; hacía un frío de un par de huevos. No suele llover en Arizona, pero casualmente, para dos o tres días que llueve al año en el estado, tuvo que suceder en esa marcada fecha. Puff... Aquel día cayeron chuzos de punta. Recuerdo que aparqué a la entrada, junto al establo. El lugar era una pocilga, estaba todo embarrado... Jesús, lo recuerdo como si fuera ayer. Tío Ack estaba como una cuba. Llevaba borracho todo el día. Desde que decidió delegar el puesto a su hijo y abandonar las tareas de capataz en la granja por una acusada dolencia de espalda, el viejo no volvió a ser lo mismo. Siempre tomaba cervezas pero, joder... ¡la virgen!, Ackley terminó bebiendo botellas enteras de Whisky en tan sólo una jornada. Estaba para el arrastre y para colmo la muerte de tía Rachel le había derrumbado por completo. Pobre...
Decidí quedarme con él dentro de la vieja Suburban del '59. Envié a mi primo al carajo, veníamos discutiendo todo el camino. Parkin me insultó y decidió entrar a casa primero, yo aproveché para decirle cuatro cosas a mi tío. Estaba harto de verle así. Necesitaba hacerle ver... necesitaba devolverle a su vida. Era un alcohólico y no soportaba verle así. Mal hecho. La jodí. Dejé que mi primo entrara solo a la casa.
-¿Qué coño ha sido...?
Escuché un grito. Dios... salí corriendo del vehículo y corrí hasta la vivienda. Me caí al suelo, me puse de barro hasta arriba.
-¡Por Dios Santo! ¡Primo!
La puerta estaba abierta, las luces dadas, la lluvia entraba por la ventana que estaba abierta de par en par. Llamé a Parkin y no respondió. Jesús... mi primo era un auténtico gilipollas, siempre me la jugaba. Era un puto bromista. Un estúpido. Pero; ¿Cómo me la iba a pegar en un día tan marcado? Estaba enfadado conmigo... No: Parkin no tenía cuerpo para bromas aquella maldita noche.
-¡Parkin! ¡por el amor de dios!
Estaba tumbado en su cama, allí, encima del colchón. Extendido y abierto de piernas. Su madre... tenía los pantalones bajados y... uf... y la pierna, la pierna repleta de sangre. Joder... todo el colchón, el suelo... la totalidad del antro estaba repleto de sangre. Se había desangrado.
-¡Primo! ¡Dios! ¿Qué...? ¿Qué diablos ha pasado?
No respondía. Estaba... estaba muerto. No respiraba. Le toqué la cara y la cabeza se giró. Se precipitó al suelo. Le habían decapitado. ¡La cabeza rodó por la tarima cómo si fuera una pelota! Dios Santo, alguien se la había arrancado. Un corte preciso, limpio.
-Parkin...
Su rostro amoratado parecía tener vida. Aquellos dos ojos azules, perdidos en la muerte daban la impresión de vigilar mis movimientos desde aquel rincón de la alcoba.
-Primo...
Tres minutos. Tres jodidos minutos desde que le escuché gritar. Maldita sea, no llegué a tiempo. Le habían desangrado en tres minutos de mierda. Le habían decapitado y yo... Yo discutiendo con Akcley. Luego me di cuenta; aquella cosa le mordió en la entrepierna. Aquella monstruosidad se alimentó de su sangre. Lo supe porque ella lo intentó después conmigo. Ella era... era...
-Af... af... af...
La escuché respirar. Parecía un animal sofocado.
-¿...?
Estaba allí, aguardándome. Me esperaba.
-Oh, mierda...
Entonces me habló. Estaba en la habitación. No había huido. Se encontraba detrás de mí. Joder, no la vi al entrar, no sé cómo pude ignorar su presencia...
-Hola -me dijo con voz trémula y entrecortada.
-¿Qué...? ¿Qué diablos eres...?
La verdad, me meé encima. Por poco no me cagué en los tejanos azules. Era una mujer. Una mujer bella. Alta, rubia... preciosa. Estaba desnuda. Dios... aquellos ojos grises de mirada radiante me entretuvieron lo suficiente como para no dirigir la vista a sus aptitudes... a sus voluminosos senos. Es como... no sé... debió hacer algo porque... uf... me sentí completamente perdido, confuso. Parecía un sueño, una maldita pesadilla. No me importó verla cubierta de sangre, de la misma que poco antes corría a través de las venas de mi pobre primo. Aquella mujer... aquella maldita bastarda le había chupado toda. Le había dejado seco y yo no era capaz de apartar la mirada de su sensual silueta femenina. Estaba anonadado, confuso... Hipnotizado.
-¿Es...? -se colocó su larga melena, la dispuso tras la espalda, mostrando con ello la totalidad de su pecho. No me apartaba ojo; alcanzo a recordar que incluso me sonreía. Titubeó al preguntarme -¿Era familia tuya?
-Sí -lloré-, era... es... es mi primo. Está muerto. ¿Por qué motivo lo has...?
Creo que soltó una leve risotada.
-Es una lotería -respondió, con aquel tono áspero y extraño. -Esto funciona así. Lo siento de verás. Estoy de paso y... tenía hambre.
-Pero... ¿de qué diablos estás hablando? ¿Hambre...? ¡Estás loca!
-Ahora voy a marcharme -continuó, acercándose a mi posición. -No intentes nada. Te mataré si me tocas. He quedado saciada, así que perdonaré tu vida. Tienes suerte de que me resultes atractivo, mortal, no suelo toparme con chicos tan guapos.
Recuerdo que me besó en la boca. Un húmedo y helado beso.
-Hija de... ¡No voy a dejarte!
Me retiré echándome para atrás unos pasos. Luego la extraña mujer salió corriendo. Se fue al igual que vino. Salió de la habitación y yo no pude ni moverme. Estaba allí, inmóvil, sin fuerza alguna para poder reaccionar. Me quedé contra la pared, llorando al igual que un niño.
Aquella zorra no iba a ir muy lejos, al menos no sin antes encontrarse con el tío Ackley. Él subía por las escaleras y se cruzó con aquella cosa. Debió hartarse de esperar en el furgón. Fue en el encontronazo, y tras el insulto de Ack cuando yo pude despertar de aquel extraño aturdimiento. Entonces corrí. Salí al hall y me lancé escalones abajo, en ayuda del que fuera mi tutor. La mujer le sujetaba por el cuello, le zarandeaba al igual que un monigote. Ackley iba armado, siempre llevaba consigo aquel viejo revolver que mi abuelo le regaló en su lecho de muerte.
-¡Suelta a mi tío, maldita zorra!
Aquella extraña gritaba al igual que un cochino. Estaba loca y poseía una fuerza tremenda; incluso el rudo de mi tío no lograba reducirla. La agarré por la espalda, le tiré del pelo y conseguí que Ack se librara del abrazo de aquella enferma. El pobre, con el impulso, rodó escaleras abajo. Se cayó de espaldas y chocó contra el aparador de la entrada. Pensé que había muerto en el golpe.
-¡Te dije que me dejaras marchar, endeble mortal!
Consiguió darse la vuelta. No sé que ocurrió después... no consigo recordar bien aquel instante, aquellos minutos tras... tras el mordisco.
-¡Agggg!!! ¿Pero qué cojones...?
Me propinó un fuerte mordisco en el brazo, a la altura del radio. Pensé que me lo había arrancado de cuajo. Entonces me caí de culo contra el entarimado. Sangraba a rabiar, demasiado para una herida de tales características. Levanté la vista en un instante de lucidez soportando aquel tremendo y punzante dolor, logrando ver cómo aquella mujer era alertada por la voz de Ack. Husmeó el aire, fijó la vista en mi tío y luego saltó los trece escalones que le separaban de la puerta para huir hacía la jodida libertad. Pasó por encima de Ackley veloz como un rayo. Alcancé a ver a mi tío, era un hombre fornido, más bien obeso con aquellos cincuenta y muchos años. Su mullido cuerpo le valió para soportar la caída. Aquejándose e insultando barbaridades por su boca, se puso en pie valiéndose de un estante.
-Tío... tío Ack...
-Tranquilo Eugenio, mataré a esa pirada.
Escuché varios tiros. Supongo que disparó desde la puerta. El valiente de Ackley salió entonces en busca de aquella tiparraca. Gritaba como un poseso, le llamaba. Le decía: Zorra, maldita zorra. ¿Dónde andas, hija de Lucifer? Al poco se repitieron dos o tres disparos más. No sé... no sé cuánto tiempo transcurrió. No podía dejar que mi tío muriera a manos de aquella cosa, así que hice un esfuerzo sobrehumano en medio del delirio y conseguí ponerme en pie. Descendí los escalones a trompicones. Salí al porche y contemplé como Ack corría en pos de aquella bestia inmunda. Llovía y era de noche, pero aún así pude contemplar la silueta de mi tío deslizándose a través del embarrado.
-Tío... No.
No puede dar un paso más, estaba agotado. La herida no paraba de sangrar y me acusaba un mareo que nunca antes había padecido. Sí... era algo, como una droga. No había sufrido nada similar en el pasado.
-¡Quieta, loca! -Ackley gritó en medio de la oscuridad. -¡Arriba las manos!
Entonces, poco antes de caerme al suelo pude ver como Ack perdía la vida. Jesús... aquel ser, aquella mujer regresó a por él. Atravesó el sendero y llegó hasta Ackley en décimas de segundo. Treinta metros en un suspiro... Vi el fogonazo de otros dos disparos, deslumbraron en la oscuridad al igual que los relámpagos. Las balas volaron al aire. Aquella cosa... la mujer gritó de forma estridente. Actuó rápida. A mi tío no le dio tiempo ni a responder. No gritó tan siquiera. Aquella mierda le quitó el revolver de un manotazo, lo lanzó lejos y luego... Luego agarró las manos de Ackley, y en un movimiento semejante a una brazada le arrancó de cuajo los brazos... Dios, se los sesgó a la altura de los hombros. La sangre voló hacia todos los lados. Joder, llovía sangre, llovía la sangre de mi pobre tío. Después aquella tipa me miró desde la lejanía, me dedicó una mirada fría clavando sus dos ojos rojos en los míos. Sulfuraban... eran dos pozos de fuego y odio. Aquellos brillaban en la oscuridad... ya no eran grises... eran los ojos del diablo. Apartó su vista de mí y luego mordió el cuello de Ack. Zarandeó su cabeza de lado a lado en un gorgoteo de sangre y berridos hasta que la loca sentenció su alma. Le destrozó... consiguió separar la cabeza del tronco. Aquella cosa desmembró a mi tío delante de mis jodidas narices. Luego salió corriendo de nuevo hasta perderse en la oscuridad de la noche.

-Joder vaquero, menuda pesadilla. ¿Estáis al tanto, muchachos? Qué más...
-Fue al amanecer. A la mañana siguiente descubrí que no había sufrido una maldita pesadilla. No lo fue. Fue real.
-Vale, paleto. Sigue. Dime qué hiciste... Ilumina mi incredibilidad.
-Descubrí que había cambiado... me di cuenta de que ya no era el mismo, que ya no era lo mismo. Enfermé. Tomé contacto con... con aquello que rondaba por mis venas. Estuve horas padeciendo unas terribles visiones. No sé de qué manera alcancé la cama. No lo recuerdo pero... sé que subí hasta la habitación. Devolví sangre. Me dolía el cuerpo. Me rompía por dentro. Jesús... sufría visiones mientras me desangraba. Veía a la mujer por todas partes. Tan pronto estaba a mi lado como fuera de la vivienda, al lado de la ventana. Soñé que yo mismo devoraba a mi primo... a mí tío. Joder, soñé con mi pobre tía. Abría la tumba y... ¡y comía de su cuerpo! Primero chupaba su sangre, luego le arrancaba la cabeza y metía la lengua en la herida. Aspiraba... aspiraba sangre y restos de pútrida carne. Estuve en aquel estado al menos una semana. Día y noche. Toda una jodida semana tumbado en la cama con fiebre.
-Interesante, realmente interesante. Estabas convirtiéndote en un jodido chupasangre.
-Estamos confundidos... Joder que si lo estamos, siempre lo hemos estado. No os podéis imaginar lo que es esto. No sabéis lo que soy. El paso no es un camino de rosas. Esto no es un juego.
-Continua, cerdo americano. Sigue con la historia. ¿Quién era aquella mujer?
-Lo importante no es quién era, sino qué era. ¿Comprende, señor Kozlov?
-Necesito cerciorarme de su procedencia. No deseo estar confundido contigo... ¿Entiendes, maldito capullo? He arriesgado mucho con todo esto. Te sigo la pista desde aquel suceso en el país galo. Dime, ¿qué ocurrió después? ¿Volviste a saber de ella?
-No. Mierda... los días posteriores a la muerte de mi familia fueron realmente jodidos. No volví a ver a aquel maldito demonio, tan sólo en sueños, ¡joder! Estuve... estuve clínicamente muerto. El veterinario que trabajaba con tío Ackley lo confirmo; mi corazón se detuvo a las 23:00 horas de un martes de febrero del 63. Él me sacó de la casa y curó mi herida.
-¿Y bien? ¿Entonces no mantuviste ningún tipo de vínculo con aquella cosa? ¿No regresó para morderte tres veces más?
-Por todos los demonios; regresé a la vida cinco minutos después de morir en aquel estado febril. ¡Qué coño tres veces! ¿Quién te ha contado esas estupideces? Maldito seas Kozlov, eso sólo ocurre en las películas, ¿De dónde has sacado esa gilipollez?
-Eso a ti no te importa, paleto.
-¿Qué es lo que sacas de toda esta historia? ¿Qué pretendes? ¿Pretendes dar con esa mujer para que te convierta? ¿Es eso lo que...?
-Eso no es de tu incumbencia, Ugen. Ella es vital para que salgas vivo de aquí, ese monstruo es la clave para que no me cobre la vida de tu muñeca pueblerina. Tú sigue con la historia y dime todo lo que sepas de esa maldición. Dime la verdad y tu putita de Colorado podrá contar a sus nietos que fue secuestrada a manos de unos mafiosos polacos cuando salía con un jodido chupasangre paleto y subnormal. Dame toda la información, joder. Dime dónde os soléis ocultar cuándo llega el día, cuántos sois...
-No lo sé, capullo. No lo sé.
-Eres un vampiro, deberías saber esas cosas, vaquero. ¡Habla!
-Tú eres un humano y no tienes ni puta idea de lo que está haciendo tu jodida mujer en este momento, gilipollas. Vampiros, chupasangres, íncubos... La televisión, el cine y la literatura se encargaron de engañar a los mortales. Mierda, estáis tan confundidos... estáis realmente confundidos, como lo estaba yo en su momento. Dejad de pensar en esa absurda serie de niñatos pijos y lobos enamoradizos. Dejad a un lado la historia de Stoker y de imaginar que un tipo como yo puede morir cuando se expone a la luz del sol. ¡Ja! ¡Qué absurdos sois a veces...! Pretendéis retener a un vampiro. Pretendéis regalar vuestra sangre a cambio de la inmortalidad. ¿Vampiro? ahora sí que me da la risa. ¡No! Aquella mujer era un demonio. Por Jesucristo, joder... vino desde el mismísimo infierno por mi sangre. Es un ser demoníaco, la hija del propio Satanás. Una humana hija del diablo. Otorga una larga existencia a cambio del alma. Te regala la vida eterna pero con ello te niegan las puertas al mismísimo cielo. ¿Escucháis lo que os digo? No hagáis caso a leyendas infantiles... la sangre que corre por mis venas es la de un diablo, la de un eterno inmortal. Yo sólo camino para arrebatar el bien de lo que queda de humanidad. Hago pecar a la mujer... la pervierto. Destruyo al hombre con los celos, le obligo a pelear... le llevo al borde del suicidio, a la locura. Asesina gracias a mi existencia. Estoy aquí para arrebataros las llaves del paraíso.
-Eres una criatura de la noche.
-No pertenezco a la noche, ni al día. No puede hacerme daño el sol porque tengo carne humana, piel humana, y mente humana. No pueden detenerme esos crucifijos que cuelgan de estas paredes ya que estoy bautizado e hice la comunión siendo un niño... Dios me aceptó en su seno, malditos gilipollas. Él no puede detenerme. Vago entre dos mundos. Arráncame las uñas de los dedos y de los pies; sí, duele, pero mañana estarán ahí de nuevo, maldito maricón ruso. Arráncame la polla como dices y métela por el culo si quieres, mañana al alba tendré una más grande en su sitio. ¿Y sabéis qué? ¿Sabéis lo que sí puedo hacer? ¿Sabéis lo que es cierto respecto a los jodidos vampiros de los que me habláis?
-¿Qué dices, estúpido pueblerino? ¿Habéis oído, muchachos?
-Sí, este mamonazo no recuerda que tenemos a su chica, jefe.
-¿Qué pretendes, subnormal? ¿Intentas decirme que no me tienes miedo? ¿Pretendes hacerme saber que por mucho que te haga, mañana serás un tipo nuevo, fresco, y jodidamente fuerte? No me das miedo con tanta palabrería arcaica, paleto. Verás capullo; aguardan mi llamada. No sólo para que dé la orden y se puedan cargar a tu muñequita, sino que si no les llamo en dos horas, la ejecutarán igualmente. Esperan una respuesta. Así que déjate de estupideces. Ahora no vale que pienses en ti y en tus poderes de mierda... no es sólo tu polla lo que te juegas. Hablo de tu novia, ella no puede reemplazarse si mis colegas americanos la disparan en la jodida sesera. ¿Pretendes asustarme con eso de que eres eterno y que no puedo liquidarte, mamonazo? ¿Es eso? Dime dónde están tus ancestros, maldito cabrón. Dime dónde se esconden.
-No lo sé, gilipollas. Sólo sé que voy a soltarme de estas cuerdas, arrancar de cuajo tu jodida cabeza de cerdo y matar a tus dos mariconas antes de que levantes un dedo para ordenar la ejecución de mi chica, ¿entiendes?
-Atrévete y en dos horas a tu zorra le harán un trasplante de cerebro. Pasará de su cabeza a nuestra pared.
-Acuérdate de esto cuando me esté alimentando de ti, puto cerdo ruso.
-Tienes mucha imaginación, Ugen... La historia, o tu putita cae.


Continuará...