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domingo, 17 de febrero de 2013

DOS Y DOS SON CUATRO





«... son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho...»

- ¡ahhhhhhhh! No lo soportó más. Por favor, ¡cállate! ¡Cállate! Déjame en paz de una vez por todas. Siempre he hecho lo que me has pedido. ¡Lárgate! No quiero escucharte más...
 «...son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y...»
- Si no te largas me suicidaré. No conseguirás nada más de mí, ni tendré que soportarte nunca más. Quizás eso sea lo mejor, que me suicide. ¿Qué harás entonces, hijo de puta? ¡Qué harás!
«No tienes lo que hay que tener para suicidarte. Por eso te elegí, porque eres un cobarde, siempre lo has sido y siempre lo serás. Sabes perfectamente que acabarás plegándote a mis deseos. No te tortures más. Ríndete y dejaré de cantar esa cancioncilla que tanto te gustaba cuando eras pequeño y tanto pareces detestar ahora»
- Esta vez no. Esta vez es diferen...
«¡Venga ya! Siempre estás con las mismas tonterías. ¡Esta vez no! ¡Esta vez no! ¿A quién quieres engañar? Solo a ti mismo. Eres tan predecible como estúpido. Haz lo que tienes que hacer y la cancioncilla dejará de sonar... hasta que te vuelva a necesitar, claro. Podrás dormir, podrás fornicar con golfas, casi podrás hacer tu vida normal, la vida que tenías antes de que iniciáramos esta relación tan hermosa que tenemos. Bien sabes que es la única salida. Yo puedo estar cantándote al oído un día y otro día y otro día, y todas sus noches»
- ¡Nooooooo! ¡Vete a tomar por culo! ¡Esta vez no!
«Está bien. Tú lo has querido. Continuemos con el juego. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y...»
- ¡Para! ¡Para! ¡Para! Dios mío, ¡ayúdame!
«...cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos...»
- ¡Está bien! ¡Tú ganas! Ganas otra vez.
«¡Así me gusta! Esta vez me has metido el miedo en el cuerpo. Pensé que me ibas a dejar en la estacada, que habías sacado fuerzas de flaqueza y estabas dispuesto a hacer algo, digamos... definitivo. ¡Qué no! ¡Qué es broma! Desde el principio sabía que ibas a ceder a mis pretensiones. ¡Siempre lo haces! Es lo mejor que puedes hacer. Solo tienes agallas cuando trabajas para mí. Deberías agradecérmelo. Y, por favor, no implores nunca más la ayuda de Dios. Él no te va a ayudar. Más bien deberías culparle por ponerte sobre la faz de la tierra con todas esas debilidades que te dominan. Eres un pecador empedernido. Si realmente te está escuchando, es evidente que te ignora. Se ríe de ti, igual que yo me rio ahora, igual que me rio desde que te conocí. ¿Qué le voy a hacer? ¡Yo soy así! Mucho más honesto, ¿no crees?»
- ¿Qué quieres esta vez?
«Nada nuevo. ¡No sé para qué me preguntas! Ya sabes lo que me gusta. Siempre quiero lo mismo. Así que, sal ahí fuera y tráemelo»

Estaba muy cansado. Había conducido durante horas. Nunca actuaba en su ciudad, ni siquiera cerca de ella para no ser reconocido ni asociado con el "asunto". Era capaz de cruzar varios estados. Así, evitaba que se generara el típico clima de inseguridad entre sus conciudadanos, que tarde o temprano degeneraba en rumores, sospechas e infundadas acusaciones, y terminaba en caza de brujas contra los menos populares, siempre inocentes. Era un tipo raro, solitario por imposición social y por vivir en una casa de campo aislada. Tenía todas las papeletas para ser objeto de sus sospechas al menor descuido.
También estaba el tema de los gustos del tirano. El muy cabrón no pedía cualquier cosa. Desde que aparecía con su jodida cancioncilla hasta que desaparecía satisfecho, podían pasar varios días. Al principio era mucho peor. La búsqueda podía prolongarse durante semanas, hasta que descubrió que la poca discreción de la gente podía facilitarle las cosas. En las redes sociales encontraba fotos, comentarios, direcciones... todo lo que necesitaba.
No era un profesional, o eso quería creer, pero la policía y los medios de comunicación no opinaban lo mismo. Ellos hablaban de un asesino psicótico en serie con gustos especiales.
«¡No son mis gustos! ¡Odio hacer esto! ¿Por qué no lo entendéis?»
Alertados por los titulares, la población de riesgo se mostraba más cauta, y la policía se centraba en ellos, lo que hacía que todo fuera más complicado. No obstante, golpe a golpe conseguía mejorar su técnica, en definitiva, correr menos riesgos. No estaba, en absoluto, orgulloso de ello, prefería seguir siendo un paria que un perro en manos de un dueño cruel, pero no tenía elección.
Todavía tenía pesadillas con su primera vez. Bueno, tenía pesadillas con todas ellas, pero la primera fue la más dolorosa. Nunca había hecho daño a nadie hasta ese día. Escuchaba con lágrimas en los ojos los gritos, sentía como propios los golpes que propinaba. Entendía todo el dolor y el miedo que provocaba, pues él sentía todo eso muy a menudo.
Esta vez, y basándose en los datos obtenidos de internet, el golpe no debía causarle mayores problemas. Actuar y salir corriendo, procurando no dejar ninguna huella que pudiera delatarle. Si la dirección era correcta, la casa era la que tenía frente a sus narices. Solitaria en medio de un campo de maíz agostado, se erguía una modesta vivienda de una única planta. En la terraza, unos centímetros por encima del nivel del suelo, había dos mecedoras y una pequeña mesa. Todo quedaba parcialmente iluminado por un pequeño farol cuya luz apenas llegaba más allá de los límites de la terraza.
El interior de la vivienda estaba iluminado, lo que le permitió vislumbrar una figura femenina que se movía por lo que debía ser el salón. Tenía que acercarse más, tenía que conocer todos los detalles antes de actuar. Silencioso como una sombra, caminó por un lateral, paso a paso, lentamente, aprovechando la oscuridad reinante, concentrado en todo lo que ocurría en la casa. Inesperadamente, un perro negro bastante grande salió a la carrera ladrando, provocándole un subidón de adrenalina.
«¡Perkins! ¡Cómo he podido ser tan estúpido!»
Lo sabía todo del perro. Aparecía en muchas de las fotos publicadas en la red. Casi salía más que su propia dueña, pero no había pensado en él, y ahora se interponía entre víctima y verdugo. El perro corría ladrando sin parar. Cuando la cadena a la que estaba anclado quedó completamente tensa, el perro paró en seco lanzando un quejido lastimero. Un instante después siguió ladrando en dirección a él. La doble puerta de la casa se abrió de par en par. En el umbral apareció una chica de pelo largo rubio portando una escopeta.
- ¿Quién anda ahí? Perkins, ¿qué pasa?
Perkins seguía ladrando histéricamente. La chica avanzó lentamente, aproximándose paso a paso mientras miraba al frente y balanceaba el cañón de izquierda a derecha. Cuando llegó hasta el perro, se agachó y comenzó a acariciarle. Seguía mirando al frente, a la oscuridad impenetrable donde se escondía su verdugo.
- ¿Qué pasa? ¿Qué has visto? ¿Quién anda ahí? ¡Candice! ¡Candice! Cierra las puertas de casa y no salgas bajo ningún concepto.
- ¿Qué ocurre? ¡No me asustes! – dijo Candice asomándose por la puerta.
- ¡Haz lo que te digo! ¡Métete dentro! Y si escuchas cualquier ruido o ves algo raro, llama a la policía.
La chica soltó la cadena del perro que salió disparado hacia el interior del maizal, siguiendo el olor del intruso. Al instante, la chica perdió de vista al animal. Avanzó cautelosa hasta llegar al borde del maizal. No quiso continuar. La solo idea de internarse en el sugerente campo de maíz durante la noche, hacía que todos los pelos se le pusieran de punta. Notó un cosquilleó por toda su piel.
«Seguro que no es nada. Algún gato en busca de ratones. Le encanta perseguir gatos»
Escuchaba sus ladridos, cada vez más lejanos, hasta que se tornaron en quejidos. Algo le había ocurrido; su perro querido estaba herido. La necesitaba. Tenía una escopeta en las manos, si hacia bien las cosas no tenía por qué ocurrirle nada malo. Dudaba. Trataba de ser fuerte, de romper la resistencia que hacía que se mantuviera fuera del maizal. Un quejido más profundo que los anteriores hizo que se decidiera. Entró con la escopeta por delante en la oscuridad. El maizal pareció engullirla.
Veía poco o nada. El único sentido que le servía para algo era el oído, una vez sacrificado el sentido común. Apartaba las ramas con cuidado, pero era imposible no hacer ruido mientras avanzaba en la dirección de los quejidos, en línea recta. Estos fueron subiendo de volumen a medida que se acercaba al perro, que al percibir la cercanía de su ama, pedía con más insistencia.
Casi tropezó con él. Estaba tirado en el suelo. Se agachó sin perder de vista el entorno, manteniendo la escopeta a punto para disparar ante el menor signo de amenaza. El pecho del perro subía y bajaba rítmica y débilmente. Al acariciarle, notó una sustancia húmeda y pegajosa que cubría buena parte del pecho del animal. Era sangre. Emanaba de una profunda herida, y esas heridas no las causan los gatos. Alguien había hecho daño a su perrito. Lo más seguro es que se hubiese dado a la fuga. No pensaba quedarse allí para comprobarlo mientras Perkins se desangraba, así que dejó la escopeta a un lado, introdujo las manos por debajo del animal, y lo izó pegándolo a su pecho.

Todo había salido mal por culpa de ese maldito perro negro, y podía ponerse aún peor. Había escuchado perfectamente cómo la chica pedía a la tal Candice que se encerrara. Dijo algo más, referente a la policía; seguro que quería que la llamara.
«Si al menos ese jodido perro no me hubiese mordido, ya estaría lejos de aquí»
Con una puñalada consiguió que el perro liberase su presa, pero entonces escuchó ruidos. La chica había entrado en el maizal, por supuesto con su escopeta. Se agazapó en la oscuridad sin moverse ni un ápice.
La chica, a la que tantas veces había visto en internet junto a su hermana gemela, llegó hasta el perro. Desde su posición podía distinguir perfectamente el tubo negro de la escopeta. Entonces, la chica se arrodilló soltando el arma y alzó al perro girándose en dirección a su casa.
No lo podía creer. La muy estúpida ponía en peligro su propia vida por salvar a ese chucho medio muerto. Eso cambiaba las cosas, aun podía tener una oportunidad para llevar a término su plan, pero debía darse prisa. Dejó que avanzará unos cuantos metros más antes de moverse.

El peso y volumen de Perkins hacían que no avanzara tan rápido como quisiera. Solo pensaba en llegar a casa para llamar al veterinario.
«Aguanta perrito. Te pondrás bien. Te vas a poner bien. Yo cuidaré de ti»
Enredada en mil pensamientos, dejó de prestar la atención debida a su entorno. No escuchó más ruidos de ramas que los que ella misma producía, no vio nada más allá de la carita de su perrito.

Abalanzándose contra ella por la espalda, clavó el puñal lateralmente en el cuello, manteniéndolo allí firmemente. La sangre manó abundante manchando su vestido corto, donde se mezcló con la sangre de su perro. No se resistió. La puñalada era mortal. Simplemente le miró a los ojos con profunda pena, como preguntándole "¿por qué?”. Perro y ama cayeron al suelo, una sobre el otro, que lloraba por el dolor ajeno.
- Aunque no lo creas, lo siento mucho chica. Estoy obligado a hacerlo.
La primera parte ya estaba acabada. Ahora tenía que encargarse de la hermana. Luego las llevaría al coche. Corría a tanta velocidad como su muslo herido le permitía. Cuando llegó al borde del maizal, comenzó a escuchar las sirenas de un coche de la policía. Aún estaba lejos, no lo suficiente como para arriesgarse.

«Te he estado esperando con impaciencia. ¿Estás herido? Espero que no sea para tanto. ¿Lo has traído?»
- He hecho lo que he podido. Las cosas se pusieron difíciles. Había un perro...
«¡Me estás diciendo que has fracasado! ¿No lo has traído?»
- Te repito que he hecho lo que he podido. Llegó la policía, tuve que huir...
«¡Qué diablos me importan esas escusas baratas! ¡Muéstrame lo que has conseguido! Y más te vale no defraudarme»
Abandonó el salón dirigiéndose al garaje donde descansaba el viejo coche que había heredado de su difunto padre. Abrió el maletero y extrajo el cuerpo de la chica. Sus ropas eran un engrudo de polvo y sangre. La tomó en brazos y la llevó hasta el salón donde con extrema delicadeza la depositó sobre la alfombra.
- ¡Una chica rubia! ¡Y muy mona por cierto! Muy bien. Ahora tráeme su par, antes de que me enfade más.
Volvió al poco con el cuerpo de un perro negro, que depositó sobre la alfombra junto a los restos de su dueña.
«¿Qué es esto? Dime que es una broma pesada»
- Te he dicho que he hecho todo lo que he podido.
«¡Eres pura escoria! ¡No vales nada! ¡Menos que nada! ¿Crees que trayéndome dos cosas cualesquiera formas uno de mis pares? ¡Estúpido inútil! Uno más uno son dos, pero deben ser iguales para poder unirlos. ¡No te enseñaron eso en el colegio! ¿Tú eras de los que sumaba peras con manzanas? Ni siquiera es humano, ¡joder! Bueno... vamos a tranquilizarnos. No conviene perder la compostura. Vamos a ver qué podemos hacer... De acuerdo, lo primero, quita de mi vista ese perro. Luego saca tus herramientas y prepara a la chica. Hazlo bien o me verás realmente cabreado. Esto no es nada en comparación con lo que puede llegar a ser»

Ya lo tenía todo preparado para empezar. El cuerpo desnudo de la chica yacía en el suelo sobre un grueso plástico blanco impermeable. Una caja de labores a la derecha y un hacha de mano a la izquierda. Un fino cuchillo jamonero descansaba a su lado dentro de un cubo de fregona.
- ¿Corto como siempre? ¿O tienes otra idea?
«Te he dicho que como siempre»
- Ya, pero esta vez solo tenemos un individuo.
«Ya lo veo. Gracias a tu negligencia. Está todo pensado»
Alzó el hacha con la mano derecha y elevándola por encima de la cabeza, la descargó con todas sus fuerzas. El filo penetró en la carne seccionando parcialmente el brazo izquierdo a la altura del hombro. Fueron necesarios otros dos golpes para separarlo completamente del tronco. Arrojó el brazo a un lado, y tomó el cuchillo. Poco a poco fue pelando todo el costado de la chica, desde el tobillo hasta el hombro, retirando la piel y la grasa, dejando al aire las fibras musculares y parte de las costillas. La primera vez que lo hizo, no pudo reprimir varias arcadas. Dio igual, tuvo que continuar entre las carcajadas del otro.
Cada pedazo que arrancaba era depositado en el cubo, que acabaría siendo pasto de los cerdos. Eran capaces de comérselo todo. No dejaban ni rastro. En ese momento recordó la historia que una vez le contó su viejo compañero George, según la cual, la abuela de este había desaparecido súbitamente, y él sospechaba que los cerdos se la habían comido cuando resbaló en su corral. También los cerdos se encargaban de lo que quedaba de sus víctimas, pero eso era después, cuando el bastardo se cansaba de jugar.
«Sé lo que estás pensando. No deberías usar esos términos para referirte a mí, si no quieres agotar mi paciencia. Aunque debo reconocer que sí, que soy algo más que un bastardo ¡ja! ¡ja! ¡ja!»
Continuó con su trabajo sin inmutarse. Desde el principio sabía que era capaz de leer su mente. Después de comprobar todo aquello de lo que era capaz, ese detalle parecía tan insignificante...
«Exacto. Estoy más allá de lo que consideras como poderoso. No sabes nada, pero pronto lo sabrás»

En cuanto dio por finalizado el trabajo, la voz que resonaba en su cerebro tomó la palabra.
«¡No está mal! Al menos hay una cosa que se te da bien. Ahora toca la segunda parte. Te aseguro que no te va a gustar, pero al menos conseguirás librarte de mí para siempre. Ya no me eres útil. En esta ocasión has cometido muchos errores , la policía debe estar sobre tu pista y no tardará en atraparte. Debo partir en busca de otro huésped. Ahora voy a poseerte. Lo voy a hacer tanto si te dejas como si te resistes. Si te dejas, será rápido e indoloro. Si te resistes, será lento y doloroso. ¿Qué prefieres?
- Hijo de la gran puta – murmuró entre dientes
«Tomaré ese insulto como tu respuesta»
- ¡No! ¡Espera! No me resistiré.
«No te lo mereces, pero como no depende de mí...»
Cerró los ojos e intentó no pensar en nada, pero le era imposible. Tenía miedo a lo desconocido. Una cosa era tener ese ser a su alrededor, y otra bien distinta era tenerlo dentro. No sentía nada especial, nada doloroso. No sabía cuándo iba a estar poseído, hasta que lo estuvo.
- ¡Hola! Ya estoy dentro. ¿A qué no te ha dolido?
«Dios mío, está realmente dentro»
Tenía consciencia pero no voluntad. Había perdido el control sobre su cuerpo. Podía percibir como antes, pero no podía controlar los músculos. Ahora, el ser hablaba por su boca.
- Claro. Yo estoy al mando. Estamos compartiendo tu cerebro pero soy yo quien dice qué se hace y qué no se hace. Se puede decir que nunca hemos estado tan cerca como ahora.
«Déjame. No me hagas daño. Siempre he hecho todo lo que me has pedido»
- No seas ingrato. Acabo de llegar a tu hogar ¿y ya quieres echarme? Recuerda que no te has resistido. Me considero un invitado y me iré en cuanto haya terminado lo que tengo pensado.  Ahora mismo te lo voy a contar, tienes derecho a saberlo, al fin y al cabo el cuerpo es tuyo.
«Por favor, por favor, sal. No me hagas daño»
- Deja de lloriquear y escúchame. Bien sabes que me gustan los números. Me gusta construir números pares a partir de impares. Frente a nosotros, hay un magnífico ejemplar femenino que voy a unir con un lamentable ejemplar masculino.
«Nooooo, por favor, nooooooo...»
- ¿No estarás pensando en que la una con el perro? Ya sabes... peras con peras, y manzanas con manzanas.
«Te traeré a la hermana. Te traeré todas las gemelas que quieras, incluso más de dos, pero no me hagas daño...»
- Ya es demasiado tarde. Como te he dicho ya no me eres útil. La policía te va a atrapar más pronto que tarde. Ahora vamos a aplicar esa maña tuya con el cuchillo jamonero a tu cuerpo.
«Nooooo, por favor, nooooooo...»
- ¡Chico! ¡Relájate! Tienes la adrenalina por las nubes. Todo esto te va a doler un poco, como te imaginas. A mí no, es lo bueno de poder controlar solo aquello que te interesa.
«Nooooo, por favor...»
Intentó negarse, retomar el control de sus miembros, pero fue imposible. Con sus propios ojos vio cómo su brazo izquierdo se estiraba para tensar la piel, mientras la izquierda llevaba el cuchillo jamonero hasta la axila derecha.
«Nooooo, por favor, nooooooo, haré lo que me pidas, todo, cualquier cosa, sea lo que sea, por favor, noooooo...»
Cuando el filo del cuchillo entró en contacto con su piel, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, y a continuación sintió un dolor insoportable. Chilló como nunca había chillado, pero no había nadie ni nada que le ofreciera consuelo. En condiciones normales, el dolor habría hecho que se desmayará, pero quién controlaba su cuerpo no iba a permitirlo. Notó como la sangre corría por el costado mientras el cuchillo avanzaba. No quería mirar pero él estaba mirando, no podía quitar la imagen de su cerebro, no podía pensar en nada más.
«Nooooo, por favor...»
- Disfruta del espectáculo. Pronto acabará esto. No voy a ser tan exhaustivo como tú eres. Debo darme prisa antes de que pierdas mucha sangre y te quedes sin fuerzas.
«Paraaaaa, haré lo que me pidas, te serviré siempre»

El dolor alcanzó pronto su umbral máximo. No podía sentir más dolor del que estaba sintiendo, y tampoco menos. Estaba estabilizado en el máximo dolor, un dolor sobrehumano. El cuchillo continuó avanzando por su costado hacia la cintura, y desde allí hasta el tobillo. Sus súplicas no sirvieron de nada.
- Ya estás pelado, como tú dices. Ahora toca tejer una malla que os una. ¿Acaso no es bonito? Espero que mantengas un buen pulso para enhebrar la aguja.
«Nooooo. Déjame en paz. Mátame. Acaba de una vez conmigo»
Tras enhebrar la aguja de lana con hilo de bramante, se tumbó sobre el plástico al lado del cadáver, dispuesto a unir las partes empezando por abajo. Comenzó clavando la aguja en la parte inferior del tobillo de la chica. Empujó hasta que la punta asomó por arriba, la recogió y tiró del bramante hasta dejarlo tenso. Luego, desde arriba, clavó la aguja en el tobillo del anfitrión hasta que asomó la punta por debajo. Cada puntada hacía que el umbral de dolor se mantuviera, pero aportando una tonalidad realmente diferente de la anterior, en todo caso un dolor insoportable.
- Bueno, ya casi hemos terminado. Me consta que ha sido doloroso. Tus ojos están derramando un mar de lágrimas. ¡Te vas a deshidratar! Y esta manera de hablar entrecortada, en medio de sollozos, realmente doloroso. Ahora solo me queda amputarte el brazo. Cuanto antes empiece, antes acabo, ¿te parece? Manos a la obra.
«Noooo. El brazo no. Si me lo cortas moriré desangrado»
- ¿De veras crees que va a merecer la pena vivir después de que acabe mi obra? ja ja
«Hijo de puta. Mátame ya. Déjame en paz»
Levantó la cabeza para localizar el hacha. Agarró el mango con la temblorosa mano izquierda, apartó la cabeza por precaución y, levantándola, descargó como pudo el primer golpe. El hacha describió un pequeño arco antes de impactar en el centro de la clavícula, partiéndola en dos pedazos. Al instante, un gran reguero de sangre comenzó a surgir de la herida abierta, uniéndose con toda la sangre ya derramada. El golpe había salido desviado del lugar que pretendía alcanzar.
- ¡Uy! ¡Vaya! Se me ha escapado. Esto parece una escopeta de feria. Al menos no te he dado en el entrecejo ¿eh?.
El siguiente golpe impactó más o menos donde debía, provocando una fisura en la cabeza del húmero. Los tres siguientes pegaron cerca, y con uno más consiguió separar el brazo del tronco.
- ¡Ei! Ya casi estamos. Debería coser el muñón con el de ella, pero va a ser complicado, y además noto que tu vitalidad llega a su fin. Te has librado.
«Acaba de una vez conmigo»
- Vamos a esperar a que espires. Luego será mi momento. Voy a ver si tienes la cajetilla en el bolsillo del pantalón y nos echamos un último cigarro, ¿te parece?
Hubo suerte. La cajetilla estaba allí. Quedaban unos cuantos cigarrillos y el zippo estaba dentro. Se llevó uno a la boca, lo encendió y aspiró hondo, lo que le provocó un ataque de tos. No tuvo tiempo de apurar el cigarro antes de morir. Sin embargo, aún había algo vivo dentro. El huésped se expandió por los cuerpos a través de los enlaces entretejidos, tomando posesión de ambos. Cuando el proceso hubo finalizado, los músculos de las caras comenzaron a moverse grotescamente, las bocas se abrían y cerraban. Dentro, las lenguas se movían aquí y allá, mientras de lo profundo surgía una cancioncilla...
- Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis, y ocho veinticuatro, y ocho treinta y dos, a las ánimas benditas, no las tomo yo.
Al finalizar, todo quedo en muda quietud. El huésped abandonó el hogar en busca de otro anfitrión.

sábado, 19 de enero de 2013

CRÓNICA PÚRPURA (2)




Audrey cuidaba de mí; aquel tipo se apiadó de mi alma. Era un anciano adinerado, en el pasado ejerció como veterinario en varias de las fincas de la zona además de ocuparse de sus propias reses. Trabajó para mi tío y le ayudó con el ganado también. Era uno más en la familia... le queríamos y él a nosotros por igual. Joder... era un buen hombre, vaya que sí lo era. Quizá por eso decidió sacar adelante al pobre diablo en el que me estaba convirtiendo...
Días después de enterrar los cuerpos de tío Ack y de mi pobre primo, aquel medico decidió sacarme del camastro y llevarme a Phoenix. Audrey tenía un pequeño apartamento vacío en la ciudad. Pensó que podía ser peligroso dejarme en la granja, dudaba de mi seguridad. La verdad, el doctor más bien temía de aquella cosa que nos atacó; la mujer que asesinó a mi familia. No llegó a verla, no sufrió en sus carnes el ataque del monstruo, pero gracias a mi descripción de los hechos él no tuvo más remedio que temerla. Audrey fue testigo de las heridas infligidas en los cuerpos de Ackley y el joven Parking, por lo cual, por muy fantásticas que sonaran mis palabras, el doctor tuvo que darlas por válidas. Creyó en mí.
Antes del traslado a la gran ciudad el bueno de Audrey descubrió qué diablos era aquello que me corroía por dentro. Yo llevaba días enteros en cama. Las fiebres habían cesado pero ya no tenía fuerzas ni para levantarme de la cama. El viejo se acercaba a la finca dos veces al día. Dejaba a la poca familia que le quedaba y viajaba hasta el rancho para velar por mí. Me administraba algo de suero, curaba mis heridas... intentaba desesperadamente que comiera algo sin apenas conseguirlo. A veces acercaba un poco de pescado, otras verdura, arroz cocido, carne en salsa... Incluso una hija suya me preparó un pastel de manzana. Recuerdo que ni lo probé... a decir verdad no probé nada de lo que me llevaba. Una vez tomé un sorbo de caldo caliente y devolví toda una papilla de bilis mezclada con restos de algo que comí días antes del infortunio. Audrey, testigo de mi resurrección, comenzaba a preocuparse seriamente. Fallecidos Ack y mi primo, el doctor no quería ver al único superviviente de la matanza bajo tierra. Aquel hombre procuró sacarme adelante, se lo juró a sí mismo. Tomó muestras de mi sangre, consultó tratados médicos y preguntó a colegas de confianza, siempre, claro está, cubriendo todo bajo un manto de confidencialidad y hermetismo. Tras requerir la ayuda de expertos en enfermedades desconocidas e invalidar la idea de sufrir alguna especie de rabia, Audrey sopesó otros argumentos. No sé muy bien en qué momento llegó a la acertada conclusión de que yo ya no pertenecía a este mundo. Todavía me lo pregunto. Sí que acierto a recordar con difusas imágenes que el doctor realizó una prueba un tanto peculiar... Sí... El día antes de trasladarme a Phoenix llevó un par de bolsas con sangre de las que utilizan para trasplantes. Me vio extremadamente debilitado y al borde de una segunda muerte, así que imaginó lo imposible. El viejo Audrey pensó que mi cuerpo ya no se alimentaba de comida sólida, por eso... por eso mismo optó por la sangre. Viejo chiflado... qué listo era.
Primero probó a inyectarme una bolsa de líquido vital. Desechó el suero y los antibióticos y probó suerte con el trasplante. Procuró cargarse con varios envases, por lo visto disponía de ellos para un uso animal respecto al ganado. Con sumo cuidado retiró el gotero inservible y lo cambió por el dulce y envasado manjar color púrpura. Joder... sí... mi rostro cambió de inmediato. Estaba desecho en aquel camastro, sin fuerza alguna; derrotado y en extremis. Dios y la madre del cordero... bendito momento. Sentí fuerza, vigor... el aliento de la vida. Abrí los ojos de inmediato. Según me contó Audrey poco después, mi palidez digna de las garras de la muerte se terció rosada y con tono tras la primera toma. Las ojeras que hundían mis ojos en la piel desgastada y reseca se tersaron de inmediato. Las heridas y arañazos de la pelea se curaron al instante... aquel mordisco de la ingle desapareció; Jesús, se esfumó de un soplido... no quedaba rastro alguno de la perforación.
Recuerdo que lo primero que dije a Audrey fue:
-¡Más! ¡Quiero más!
Me incorporé de la cama, en un gesto dantesco y de pesadilla arrebaté la segunda bolsa de sangre y le hinqué el diente al plástico. De pronto comenzó a brotar el líquido. Se derramó sobre mi pecho, sobre la garganta... cubrió parte de mi rostro. Aun así, a pesar de actuar como un loco poseso, la mayoría del contenido entró a través de mi boca. Entonces, al término del manjar quedé satisfecho. Ufff... Había vuelto a la vida por completo. Ya no era humano.
-Ugen... ¿Estás...? ¿Te encuentras bien?
No sé qué diablos pasó por la cabeza del viejo aquel día, pero desde luego, le estaré agradecido eternamente ya que si no hubiese reaccionado con aquel gesto, yo no estaría contando hoy mi historia. Aquel conocido supuso lo que para mí hasta entonces había pertenecido a las historias de terror de la Universal.
-Estoy... estoy algo confuso Audrey; ¿Qué diablos ha ocurrido? ¿Por qué...?
-Tranquilo Ugen. Será mejor que nos marchemos de aquí ahora que te encuentras algo recuperado. Tengo un pequeño apartamento en el centro de Phoenix, pertenece a mi hija pequeña, ahora se encuentra en Dallas estudiando no sé qué diantres. Descansarás allí hasta que te recuperes del todo y dé con la cura de lo que te afecta.
-¿Marcharnos? ¿De qué estás hablando?
-Ugen, por el amor de Dios, hazme caso. Has estado en cama al menos dos semanas. No estás bien, hablabas en sueños... gritabas como un poseso.
-¿Y qué tiene de malo eso? ¿No lo hacen los enfermos con fiebre, acaso?
-Eugenio, desde luego que hablan en pesadillas los que rozan la muerte... ¿pero crees que lo hacen en latín?
-¿Latín?
-¿Conoces tú el Latín, Ugen?
No tuve más remedio que negar en silencio. No tenía respuesta para Audrey.
Dios Santo... yo era un paleto, me costaba hablar correctamente americano como para conocer otros dialectos... Joder; ¿pesadillas en Latín? Es lo que tiene la transformación: rozas lo increíble con la yema de los dedos... tocas el cielo, ves la luz, das con las respuestas de todas las cosas. Consigues la perfección, pero justo, poco antes de conseguirla por completo, regresas de nuevo a la vida terrenal. El mordisco de aquella mujer infernal y la sangre proporcionada por Audrey se encargaron de convertirme. Dejé de ser humano para transformarme en un ser celestial; en un ángel expulsado del paraíso por beber la sangre prohibida y contener dentro de mí la semilla del maligno.
Dejamos atrás el rancho de tío Ack. De madrugada, y tras mi primera toma de sangre humana, Audrey me ayudó a solventar de la mejor manera posible mi transformación. Lo primero que hizo fue llevar la anticuada Suburban hasta Phoenix conmigo dentro. Conducía por la secundaría, bajo una tormenta que no tenía pinta de tocar fin. El viejo no abrió la boca en todo el trayecto, se limitó a escuchar mis quejidos y paridas incoherentes. Yo no paraba de retorcerme en el asiento de cuero; me dolía a rabiar el estómago y aunque había mejorado considerablemente respecto al amanecer, aquel tedioso malestar me punzaba en lo más profundo de mis entrañas. Sudaba, me meé encima incluso. Por poco no me cago. Me encontraba en una constante paranoia. De repente dormitaba como que me ponía erguido en el asiento y comenzaba a gritar insultos y nombres extraños o desconocidos para mí. Audrey debió pasarlo realmente mal... pobre; me quería igual que a un hijo.
-Tranquilo, Ugen, no queda mucho.
Las intenciones de Audrey eran las de alimentarme de nuevo una vez llegáramos al apartamento. Tenía que mantenerme con vida y dar con las respuestas necesarias mientras tanto.
-Loco... -mascullaba yo, rechinando los dientes en una de las pesadillas- viejo chiflado... ¿Qué has hecho conmigo...? ¿Por qué me diste a probar la jodida sangre?
¡Maldito seas, estúpido! ¡Maldito seas!
Sufría de nuevo unas terribles visiones. Me veía a mí mismo saltando del asiento y cogiendo a Audrey por el cuello. Le mordía... Jesús; le arrancaba un pedazo de carne y bebía de su sangre. Le sacaba de sus órbitas los ojos y hundía en aquellas cavernosas cuencas la lengua... aspiraba la fuerza vital... aspiraba su vida.
-Audrey... quiero tu sangre, jodido mortal...
La pesadilla se tornó más oscura: era testigo de otra difusa imagen, quizá más horrorosa que la anterior. Corría por la calle, a oscuras, en medio de aquel chaparrón. Me guiaba por el olfato, por aquel nuevo instinto que despertaba en mí. De repente, en medio de la nada, a un palmo de mi posición aparecieron dos muchachas. Al dar dos pasos y alcanzar sus figuras pude comprobar que eran dos resabiadas mujeres, prostitutas quizá.
Andaban solas en aquella fría madrugada del '63, caminaban buscando el bolsillo de cualquier borracho y el calor de una sucia y maloliente habitación de algún perdido motel de carretera.
-Zorras...
Me acerqué a la primera, la más mayor en apariencia. Era una mujer alta, no muy agraciada en rostro pero sí en cuerpo y figura. Vestía a pesar de la lluvia y la helada con una camiseta de tirantes de escaso tamaño para su porte. Se cubría con una chaqueta de falsa piel, y esta misma indumentaria se ocupaba de esconder sus partes nobles a la vista. Nada más verme llegar, apartó con sutileza el supuesto visón para dejar al aire la parte superior de sus dos abultados pechos. Su compañera de viaje se echó a un lado en una carcajada, moviendo sus brazos en un absurdo aplauso y contorneando a la par su estilizaba silueta en un frágil paso de baile.
-Sé que deseas placeres, desconocido -señaló la más madura-: ¿quieres probar con nosotras los pecados de lo qué no te enseñan en casa?
No la dio tiempo para más monsergas. Me abalancé encima de ella y mordí en la blancura de sus pechos. Primero fue en uno, después, agarrando con firmeza el otro, arremetí con un segundo y fiero bocado arrancando de un tirón el enorme pezón que lo adornaba. Un chorro de sangre brotó al instante. Salió despedido con tanta fuerza que salpicó el vestido de fiesta de la compañera, la cual, abrumada y en estado de confusión se mantenía a escasos pasos del vil asalto.
-¡No quiero tu cuerpo, mujer! ¡Quiero tu esencia! ¡Tu vida!
En un brutal gesto tronché el torso de la puta. La partí en dos doblando su cuerpo de cintura para atrás ayudado de mis manos. Después salté a por la otra. Pobre... ni se inmutó. Se dejó hacer. La rasgué el vestido de lentejuelas y solté al aire sus pechos y parte del vientre. Era joven... una mujer de unos veinte años quizá. Preciosa. Deslicé lo que quedaba de vestido hacia sus rodillas y la abracé con fuerza contra mi cuerpo. La tomé, la violé... no sé cómo diablos podía hacerlo, no entiendo como pude dominar su mente, ella no se resistía; gemía de placer... me susurraba al oído y pedía más y más.
Tras el orgasmo mi sed de sangre afloró con mucha más fuerza. La miré a los ojos, la acaricié la melena rubia y la besé en la frente: entonces clavé mis colmillos en su terso y suave cuello. Se desangró en dos minutos y yo acabé saciado.
-¡Ugen, por favor! ¡Despierta!
La pesadilla llegó a su fin. Abrí los ojos y descubrí que estábamos dentro de un pequeño recinto. Estaba oscuro, al parecer era una especie de garaje, un trastero en el cual entraba a la perfección la destartalada Suburban.
-¿Qué...? -pregunté al veterinario.
-Hemos llegado, tranquilo Ugen, tranquilo; estabas soñando de nuevo.
-Estoy agotado Audrey... no puedo con mi cuerpo.
Audrey no dijo más. Salió de la furgoneta y me ayudó a salir de ella. Me cogió como pudo y en un ejercicio monumental me guio hasta la puerta de entrada a la vivienda.
El rellano también se encontraba oscuro. Aquel sitio olía a estiércol, gasoil y metal oxidado. Podía paladear aquellos regustos con mi boca tan sólo palpando el ambiente.
Por igual, muy a mi pesar, alcanzaba a oler la sangre que circulaba a través de las arterias del viejo doctor.
-Audrey... no puedo más...
-Me encargaré de administrarte dos o tres bolsas en cuanto subamos al apartamento -aclaró mientras que abría una puerta de aluminio-, tu cansancio se debe a la falta de sangre. Tranquilo chico, tranquilo.
-¿Qué cojones me está pasando? -pregunté.
-No lo sé hijo... no lo sé. Sólo alcanzo a comprender que tu cuerpo ya no se alimenta de sólido.
-Audrey... no sé de qué manera agradecerte esto.
-Necesitas sangre, eso es lo que te mantiene con vida. Ya hablaremos, muchacho, ahora no te preocupes de tonterías.
El viejo me tumbó en un amplio sofá de tres plazas. Perdí el conocimiento en el pasillo que llevaba hasta la modesta vivienda, sumiendo mi mente con ello en un profundo sueño repleto de imágenes confusas y voces desconcertantes.
Muerte... sangre... sal ahí fuera y alimenta tu cuerpo... eres poderoso... nada te detendrá... eres dueño y señor de la noche...
Al despertar comprobé que me había tirado la mayor parte de la noche en aquel cómodo e improvisado camastro de polipiel. Sería poco antes del mediodía cuando abrí los ojos. Los rayos del sol entraban a través de un resquicio abierto entre la cortina que cubría un ventanal. Molesto por el cegador reflejo me levanté para cubrir por completo el cristal.
-¿Qué diablos...?
Al ponerme en pie y dar dos pasos un sonido metálico me avisó de la imprudencia; había pegado un tirón a la sonda que me administraba sangre regada desde un gotero dispuesto en un trípode con ruedas.
-Mierda.
Recogí del suelo la bolsa y la coloqué en su sitio, luego hinqué de nuevo la aguja en el torrente sanguíneo, le quedaba muy poco por soltarse completamente de mi muñeca.
-Audrey, viejo loco, estás en todo.
Sonreí. Husmeé el ambiente. El doctor no se encontraba en el apartamento, no alcanzaba a paladear el regusto de su sangre en aquel viciado recinto. Al parecer el apartamento llevaba meses cerrado, sin ventilar, sin limpiarse. Podía sentir el sabor del polvo en mi boca, el rancio y húmedo moho que se acumulaba en las paredes y en algunos rincones, el olor a plantas y flores... llegaba incluso a sentir el nauseabundo aliento de las sucias y asquerosas bajadas.
-Queda poca sangre; espero que no tarde demasiado en regresar.
Por lo visto Audrey me había estado suministrando el líquido de la vida durante toda la madrugada y parte de la mañana. Al colocarme el último gotero salió para proseguir con sus quehaceres, dejándome solo en el piso. Recuerdo que aproveché para cotillear un poco. Di varias vueltas por el apartamento, llevando a cuestas el trípode que sujetaba el particular gotero.
-Chiflado...
Fue en la cocina donde encontré una nota escrita:
Estarás saciado con las cinco bolsas. Espero regresar antes de que se agote la última, así que no te preocupes. Si estás leyendo estas palabras significa que has recobrado de nuevo las fuerzas. Me alegro de ello, amigo mío. No salgas a la calle y procura meter poco ruido, no quisiera dar explicaciones a los vecinos de mi hija, ¿de acuerdo? A lo sumo llegaré al apartamento antes del almuerzo. Si sientes mareos o confusión, regresa al sofá. Intenta no revolver mucho, no quisiera que April descubriera que metí a alguien en su casa sin su permiso.
Audrey.
Eché un vistazo de nuevo al gotero, quedaba poca sangre dentro del plástico, pero a decir verdad no estaba preocupado por ello; me encontraba pletórico, rebosante de energía. Estaba bien, excelente. Sentía más fuerzas que nunca, incluso más que al tomar la primera comida proporcionada por el doctor. Me creía capaz de todo.
-Aguardemos entonces.
Pasaron varias horas. Estaba harto de esperar y me encontraba cansado de leer las revistas que coleccionaba la hija de Audrey. Realicé varios paseos por la vivienda y vigilé la calle desde la ventana, escondido tras las cortinas. Recorrí el sinuoso pasillo más de cincuenta veces hasta lograr patear el camino que llevaba al baño con los ojos cerrados. Joder, estaba aburrido, cansado de estar a la espera. Para colmo la bolsa de sangre había tocado su fin.
-Mierda, y el viejo sin venir.
Entonces me impacienté. Entonces sentí un escalofrío. Entonces llamaron a la puerta:
-Su madre... ¿Quién diablos?
No era el olor de Audrey. Me deslicé hasta el hall y me quedé quieto junto a la puerta blindada, tratando de escuchar:
-¿Quién dio el aviso? -preguntó una voz de hombre en voz muy baja.
-La central; ¿quién sino? -respondió un segundo.
-Ya, hasta ahí llego, me refiero qué quién llamó al cuerpo.
-Una mujer, no quiso dar su nombre.
-¿Un ajuste de cuentas?
-No lo sé, un chivatazo tal vez; la competencia entre bandas está a la orden del día, se dan por culo entre ellos con tal de tener exclusividad.
Picaron de nuevo en la madera.
-No hay nadie, señor.
-O no quieren abrir, una de dos.
Me estremecí. Podía escuchar la respiración de ambos, oler la colonia barata que impregnaba sus ropas, oler el sudor que despedían sus cuerpos... sentir su sangre.
-Sed...
Me mareé de nuevo. Cerré los ojos y me apoyé contra la pared. Respiré profundo y me dejé llevar por aquel extraño instinto que gritaba desde lo más profundo de mi ser.
-Dios Santo...
En una fugaz visión pude contemplar dos agentes de policía esperando tras la puerta blindada. Luego, tras un breve fogonazo de luz, mi vista mental recayó en un aparador que se asentaba al lado de la cama del dormitorio principal. Dentro de uno de los diminutos cajones, metido en una bolsa de papel, aparecía un contenido un tanto comprometedor...
-Mierda.
Abrí los ojos. En una carrera alcancé el dormitorio donde solía descansar la hija del doctor. De un golpe abrí la puerta de paso y avasallé la propiedad privada sin pudor alguno. Abrí un cajón de aquel aparador, el mismo que segundos antes se había dibujado en mi pesadilla. Aparté bragas y sujetadores y busqué guiándome por el instinto:
-Joder. Joder. Joder.
Allí estaba; una pequeña bolsa de papel marrón que pertenecía a unos grandes almacenes.
-Hay que joderse... cómo huele.
Lo soñado: allí estaba. Mi sed de sangre no me dejó sentir aquel profundo olor. El líquido vital envasado en el gotero camufló el tufo a:
-¡Hierba! ¡La leche! ¡La hija de Audrey trafica con Marihuana!
Llamaron por tercera vez a la puerta; esa vez con más fuerza que nunca:
-¡Sabemos que está en casa! ¡Abra la puerta, por favor! ¡Abra a la policía si no quiere que vengamos con una orden judicial! ¡Será peor para usted, señorita April!
Maria... y no sólo eso, bajo la cama se escondía una caja de zapatos con un contenido extremadamente dudoso: varias agujas usadas y un líquido envasado en un frasco de cristal completaban el equipo. Al lado de la supuesta droga, envueltos en una bolsa de plástico, se encontraban también varios papeles de fumar, setas disecadas y un tarro de escaso tamaño repleto de pastillas.
-Hija de perra -espeté en un cabreo monumental-, es una puta drogata.
Aquellos dos agentes regresarían con una orden. Entrarían en la vivienda, verían a un jodido tipo desnudo ataviado con un gorro de vaquero y con pintas de tener un mono de aúpa, con una maldita sonda de trasplantes enganchada a su brazo, con dos kilos de marihuana y otras tantas drogas más en su poder, y para colmo, con dudosos antecedentes familiares. Joder... mi familia recientemente desaparecida, enterrada en el mismísimo rancho... Asesinados por una loca posesa. Yo no disponía de conocidos en el condado para poder defenderme... Me aguardaba una buena.
Tenía que hacer algo.
-¿Dónde cojones se habrá metido ese viejo?
Retiré el gotero apartando de un tirón la aguja de mi muñeca. Me quedé mirando unos instantes la bolsa que contenía la sangre; quedaban nada más que unos restos pegados a los pliegues del envase. Luego eché un vistazo a la caja de zapatos... miré a la marihuana... evalué la situación.
-Suputamadre, suputamadre, suputamadre.
Suspiré, cerré los ojos y me dejé llevar. Me dejé llevar como en aquellos malditos sueños:
-Son sólo pesadillas, Ugen.
Entonces sonaron mis tripas. La boca se me hizo agua. Me vi correr hasta la puerta de entrada, abrir la madera en un brusco gesto y pillar desprevenidos a los dos agentes de la ley. Creo que uno se llevó la mano al arma, el otro, más rápido que su compañero, logró entrar al apartamento de un salto. Yo salí al rellano. De un manotazo arranqué la mano del que me apuntaba y su pistola rodó por el suelo entarimado. Cogí al joven policía en volandas y le metí en el piso. El más experimentado gritaba como un loco, estaba con el arma a un palmo de mis narices y yo, por mi parte, pasaba de sus advertencias. Dediqué aquellos segundos en morder salvajemente el rostro del agente manco. Hubo un momento en el que dejé de escuchar los gritos de dolor. Incluso, por increíble que pareciese, no sentí el fogonazo del arma disparándose. Aquel bastardo, el agente encargado del caso, no dudó en descargar tres proyectiles contra mi torso. Caí al suelo con el cuerpo del joven encima. No sentía dolor alguno, ni sentía debilidad o decaimiento. Al contrario, un ansia voraz crecía por momentos dentro de mí. Una rabia sin medida deseaba apropiarse de mi mente y de mi cuerpo.
-¡Alto, hijo de puta! ¡No te muevas!
Pero yo no hice caso al agente. Me puse en pie a pesar de mis heridas. La sangre salía a través de los orificios de mi estómago y pecho, pero yo, repleto de vigor y vida, no sentía que aquello fuera grave, al contrario, me hacía más fuerte, más poderoso.
-¡Quieto!
No le escuché. Me lancé por él. Dentro de aquella pesadilla yo cogía con ambas manos la cabeza del agente. Apretaba con tanta fuerza que aplastaba su cerebro contra el cráneo. Un chasquido proveniente de sus sienes me avisó de que había reventado su cabeza, y luego, la masa gris y viscosa que se esparramaba por sus carrillos y que salía a través de ambos orificios auditivos me aseguraba que el tipo había pasado a mejor vida.
Para terminar, de una salvaje llave, conseguí tronchar el cuello del hombre para arrancarlo de cuajo y separarlo del torso. El cuerpo sin vida cayó al suelo, momento en el cual, aproveché para arrodillarme y beber de la sangre que se vertía del segado cuello.
-Son sólo pesadillas, Ugen, sólo pesadillas...
Pesadillas muy reales.
-Huye. Vete de la casa. ¡Vete de la casa...! ¡Corre!
Quise hacer lo que mi mente me pedía; lo que yo mismo me ordenaba. Dejar ir a los dos policías y marcharme antes de que regresaran con una orden. Dejar una nota a Audrey aclarando todo y avisándole de la droga que escondía su joven hija.
-¡Huye!
Transcurrió un tiempo hasta que decidí abrir de nuevo los ojos para regresar al presente. Ya no se escuchaban los avisos de los agentes, ya no golpeaban la puerta para querer entrar al apartamento. ¿Se habían marchado?
-Dios... La Virgen.
Al abrir los ojos me percaté de que no me encontraba sentado encima de la cama. No... No estaba en el dormitorio de la jodida yonki. Mierda... estaba sentado en el rellano del hall. El suelo estaba cubierto de restos de sangre reseca. Al mi lado un par de bolsas de basura de considerable tamaño se apoyaban contra la pared.
-Joder... ¿Qué...?
Abrí una de ellas y comprobé que su contenido no era otro que las extremidades mutiladas de uno de los agentes.
-¡Jesús!
La pesadilla. La jodida pesadilla. No había sufrido ninguna. No había estado soñando... Maldita sea: había asesinado a los dos policías. Los había matado.
-No...
Me había alimentado de su sangre.
-Dios... ¿Qué cojones? ¿En qué me he convertido?

Continuará...