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jueves, 18 de abril de 2013

EL TRIUNFO DE LA MUERTE

El triunfo de la Muerte – Pieter Brueghel


Hace ya cinco largos años que abandoné la yerma tierra que me vio nacer, tierra otrora rica y productiva, ajena a las envidias, rencores y odios de sus jornaleros, capataces y terratenientes, ¡todos! Salvo honrosas y escasas excepciones, gentes de mala fe, trileros, vendedores de ánimas, especialmente interesados si es con menoscabo y ruina del vecino. 

Los pocos que no acudían a misa diaria eran fijos de misa dominical, aparentando su piedad, su dolor ante la sangre derramada por el perdón de sus pecados. Los señoritos delante, emperifollados con sus mejores terciopelos y gasas. Tras ellos, en estricto orden, marcado por el poderío económico, los terratenientes, siempre arañando puestos, atentos a impedir el ascenso del vecino con sus afilados codos. A la espalda y de pie, alejados de sus miradas, los jornaleros con sus ajados ropajes. El sacerdote en su púlpito, hablando de igualdad, de piedad, de fraternidad. La paz sea con vosotros. Daos fraternalmente la paz. Señor, no soy digno de que entres en mi casa... Amén. Hipócritas y fariseos.

Miles de pañuelos al viento despidieron la goleta Vieja Esperanza en una soleada mañana de marzo de 1833. Las tres primeras jornadas de navegación transcurrieron con calma chicha, días que aprovechamos para jugar a las cartas. La cuarta amaneció con el cielo cubierto por una gruesa capa de nubes que daban al mar un aspecto plomizo. A lo largo de la mañana, las nubes se fueron tornando más y más oscuras, comenzando a descargar con fuerza. El viento fue in crescendo, soplando lateralmente, picando la superficie del mar y levantando muros de agua que golpeaban sin piedad el casco. Al pairo, la goleta se bamboleaba de un lado a otro descendiendo valles y ascendiendo colinas que cambiaban su orientación constantemente, manejada como una marioneta por hilos de viento y agua. Los maderos crujían y se estremecían ante las embestidas que llegaron a provocar la apertura de pequeñas vías de agua imposibles de subsanar. 

Cuando la noche cayó sobre nosotros, la situación no había mejorado, pero tampoco parecía empeorar. La goleta se defendía como gato panza arriba. La esperanza de que resistiera comenzó a hacerse hueco en nuestros corazones cuando súbitamente un golpe seco, acompañado por un gran estampido, proyectó todo lo no amarrado contra estribor.

La nave había sido arrojada contra las afiladas rocas de una desconocida costa, pulverizando todo el costado de estribor y acabando con la vida de muchos pasajeros y tripulantes, cuyos cuerpos se llevaron las aguas para luego arrojarlos con brutalidad contra lo que quedaba del casco. Cada golpe de mar hacía que los restos de la goleta se incrustarán más y más en la roca, haciendo saltar tableros y astillas, mientras cuerpos, provisiones y aparejos flotaban alrededor.

La situación era desesperada. Había que salir de allí cuanto antes, y a ese fin nos afanamos todos, sin organización, sin educación, sin piedad. Muchos murieron en el intento, otros conseguimos ponernos a salvo por encima de los cuerpos de los que no lo lograron, todo en la oscuridad más absoluta y a merced de una tromba de agua que se prolongó varias horas, casi hasta el amanecer.

Con las primeras luces se abrió ante nosotros una vasta  extensión de tierra arrasada, cubierta casi por completo de negras cenizas producto de las erupciones de tres volcanes que, en el horizonte, no paraban de vomitar venenosos vapores. A nuestra espalda el mar gris, tranquilo, saciado, salpicado por las carcasas de embarcaciones de todo calado. La zona arenosa más allá de las rocas era un gigantesco estercolero donde descansaban todo tipo de inmundicias, osamentas humanas y cadáveres. El hedor que desprendían era insoportable, uniéndose en una mezcla letal con el olor sulfuroso reinante. 

Sobre nuestras cabezas, centenares de aves carroñeras descendían trazando círculos, ansiosos por unirse a los cuervos que ya habían comenzado el banquete. Quizás estuvieran más pendientes de nosotros que de los muertos. No podíamos permitirlo. Corrimos hacia los cuerpos profiriendo alaridos para espantar a los carroñeros, que desafiantes continuaban picoteando o se lanzaban contra nosotros. En esas estábamos, cuando observamos una carreta que se acercaba rápidamente envuelta en una nube de polvo. Parecía negra, tirada por dos hileras de criaturas. Después de todo, había vida en aquella tierra yerma. Alzamos los brazos y las voces en un atisbo de alegría que pronto se convirtió en puro terror, cuando identificamos como esqueletos las criaturas que tiraban del carromato, adornado con incontables calaveras.

Salimos en desbandada, sin orden ni concierto. Los esqueletos abandonaron las filas y, siguiendo las órdenes del conductor, recogieron guadañas del interior del vehículo y se lanzaron a la caza y captura de los vivos. Eran muy rápidos. Si alcanzaban a uno en carrera, lanzaban la guadaña contra las piernas amputándolas. Luego arrastraban el cuerpo suplicante hasta el carromato, dejando atrás los inútiles miembros. Los que se postraban de rodillas suplicando clemencia o ayuda divina eran decapitados en esa posición. Abandonaban el cuerpo, dejándolo a merced de los buitres, recogiendo la cabeza para almacenarla en el carromato. Solo los que se rindieron sin postrarse fueron capturados intactos. Los ataron con cuerdas en filas tras el carromato que partió de vuelta por donde había llegado. 

No sé cuántos conseguimos escapar. Yo lo conseguí gracias a que ninguno fue tras de mí. De otra forma, hubiese sido imposible. Oculto en lo alto de un risco, contemplé sin parpadear todo lo ocurrido, hechos que sobrepasaban lo vivido en mis más horrendas pesadillas. ¡Más me hubiera válido quedarme en mi tierra! Vagué por aquellas tierras inhóspitas durante mucho tiempo sin encontrar nada más que polvo, hasta que al atardecer, alcancé el borde rocoso de un valle por el que no transcurría ningún rio que no fuera de sangre. ¡Era el mismísimo infierno!

Una gran cruz blanca estaba colocada en el centro para que todos pudieran verla. De nada servía allí su presencia, quizás como recordatorio de sus pecados, de la razón por la que allí estábamos. Una solitaria casona servía como punto de recepción de carromatos negros. Llegaban a sus puertas de forma constante, descargaban su macabra carga y salían del valle buscando más. Los restos de los asesinados eran introducidos en la casona por una puerta lateral, saliendo por la principal solo esqueletos. 

Los desgraciados que seguían con vida eran colocados en masa en el patio de enfrente, donde perros esqueléticos les lanzaban dentelladas. Un gran esqueleto a caballo hacía una selección dividiéndolos en grandes grupos según cual fuese a ser su tormento. Había un grupo para los que sufrirían en la picota, otro para los que lo harían en la rueda, los que serían ahorcados, los que serían entregados a jaurías de perros esqueletos, los que perecerían ahogados, degollados, sodomizados, y un largo etcétera. Cuando el caballero marcaba el destino de cada uno, un par de esqueletos lo recogían y lo llevaban a rastras hasta el lugar apropiado. En el otro lado del patio, frente a una larga mesa, cinco monjes dominicos, con los símbolos del Santo Oficio, anotaban la pena impuesta por el caballero. Un esqueleto hacía tañer una gran campana.

Las ruedas y picotas de tortura estaban colocadas en lo alto de enormes mástiles, más altos que la cruz blanca. Estaban clavados por todo el valle. Colocaban al infeliz y quedaban aguardando que pereciera, mientras les provocaban toda clase de tormentos y sonreían al escuchar los alaridos que proferían. Cuando morían, los mismos esqueletos se encargaban de bajar el cuerpo para dejar libre el mástil. Conducían los restos hasta la casona donde se les transformaba para engrosar las filas del ejército de los muertos, portando una pequeña tapa de ataúd como escudo y una guadaña como arma. Esa era la finalidad de la casona, la producción de esqueletos que desde ese momento comenzaban a asediar a los vivos. 

Alrededor de un abrevadero, de los que usa el ganado para beber, doce nobles eran obligados a beber el orín que generaba un rebaño de ovejas custodiado por perros esqueléticos. Los esqueletos recogían los excrementos en cubos de madera que vertían dentro de la fuente. Sentado en el borde, un esqueleto con el pelo largo tocaba con su laúd hirientes melodías que les ridiculizaban, mientras un esqueleto bufón con jubón a cuadros hacía cabriolas y les golpeaba con su bastón en el trasero. Pese a la suciedad, se percibía el lujo de sus ropajes y el brillo de sus joyas, incluso una corona real. De nada servían allí todos sus títulos y posesiones.

En otro punto, pude contemplar cómo se ultrajaba a un grupo de mujeres desnudas o con poca ropa. Los esqueletos usaban palos o huesos humanos para penetrarlas brutalmente. A su lado también se penetraba a varios hombres entre los que se encontraban miembros del clero. 

Parecía que había un rincón específico para hacer pagar los excesos por cada uno de los siete pecados capitales. Todo esto es lo que contemplé en aquel valle de horror, antes de que la repugnancia me hiciera perder el sentido. Cuando recobré el sentido, todo seguía allí, igual, ejecutándose con la misma precisión, con la misma crueldad. Me alejé todo lo rápido que pude dirigiéndome hacia la costa. Improvisé una balsa con unos cuantos maderos y me lancé al mar.

Pasaron muchos días. Abrasado por el sol, sin nada que beber ni comer más que mi propio orín, cada vez más escaso. Deseé que me llegara la muerte. A punto estuvo de alcanzarme. Cerré los ojos y me deje llevar. 

Cuando desperté, me encontraba en una goleta de nombre Vieja Esperanza. Me habían rescatado cuando estaba en el albor de la muerte. Me cuidaron y alimentaron hasta que recuperé las fuerzas. Luego, un gran vendaval nos sorprendió arrojándonos contra una costa rocosa. Muchos perecieron...

viernes, 15 de marzo de 2013

MIND THE GAP

Ilustración: Carlos Rodón Mondet

MIND THE GAP
Francisco Valverde (Valverdikon)


Cada día lo mismo, el mismo tono, la misma cadencia, MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP. Marco recordaba perfectamente la primera vez que visitó Londres, treinta largos años atrás, y pudo familiarizarse con la advertencia de marras. En aquella ocasión, no entendió su significado, pero ya le llamó mucho la atención la insistencia con la que la megafonía del metro la repetía sin descanso. Fue su profesora de inglés, la misma que gestionó la beca gracias a la que asistió gratis al campus de verano, quien le explicó el significado de la misma.
- Vaya tontería, los de aquí deben sabérselo de memoria, y los que no son de aquí no lo entienden. Qué lo digan en castellano para que lo entendamos nosotros.
- Chico, para eso estás aquí, para aprender inglés.
Eran otros tiempos. Los españoles viajaban a Londres en plan turista para disfrutar de la gran urbe e intentar aprender un poco de inglés. Despedido de su trabajo gracias a las bonanzas de las sucesivas reformas laborales y la voracidad de avaros directivos, tuvo que emigrar para lograr el sustento de cada día, dejando atrás amigos, familia, recuerdos y su Atlético de Madrid. A cambio de todo lo que perdió, logró dominio del idioma, nuevos amigos -un tanto superficiales- un buen sueldo y el placer de sentir, decenas de veces cada día, ese MIND THE GAP trepanándole el cerebro. A primera y última vista, la balanza que medía lo ganado frente a lo perdido estaba claramente desnivelada.
Seguía pensando en lo innecesario de repetir constantemente la advertencia. Era uno de esos pensamientos a los que te amarras en un momento dado y ni nada ni nadie puede hacer que cambies de idea, pese a lo nimio de la misma. La primera vez que tomó el metro –el tubo como dicen ellos- tras su regreso, le causó una grata y simpática impresión volver a escucharla, pero a la semana ya estaba harto, al mes irritado y al año escocido. Incluso llegó a escribir una carta a la oficina de atención al cliente para sugerir lo innecesario que resultaba. No obtuvo respuesta alguna. Luchar contra las ortodoxas tradiciones británicas nunca fue buena idea, una lucha condenada desde el inicio al fracaso.

Como siempre, desde hacía varios meses, estaba lloviendo. El cielo era de un tono gris plomizo que no dejaba resquicio a la esperanza de ver algún rayo de sol. A punto estuvo de salir de casa sin su mejor herramienta, el paraguas, con el que evitaba empaparse cada día. Caminó varias manzanas sorteando los charcos y lagunas que la lluvia había formado. Andaba por el extremo más alejado de la calzada para evitar que los vehículos levantaran una ola que le dejará sepultado. Todos los que, como él, caminaban por la calle a esas horas intempestivas, se dirigían a la estación de Embankment para tomar el metro hacia el trabajo.
Se introdujo en la boca a la vez que una anciana que ya tenía fichada de otras muchas veces. Vestía un impermeable verde con un sombrero verde, paraguas verde, zapatos verdes,... toda ella verde. Cuando ya estaba a resguardo de la lluvia, procedió a cerrar el paraguas, con tal mala suerte que le atizó un golpe a la anciana, desequilibrándola. Intentó sujetarla para que no cayera, pero lo más que consiguió fue moderar el golpe agarrándola por donde pudo.
- ¡Lo siento! ¡Lo siento! No la he visto. Soy un estúpido. ¿Se encuentra bien? –preguntó mientras se arrodillaba a su lado.
- Creo que sí, joven, pero a mi edad... nunca se sabe.
- Lo siento de verás. ¿Le duele algo? ¿La cadera? ¿Las piernas? ¿Algo?
- Solo ha sido el susto. Gracias a Dios tengo una buena reserva de grasa que ha hecho de colchón contra el golpe –sonrió tranquilizadoramente.
- Entonces, ¿le ayudo a levantarse?
- Si no te importa, prefiero estar un rato más así antes de intentarlo. No nos vayamos a precipitar. Por cierto, no nos hemos presentado, me llamo Laura Harris.
- Ah, yo soy Marco Lucena, soy español. Lo habrá notado por el acento. ¿De verdad se encuentra bien?
- Sí, sí, no estoy mal. Realmente hablas muy bien el inglés, pero está claro que no tienes el acento de aquí. Encantada. Me ayudas ahora a levantarme.
- Claro, claro, por supuesto.
Marco ayudó a la mujer a levantarse entre las miradas curiosas del resto de los usuarios. Algunos pasaban de largo, otros preguntaban si podían ayudar,... finalmente la cosa no pasó a mayores y Marco consiguió poner en vertical a la mujer sin problemas. Luego, la acompañó hasta el andén agarrándola del brazo como si de su nieto se tratara.
- Creo que no es la primera vez que te veo por aquí. ¿Vienes todos los días, verdad?
- Sí, uso el metro para ir a trabajar. Todos los días menos los fines de semana. Usted también viene todos los días, ¿a qué sí?
- ¿Yo?, todos los días sin faltar uno solo. Vengo a primera hora, me siento en un banco del andén y desayuno con mi marido.
- ¿Su marido? ¿Dónde está? ¿Viene ahora?
- No, no, mi marido murió hace varios años ya. El tiempo pasa volando. ¡Aprovecha el tiempo! –le sermoneó la anciana apuntándole con el dedo -El caso es que mi marido era el actor Laurence Harris. No sé si te sonará. No creo. En España nunca habréis oído hablar de él. Aquí llegó a ser bastante conocido. Tiene una voz preciosa, por eso le eligieron para grabar los avisos del metro, el célebre MIND THE GAP.
Marco no podía creérselo. Su cara se puso completamente roja y su boca se cerró en un extraño rictus. No sabía muy bien qué decir. Odiaba aquella frase, le sacaba de quicio, y ahora el destino le llevaba a conocer a la viuda de su autor.
- ¿Te encuentras bien? ¿Pareces enfermo? –preguntó la anciana preocupada.
MIND THE GAP –se escuchó por megafonía.
- Eh... ¿yo? Sí, sí, no es nada, es solo que... me tengo que ir, lo siento. Tengo que coger este convoy o llegaré tarde al trabajo. Hasta luego.
Se introdujo a la carrera en el vagón sin mirar atrás. El tren partió, paró en una decena de estaciones y llegó a su destino. No podía dejar de pensar en la anciana y en su supuesto marido. Se había comportado como un estúpido. No era más que una casualidad, un capricho del destino. La próxima vez que la viera se disculparía.

Pasaron los días. Acudía como siempre a la estación sin encontrarse con la anciana. Comenzó a preocuparse por ella, no fuera a ser que el golpe hubiese tenido complicaciones posteriores. Los días tachados se fueron acumulando en el calendario sin que hubiese rastro de la anciana. Pasaron semanas. No podía quitársela de la cabeza. Se sentía culpable. Lógicamente, no había sido adrede, pero aun así, su falta de cuidado podría haber resultado fatal para ella.
Dos meses después del fatal encuentro, Marco se levantó mucho antes de lo que solía. Había madurado la idea durante el viernes y se decidió a acudir por primera vez al metro en sábado. Metió su desayuno en una bolsa y salió, todavía de noche, a la calle en dirección a la estación, siguiendo el mismo recorrido que todos los días. Su corazón latía apresurado, tenía que asegurarse de que la anciana se encontraba bien.
Accedió a la estación, bajó al andén, miro a la izquierda; allí no estaba la señora. Tenía que estar al otro lado. Miró a la derecha; allí tampoco estaba.
MIND THE GAP -tronó la megafonía.
Estaba desilusionado, completamente desilusionado. No pretendía ser amigo de la anciana, mucho menos su pretendiente, solo quería saber que se encontraba bien, que no había sufrido ningún daño, sobre todo si él era el responsable del mismo. Arrastrando los pies fue a la papelera más cercana y arrojó la bolsa del desayuno para luego dirigirse a un banco donde se dejó caer.
El tiempo fue pasando. Los convoyes iban y venían, trayendo y llevando su ruido a la estación. Con una mano a cada lado de su cabeza, estaba absorto en sus cavilaciones, pero tenía que levantarse, no podía quedarse allí tirado todo el día.
MIND THE GAP –insistió la voz por la megafonía.
Con gran esfuerzo se levantó del banco dispuesto a marcharse a casa; quedarse tirado en el tresillo siempre era mejor que quedarse tirado en la estación escuchando aquella maldita voz. Se arrastraba a la salida del andén cuando vio enfrente algo que le llamó la atención. Su corazón comenzó a latir con fuerza. No puede ser. Fijó la mirada. Sí, era ella. Estaba en el otro andén, vestida completamente de rosa, pamela incluida. ¿Cuánto tiempo llevará allí?
MING THE GAP –continuó impertérrita la voz.
Corrió escaleras arriba, pasillo recto, escaleras abajo, hasta el banco en el que la señora Harris se encontraba. Estaba desayunando. Varias magdalenas y pastas reposaban sobre un pañuelo al lado de un termo de té.
- Hola, ¿qué tal se encuentra? –preguntó con una boba sonrisa en su cara.
- Bien, joven. Muy bien. Estoy desayunando con mi marido. Me encanta escuchar su voz. Por eso vengo todos los días. Hace mucho que no te veía. ¿Has estado enfermo? Siéntate y toma algo.
- No, no, he estado bien. Habrá sido la casualidad. He traído mi propio desayuno... ya me lo he comido. Gracias. ¿Lleva mucho tiempo aquí?
- Sí, un buen rato. Han pasado no menos de diez trenes en cada sentido. Estaba hablando con mi marido. Mis hijos no aprueban esto. Yo les digo que voy al parque, pero me vengo aquí. Creen que estoy loca y no lo estoy; es solo que me gusta escuchar a mi marido... hablar con él. Desde que murió, este es el único sitio donde podemos hablar.
MIND THE GAP –retumbó de repente el sonido en toda la galería poniéndole los pelos como escarpias y el corazón encogido en un puño.
Marco no sabía muy bien qué decir. Ciertamente, su comportamiento no era muy normal, pero también era cierto que la voz de su marido seguía sonando en la estación. Normal que la mujer quisiera escucharla.
- No se preocupe. Cada uno hace lo que quiere y esto no hace daño a nadie –Menuda subnormalidad acabo de soltar.
- Eso les digo yo. Me tratan como si fuera una niña pequeña, como si no supiera lo que hago, como si estuviera loca. Laurence, me pide que les haga cosas malas. Siempre fue muy posesivo. No quiere que nada me pueda apartar de él.
- ¿Cosas malas? –repitió Marco alucinando.
MIND THE GAP –tronó la potente voz llenándolo todo y dejando a Marco descolocado.
- Sí, cosas malas, ya sabes, hacerles daño, incluso una vez me pidió que los matara. Yo no creo que sea necesario llevar las cosas hasta ese punto, pero si algún día intentaran prohibirme venir... yo no sé de qué sería capaz.
MIND THE GAP –repitió estruendosa la megafonía sin respetar la frecuencia habitual. Marco no se lo podía creer, no pensaba que se tratara de algo sobrenatural. Era otra casualidad, una jodida casualidad. La anciana estaba completamente chalada.
- No creo que sus hijos le vayan a prohibir nada pero, en todo caso, no está bien hacerle daño a la gente. Si su marido le pide esas cosas, quizás fuera mejor que no le escu...
- Laurence me está preguntando quién eres –le cortó la anciana -Siempre fue muy celoso. Cuando un hombre se me acercaba, enseguida se ponía en guardia.
- Bueno, de mí no debe estar celoso. Yo... soy muy respetuoso con usted. He venido solo para asegurarme de que se encontraba bien.
MIND THE GAP –la grabación volvió a adelantarse a lo esperado, como si respondiera a sus palabras. Marco no podía creérselo. Empezaba a desear salir de allí cuanto antes.
- Laurence se está enfadando. Me ha dicho que odias escuchar MIND THE GAP, que le odias a él. Yo le he dicho que no puede ser, que está equivocado, pero se me ha puesto hecho una furia. ¿A qué no es verdad? Se equivoca, ¿verdad?
Marco no daba crédito a lo que oía. ¿Cómo podía saber esa señora que no le gustaba todo aquello? No, no es que no le gustara, es que simplemente lo odiaba.
- No, no... no sé a qué se refiere... será mejor que me vaya.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP –el sistema de megafonía parecía haberse vuelto completamente loco. Todas las luces comenzaron a oscilar mientras la catenaria crepitaba y varios rayos azulados saltaban de un cable al otro. No había nadie más en la estación –MIND THE GAP, MIND THE GAP –la megafonía seguía llenando de ecos la estación.
- Laurence no, ¡para!, es un buen chico, no le hagas daño por favor –suplicaba la anciana que continuaba sentada en el banco.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
Marco no podía creer lo que veía. Esto ya no era una casualidad. Salió del andén a la carrera con la adrenalina por las nubes. Tenía que escapar de aquel infierno bajo tierra. Las luces de los vestíbulos se comportaban de igual manera, oscilando arriba y abajo hasta que, de repente, comenzaron a subir en intensidad llenando todo de un fulgor blanco casi celestial. Con un estampido, el sistema de iluminación reventó dejándolo todo a oscuras. Marco, que continuaba a la carrera por los pasillos, se paró en seco sin saber para dónde tirar, girando sobre sí mismo, intentando protegerse de su invisible agresor que no paraba de gritar.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
Solo cuando la iluminación de emergencia se activó, Marco tuvo un respiro y pudo continuar la huida hacia la superficie. Las escaleras mecánicas estaban paradas. Subía los escalones de tres en tres con la lengua fuera y el corazón desbocado. El humo comenzaba a llenarlo todo dificultando la respiración.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
En un momento se plantó en la galería de acceso donde los paneles de los torniquetes se abrían y cerraban compulsivamente como si de la mandíbula de un caimán se tratara. Tampoco allí había ni rastro de vida, ni el personal de la estación estaba en su sitio ni había usuarios intentando acceder. La cabina donde se ubicaba la taquilla estaba llena de un humo grisáceo que salía por las rendijas de ventilación expandiéndose por toda la galería en forma de grandes volutas. La puerta del cuarto de control había reventado por una explosión y, en su interior, el fuego lo consumía todo.
Por un momento pensó que no era más que un mal sueño en medio de la noche que remitiría en un instante. Deseó que así fuera; se pellizcaba en el antebrazo pero la pesadilla no finalizaba.
Tenía que escapar de allí. La salida a la calle estaba tan cerca... solo tenía que atravesar la línea de torniquetes dentados.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
Se cubrió nariz y boca con la camisa y, antes de lanzarse contra los torniquetes, calculo la frecuencia de cierre que seguían. Estaban desbocados. Le iba a ser casi imposible atravesarlos sin llevarse un buen mordisco, pero era eso o morir allí. Una, dos y... cogió impulsó y dio un salto para cruzar lateralmente el torniquete. Vio como las hojas se cerraban delante de él y se abrían justo cuando comenzaba a cruzar. Hizo un escorzo recogiendo el cuerpo para ocupar el menor espacio posible, pero las hojas se cerraron antes de lo debido, como si hubiesen olido a su presa.
- Ahhhhhhhhhhhhh
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
Los paneles se cerraron por debajo de su rodilla izquierda partiéndole la tibia y el peroné. El dolor llegó inmediatamente después del brutal crujido. Cayó al suelo todavía atrapado por la fiera que no volvió a abrir sus fauces. Las lágrimas afloraron a sus ojos. Si no conseguía liberarse, iba a morir ahogado o quemado. Comenzó a dar patadas con la pierna derecha contra las hojas. Cada movimiento era más doloroso que el anterior pero no podía desfallecer. Los golpes no sirvieron de nada, así que optó por intentar deslizar la pierna hacia abajo. Agarró la pantorrilla con ambas manos y empujó hacia abajo, logrando desplazarla un par de centímetros. El dolor que provocó el movimiento, quedó mitigado por el desplazamiento. Con otros tres o cuatro empujones conseguiría liberarla completamente. No había tiempo que perder. El humo comenzaba a llegar a media altura.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
La presión de las hojas sobre la pierna provocó la aparición de heridas que comenzaron a sangrar, manchando el metacrilato de rojo brillante. El segundo empujón fue menos efectivo que el primero pero igualmente doloroso. La pierna se desplazó alrededor de un centímetro. Marco se conjuró para acabar cuanto antes. Aplicó todas sus fuerzas en brazos y tórax en el tercer empujón. La pierna se deslizó varios centímetros más pero no quedó libre. El dolor fue tan intenso que no remitió hasta pasado un minuto, retornando a su insoportable nivel previo.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
A la cuarta fue la vencida, quedando la pierna libre. Las hojas volvieron a abrirse y cerrarse compulsivamente, conscientes de la pérdida de su presa, buscándola, deseando entrar en contacto con la sangre que manaba de la herida abierta. Su pantorrilla izquierda colgaba grotescamente un poco por debajo de la rodilla, impidiéndole andar. Tenía que ponerse a pata coja para avanzar rápido. Apoyó una mano en la parte alta del torniquete metálico, y cuando fue a colocar la otra, una descarga eléctrica de baja intensidad le hizo desistir.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP... -La voz continuaba su salmodia infernal a través de la megafonía, como riéndose de él.
No quería tocar nada más que pudiera dañarle. Avanzó a rastras por el enlosado suelo dejando un gran rastro de sangre. Viró a la izquierda para afrontar el último trecho.
- ¡Noooooooooo!, ¡Maldita sea!, ¡Nooooooooooooooooo!
El motor que accionaba el cierre metálico estaba en funcionamiento. En aquel momento solo quedaba un resquicio. Para cuando él llegará hasta allí, la estación estaría clausurada, chapada, sentenciada. No tenía ninguna oportunidad de escapar por allí.
- ¡Piensa Marco!, ¡piensa!
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
- ¡Cállate, maldito hijo de puta bastardo!
...MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
Abandonando la idea de escapar por el acceso, giró sobre sí mismo y miró aquí y allá buscando algo. Entre la humareda, cada vez más densa, descubrió el apagado brillo de una señal que marcaba la posición de una puerta de emergencia. Se dirigió hacia allá lo más rápido que pudo, apoyándose en la puerta se puso en pie y presionó la barra hacía el exterior. La puerta se abrió con un leve chirrido, la humareda del vestíbulo comenzó a escapar por el resquicio. Empujó más y, a medida que lo hacía, la potencia de la corriente de aire iba incrementándose exponencialmente. La galería iba quedando libre de humo, el ruido del aire era tal, que apenas se escuchaba la megafonía, pero allí seguía socarronamente. Cuando la puerta estaba a mitad de su recorrido, Marco perdió el control sobre ella. El viento la abrió de golpe y quedó suspendido en el aire, flotando con todos los miembros estirados; bajo él, un enorme pozo, profundo, insondable.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP, ...
«¿Era este el agujero al que te referías, hijo de puta?»
Todo el humo que abandonaba el vestíbulo se colaba por la sima hacia el interior de la tierra. Al fondo se podían vislumbrar explosiones, llamas, criaturas aladas girando en círculos, emanaciones de lava,... el mismísimo infierno.
Las fuerzas de Marco fueron menguando hasta que la barra se le escapó de la punta de los dedos. Cayó en la sima, girando en círculos y sobre sí mismo, hasta que sus gritos se apagaron.
La puerta de emergencia se cerró de un portazo.

domingo, 17 de febrero de 2013

DOS Y DOS SON CUATRO





«... son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho...»

- ¡ahhhhhhhh! No lo soportó más. Por favor, ¡cállate! ¡Cállate! Déjame en paz de una vez por todas. Siempre he hecho lo que me has pedido. ¡Lárgate! No quiero escucharte más...
 «...son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y...»
- Si no te largas me suicidaré. No conseguirás nada más de mí, ni tendré que soportarte nunca más. Quizás eso sea lo mejor, que me suicide. ¿Qué harás entonces, hijo de puta? ¡Qué harás!
«No tienes lo que hay que tener para suicidarte. Por eso te elegí, porque eres un cobarde, siempre lo has sido y siempre lo serás. Sabes perfectamente que acabarás plegándote a mis deseos. No te tortures más. Ríndete y dejaré de cantar esa cancioncilla que tanto te gustaba cuando eras pequeño y tanto pareces detestar ahora»
- Esta vez no. Esta vez es diferen...
«¡Venga ya! Siempre estás con las mismas tonterías. ¡Esta vez no! ¡Esta vez no! ¿A quién quieres engañar? Solo a ti mismo. Eres tan predecible como estúpido. Haz lo que tienes que hacer y la cancioncilla dejará de sonar... hasta que te vuelva a necesitar, claro. Podrás dormir, podrás fornicar con golfas, casi podrás hacer tu vida normal, la vida que tenías antes de que iniciáramos esta relación tan hermosa que tenemos. Bien sabes que es la única salida. Yo puedo estar cantándote al oído un día y otro día y otro día, y todas sus noches»
- ¡Nooooooo! ¡Vete a tomar por culo! ¡Esta vez no!
«Está bien. Tú lo has querido. Continuemos con el juego. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y...»
- ¡Para! ¡Para! ¡Para! Dios mío, ¡ayúdame!
«...cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos...»
- ¡Está bien! ¡Tú ganas! Ganas otra vez.
«¡Así me gusta! Esta vez me has metido el miedo en el cuerpo. Pensé que me ibas a dejar en la estacada, que habías sacado fuerzas de flaqueza y estabas dispuesto a hacer algo, digamos... definitivo. ¡Qué no! ¡Qué es broma! Desde el principio sabía que ibas a ceder a mis pretensiones. ¡Siempre lo haces! Es lo mejor que puedes hacer. Solo tienes agallas cuando trabajas para mí. Deberías agradecérmelo. Y, por favor, no implores nunca más la ayuda de Dios. Él no te va a ayudar. Más bien deberías culparle por ponerte sobre la faz de la tierra con todas esas debilidades que te dominan. Eres un pecador empedernido. Si realmente te está escuchando, es evidente que te ignora. Se ríe de ti, igual que yo me rio ahora, igual que me rio desde que te conocí. ¿Qué le voy a hacer? ¡Yo soy así! Mucho más honesto, ¿no crees?»
- ¿Qué quieres esta vez?
«Nada nuevo. ¡No sé para qué me preguntas! Ya sabes lo que me gusta. Siempre quiero lo mismo. Así que, sal ahí fuera y tráemelo»

Estaba muy cansado. Había conducido durante horas. Nunca actuaba en su ciudad, ni siquiera cerca de ella para no ser reconocido ni asociado con el "asunto". Era capaz de cruzar varios estados. Así, evitaba que se generara el típico clima de inseguridad entre sus conciudadanos, que tarde o temprano degeneraba en rumores, sospechas e infundadas acusaciones, y terminaba en caza de brujas contra los menos populares, siempre inocentes. Era un tipo raro, solitario por imposición social y por vivir en una casa de campo aislada. Tenía todas las papeletas para ser objeto de sus sospechas al menor descuido.
También estaba el tema de los gustos del tirano. El muy cabrón no pedía cualquier cosa. Desde que aparecía con su jodida cancioncilla hasta que desaparecía satisfecho, podían pasar varios días. Al principio era mucho peor. La búsqueda podía prolongarse durante semanas, hasta que descubrió que la poca discreción de la gente podía facilitarle las cosas. En las redes sociales encontraba fotos, comentarios, direcciones... todo lo que necesitaba.
No era un profesional, o eso quería creer, pero la policía y los medios de comunicación no opinaban lo mismo. Ellos hablaban de un asesino psicótico en serie con gustos especiales.
«¡No son mis gustos! ¡Odio hacer esto! ¿Por qué no lo entendéis?»
Alertados por los titulares, la población de riesgo se mostraba más cauta, y la policía se centraba en ellos, lo que hacía que todo fuera más complicado. No obstante, golpe a golpe conseguía mejorar su técnica, en definitiva, correr menos riesgos. No estaba, en absoluto, orgulloso de ello, prefería seguir siendo un paria que un perro en manos de un dueño cruel, pero no tenía elección.
Todavía tenía pesadillas con su primera vez. Bueno, tenía pesadillas con todas ellas, pero la primera fue la más dolorosa. Nunca había hecho daño a nadie hasta ese día. Escuchaba con lágrimas en los ojos los gritos, sentía como propios los golpes que propinaba. Entendía todo el dolor y el miedo que provocaba, pues él sentía todo eso muy a menudo.
Esta vez, y basándose en los datos obtenidos de internet, el golpe no debía causarle mayores problemas. Actuar y salir corriendo, procurando no dejar ninguna huella que pudiera delatarle. Si la dirección era correcta, la casa era la que tenía frente a sus narices. Solitaria en medio de un campo de maíz agostado, se erguía una modesta vivienda de una única planta. En la terraza, unos centímetros por encima del nivel del suelo, había dos mecedoras y una pequeña mesa. Todo quedaba parcialmente iluminado por un pequeño farol cuya luz apenas llegaba más allá de los límites de la terraza.
El interior de la vivienda estaba iluminado, lo que le permitió vislumbrar una figura femenina que se movía por lo que debía ser el salón. Tenía que acercarse más, tenía que conocer todos los detalles antes de actuar. Silencioso como una sombra, caminó por un lateral, paso a paso, lentamente, aprovechando la oscuridad reinante, concentrado en todo lo que ocurría en la casa. Inesperadamente, un perro negro bastante grande salió a la carrera ladrando, provocándole un subidón de adrenalina.
«¡Perkins! ¡Cómo he podido ser tan estúpido!»
Lo sabía todo del perro. Aparecía en muchas de las fotos publicadas en la red. Casi salía más que su propia dueña, pero no había pensado en él, y ahora se interponía entre víctima y verdugo. El perro corría ladrando sin parar. Cuando la cadena a la que estaba anclado quedó completamente tensa, el perro paró en seco lanzando un quejido lastimero. Un instante después siguió ladrando en dirección a él. La doble puerta de la casa se abrió de par en par. En el umbral apareció una chica de pelo largo rubio portando una escopeta.
- ¿Quién anda ahí? Perkins, ¿qué pasa?
Perkins seguía ladrando histéricamente. La chica avanzó lentamente, aproximándose paso a paso mientras miraba al frente y balanceaba el cañón de izquierda a derecha. Cuando llegó hasta el perro, se agachó y comenzó a acariciarle. Seguía mirando al frente, a la oscuridad impenetrable donde se escondía su verdugo.
- ¿Qué pasa? ¿Qué has visto? ¿Quién anda ahí? ¡Candice! ¡Candice! Cierra las puertas de casa y no salgas bajo ningún concepto.
- ¿Qué ocurre? ¡No me asustes! – dijo Candice asomándose por la puerta.
- ¡Haz lo que te digo! ¡Métete dentro! Y si escuchas cualquier ruido o ves algo raro, llama a la policía.
La chica soltó la cadena del perro que salió disparado hacia el interior del maizal, siguiendo el olor del intruso. Al instante, la chica perdió de vista al animal. Avanzó cautelosa hasta llegar al borde del maizal. No quiso continuar. La solo idea de internarse en el sugerente campo de maíz durante la noche, hacía que todos los pelos se le pusieran de punta. Notó un cosquilleó por toda su piel.
«Seguro que no es nada. Algún gato en busca de ratones. Le encanta perseguir gatos»
Escuchaba sus ladridos, cada vez más lejanos, hasta que se tornaron en quejidos. Algo le había ocurrido; su perro querido estaba herido. La necesitaba. Tenía una escopeta en las manos, si hacia bien las cosas no tenía por qué ocurrirle nada malo. Dudaba. Trataba de ser fuerte, de romper la resistencia que hacía que se mantuviera fuera del maizal. Un quejido más profundo que los anteriores hizo que se decidiera. Entró con la escopeta por delante en la oscuridad. El maizal pareció engullirla.
Veía poco o nada. El único sentido que le servía para algo era el oído, una vez sacrificado el sentido común. Apartaba las ramas con cuidado, pero era imposible no hacer ruido mientras avanzaba en la dirección de los quejidos, en línea recta. Estos fueron subiendo de volumen a medida que se acercaba al perro, que al percibir la cercanía de su ama, pedía con más insistencia.
Casi tropezó con él. Estaba tirado en el suelo. Se agachó sin perder de vista el entorno, manteniendo la escopeta a punto para disparar ante el menor signo de amenaza. El pecho del perro subía y bajaba rítmica y débilmente. Al acariciarle, notó una sustancia húmeda y pegajosa que cubría buena parte del pecho del animal. Era sangre. Emanaba de una profunda herida, y esas heridas no las causan los gatos. Alguien había hecho daño a su perrito. Lo más seguro es que se hubiese dado a la fuga. No pensaba quedarse allí para comprobarlo mientras Perkins se desangraba, así que dejó la escopeta a un lado, introdujo las manos por debajo del animal, y lo izó pegándolo a su pecho.

Todo había salido mal por culpa de ese maldito perro negro, y podía ponerse aún peor. Había escuchado perfectamente cómo la chica pedía a la tal Candice que se encerrara. Dijo algo más, referente a la policía; seguro que quería que la llamara.
«Si al menos ese jodido perro no me hubiese mordido, ya estaría lejos de aquí»
Con una puñalada consiguió que el perro liberase su presa, pero entonces escuchó ruidos. La chica había entrado en el maizal, por supuesto con su escopeta. Se agazapó en la oscuridad sin moverse ni un ápice.
La chica, a la que tantas veces había visto en internet junto a su hermana gemela, llegó hasta el perro. Desde su posición podía distinguir perfectamente el tubo negro de la escopeta. Entonces, la chica se arrodilló soltando el arma y alzó al perro girándose en dirección a su casa.
No lo podía creer. La muy estúpida ponía en peligro su propia vida por salvar a ese chucho medio muerto. Eso cambiaba las cosas, aun podía tener una oportunidad para llevar a término su plan, pero debía darse prisa. Dejó que avanzará unos cuantos metros más antes de moverse.

El peso y volumen de Perkins hacían que no avanzara tan rápido como quisiera. Solo pensaba en llegar a casa para llamar al veterinario.
«Aguanta perrito. Te pondrás bien. Te vas a poner bien. Yo cuidaré de ti»
Enredada en mil pensamientos, dejó de prestar la atención debida a su entorno. No escuchó más ruidos de ramas que los que ella misma producía, no vio nada más allá de la carita de su perrito.

Abalanzándose contra ella por la espalda, clavó el puñal lateralmente en el cuello, manteniéndolo allí firmemente. La sangre manó abundante manchando su vestido corto, donde se mezcló con la sangre de su perro. No se resistió. La puñalada era mortal. Simplemente le miró a los ojos con profunda pena, como preguntándole "¿por qué?”. Perro y ama cayeron al suelo, una sobre el otro, que lloraba por el dolor ajeno.
- Aunque no lo creas, lo siento mucho chica. Estoy obligado a hacerlo.
La primera parte ya estaba acabada. Ahora tenía que encargarse de la hermana. Luego las llevaría al coche. Corría a tanta velocidad como su muslo herido le permitía. Cuando llegó al borde del maizal, comenzó a escuchar las sirenas de un coche de la policía. Aún estaba lejos, no lo suficiente como para arriesgarse.

«Te he estado esperando con impaciencia. ¿Estás herido? Espero que no sea para tanto. ¿Lo has traído?»
- He hecho lo que he podido. Las cosas se pusieron difíciles. Había un perro...
«¡Me estás diciendo que has fracasado! ¿No lo has traído?»
- Te repito que he hecho lo que he podido. Llegó la policía, tuve que huir...
«¡Qué diablos me importan esas escusas baratas! ¡Muéstrame lo que has conseguido! Y más te vale no defraudarme»
Abandonó el salón dirigiéndose al garaje donde descansaba el viejo coche que había heredado de su difunto padre. Abrió el maletero y extrajo el cuerpo de la chica. Sus ropas eran un engrudo de polvo y sangre. La tomó en brazos y la llevó hasta el salón donde con extrema delicadeza la depositó sobre la alfombra.
- ¡Una chica rubia! ¡Y muy mona por cierto! Muy bien. Ahora tráeme su par, antes de que me enfade más.
Volvió al poco con el cuerpo de un perro negro, que depositó sobre la alfombra junto a los restos de su dueña.
«¿Qué es esto? Dime que es una broma pesada»
- Te he dicho que he hecho todo lo que he podido.
«¡Eres pura escoria! ¡No vales nada! ¡Menos que nada! ¿Crees que trayéndome dos cosas cualesquiera formas uno de mis pares? ¡Estúpido inútil! Uno más uno son dos, pero deben ser iguales para poder unirlos. ¡No te enseñaron eso en el colegio! ¿Tú eras de los que sumaba peras con manzanas? Ni siquiera es humano, ¡joder! Bueno... vamos a tranquilizarnos. No conviene perder la compostura. Vamos a ver qué podemos hacer... De acuerdo, lo primero, quita de mi vista ese perro. Luego saca tus herramientas y prepara a la chica. Hazlo bien o me verás realmente cabreado. Esto no es nada en comparación con lo que puede llegar a ser»

Ya lo tenía todo preparado para empezar. El cuerpo desnudo de la chica yacía en el suelo sobre un grueso plástico blanco impermeable. Una caja de labores a la derecha y un hacha de mano a la izquierda. Un fino cuchillo jamonero descansaba a su lado dentro de un cubo de fregona.
- ¿Corto como siempre? ¿O tienes otra idea?
«Te he dicho que como siempre»
- Ya, pero esta vez solo tenemos un individuo.
«Ya lo veo. Gracias a tu negligencia. Está todo pensado»
Alzó el hacha con la mano derecha y elevándola por encima de la cabeza, la descargó con todas sus fuerzas. El filo penetró en la carne seccionando parcialmente el brazo izquierdo a la altura del hombro. Fueron necesarios otros dos golpes para separarlo completamente del tronco. Arrojó el brazo a un lado, y tomó el cuchillo. Poco a poco fue pelando todo el costado de la chica, desde el tobillo hasta el hombro, retirando la piel y la grasa, dejando al aire las fibras musculares y parte de las costillas. La primera vez que lo hizo, no pudo reprimir varias arcadas. Dio igual, tuvo que continuar entre las carcajadas del otro.
Cada pedazo que arrancaba era depositado en el cubo, que acabaría siendo pasto de los cerdos. Eran capaces de comérselo todo. No dejaban ni rastro. En ese momento recordó la historia que una vez le contó su viejo compañero George, según la cual, la abuela de este había desaparecido súbitamente, y él sospechaba que los cerdos se la habían comido cuando resbaló en su corral. También los cerdos se encargaban de lo que quedaba de sus víctimas, pero eso era después, cuando el bastardo se cansaba de jugar.
«Sé lo que estás pensando. No deberías usar esos términos para referirte a mí, si no quieres agotar mi paciencia. Aunque debo reconocer que sí, que soy algo más que un bastardo ¡ja! ¡ja! ¡ja!»
Continuó con su trabajo sin inmutarse. Desde el principio sabía que era capaz de leer su mente. Después de comprobar todo aquello de lo que era capaz, ese detalle parecía tan insignificante...
«Exacto. Estoy más allá de lo que consideras como poderoso. No sabes nada, pero pronto lo sabrás»

En cuanto dio por finalizado el trabajo, la voz que resonaba en su cerebro tomó la palabra.
«¡No está mal! Al menos hay una cosa que se te da bien. Ahora toca la segunda parte. Te aseguro que no te va a gustar, pero al menos conseguirás librarte de mí para siempre. Ya no me eres útil. En esta ocasión has cometido muchos errores , la policía debe estar sobre tu pista y no tardará en atraparte. Debo partir en busca de otro huésped. Ahora voy a poseerte. Lo voy a hacer tanto si te dejas como si te resistes. Si te dejas, será rápido e indoloro. Si te resistes, será lento y doloroso. ¿Qué prefieres?
- Hijo de la gran puta – murmuró entre dientes
«Tomaré ese insulto como tu respuesta»
- ¡No! ¡Espera! No me resistiré.
«No te lo mereces, pero como no depende de mí...»
Cerró los ojos e intentó no pensar en nada, pero le era imposible. Tenía miedo a lo desconocido. Una cosa era tener ese ser a su alrededor, y otra bien distinta era tenerlo dentro. No sentía nada especial, nada doloroso. No sabía cuándo iba a estar poseído, hasta que lo estuvo.
- ¡Hola! Ya estoy dentro. ¿A qué no te ha dolido?
«Dios mío, está realmente dentro»
Tenía consciencia pero no voluntad. Había perdido el control sobre su cuerpo. Podía percibir como antes, pero no podía controlar los músculos. Ahora, el ser hablaba por su boca.
- Claro. Yo estoy al mando. Estamos compartiendo tu cerebro pero soy yo quien dice qué se hace y qué no se hace. Se puede decir que nunca hemos estado tan cerca como ahora.
«Déjame. No me hagas daño. Siempre he hecho todo lo que me has pedido»
- No seas ingrato. Acabo de llegar a tu hogar ¿y ya quieres echarme? Recuerda que no te has resistido. Me considero un invitado y me iré en cuanto haya terminado lo que tengo pensado.  Ahora mismo te lo voy a contar, tienes derecho a saberlo, al fin y al cabo el cuerpo es tuyo.
«Por favor, por favor, sal. No me hagas daño»
- Deja de lloriquear y escúchame. Bien sabes que me gustan los números. Me gusta construir números pares a partir de impares. Frente a nosotros, hay un magnífico ejemplar femenino que voy a unir con un lamentable ejemplar masculino.
«Nooooo, por favor, nooooooo...»
- ¿No estarás pensando en que la una con el perro? Ya sabes... peras con peras, y manzanas con manzanas.
«Te traeré a la hermana. Te traeré todas las gemelas que quieras, incluso más de dos, pero no me hagas daño...»
- Ya es demasiado tarde. Como te he dicho ya no me eres útil. La policía te va a atrapar más pronto que tarde. Ahora vamos a aplicar esa maña tuya con el cuchillo jamonero a tu cuerpo.
«Nooooo, por favor, nooooooo...»
- ¡Chico! ¡Relájate! Tienes la adrenalina por las nubes. Todo esto te va a doler un poco, como te imaginas. A mí no, es lo bueno de poder controlar solo aquello que te interesa.
«Nooooo, por favor...»
Intentó negarse, retomar el control de sus miembros, pero fue imposible. Con sus propios ojos vio cómo su brazo izquierdo se estiraba para tensar la piel, mientras la izquierda llevaba el cuchillo jamonero hasta la axila derecha.
«Nooooo, por favor, nooooooo, haré lo que me pidas, todo, cualquier cosa, sea lo que sea, por favor, noooooo...»
Cuando el filo del cuchillo entró en contacto con su piel, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, y a continuación sintió un dolor insoportable. Chilló como nunca había chillado, pero no había nadie ni nada que le ofreciera consuelo. En condiciones normales, el dolor habría hecho que se desmayará, pero quién controlaba su cuerpo no iba a permitirlo. Notó como la sangre corría por el costado mientras el cuchillo avanzaba. No quería mirar pero él estaba mirando, no podía quitar la imagen de su cerebro, no podía pensar en nada más.
«Nooooo, por favor...»
- Disfruta del espectáculo. Pronto acabará esto. No voy a ser tan exhaustivo como tú eres. Debo darme prisa antes de que pierdas mucha sangre y te quedes sin fuerzas.
«Paraaaaa, haré lo que me pidas, te serviré siempre»

El dolor alcanzó pronto su umbral máximo. No podía sentir más dolor del que estaba sintiendo, y tampoco menos. Estaba estabilizado en el máximo dolor, un dolor sobrehumano. El cuchillo continuó avanzando por su costado hacia la cintura, y desde allí hasta el tobillo. Sus súplicas no sirvieron de nada.
- Ya estás pelado, como tú dices. Ahora toca tejer una malla que os una. ¿Acaso no es bonito? Espero que mantengas un buen pulso para enhebrar la aguja.
«Nooooo. Déjame en paz. Mátame. Acaba de una vez conmigo»
Tras enhebrar la aguja de lana con hilo de bramante, se tumbó sobre el plástico al lado del cadáver, dispuesto a unir las partes empezando por abajo. Comenzó clavando la aguja en la parte inferior del tobillo de la chica. Empujó hasta que la punta asomó por arriba, la recogió y tiró del bramante hasta dejarlo tenso. Luego, desde arriba, clavó la aguja en el tobillo del anfitrión hasta que asomó la punta por debajo. Cada puntada hacía que el umbral de dolor se mantuviera, pero aportando una tonalidad realmente diferente de la anterior, en todo caso un dolor insoportable.
- Bueno, ya casi hemos terminado. Me consta que ha sido doloroso. Tus ojos están derramando un mar de lágrimas. ¡Te vas a deshidratar! Y esta manera de hablar entrecortada, en medio de sollozos, realmente doloroso. Ahora solo me queda amputarte el brazo. Cuanto antes empiece, antes acabo, ¿te parece? Manos a la obra.
«Noooo. El brazo no. Si me lo cortas moriré desangrado»
- ¿De veras crees que va a merecer la pena vivir después de que acabe mi obra? ja ja
«Hijo de puta. Mátame ya. Déjame en paz»
Levantó la cabeza para localizar el hacha. Agarró el mango con la temblorosa mano izquierda, apartó la cabeza por precaución y, levantándola, descargó como pudo el primer golpe. El hacha describió un pequeño arco antes de impactar en el centro de la clavícula, partiéndola en dos pedazos. Al instante, un gran reguero de sangre comenzó a surgir de la herida abierta, uniéndose con toda la sangre ya derramada. El golpe había salido desviado del lugar que pretendía alcanzar.
- ¡Uy! ¡Vaya! Se me ha escapado. Esto parece una escopeta de feria. Al menos no te he dado en el entrecejo ¿eh?.
El siguiente golpe impactó más o menos donde debía, provocando una fisura en la cabeza del húmero. Los tres siguientes pegaron cerca, y con uno más consiguió separar el brazo del tronco.
- ¡Ei! Ya casi estamos. Debería coser el muñón con el de ella, pero va a ser complicado, y además noto que tu vitalidad llega a su fin. Te has librado.
«Acaba de una vez conmigo»
- Vamos a esperar a que espires. Luego será mi momento. Voy a ver si tienes la cajetilla en el bolsillo del pantalón y nos echamos un último cigarro, ¿te parece?
Hubo suerte. La cajetilla estaba allí. Quedaban unos cuantos cigarrillos y el zippo estaba dentro. Se llevó uno a la boca, lo encendió y aspiró hondo, lo que le provocó un ataque de tos. No tuvo tiempo de apurar el cigarro antes de morir. Sin embargo, aún había algo vivo dentro. El huésped se expandió por los cuerpos a través de los enlaces entretejidos, tomando posesión de ambos. Cuando el proceso hubo finalizado, los músculos de las caras comenzaron a moverse grotescamente, las bocas se abrían y cerraban. Dentro, las lenguas se movían aquí y allá, mientras de lo profundo surgía una cancioncilla...
- Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis, y ocho veinticuatro, y ocho treinta y dos, a las ánimas benditas, no las tomo yo.
Al finalizar, todo quedo en muda quietud. El huésped abandonó el hogar en busca de otro anfitrión.