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jueves, 18 de abril de 2013

EL TRIUNFO DE LA MUERTE

El triunfo de la Muerte – Pieter Brueghel


Hace ya cinco largos años que abandoné la yerma tierra que me vio nacer, tierra otrora rica y productiva, ajena a las envidias, rencores y odios de sus jornaleros, capataces y terratenientes, ¡todos! Salvo honrosas y escasas excepciones, gentes de mala fe, trileros, vendedores de ánimas, especialmente interesados si es con menoscabo y ruina del vecino. 

Los pocos que no acudían a misa diaria eran fijos de misa dominical, aparentando su piedad, su dolor ante la sangre derramada por el perdón de sus pecados. Los señoritos delante, emperifollados con sus mejores terciopelos y gasas. Tras ellos, en estricto orden, marcado por el poderío económico, los terratenientes, siempre arañando puestos, atentos a impedir el ascenso del vecino con sus afilados codos. A la espalda y de pie, alejados de sus miradas, los jornaleros con sus ajados ropajes. El sacerdote en su púlpito, hablando de igualdad, de piedad, de fraternidad. La paz sea con vosotros. Daos fraternalmente la paz. Señor, no soy digno de que entres en mi casa... Amén. Hipócritas y fariseos.

Miles de pañuelos al viento despidieron la goleta Vieja Esperanza en una soleada mañana de marzo de 1833. Las tres primeras jornadas de navegación transcurrieron con calma chicha, días que aprovechamos para jugar a las cartas. La cuarta amaneció con el cielo cubierto por una gruesa capa de nubes que daban al mar un aspecto plomizo. A lo largo de la mañana, las nubes se fueron tornando más y más oscuras, comenzando a descargar con fuerza. El viento fue in crescendo, soplando lateralmente, picando la superficie del mar y levantando muros de agua que golpeaban sin piedad el casco. Al pairo, la goleta se bamboleaba de un lado a otro descendiendo valles y ascendiendo colinas que cambiaban su orientación constantemente, manejada como una marioneta por hilos de viento y agua. Los maderos crujían y se estremecían ante las embestidas que llegaron a provocar la apertura de pequeñas vías de agua imposibles de subsanar. 

Cuando la noche cayó sobre nosotros, la situación no había mejorado, pero tampoco parecía empeorar. La goleta se defendía como gato panza arriba. La esperanza de que resistiera comenzó a hacerse hueco en nuestros corazones cuando súbitamente un golpe seco, acompañado por un gran estampido, proyectó todo lo no amarrado contra estribor.

La nave había sido arrojada contra las afiladas rocas de una desconocida costa, pulverizando todo el costado de estribor y acabando con la vida de muchos pasajeros y tripulantes, cuyos cuerpos se llevaron las aguas para luego arrojarlos con brutalidad contra lo que quedaba del casco. Cada golpe de mar hacía que los restos de la goleta se incrustarán más y más en la roca, haciendo saltar tableros y astillas, mientras cuerpos, provisiones y aparejos flotaban alrededor.

La situación era desesperada. Había que salir de allí cuanto antes, y a ese fin nos afanamos todos, sin organización, sin educación, sin piedad. Muchos murieron en el intento, otros conseguimos ponernos a salvo por encima de los cuerpos de los que no lo lograron, todo en la oscuridad más absoluta y a merced de una tromba de agua que se prolongó varias horas, casi hasta el amanecer.

Con las primeras luces se abrió ante nosotros una vasta  extensión de tierra arrasada, cubierta casi por completo de negras cenizas producto de las erupciones de tres volcanes que, en el horizonte, no paraban de vomitar venenosos vapores. A nuestra espalda el mar gris, tranquilo, saciado, salpicado por las carcasas de embarcaciones de todo calado. La zona arenosa más allá de las rocas era un gigantesco estercolero donde descansaban todo tipo de inmundicias, osamentas humanas y cadáveres. El hedor que desprendían era insoportable, uniéndose en una mezcla letal con el olor sulfuroso reinante. 

Sobre nuestras cabezas, centenares de aves carroñeras descendían trazando círculos, ansiosos por unirse a los cuervos que ya habían comenzado el banquete. Quizás estuvieran más pendientes de nosotros que de los muertos. No podíamos permitirlo. Corrimos hacia los cuerpos profiriendo alaridos para espantar a los carroñeros, que desafiantes continuaban picoteando o se lanzaban contra nosotros. En esas estábamos, cuando observamos una carreta que se acercaba rápidamente envuelta en una nube de polvo. Parecía negra, tirada por dos hileras de criaturas. Después de todo, había vida en aquella tierra yerma. Alzamos los brazos y las voces en un atisbo de alegría que pronto se convirtió en puro terror, cuando identificamos como esqueletos las criaturas que tiraban del carromato, adornado con incontables calaveras.

Salimos en desbandada, sin orden ni concierto. Los esqueletos abandonaron las filas y, siguiendo las órdenes del conductor, recogieron guadañas del interior del vehículo y se lanzaron a la caza y captura de los vivos. Eran muy rápidos. Si alcanzaban a uno en carrera, lanzaban la guadaña contra las piernas amputándolas. Luego arrastraban el cuerpo suplicante hasta el carromato, dejando atrás los inútiles miembros. Los que se postraban de rodillas suplicando clemencia o ayuda divina eran decapitados en esa posición. Abandonaban el cuerpo, dejándolo a merced de los buitres, recogiendo la cabeza para almacenarla en el carromato. Solo los que se rindieron sin postrarse fueron capturados intactos. Los ataron con cuerdas en filas tras el carromato que partió de vuelta por donde había llegado. 

No sé cuántos conseguimos escapar. Yo lo conseguí gracias a que ninguno fue tras de mí. De otra forma, hubiese sido imposible. Oculto en lo alto de un risco, contemplé sin parpadear todo lo ocurrido, hechos que sobrepasaban lo vivido en mis más horrendas pesadillas. ¡Más me hubiera válido quedarme en mi tierra! Vagué por aquellas tierras inhóspitas durante mucho tiempo sin encontrar nada más que polvo, hasta que al atardecer, alcancé el borde rocoso de un valle por el que no transcurría ningún rio que no fuera de sangre. ¡Era el mismísimo infierno!

Una gran cruz blanca estaba colocada en el centro para que todos pudieran verla. De nada servía allí su presencia, quizás como recordatorio de sus pecados, de la razón por la que allí estábamos. Una solitaria casona servía como punto de recepción de carromatos negros. Llegaban a sus puertas de forma constante, descargaban su macabra carga y salían del valle buscando más. Los restos de los asesinados eran introducidos en la casona por una puerta lateral, saliendo por la principal solo esqueletos. 

Los desgraciados que seguían con vida eran colocados en masa en el patio de enfrente, donde perros esqueléticos les lanzaban dentelladas. Un gran esqueleto a caballo hacía una selección dividiéndolos en grandes grupos según cual fuese a ser su tormento. Había un grupo para los que sufrirían en la picota, otro para los que lo harían en la rueda, los que serían ahorcados, los que serían entregados a jaurías de perros esqueletos, los que perecerían ahogados, degollados, sodomizados, y un largo etcétera. Cuando el caballero marcaba el destino de cada uno, un par de esqueletos lo recogían y lo llevaban a rastras hasta el lugar apropiado. En el otro lado del patio, frente a una larga mesa, cinco monjes dominicos, con los símbolos del Santo Oficio, anotaban la pena impuesta por el caballero. Un esqueleto hacía tañer una gran campana.

Las ruedas y picotas de tortura estaban colocadas en lo alto de enormes mástiles, más altos que la cruz blanca. Estaban clavados por todo el valle. Colocaban al infeliz y quedaban aguardando que pereciera, mientras les provocaban toda clase de tormentos y sonreían al escuchar los alaridos que proferían. Cuando morían, los mismos esqueletos se encargaban de bajar el cuerpo para dejar libre el mástil. Conducían los restos hasta la casona donde se les transformaba para engrosar las filas del ejército de los muertos, portando una pequeña tapa de ataúd como escudo y una guadaña como arma. Esa era la finalidad de la casona, la producción de esqueletos que desde ese momento comenzaban a asediar a los vivos. 

Alrededor de un abrevadero, de los que usa el ganado para beber, doce nobles eran obligados a beber el orín que generaba un rebaño de ovejas custodiado por perros esqueléticos. Los esqueletos recogían los excrementos en cubos de madera que vertían dentro de la fuente. Sentado en el borde, un esqueleto con el pelo largo tocaba con su laúd hirientes melodías que les ridiculizaban, mientras un esqueleto bufón con jubón a cuadros hacía cabriolas y les golpeaba con su bastón en el trasero. Pese a la suciedad, se percibía el lujo de sus ropajes y el brillo de sus joyas, incluso una corona real. De nada servían allí todos sus títulos y posesiones.

En otro punto, pude contemplar cómo se ultrajaba a un grupo de mujeres desnudas o con poca ropa. Los esqueletos usaban palos o huesos humanos para penetrarlas brutalmente. A su lado también se penetraba a varios hombres entre los que se encontraban miembros del clero. 

Parecía que había un rincón específico para hacer pagar los excesos por cada uno de los siete pecados capitales. Todo esto es lo que contemplé en aquel valle de horror, antes de que la repugnancia me hiciera perder el sentido. Cuando recobré el sentido, todo seguía allí, igual, ejecutándose con la misma precisión, con la misma crueldad. Me alejé todo lo rápido que pude dirigiéndome hacia la costa. Improvisé una balsa con unos cuantos maderos y me lancé al mar.

Pasaron muchos días. Abrasado por el sol, sin nada que beber ni comer más que mi propio orín, cada vez más escaso. Deseé que me llegara la muerte. A punto estuvo de alcanzarme. Cerré los ojos y me deje llevar. 

Cuando desperté, me encontraba en una goleta de nombre Vieja Esperanza. Me habían rescatado cuando estaba en el albor de la muerte. Me cuidaron y alimentaron hasta que recuperé las fuerzas. Luego, un gran vendaval nos sorprendió arrojándonos contra una costa rocosa. Muchos perecieron...

sábado, 16 de marzo de 2013

HUMANO 702.8

Ilustración: Carlos Rodón

Zeus despertó sobresaltado con la llegada del nuevo día. Se estiró lentamente, carraspeó un poco y sonrió al girar la cabeza y ver junto a él a la hermosa ninfa Calisto.
Ella seguía dormida cuando él comenzó a tocarle la cara. Tenía que tener cuidado para que Hera no la descubriera demasiado rápido, pero, por lo demás, se relamía al recordar la noche de pasión que habían pasado.
Calisto despertó en ese instante y le miró con cara picarona.
- Buenos días, grandullón.
- Hola Preciosa.
- Uhm... he tenido un sueño... - dijo mientras se llevaba un pequeño mechón de cabello a la boca - delicioso.
- ¿Me lo cuentas? - la profunda voz de Zeus se volvía casi un arrullo cuando amanecía junto a alguna de sus bellas acompañantes.
- No sé... si te lo cuento, no se cumplirá – rezongó Calisto acariciándole la pantorrilla con sus pies.
Zeus se incorporó un poco y comenzó a hacerle cosquillas. Las risas revolotearon por todo el Olimpo. Hera iba a oírles, pensó Zeus.
- Sshhhhhhiiiiiiiiissssss venga, no seas tontorrona... que soy Zeus. Sea lo que sea, puedo concedértelo.
- Uhm... qué tentador - Calisto sonrió a Zeus y, poniendo la voz más dulce y embaucadora que pudo, le dijo – he soñado que creábamos un ser bondadoso y feliz.
- JA JA JA ¡qué complicado!, ¿no? - y atrayéndola hacia él, continuó - podemos probar...
No salieron de la cama durante todo el día. Hicieron un repaso de todo el repertorio de posiciones amorosas que podrían pasar por la mente de cualquiera. El resultado positivo fue que 9 meses más tarde Calisto dio a luz a Arcas. El resultado negativo fue que Hera se enteró y condenó a Calisto a ser una tremenda osa tras el alumbramiento. Zeus, tratando de salvar la vida de Arcas, lo envió a la Tierra como hijo de un joven matrimonio que celebraba su luna de miel en Honolulú. Evidentemente, los padres de Arcas nunca supieron de toda esta intriga divina y, para ellos, todo fue de lo más normal.
Desde pequeño, Arcas destacó y sorprendió por su bondad. Cuando los niños se metían con el gafotas de la clase, él lo defendía. Cuando otros arrancaban las antenas a las hormigas para que se enzarzaran en duras peleas o las quemaban con lupas, él las alimentaba con migas de su merienda. Cuando unos se gastaban su dinero en chuches, él ahorraba y le compraba un bocadillo al mendigo del barrio. Y así fue creciendo sano, fuerte y feliz. Cuando tuvo que elegir la carrera universitaria, se lanzó de cabeza al Trabajo Social. Esto le permitió trabajar estrechamente con colectivos marginados y, lo que más le gustaba y llenaba, ayudar al prójimo.
En cuanto consiguió juntar algo de dinero, montó un comedor para gente sin recursos. La ayuda la conseguía de subvenciones y de una web “mercadillo” que montó por Internet.
Y así llegó el día en que...

------ o ------

En el laboratorio 3 del asteroide 121 Hermione, el Doctor Samuel Doce acaba de dar por finalizado su informe. Lleva varios lustros estudiando al ser humano y hasta ahora no había considerado que jugasen con fuego. Sin embargo, en la última versión Humano 702.8, su sensación ha virado completamente de rumbo. Han sustituido la fimbria del hipocampo por un conjunto de células que parecen devorar todo tipo de sentimiento piadoso o benévolo. El resultado ha sido un ser humano que disfruta con cada conducta destructiva llevada a cabo.
En la primera prueba, le dieron un pequeño mamífero suave y, teóricamente, atractivo a su vista. Inicialmente, el sujeto lo tomó entre sus brazos y lo acunó tiernamente (lo que les hizo pensar que todo había sido un fracaso). El mamífero dio señales de estar a gusto y confiado y, justo en ese instante, 702.8 le retorció despacio el cuello entre sus manos, sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos, hasta que dejó de respirar.
En la segunda prueba, descubrieron que el nivel de supervivencia había descendido por debajo del nivel de autosatisfacción. Fingieron un ataque al laboratorio. El sujeto no trató de salvarse, sino que, aprovechando el caos reinante, mató a todos los científicos (clones sin valor alguno) y cada muerte ocasionada, le generó un orgasmo de placer.
Hicieron más pruebas con esta versión, perdiendo incluso algunos ejemplares en el intento. Siempre llegaban a la conclusión de que todos sus actos iban encaminados a la autosatisfacción por encima de todo.
Samuel se sentía expectante. Habían dado con la naturaleza puramente destructiva del ser humano y, al día siguiente, comenzarían la prueba de carga. Tenían un ejemplar cigoto para insertarlo en el núcleo de experimentación 124, también llamado, Tierra. La idea era seguir todo el ciclo de vida del mismo, desde el nacimiento hasta su muerte, y ver su incidencia en el ecosistema terráqueo (en equilibrio desde hacía centenas de años y solo alterado puntualmente).
Durante uno de los periodos de descanso del planeta, inseminaron a una hembra humana con el cigoto y esperaron.
Desde el principio, el ejemplar de humano 702.8 dio muestras de no menos del 69% de su potencial destructivo. El embarazo fue complicado y ni siquiera llegó a las 40 semanas de gestación. La hembra humana elegida como madre se suicidó a los pocos meses de dar a luz a una bonita niña a la que llamó Nerea. En la Tierra el hecho se recogió como un accidente fruto de lo que llamaban depresión postparto, pero en el laboratorio tenían claro que el detonante había sido Nerea. Samuel apuntó en sus notas:
“La versión Humano 702.8 en su etapa más temprana es capaz de acabar con la vida de otro ser humano usando simplemente el llanto. El humano materno se vuelve inestable ante ambientes ruidosos, falta de sueño y aislamiento del exterior, llegando a preferir la falta de existencia”
Nerea fue creciendo y cada etapa nueva que comenzaba, estaba marcada por el dolor-placer... el dolor que ocasionaba a los que la rodeaban y el placer que a ella le producía esto. Su padre se había convertido en alcohólico cuando ella tenía unos 3 años. A los 14 le había convertido en amante suyo y, luego, lo maltrató psicológicamente por lo horroroso que resultaba un padre acostándose con su hija.
Samuel apuntó:
“La versión Humano 702.8 no siente apego por sus progenitores, llegando a copular con ellos sin importarle las complicaciones que genéticamente podría producir una descendencia de este tipo”
A los 16 tuvo un novio que terminó muriendo por mezclar drogas con coches. Un accidente, dijeron... pobre Nerea, dijeron...
Samuel apuntó:
“La versión Humano 702.8 es capaz de idear complicados planes de destrucción de un solo objetivo, pudiendo llegar a usar dicha destrucción en su favor”.
Y así llegó el día en que…

------ o ------

- Es curioso el enredo que estás montando – dijo Yeiayel.
- Es divertido, ¿verdad? El otro día estaba curioseando en las distintas dimensiones que tengo a mi cargo y la Tierra se había convertido en algo demasiado predictivo y aburrido. Mira que les tengo cariño, pero chico... qué aburridos que se estaban volviendo – le contestó Vehuiah.
(clack)
- Te toca.
- Uhm... ¿quieres acorralarme aquí o qué? – dijo Yeiayel.
- Ja,ja,ja no estaría mal, pero seguro que no te dejas – comentó Vehuiah - Entonces, ¿te gusta la que se está montando?
- No lo sé. Tiene pinta de que va a acabar mal. Nerea parece muy poderosa. Has metido a los científicos del asteroide 121 Hermione y... no sé... ellos van varios lustros de evolución por delante de los terráqueos. Creo que Arcas no tiene mucho que hacer. Ya sabes que creo que el ser humano es malo por naturaleza - dijo Yeiayel.
(clack)
- Uhm, buena pieza. No empecemos de nuevo con ese tema. Sabes que no me gusta. Arcas tiene sangre divina. Vencerá sin problemas.
- Ja,ja,ja... pero, ¿te estás escuchando? Venga... estaba contigo el día que creaste a Zeus y su Olimpo, ja,ja,ja. Son cuatro mindundis... si supieran lo que les rodea, se les caería el alma al suelo – Yeiayel miraba atentamente la pieza de dominó que tenía su amigo en la mano mientras intentaba distraerle con su cháchara.
(clack)
Vehuiah coge una de sus fichas y cuando la va a colocar levanta la mirada hacia Yeiayel y le dice:
- ¿Quieres que hagamos una apuesta?
(clack)
- ¿Una apuesta? ¿Estás de coña? Ya sabes cómo son los humanos.
- Precisamente por eso. Quiero demostrarte que son buenos por naturaleza.
- Venga ya... si no fuera por varias de tus intervenciones habrían desaparecido hace ya mucho tiempo.
(clack)
- Pequeños accidentes
(clack)
- Ja,ja,ja… ya, claro...
(clack)
- Bien. Si consigo que Nerea haga un acto de bondad infinita, reconocerás que los humanos son buenos por naturaleza y no volveremos a tocar este tema. Y si tú consigues que Arcas saque a relucir su verdadera naturaleza (según tú, malvada), ganarás tú... ¿qué quieres a cambio?
(clack)
- Mierda, no puedo poner ficha - Yeiayel lleva perdiendo en la última ronda toda la eternidad frente a Vehuiah - Si gano yo, empezaré todas las partidas de dominó.
- Trato hecho. Aunque perderás igualmente ja,ja,ja.
Vehuiah y Yeiayel se ponen de pie y se dan un apretón de manos para cerrar el trato.
- Ya veremos - dice Yeiayel.
- Mi última pieza, amigo. Gano.
(clack)

------ o ------

Arcas se levantó a las 6:15 de la mañana, como hacía todos los días de diario desde hacía 10 años. Se vistió con su chándal y se dispuso a revisar su agenda del día.
Hoy tenía comprometidas varias visitas:
·      A las 9:00, ir al asilo a charlar un rato con Ramón, que llevará despierto desde las 4:00 de la mañana.
·      A las 12:00, a la Iglesia de San Camilo para recoger las donaciones de comida y ropa mensual de los feligreses.
·      A las 14:00, a servir comidas en el comedor. Hoy es lunes, y los lunes siempre va más gente.
·      A las 17:00 visita al hospital. Hay un nuevo ingreso de un hombre con el espíritu más destrozado que el hígado alcoholizado que lleva dentro (Sergio). Posiblemente no pase de esta noche.
Hacia las 19:00 esperaba estar en casa de nuevo para poder poner al día los temas de la web porque llevaba una semana sin tocarla y tenía pendiente enviar varios mails de agradecimiento y otros tantos de solicitud de ayudas. Total, que desayunó fuerte y, a las 8:30 ya iba camino de su primera cita.
Todo fue más o menos rutinario, todo salvo el encuentro con Sergio. Arcas no se sorprendió de su historia, aunque como siempre, le hizo una muesca más en el corazón. Trató de contagiarle la esperanza y de curar alguna de las heridas que tenía en el alma para que su partida fuera lo más en paz posible. El hombre le contó lo mucho que amaba a su mujer Rocío y cómo esta había muerto trágicamente a los pocos meses de dar a luz. Le contó lo complicado y horrible que había sido la crianza de su hija Nerea, le contó cómo empezó a tontear con la bebida y cómo terminó acostándose con su niña. Arcas lloró por dentro ante cada uno de estos pasos y, al final, abrazó a Sergio mientras este expulsaba su último suspiro.
Fue justo en ese instante cuando una belleza castaña entró por la puerta de la habitación.
- Oh, papá... papá... no... no me dejes...
La chica entró corriendo y se tiró encima de la cama, totalmente arrebatada en lágrimas. Arcas soltó a Sergio al ver cómo la chica se le venía encima como si fuera la ola de un tsunami.
- papá... noooooo... papá
Pasados 15 minutos de lloros y ruegos para que Sergio no la dejara sola, Arcas se dirigió a la chica.
- Por favor, no llores más. Ha muerto tranquilo y en paz. Por favor... ¿Nerea?
En verdad Sergio tenía una sonrisa en su cara. La chica miró la cara de su padre y luego miró a Arcas. Se secó las lágrimas y le dijo:
- ¿Quién eres?¿qué hacías con mi padre?
Arcas le contó que a veces ingresaban en el hospital a alguna persona moribunda y que, por diversas razones, no conseguían dar con ningún familiar o conocido, y le llamaban a él para acompañarles en sus últimos momentos.
Estuvieron hablando durante horas. Hablaron de Sergio y hablaron de Arcas. Cada vez que intentaban hablar de ella, cambiaba de tema con alguna sonrisa o algún gesto puramente femenino que desarmaba a Arcas y le hacía caminar hacia donde ella quería.
Así, y con algún toque de Vehuiah y Yeiayel, que estaban de acuerdo en que los dos humanos estrecharan sus lazos, lo que comenzó siendo una cita extraña, terminó siendo una relación amorosa.
El doctor Samuel estaba asombrado. Nerea llevaba varios meses sin hacer el mal. No hacía el bien, pero, al menos, no había destruido ninguna vida más. No tenía claro si el nuevo elemento, al que había llamado macho Alfa, había ejercido un cambio conductual o si simplemente todo era parte de un plan meticuloso y paciente por parte de Nerea.
Samuel apuntó:
“El macho Alfa parece ejercer un efecto sedante y relajante sobre el Humano 702.8, que ha dejado de lado su naturaleza destructiva”.
Vehuiah empezaba a frotarse las manos. Se sentía ganador.
- Yeiayel, ve preparándote. Vas a ser mi segundón de por vida, ja,ja,ja - Vehuiah se metía con el otro dios.
- Tiempo al tiempo, compañero. Tiempo al tiempo.
Arcas había empezado a levantarse cada día un poco más tarde. Dormir junto a Nerea era tan delicioso, le producía tanto placer abrazarla y sentirla tan cálida junto a él, que cada día le costaba un poco más separarse de ella. Las citas ya no le parecían tan importantes. Su agenda empezaba a tener muchos agujeros
·               A las 12:00, ir al orfanato a ver a no sé quién para algo de libros.
·               A las 15:00, ir al comedor a ayudar a recoger... si me da tiempo.
·               A las 20:00, ir a la farmacia a por unos medicamentos que nos ha donado Vicente
Todos los huecos eran perfectamente taponados por Nerea. Ella era ahora su mundo. La web comenzó a no generar casi ingresos. Se le olvidaba dar las gracias a unos y a otros podía llegar a dárselas 4 o 5 veces y, normalmente, para cuando pedía la subvención de la fundación correspondiente, la fecha límite ya había pasado. Pero, no le importaba... nada importaba mientras tuviera a Nerea al lado.
El doctor Samuel apuntó:
“El Humano 702.8 parece defectuoso. Si continua así durante dos etapas más, sería recomendable traerla al laboratorio para hacerle análisis y una serie de test de Humphis para comprobar su estado.”
Yeiayel le comentaba a Vehuiah:
- Pues no lo tengo nada claro. Parece que empieza a equilibrarse la balanza de nuevo. Arcas abandona su lado blanco poco a poco.
- Na, esto será una etapa. Está enamorado el chico. En cuanto pase el enamoramiento volverá a su verdadera naturaleza.
Pero, Vehuiah comenzaba a preocuparse. Algo raro estaba cociéndose en todo esto. Nerea era demasiado opaca. No conseguía ver en su interior, cosa que le resultaba muy curiosa, porque él era el llamado “Dios elevado y exaltado por encima de todas las cosas”. Por encima de todas las cosas significaba que no podía equivocarse y aquí, algo no le cuadraba.
Pasó el tiempo y Arcas entró a trabajar en un banco. Su trabajo consistía en dar malas noticias a la gente. A veces, tenía que negarles la concesión de una hipoteca, a veces tenía que notificarles el embargo de su casa, a veces tenía que decirles que tenían la cuenta en números rojos y que si no pagaban ese mes, tendrían una multa. Hacía tiempo que su felicidad se había evaporado y con ella se habían ido su esperanza y su positivismo. Se había convertido en una especie de zombi aletargado, con una única razón para vivir... Nerea.
Fue terriblemente fácil para Nerea consumar su último acto. Su naturaleza así lo dictaba. Una hora antes de que Arcas llegara a casa, llenó hasta la mitad la bañera con agua tibia y echó los pétalos rojos de 12 rosas. Apagó la luz y encendió 10 pequeñas velas que daban un ambiente totalmente apacible al baño. Se desnudó, cogió la cuchilla de afeitar de Arcas y se metió en la bañera. Una sonrisa se dibujó en su cara mientras se hacía un corte (que le pareció precioso) en cada una de las muñecas. Sumergió los brazos en el agua y se dedicó a pensar y regodearse en la escena que contemplaría Arcas al llegar a casa.
Cuando Arcas llegó a casa y descubrió el cuerpo de Nerea en la bañera, sintió que los pulmones no le daban de sí. No querían funcionar... le faltó el aire... un fuerte dolor comenzó en su pecho y se fue irradiando hacia los brazos y los hombres. Cayó al suelo y fue arrastrándose con un brazo mientras con el otro se apretaba en el esternón hasta llegar a la bañera. Consiguió alzarse hasta ver la cara de Nerea... lo último que vio fue la su mirada... Nerea abrió los ojos unos segundos para verle boquear y comenzó a reírse horriblemente hasta terminar jadeando en un orgasmo, mientras el alma se le escapaba entre los labios a los dos.
------ o ------

Zeus sigue buscando amantes a escondidas de su mujer Hera y creyéndose el dueño del mundo.
Hera deja que su marido eche alguna canilla al aire de vez en cuando y, luego, idea torturas horribles para sus amiguitas.
Calisto llora por su triste destino en el cielo convertida en Osa Mayor tras su muerte.
Samuel hizo un último apunte sobre Nerea antes de continuar con sus investigaciones sobre el ser humano:
“El Humano 702.8 es perfecto. Ha dado positivo a la prueba de carga. Ha elegido la autodestrucción a cambio de la autosatisfacción. Con el número adecuado de ejemplares podríamos romper el equilibrio del planeta Tierra limpiamente”.
En algún lugar del universo, Yeiayel comienza todas las partidas de dominó y, hasta ha conseguido ganar alguna. Vehuiah sigue creando tramas para su divertimento en todas las dimensiones de las que es creador.

viernes, 15 de marzo de 2013

MIND THE GAP

Ilustración: Carlos Rodón Mondet

MIND THE GAP
Francisco Valverde (Valverdikon)


Cada día lo mismo, el mismo tono, la misma cadencia, MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP. Marco recordaba perfectamente la primera vez que visitó Londres, treinta largos años atrás, y pudo familiarizarse con la advertencia de marras. En aquella ocasión, no entendió su significado, pero ya le llamó mucho la atención la insistencia con la que la megafonía del metro la repetía sin descanso. Fue su profesora de inglés, la misma que gestionó la beca gracias a la que asistió gratis al campus de verano, quien le explicó el significado de la misma.
- Vaya tontería, los de aquí deben sabérselo de memoria, y los que no son de aquí no lo entienden. Qué lo digan en castellano para que lo entendamos nosotros.
- Chico, para eso estás aquí, para aprender inglés.
Eran otros tiempos. Los españoles viajaban a Londres en plan turista para disfrutar de la gran urbe e intentar aprender un poco de inglés. Despedido de su trabajo gracias a las bonanzas de las sucesivas reformas laborales y la voracidad de avaros directivos, tuvo que emigrar para lograr el sustento de cada día, dejando atrás amigos, familia, recuerdos y su Atlético de Madrid. A cambio de todo lo que perdió, logró dominio del idioma, nuevos amigos -un tanto superficiales- un buen sueldo y el placer de sentir, decenas de veces cada día, ese MIND THE GAP trepanándole el cerebro. A primera y última vista, la balanza que medía lo ganado frente a lo perdido estaba claramente desnivelada.
Seguía pensando en lo innecesario de repetir constantemente la advertencia. Era uno de esos pensamientos a los que te amarras en un momento dado y ni nada ni nadie puede hacer que cambies de idea, pese a lo nimio de la misma. La primera vez que tomó el metro –el tubo como dicen ellos- tras su regreso, le causó una grata y simpática impresión volver a escucharla, pero a la semana ya estaba harto, al mes irritado y al año escocido. Incluso llegó a escribir una carta a la oficina de atención al cliente para sugerir lo innecesario que resultaba. No obtuvo respuesta alguna. Luchar contra las ortodoxas tradiciones británicas nunca fue buena idea, una lucha condenada desde el inicio al fracaso.

Como siempre, desde hacía varios meses, estaba lloviendo. El cielo era de un tono gris plomizo que no dejaba resquicio a la esperanza de ver algún rayo de sol. A punto estuvo de salir de casa sin su mejor herramienta, el paraguas, con el que evitaba empaparse cada día. Caminó varias manzanas sorteando los charcos y lagunas que la lluvia había formado. Andaba por el extremo más alejado de la calzada para evitar que los vehículos levantaran una ola que le dejará sepultado. Todos los que, como él, caminaban por la calle a esas horas intempestivas, se dirigían a la estación de Embankment para tomar el metro hacia el trabajo.
Se introdujo en la boca a la vez que una anciana que ya tenía fichada de otras muchas veces. Vestía un impermeable verde con un sombrero verde, paraguas verde, zapatos verdes,... toda ella verde. Cuando ya estaba a resguardo de la lluvia, procedió a cerrar el paraguas, con tal mala suerte que le atizó un golpe a la anciana, desequilibrándola. Intentó sujetarla para que no cayera, pero lo más que consiguió fue moderar el golpe agarrándola por donde pudo.
- ¡Lo siento! ¡Lo siento! No la he visto. Soy un estúpido. ¿Se encuentra bien? –preguntó mientras se arrodillaba a su lado.
- Creo que sí, joven, pero a mi edad... nunca se sabe.
- Lo siento de verás. ¿Le duele algo? ¿La cadera? ¿Las piernas? ¿Algo?
- Solo ha sido el susto. Gracias a Dios tengo una buena reserva de grasa que ha hecho de colchón contra el golpe –sonrió tranquilizadoramente.
- Entonces, ¿le ayudo a levantarse?
- Si no te importa, prefiero estar un rato más así antes de intentarlo. No nos vayamos a precipitar. Por cierto, no nos hemos presentado, me llamo Laura Harris.
- Ah, yo soy Marco Lucena, soy español. Lo habrá notado por el acento. ¿De verdad se encuentra bien?
- Sí, sí, no estoy mal. Realmente hablas muy bien el inglés, pero está claro que no tienes el acento de aquí. Encantada. Me ayudas ahora a levantarme.
- Claro, claro, por supuesto.
Marco ayudó a la mujer a levantarse entre las miradas curiosas del resto de los usuarios. Algunos pasaban de largo, otros preguntaban si podían ayudar,... finalmente la cosa no pasó a mayores y Marco consiguió poner en vertical a la mujer sin problemas. Luego, la acompañó hasta el andén agarrándola del brazo como si de su nieto se tratara.
- Creo que no es la primera vez que te veo por aquí. ¿Vienes todos los días, verdad?
- Sí, uso el metro para ir a trabajar. Todos los días menos los fines de semana. Usted también viene todos los días, ¿a qué sí?
- ¿Yo?, todos los días sin faltar uno solo. Vengo a primera hora, me siento en un banco del andén y desayuno con mi marido.
- ¿Su marido? ¿Dónde está? ¿Viene ahora?
- No, no, mi marido murió hace varios años ya. El tiempo pasa volando. ¡Aprovecha el tiempo! –le sermoneó la anciana apuntándole con el dedo -El caso es que mi marido era el actor Laurence Harris. No sé si te sonará. No creo. En España nunca habréis oído hablar de él. Aquí llegó a ser bastante conocido. Tiene una voz preciosa, por eso le eligieron para grabar los avisos del metro, el célebre MIND THE GAP.
Marco no podía creérselo. Su cara se puso completamente roja y su boca se cerró en un extraño rictus. No sabía muy bien qué decir. Odiaba aquella frase, le sacaba de quicio, y ahora el destino le llevaba a conocer a la viuda de su autor.
- ¿Te encuentras bien? ¿Pareces enfermo? –preguntó la anciana preocupada.
MIND THE GAP –se escuchó por megafonía.
- Eh... ¿yo? Sí, sí, no es nada, es solo que... me tengo que ir, lo siento. Tengo que coger este convoy o llegaré tarde al trabajo. Hasta luego.
Se introdujo a la carrera en el vagón sin mirar atrás. El tren partió, paró en una decena de estaciones y llegó a su destino. No podía dejar de pensar en la anciana y en su supuesto marido. Se había comportado como un estúpido. No era más que una casualidad, un capricho del destino. La próxima vez que la viera se disculparía.

Pasaron los días. Acudía como siempre a la estación sin encontrarse con la anciana. Comenzó a preocuparse por ella, no fuera a ser que el golpe hubiese tenido complicaciones posteriores. Los días tachados se fueron acumulando en el calendario sin que hubiese rastro de la anciana. Pasaron semanas. No podía quitársela de la cabeza. Se sentía culpable. Lógicamente, no había sido adrede, pero aun así, su falta de cuidado podría haber resultado fatal para ella.
Dos meses después del fatal encuentro, Marco se levantó mucho antes de lo que solía. Había madurado la idea durante el viernes y se decidió a acudir por primera vez al metro en sábado. Metió su desayuno en una bolsa y salió, todavía de noche, a la calle en dirección a la estación, siguiendo el mismo recorrido que todos los días. Su corazón latía apresurado, tenía que asegurarse de que la anciana se encontraba bien.
Accedió a la estación, bajó al andén, miro a la izquierda; allí no estaba la señora. Tenía que estar al otro lado. Miró a la derecha; allí tampoco estaba.
MIND THE GAP -tronó la megafonía.
Estaba desilusionado, completamente desilusionado. No pretendía ser amigo de la anciana, mucho menos su pretendiente, solo quería saber que se encontraba bien, que no había sufrido ningún daño, sobre todo si él era el responsable del mismo. Arrastrando los pies fue a la papelera más cercana y arrojó la bolsa del desayuno para luego dirigirse a un banco donde se dejó caer.
El tiempo fue pasando. Los convoyes iban y venían, trayendo y llevando su ruido a la estación. Con una mano a cada lado de su cabeza, estaba absorto en sus cavilaciones, pero tenía que levantarse, no podía quedarse allí tirado todo el día.
MIND THE GAP –insistió la voz por la megafonía.
Con gran esfuerzo se levantó del banco dispuesto a marcharse a casa; quedarse tirado en el tresillo siempre era mejor que quedarse tirado en la estación escuchando aquella maldita voz. Se arrastraba a la salida del andén cuando vio enfrente algo que le llamó la atención. Su corazón comenzó a latir con fuerza. No puede ser. Fijó la mirada. Sí, era ella. Estaba en el otro andén, vestida completamente de rosa, pamela incluida. ¿Cuánto tiempo llevará allí?
MING THE GAP –continuó impertérrita la voz.
Corrió escaleras arriba, pasillo recto, escaleras abajo, hasta el banco en el que la señora Harris se encontraba. Estaba desayunando. Varias magdalenas y pastas reposaban sobre un pañuelo al lado de un termo de té.
- Hola, ¿qué tal se encuentra? –preguntó con una boba sonrisa en su cara.
- Bien, joven. Muy bien. Estoy desayunando con mi marido. Me encanta escuchar su voz. Por eso vengo todos los días. Hace mucho que no te veía. ¿Has estado enfermo? Siéntate y toma algo.
- No, no, he estado bien. Habrá sido la casualidad. He traído mi propio desayuno... ya me lo he comido. Gracias. ¿Lleva mucho tiempo aquí?
- Sí, un buen rato. Han pasado no menos de diez trenes en cada sentido. Estaba hablando con mi marido. Mis hijos no aprueban esto. Yo les digo que voy al parque, pero me vengo aquí. Creen que estoy loca y no lo estoy; es solo que me gusta escuchar a mi marido... hablar con él. Desde que murió, este es el único sitio donde podemos hablar.
MIND THE GAP –retumbó de repente el sonido en toda la galería poniéndole los pelos como escarpias y el corazón encogido en un puño.
Marco no sabía muy bien qué decir. Ciertamente, su comportamiento no era muy normal, pero también era cierto que la voz de su marido seguía sonando en la estación. Normal que la mujer quisiera escucharla.
- No se preocupe. Cada uno hace lo que quiere y esto no hace daño a nadie –Menuda subnormalidad acabo de soltar.
- Eso les digo yo. Me tratan como si fuera una niña pequeña, como si no supiera lo que hago, como si estuviera loca. Laurence, me pide que les haga cosas malas. Siempre fue muy posesivo. No quiere que nada me pueda apartar de él.
- ¿Cosas malas? –repitió Marco alucinando.
MIND THE GAP –tronó la potente voz llenándolo todo y dejando a Marco descolocado.
- Sí, cosas malas, ya sabes, hacerles daño, incluso una vez me pidió que los matara. Yo no creo que sea necesario llevar las cosas hasta ese punto, pero si algún día intentaran prohibirme venir... yo no sé de qué sería capaz.
MIND THE GAP –repitió estruendosa la megafonía sin respetar la frecuencia habitual. Marco no se lo podía creer, no pensaba que se tratara de algo sobrenatural. Era otra casualidad, una jodida casualidad. La anciana estaba completamente chalada.
- No creo que sus hijos le vayan a prohibir nada pero, en todo caso, no está bien hacerle daño a la gente. Si su marido le pide esas cosas, quizás fuera mejor que no le escu...
- Laurence me está preguntando quién eres –le cortó la anciana -Siempre fue muy celoso. Cuando un hombre se me acercaba, enseguida se ponía en guardia.
- Bueno, de mí no debe estar celoso. Yo... soy muy respetuoso con usted. He venido solo para asegurarme de que se encontraba bien.
MIND THE GAP –la grabación volvió a adelantarse a lo esperado, como si respondiera a sus palabras. Marco no podía creérselo. Empezaba a desear salir de allí cuanto antes.
- Laurence se está enfadando. Me ha dicho que odias escuchar MIND THE GAP, que le odias a él. Yo le he dicho que no puede ser, que está equivocado, pero se me ha puesto hecho una furia. ¿A qué no es verdad? Se equivoca, ¿verdad?
Marco no daba crédito a lo que oía. ¿Cómo podía saber esa señora que no le gustaba todo aquello? No, no es que no le gustara, es que simplemente lo odiaba.
- No, no... no sé a qué se refiere... será mejor que me vaya.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP –el sistema de megafonía parecía haberse vuelto completamente loco. Todas las luces comenzaron a oscilar mientras la catenaria crepitaba y varios rayos azulados saltaban de un cable al otro. No había nadie más en la estación –MIND THE GAP, MIND THE GAP –la megafonía seguía llenando de ecos la estación.
- Laurence no, ¡para!, es un buen chico, no le hagas daño por favor –suplicaba la anciana que continuaba sentada en el banco.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
Marco no podía creer lo que veía. Esto ya no era una casualidad. Salió del andén a la carrera con la adrenalina por las nubes. Tenía que escapar de aquel infierno bajo tierra. Las luces de los vestíbulos se comportaban de igual manera, oscilando arriba y abajo hasta que, de repente, comenzaron a subir en intensidad llenando todo de un fulgor blanco casi celestial. Con un estampido, el sistema de iluminación reventó dejándolo todo a oscuras. Marco, que continuaba a la carrera por los pasillos, se paró en seco sin saber para dónde tirar, girando sobre sí mismo, intentando protegerse de su invisible agresor que no paraba de gritar.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
Solo cuando la iluminación de emergencia se activó, Marco tuvo un respiro y pudo continuar la huida hacia la superficie. Las escaleras mecánicas estaban paradas. Subía los escalones de tres en tres con la lengua fuera y el corazón desbocado. El humo comenzaba a llenarlo todo dificultando la respiración.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
En un momento se plantó en la galería de acceso donde los paneles de los torniquetes se abrían y cerraban compulsivamente como si de la mandíbula de un caimán se tratara. Tampoco allí había ni rastro de vida, ni el personal de la estación estaba en su sitio ni había usuarios intentando acceder. La cabina donde se ubicaba la taquilla estaba llena de un humo grisáceo que salía por las rendijas de ventilación expandiéndose por toda la galería en forma de grandes volutas. La puerta del cuarto de control había reventado por una explosión y, en su interior, el fuego lo consumía todo.
Por un momento pensó que no era más que un mal sueño en medio de la noche que remitiría en un instante. Deseó que así fuera; se pellizcaba en el antebrazo pero la pesadilla no finalizaba.
Tenía que escapar de allí. La salida a la calle estaba tan cerca... solo tenía que atravesar la línea de torniquetes dentados.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
Se cubrió nariz y boca con la camisa y, antes de lanzarse contra los torniquetes, calculo la frecuencia de cierre que seguían. Estaban desbocados. Le iba a ser casi imposible atravesarlos sin llevarse un buen mordisco, pero era eso o morir allí. Una, dos y... cogió impulsó y dio un salto para cruzar lateralmente el torniquete. Vio como las hojas se cerraban delante de él y se abrían justo cuando comenzaba a cruzar. Hizo un escorzo recogiendo el cuerpo para ocupar el menor espacio posible, pero las hojas se cerraron antes de lo debido, como si hubiesen olido a su presa.
- Ahhhhhhhhhhhhh
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
Los paneles se cerraron por debajo de su rodilla izquierda partiéndole la tibia y el peroné. El dolor llegó inmediatamente después del brutal crujido. Cayó al suelo todavía atrapado por la fiera que no volvió a abrir sus fauces. Las lágrimas afloraron a sus ojos. Si no conseguía liberarse, iba a morir ahogado o quemado. Comenzó a dar patadas con la pierna derecha contra las hojas. Cada movimiento era más doloroso que el anterior pero no podía desfallecer. Los golpes no sirvieron de nada, así que optó por intentar deslizar la pierna hacia abajo. Agarró la pantorrilla con ambas manos y empujó hacia abajo, logrando desplazarla un par de centímetros. El dolor que provocó el movimiento, quedó mitigado por el desplazamiento. Con otros tres o cuatro empujones conseguiría liberarla completamente. No había tiempo que perder. El humo comenzaba a llegar a media altura.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
La presión de las hojas sobre la pierna provocó la aparición de heridas que comenzaron a sangrar, manchando el metacrilato de rojo brillante. El segundo empujón fue menos efectivo que el primero pero igualmente doloroso. La pierna se desplazó alrededor de un centímetro. Marco se conjuró para acabar cuanto antes. Aplicó todas sus fuerzas en brazos y tórax en el tercer empujón. La pierna se deslizó varios centímetros más pero no quedó libre. El dolor fue tan intenso que no remitió hasta pasado un minuto, retornando a su insoportable nivel previo.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
A la cuarta fue la vencida, quedando la pierna libre. Las hojas volvieron a abrirse y cerrarse compulsivamente, conscientes de la pérdida de su presa, buscándola, deseando entrar en contacto con la sangre que manaba de la herida abierta. Su pantorrilla izquierda colgaba grotescamente un poco por debajo de la rodilla, impidiéndole andar. Tenía que ponerse a pata coja para avanzar rápido. Apoyó una mano en la parte alta del torniquete metálico, y cuando fue a colocar la otra, una descarga eléctrica de baja intensidad le hizo desistir.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP... -La voz continuaba su salmodia infernal a través de la megafonía, como riéndose de él.
No quería tocar nada más que pudiera dañarle. Avanzó a rastras por el enlosado suelo dejando un gran rastro de sangre. Viró a la izquierda para afrontar el último trecho.
- ¡Noooooooooo!, ¡Maldita sea!, ¡Nooooooooooooooooo!
El motor que accionaba el cierre metálico estaba en funcionamiento. En aquel momento solo quedaba un resquicio. Para cuando él llegará hasta allí, la estación estaría clausurada, chapada, sentenciada. No tenía ninguna oportunidad de escapar por allí.
- ¡Piensa Marco!, ¡piensa!
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
- ¡Cállate, maldito hijo de puta bastardo!
...MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP...
Abandonando la idea de escapar por el acceso, giró sobre sí mismo y miró aquí y allá buscando algo. Entre la humareda, cada vez más densa, descubrió el apagado brillo de una señal que marcaba la posición de una puerta de emergencia. Se dirigió hacia allá lo más rápido que pudo, apoyándose en la puerta se puso en pie y presionó la barra hacía el exterior. La puerta se abrió con un leve chirrido, la humareda del vestíbulo comenzó a escapar por el resquicio. Empujó más y, a medida que lo hacía, la potencia de la corriente de aire iba incrementándose exponencialmente. La galería iba quedando libre de humo, el ruido del aire era tal, que apenas se escuchaba la megafonía, pero allí seguía socarronamente. Cuando la puerta estaba a mitad de su recorrido, Marco perdió el control sobre ella. El viento la abrió de golpe y quedó suspendido en el aire, flotando con todos los miembros estirados; bajo él, un enorme pozo, profundo, insondable.
MIND THE GAP, MIND THE GAP, MIND THE GAP, ...
«¿Era este el agujero al que te referías, hijo de puta?»
Todo el humo que abandonaba el vestíbulo se colaba por la sima hacia el interior de la tierra. Al fondo se podían vislumbrar explosiones, llamas, criaturas aladas girando en círculos, emanaciones de lava,... el mismísimo infierno.
Las fuerzas de Marco fueron menguando hasta que la barra se le escapó de la punta de los dedos. Cayó en la sima, girando en círculos y sobre sí mismo, hasta que sus gritos se apagaron.
La puerta de emergencia se cerró de un portazo.

miércoles, 13 de febrero de 2013

CERRARÉ LOS OJOS


CERRARÉ LOS OJOS
Carlos Rodón

Poemas extraídos del libro 50 Desvaríos ocasionales
por cortesía de Ana Vivancos Wisquensin.
(Gracias por tu generosidad)

“Cerraré los ojos”
“Los cerraré. Contaré hasta diez y el demonio desaparecerá”

Ilustración: Kike Alapont
Eva María lo tenía todo preparado para inaugurar su primer día de playa de aquél recién comenzado verano. Había pedido un adelanto de quince días en el trabajo y como las cosas tampoco marchaban bien en la empresa decidieron concedérselos sin poner demasiadas trabas. Sus amigas Ana y Mónica llegarían a La Pineda el viernes por la noche con lo cual disponía de tres días para ella sola. Para relajarse de las incertidumbres de la fábrica, olvidarse de los ERES, del mal ambiente que llevaba todo un año respirando y sustituirlo por el revitalizante aire de la costa. Necesitaba con extrema urgencia huir del insaciable y fagocita devenir urbano de una Zaragoza que se le antojaba cada vez más impersonal y asfixiante.
Y allí estaba dispuesta a recargarse las baterías y hacer únicamente lo que le viniese en gana. A saborear cada minuto y a ponerse al día con toda la lectura acumulada en los últimos meses. De hecho ya tenía un libro preparado en la desgastada bolsa de NIVEA que cada verano la esperaba pacientemente en el fondo del armario del dormitorio. “50 Desvaríos ocasionales” era el libro elegido, un poemario escrito por una autora oscense, que ya había leído en la quietud de su piso zaragozano durante las noches invernales, recogida en una esquina del sofá de su salón bajo la amarillenta luz de la lámpara de pie con pantalla, heredada de su difunta madre. Le gustaba repasar sus páginas una y otra vez, por ese motivo decidió traérselo de vacaciones. Su intención era tenerlo como libro de referencia para momentos de soledad. Y siendo un martes de principio de junio no esperaba tener muchas interrupciones en la playa tarraconense, ya que tradicionalmente en La Pineda la gente solamente abarrotaba las salinas orillas en la última semana de julio y la primera de agosto. El resto del verano y entre semana apenas se contaban cien personas distribuidas a lo largo de los cinco kilómetros de caliente arena, eso tirando por lo alto y aquél año no tenía el por qué ser una excepción.
 El reloj de cuco colgado junto a la librería de pino acababa de anunciar las siete de la mañana, como siempre le pasaba tras un viaje, los nervios le habían ganado la partida al sueño y ya llevaba despierta un par de horas. Tiempo que dedicó en adecentar un poco el apartamento, no sin antes prepararse un café bien cargado con unas magdalenas medio duras que reposaban desde la pasada Semana Santa en la caja metálica de galletas del estante sobre la nevera. Eva María nunca había comprendido por qué en aquella antigua caja de galletas las cosas tardaban tantísimo tiempo en echarse a perder.
Recostada en una tumbona de la terraza, con la faena terminada, apuraba un cigarrillo mientras se dejaba acariciar por la brisa de la mañana dedicándose a observar su sitio preferido de la playa, mientras pensaba con una sonrisa en los labios que debería reclamar al ayuntamiento la propiedad de ese rincón. Era la zona más pedregosa y por tanto la menos concurrida. Su "reino privado" se situaba junto al espolón de enormes rocas que se adentraba unos cien metros en el mar, separando la zona de baño con la cercana área del puerto de la refinería. Un enorme monstruo que presidía el horizonte con su obscena silueta de tubos y luces sin alma. Depósitos, herrumbre y malos olores era su legado a un litoral en donde atracaban enormes petroleros para desangrar su contenido, a través de sucios conductos hasta las avaras panzas de los gigantescos globos metálicos que nunca parecían estar saciados del oleoso manjar.
Los primeros y casi tímidos rayos de sol afloraban entre las nubes comenzando a acariciar las húmedas arenas de una playa invadida por inquietas gaviotas, que en grupos devoraban los restos desperdigados por la nocturna marea, ahora en retirada. Eva María comenzaba a creerse ella misma con aquellos primeros destellos de calor. Simplemente cerrando los ojos y respirando hondo, muy hondo el aroma del mar percibía ese nexo tan especial con la naturaleza que tanto tiempo había añorado. Se sentía parte de un todo. Un eslabón perfectamente  engranado en la maquinaria de la vida, al tiempo que muy despacito se iba reclinando en su silla hasta lograr apoyar los pies sobre la barandilla de la terraza, consiguiendo un estrafalario equilibrio, empero, su postura preferida. La quietud de la mañana y el revitalizante olor de la cercana masa salina no resultaban todavía suficiente estímulo como para apartar de la memoria el hecho de que su madre ya no pasaría ni un verano más en aquél apartamento.
Necesitaba como fuere exiliar aquél sentimiento de vacío y pensó en el bikini a rayas que se compró en una de las tiendas del Gran Casa. Eso de estrenar siempre le había encantado. Decía que un bikini nuevo traía buena suerte y éste lo había conseguido por un precio bastante ajustado. Contenta por la adquisición ya que pensaba gastarse más dinero, se hizo también con un gorro fucsia de amplio vuelo y a juego un fular de gruesas e imprecisas líneas granates y moradas. Ese día hubiese sido sin lugar a dudas el mejor del mes de abril si no fuera porque llegando a casa, feliz por su compra, recibió una llamada que borró por completo la sonrisa de su semblante. Su madre acababa de ser mortalmente atropellada en un cruce entre Sagasta y Goya.
Los recuerdos de aquellos terribles días sufridos dos meses atrás le asaltaron con vívida fuerza. Socavando sin que pudiese evitarlo a su ridículo intento de apartarlos. Hasta el punto de enflaquecer su ánimo, ensombreciendo la euforia vacacional recién estrenada. Dos lágrimas se escaparon del cerco de sus ojos, se las secó con rabia. No estaba dispuesta a dejarse llevar de nuevo por la tristeza, no allí, no ante su amada costa, no ahora que lo que necesitaba su joven aliento era la distracción que le ofrecían las trivialidades del entorno estival. Levantándose con genio se dirigió a la bolsa amarilla de NIVEA y cogió el ejemplar del poemario que tantas veces le había ayudado en aquellos días pasados. Los versos de aquél libro poseían el poder de reconfortar su espíritu, y lograban la magia de apaciguar sus emergentes estados de angustia como ningún otro había conseguido hacerlo.
"Ni persona alguna" se dijo.
Delicadamente separó las hojas sin mirar, siguiendo un ritual inventado por el azar para aquella publicación. Lo hizo el primer día que lo tuvo entre las manos y la maravilla encontrada le animó a seguir haciéndolo. Curiosamente siempre y cada una de las veces encontraba un poema por su inicio. Ese detalle le había llegado a maravillar, ella y aquellos “50 desvaríos ocasionales” poseían un pacto tácito que ambas partes respetaban y consumaban, convirtiendo el ritual en un juego excitante y divertido.
Ante sus ojos apareció el poema XLIV. Una sonrisa de complicidad se dibujó en su cara, era como que el libro supiese cuál era el texto que necesitara en cada momento.
Una nube oscurece el perfil de tu esencia
llega turbia con la noche
tu sol escapa en la tormenta
fría intensa tu sonrisa tiesa.
Nube entristecida y sola
negra como las fauces de un tigre
ríe como las hienas.
Cree que ha vencido al frío
piensa que ya no regresas.
No hay furia en esta noche
sólo una infinita espera.

Cerrando el libro quedó un buen rato pensativa, inmersa en su mundo interior, desligándose de la realidad por completo, sucumbiendo entre las brumas de su oscura nube. El cigarrillo que tenía entre los dedos se consumió por completo sin que ella se diese cuenta. La ceniza cayó al suelo originando una notable estridencia que le hizo volver de su trance. Le había parecido que el vaso de café se había hecho añicos, sin embargo ahí estaba sobre la mesa, tan tranquilo. Se apresuró a apagar la colilla que comenzaba a chamuscarle los dedos mientras se miraba la ceniza del suelo.
"¿Cómo es posible que haya hecho tanto ruido?"
Creyó que algo en la calle, cuatro pisos más abajo, había tenido que producir ese sonido atronador, su subconsciente habría relacionado el sonido exterior con la ceniza y el cigarrillo que la comenzaba a quemar, seguro. Se asomó, pero la calle estaba en total calma. Sin entender nada se encendió otro pitillo y se fue para la cocina a ponerse más café. Estaba claro que aún estaba dormida.
Al regresar a la terraza la ceniza no estaba en donde la había dejado, echó una mirada y la vio reptando como un gusano en dirección al murete separador que delimitaba la frontera entre la terraza y la de su vecino. No daba crédito a sus ojos, no podía hacerlo. Pero aquella reptante ceniza siguió su camino perdiéndose por el agujero de desagüe entre ambos balcones. Corrió hasta allí y agachándose hasta tocar con la mejilla en el suelo miró por el sumidero, al otro lado no vio nada más que la pata de una silla de plástico y una pequeña pelota roja. La visión que ofrecía el agujerito era claramente insuficiente así que arrimando la mesa contra el murete se izó sobre éste para tener una mejor perspectiva de la terraza contigua.
Allí estaba la infame ceniza/gusano que continuaba su sinuoso reptar. Los vecinos de al lado, una pareja francesa con un niño de unos seis años estaban desayunando. La mujer observaba entre bocado y bocado a una tostada con mermelada a través de unos binoculares, posiblemente en dirección a los petroleros que se acercaban por el horizonte. El marido leía despreocupadamente un ejemplar de "L'indépendant" dándole pequeños sorbos a una taza sin apartar su atención del rotativo, mientras el niño enredaba con unos gajos de naranja que tenía dispuestos sobre la mesa a modo de navíos enfrentados en singular batalla. La ceniza comenzó a subir por la pata de la mesa y ante su estupor terminó por introducirse en el bote de mermelada de fresa. Eva María no supo qué hacer, quiso advertirles, gritar algo pero permaneció callada. ¿Cómo decirles lo que acababa de pasar sin que la tomaran por loca?
Bajó de la mesa y entrando en la vivienda se dejó caer en el sofá, anonadada por aquél suceso, intentando buscar una respuesta a lo que sabía escapaba a cualquier lógica. Tardó unos quince minutos en reaccionar hasta que decidió irse a dar un relajante paseo y luego pasar la mañana tirada en la playa hasta la hora de comer.

El cíclico sonido del romper de las olas contra la orilla resultaba algo hipnótico para sus sentidos, mantenía los ojos cerrados y plantándole cara al sol del mediodía se dejaba azotar por su inclemente calor recibiendo toda la vida que los elementos le regalaban. Consiguiendo a duras penas sentirse bien consigo misma, relajada y en comunión con el entorno. Podía estarse así durante horas, de hecho esa mañana para ser el primer día llevaba demasiado tiempo expuesta al astro rey y la cabeza comenzaba a dolerle. Dándose la vuelta le dio la espalda al sol, pero no al mar. Se encasquetó el gorro fucsia de amplias alas, bebió un buen trago de agua de la botella que guardaba en la sombra de la bolsa y echó mano al libro, a su libro. A aquél cómplice compañero que tan bien entendía a su corazón, pensando en cuál sería el regalo en forma de poema que le depararía su amigo para aquella tranquila mañana.
Abrió el libro con el cuidado de quién acaricia el rostro de un niño y ante ella apareció el poema XXII.
Arrojo paladas de arena a los ojos de tus fieras.
Sumerjo mi mundo en la bruma oculta de la
espuma perfecta de este mar que te aferra.
Echo de menos tu agua bañando mis humildes orillas
agotada la fuente de tus besos
un día es un abismo entre tus corrientes marinas.
El mar seca y destruye mis playas
acantilados desnudos que no dejan recostarme en tu aura.
La arena entierra mis recuerdos
son falsos momentos de felicidad en mi cuerpo.
El mar me arranca violento de tu centro.
Echo de menos tu cielo
hundido en los rincones perdidos del tormento
el fuego eterno de unos besos asola mi firmamento.

"La arena entierra mis recuerdos" repitió para sí.
Ojala fuera verdad, ojala aquella perturbadora imagen de la mañana abandonase su mente, pero por más que intentara desviar la atención o distraer la cabeza la inquietante escena de la ceniza/gusano atormentaba su ánimo. Incluso llegó a preguntarse si al consumirla mezclada con la mermelada aquellos franceses iban a sufrir algún daño. Se dijo que aquello eran bobadas, que esas cosas no pasaban en el año 2013, para luego desdecirse pensando en que tampoco era algo habitual que la ceniza cobrase "vida" para irse de paseo a su antojo. Confundida se quedó mirando la línea difusa de un horizonte en donde se hacía imposible discernir cuando el cielo empezaba y cuando acababa el mar. Se sintió sola y perdida ante aquella inmensidad de agua marina.
"Echo de menos tu cielo"
Necesitaba a su madre junto a ella, el calor de sus sabios consejos, la arrugada y firme mano de aquella mujer que, siempre con una caricia, le había guiado por la senda de la razón, de la verdad, de la cordura.

Quería darse un baño, el último antes de abandonar la playa por hoy, pero sentía una inseguridad creciente dentro de su alma, llevaba un rato muerta de calor y no se atrevía a ese último baño, como si postergando el momento también retrasara la hora de volver al apartamento. No dejaba de repetirse que se estaba comportando como una tonta, que no pasaba nada, Que todo aquello tenía que ser una alucinación, una broma de mal gusto jugada por una mente atormentada y muy cansada tras el fallecimiento de su madre, por la asfixiante situación laboral y por la reciente ruptura con su pareja.  O quizá fue por el cambio de aguas o aquellas magdalenas revenidas de la caja metálica de encima de la nevera.

Estaba de vacaciones y el cielo sabía que bien merecidas, no estaba dispuesta a dejarse llevar ni un minuto más por aquellas paranoias estúpidas. Así que se levantó y corrió al agua, la sintió helada en los pies pero le dio lo mismo, necesitaba limpiar toda aquella basura de su mente y se arrojó de cabeza sumergiéndose medio metro y saliendo a la superficie con una sonrisa en la mirada. Nadó unos metros gozando del líquido entorno alejándose al interior, pero no mucho. La bandera ese día estaba izada y su color rojo indicaba que el mar traía fuertes corrientes bajo sus aguas.
Por un instante le pareció notar como una fría corriente submarina quería llevársela al fondo, pero ella estaba en plena forma y dando unas brazadas se apartó de su maléfico curso. Chapoteó alegre de su victoria cuando a unos sesenta metros de su posición le pareció ver algo agarrándose en la boya cónica que delimitaba la zona de baño con la de paso de embarcaciones de recreo a motor. Quedó quieta para fijar la mirada. Era un perro, parecía la cabeza de un perro que pujaba por mantenerse a flote, uno de esos de caza con grandes orejas marrones. Le dio un vuelco al corazón. Echó una mirada a la playa que permanecía desierta salvo por un grupo de ancianos que estaban demasiado alejados, en la torreta del vigía no había nadie, no se lo pensó más y dirigió su nado hacia el apurado animal.
"Pobrecito, debe estar muy asustado" pensó mientras aceleraba la cadencia de sus brazadas.
Le debían faltar como diez metros para alcanzar la boya cuando el animal posiblemente exhausto desapareció bajo las aguas, Eva María quedó por unos segundos flotando sin saber cómo reaccionar mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Se sumergió y comenzó a bucear en la dirección por donde había desaparecido el perro mientras en su mente se repetía una y otra vez.
"Vamos, tú puedes Eva, tú puedes Eva"
Lo primero que alcanzó a ver en la semioscuridad fue la cordada del anclaje de la boya.
"Bien" se dijo "Te encontré"
Sintió cómo le empezaban a fallar los pulmones y tuvo que subir a coger aire, lo hizo y volvió a bajar en pos del can con la exigua esperanza de hallarlo con vida. A cada brazada la oscuridad que la rodeaba era mayor, los ojos le escocían, los pulmones se le quejaban, los músculos se agarrotaban por el frío que traían aquellas corrientes submarinas. Pero ella sabía que no podía volver a subir a por aire, no si quería sacar de allí al perrito. Dos metros más abajo vio la sombra del animal que caía suavemente hacía las profundidades, apresuró el buceo a sabiendas de que se la estaba jugando. Al límite de su aguante alcanzó el bulto, pero aquello no era un perro. No daba crédito y tampoco disponía del tiempo necesario para pensar. Aquello era un saco anudado de áspera tela. Creyó que igual el perro estaba dentro, ya que apenas pudo ver más que la cabeza junto a la boya, "¿pero cómo?" "si estaba cerrado", no podía irse sin comprobarlo. Lo abrió con el penúltimo resquicio de aire que albergaba en sus pulmones y lo que halló dentro hizo que lo soltara, hizo que su rostro se descompusiese de horror, hizo que sus pulmones expulsaran el último halo de aire que guardaban, hizo que la oscuridad invadiese su mente.
Diez gatos sin cabeza comenzaron a flotar hacia la superficie liberados de la prisión del saco pasando por delante de sus narices, de unas narices que ya no expulsaban graciosas burbujitas de aire, braceó mientras notaba como el agua invadía el interior de su cuerpo mientras la invisible fuerza de una fría corriente submarina la empujaba a la oscura profundidad. Miró para comprobar con pavor que no era una corriente lo que la arrastraba al abismo, era una sombra viscosa y helada que la miraba con ojos de fuego. Le pareció la sombra de la muerte.
"Cerraré los ojos" se dijo.
" Los cerraré. Contaré hasta diez y el demonio desaparecerá"
El silencio y la oscuridad eran totales, sentía una suave brisa acariciando su piel desnuda, la paz era total, la sentía desde su interior, todo estaba en orden. Escuchó el tintineo de un tenedor batiendo huevos en un plato y un familiar olor a torreznos llegó hasta ella.
"Mamá" se dijo.
Eva María abrió los ojos, su bikini de rayas había desaparecido, se encontró completamente desnuda tumbada sobre el sofá del salón del apartamento, era de noche y la única luz que iluminaba la estancia era la de la cocina. Unos sincopados pasitos llamaron su atención. Al girar la cabeza vio como una gallina con cabeza de perro se acercaba hasta ella. La gallina con cabeza de perro comenzó a lamerle la mano con cariño.
"Dos" dijo ella con alegría y rodeando la cabecita con ambos brazos le dio un sonoro besote en toda la frente. Era el perrito que tuvo de niña.
El perro/gallina la miró con nostalgia mientras decía.
"Te he echado mucho de menos"
Eva María palmeó su cabeza "Yo a ti también pequeño"
Se levantó y se dirigió a la cocina seguida muy de cerca por Dos que meneaba su cola de gallina como un loco. Abrió la puerta de cristal opaco y allí estaba ella, los ojos se le llenaron de lágrimas de pura emoción, no podía dar ni un paso de lo sobrecogida que estaba.
"Mamá..." comenzó a decir entre lloros.
"Mamá...te quiero tanto"
La madre le miró con un reproche en el gesto, dejó la fuente donde batía los huevos sobre la encimera, apartó la sartén del fuego, secó sus firmes y arrugadas manos en el delantal.
"Hija mía" dijo dirigiéndose hacia ella.
La rodeó muy fuerte con sus viejos brazos, ambas se abrazaron y comenzaron a llorar mientras Dos, el perro/gallina, daba vueltas alrededor de las dos mujeres ladrando de felicidad.
"Eva María hija mía. ¿Cómo has tardado tanto?" dijo la madre tras besar su frente.
"Lo siento madre...yo..."
"Anda ve a ponerte algo encima no vayas a coger frío criatura"
La muchacha se dirigió al dormitorio y mientras se ponía una bata de ir por casa reparó en que en su lado de la cama descansaba su libro preferido. "50 Desvaríos ocasionales". Sonrió complacida, ahora sí estaba todo en su sitio. Se sentó en el canto de la cama, abrió el libro al azar, con la misma delicadeza con la que un pianista acaricia las teclas mientras interpreta un nocturno de Chopin, el libro le regaló el poema XXX.
De nuevo su cómplice amigo había encontrado los versos precisos para apaciguar su consternado corazón.
Ayúdame, cielo
consígueme una estrella
consígueme su brillo
para iluminarme el camino
y llegar hasta su vera.
Consígueme, cielo
la estela de un cometa
para agarrarme a su cola
y volar cerca de ella.
Ayúdame, cielo
dame tu lluvia
dame tu viento
dame tu luna
para poder arrimarme
y besarle el cuello.
Si tú, cielo
fueras bueno
me darías todo eso,
y no tus rayos y tus truenos.
Sólo me diste, cielo
tus tormentas y tus fuegos.