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martes, 8 de enero de 2013

Querida Nora

QUERIDA NORA
Francisco Valverde (Valverdikon)


Querida Nora  

Hace poco, como siempre a principios de mes, te escribí una breve nota. Pese al breve lapso de tiempo transcurrido, la verdad es que no recuerdo siquiera el tema general de la misma, pues desde ese momento han sucedido tantas cosas, que he estado volcado completamente en la resolución de esos asuntos. Sin embargo, no dudes que mi cabeza, y sobre todo mi corazón, te han tenido muy presente, con tanta intensidad que solo el decoro y el pudor pueden impedirme plasmar con palabras todo lo que siento por ti. Solo pronunciar tu nombre provoca en mí una oleada de pasión tan honda, que siento como si se resquebrajaran todos los cimientos que componen mi persona, cimientos que creía profundamente arraigados antes de conocerte. ¡Al diablo con esos estúpidos cimientos!
Mi corazón corre desbocado cada vez que el cartero deja la correspondencia semanal, y se parte en millones de pequeños e irregulares fragmentos cuando descubro que ninguna de las cartas es tuya. Te juro por Dios, que la desazón que esto me produce dura varios días, durante los cuales permanezco postrado en cama, sin apenas comer ni dormir. Solo la esperanza de que en la siguiente remesa llegue esa tan ansiada respuesta me mantiene con vida, eso y pensar en ti. Ya ves que, pese a que ninguna de mis misivas ha tenido respuesta, aun permanezco firme en el amor que te profeso, pues sé que en el fondo de tu corazón, tú sientes lo mismo por mí, y ruego a Dios que un rayo de su luz celestial te permita verlo. Muchas veces he pensado que esa ausencia no es tal, sino que mis padres alteran la correspondencia con el fin de cercenar mi amor, sin darse cuenta de la profundidad que alcanzan sus raíces.
Cuando al pasear por las calles, o en la universidad, escucho pronunciar tu nombre en boca de otro hombre, una oleada de celos me golpea con tal ferocidad que siento la necesidad de matar con mis propias manos al desgraciado que ha osado manchar tu sagrado nombre con su sucia saliva. Solo una gran dosis de autocontrol impedía que la cosa pasara a mayores, un autocontrol que ha ido menguando hasta desaparecer absolutamente. Da igual que no se refieran a tu persona, tu nombre fue creado para ser pronunciado solo por mis labios.
Si bien en mis notas anteriores te he hablado de mis sentimientos por ti, nunca había hablado tan abiertamente de ellos contigo, razón por la que supongo que estarás un tanto estupefacta. Sí Nora, sí, te amo, te quiero desde lo más profundo de mi ser. Si mi alma ha de arder en el más profundo de los infiernos y sufrir las penurias más terribles para purgar sus culpas, ¡así sea con tal de que estemos juntos!
Quiero casarme contigo sea ante Dios o ante Belcebú, quiero tenerte junto a mí o sé que enloqueceré si no estoy ya loco. Dios sabe que he enloquecido de amor por ti. Cuando hablé a mis progenitores sobre nuestro matrimonio, no he de negarte que se opusieron con rotundidad, amenazándome incluso con desheredarme. Como si me importara lo más mínimo el oro. ¿Qué es el oro comparado con tu amor? Ya sabes que ambos proceden de antiguos linajes dinásticos, razón por la que le dan mucha importancia a la sangre. Es una tradición familiar el unirse sin amor, enlazarse por imposición paterna con sangre de igual o superior pureza buscando prolíficas alianzas.
No debes preocuparte por su negativa. De nada vale ya. Yo procedo de la suma de esos dos antiguos linajes. Por mis venas corre la sangre de los antiguos señores feudales de estas tierras, la sangre noble que fue derramada en múltiples batallas, la sangre que quiere fundirse con la tuya en una unión perfecta, la misma con la que ahora compongo esta mi declaración de amor, la sangre derramada de mis padres. Ahora que estoy frente a sus cadáveres, me doy cuenta de lo delicada y efímera que es la vida. ¿De qué sirve el abolengo cuando uno muere? ¿Dónde queda el verdadero amor en ese estado? Nada, bien digo nada, se puede interponer ante el amor en vida, pues solo en vida se pueden disfrutar de las venturas que este trae.
No temas, nunca podría hacerte daño, al menos mientras mantenga la cordura. No pienses que ya he perdido la cabeza. He meditado mucho este cruel acto antes de llevarlo a cabo, y solo lo he culminado cuando he creído que no había otra salida posible. Volvería a hacerlo una y mil veces. Sé que
lo que he hecho es algo terrible, pero sé que podrás y sabrás perdonarme por ello. Esta es la más profunda demostración de mi amor por ti, de que estoy dispuesto a todo con tal de pasar el resto de mis días contigo, y de que nada podrá interponerse entre los dos.
Si me aceptas como tu prometido, seré el hombre más dichoso sobre la faz de la tierra. Si me rechazas, mi vida no tendrá sentido, pero eso carecerá de importancia pues caeré en la más honda de las locuras, la más profunda y oscura, un pozo del que nunca podré escapar. Temo que en ese caso se desataría la bestia que hay dentro de mí. Ella podría hacerte daño.
Lo he dispuesto todo para que no sufras ningún mal. No podría perdonármelo. Junto a esta carta encontrarás una pequeña llave. Es el duplicado de la que yo poseo, la que abre el candado con el que me encadenaré a la cama. Dejaré la llave de la puerta principal bajo el felpudo. Voy a despedir a toda la servidumbre con la excusa de que en breve abandonaré el país. De esta forma, no podrán intervenir en mi destino, fatídico o feliz, elección que solo te pertenece a ti. Mi último encargo para ellos será el envío de esta carta. Antes de encadenarme y arrojar la llave lejos de mi alcance, me amordazaré con el pañuelo que mis queridos padres se intercambiaron el día de su enlace. Si tuviera una prenda tuya, no dudes que la emplearía en su lugar como hacían los campeones en las justas medievales. De esta forma nadie podrá escuchar mis gritos.
Aquí quedaré. Solo, pero contento, pues sé que mi amor por ti es correspondido, y que cuando leas estas líneas, partirás sin demora en pos mía, mi princesa y campeona, me liberarás y nos fundiremos en un abrazo del que ya nadie podrá liberarme jamás.
Es mi declaración, mi juramento de sangre, con mi sangre y la de mis ancestros.

Thomas, que te anhela con locura.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Dentro de poco, se sirve la cena

DENTRO DE POCO, SE SIRVE LA CENA
Macabea

 
47, 48, 49
No puede ser. No me puede estar pasando esto. Seguro que me he quedado dormido y no es más que una horrible pesadilla.
53, 54, 55
Me falta el aire. ¡Dios!, este baño es demasiado pequeño. ¡Qué calor! ¡y qué peste!. Esto es asqueroso.
80, 89, 90
− ¡Cállate ya! ¡No existes! ¡Desaparece!
Por mucho que me tape los oídos, sigo escuchándole. ¡Para! ¡Para! ¡Para!. No existes. Esto no está pasando.
Es un sueño. Me he dormido en el autobús al salir del restaurante. Seguro.
Puf, no recuerdo haber salido del restaurante. ¿Y si me ha dado una embolia o algo y estoy en un mundo paralelo? Lo mismo estoy muerto…
123, 124, 125
Hace unas horas estaba tomándome un café. De pronto, se oyó una algarabía en la calle. Desde mi sitio se podía ver, a través de una gran cristalera, la puerta de la entrada. El chico que me recibió al llegar al restaurante se asomaba a ella. A los pocos minutos, se metió precipitadamente dentro, con la cara desencajada. Como un autómata esquizofrénico, cogió el perchero, la pequeña mesita del recibidor, el sillón Luis XVI y lo fue apilando todo en la puerta. El metre  intentó detenerle y solo obtuvo varios empellones e insultos. Empezaron a oírse choques de coche, pitidos, gritos… a estas alturas, la mitad de los clientes estábamos pegados a las cristaleras sin dar crédito a lo que veían nuestros ojos.
Este ruido es insoportable: rítmico, demasiado claro en medio del resto del silencio…
165, 166, 167
En la calle, un autobús de la EMT se había empotrado contra el escaparate de la tienda de enfrente. El coche que venía detrás no pudo frenar a tiempo y se estampó contra él, dejando aplastado a su único ocupante. Detrás de este accidente había otros tantos. Una anciana había sido atropellada en la acera y solo se veía de ella unos hinchados pies y las pantorrillas por debajo del maletero de una furgoneta; una mujer pedía auxilio por la ventanilla de su coche, aprisionada por el airbag, viendo cómo el fuego se le acercaba cada vez más desde la parte trasera; un hombre sentado en el suelo, apoyado contra una farola, lloraba desesperado mientras sujetaba a su mujer cubierta de sangre y gritaba “Sin ella no”,…
Y mientras, desde la quietud y el silencio del restaurante, diez pares de ojos mirábamos de un lado a otro, soltando suspiros de horror, buscando la causa del caos.
212, 213, 214
En la calle se había retorcido tanto la realidad que aquello no podía estar sucediendo.
De pronto, un ser chocó contra el cristal.
220, 221, 222
Su cara se apretujó contra nuestro escudo cristalino. Lo chupó. Lo lamió. Dejó una densa saliva, y se quedó mirándonos, deseándonos. Tras él vinieron otros muchos. En pocos minutos, la cristalera se había vuelto opaca de tantos cuerpos pegados a ella. Por supuesto, para entonces, estábamos en la punta opuesta del restaurante.
250, 251, 252
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!… ¡maldita sea!
− ¡CABRÓN! ¡Déjame en paz! ¡Vete!
Le chillo, le insulto. Golpeo la puerta con el puño más fuerte que él. No siento el dolor, solo la rabia y la ira que me invaden poco a poco.
278, 279, 280

− ¡HIJO DE PUTA! ¡Vete a la mierda! ¡Lárgate!
360, 361, 362
Han pasado ya varias horas.
− Hablemos. Esto no tiene sentido ni para ti, ni para mí. Mira, vete a la calle. Allí tienes más opciones. Yo solo soy uno. Llevo el abrigo puesto. Vas a comer más plumas que na.
372, 373, 374
Algunos nos subimos en las mesas del restaurante para ver por encima de la muralla de cuerpos que forraba la parte de fuera de la cristalera. Las piernas de la anciana ya no se veían. En su lugar, había un reguero de sangre que salía de debajo de la furgoneta dibujando un camino que serpenteaba durante un par de metros. Terminaba en tres seres acomodados en el suelo, algo encorvados. Parecía que estaban comiendo… ¿comiendo? Me pregunté. ¿Comiendo qué? Uno se giró y… allí estaban los zapatitos de la anciana. Mugrientos, sucios por la sangre, entre… ¿trozos de carne y huesos?
Las arcadas llenaron mi cuerpo de espasmos. Como pude, me bajé de la mesa y salí disparado hacia el cuarto de baño.
Vomité durante lo que me parecieron horas. Se me aflojaron las piernas y el esfínter. Caí al suelo agarrado a la taza del water.
388, 389, 390
− Venga hombre, si yo no te voy a gustar. Mira, me dejas salir de aquí y te llevo a un supermercado que hay cerca y donde seguro que encuentras algo que te gustará mucho más que yo.
407, 408, 409
Estaba irónicamente recreándome en mis sudores fríos y en lo que había visto, cuando oí que la puerta del servicio se abría. Giré la cabeza y, entonces, fue cuando vi al ser. Una sobredosis de adrenalina me ayudó a cerrar la puerta del retrete.
Aquí estoy. Ahí fuera está él. Golpeando la puerta desde hace horas.
423, 424, 425
No puedo más con esto. No tengo ganas de seguir.
− ¿Por qué no paras ya? ¡Por favor! ¡Por favor!…   − oigo mi voz suplicando… no es más que un hilillo.
Las lágrimas comienzan a caer por mi cara. Despacio, lenta y silenciosamente. Es culpa mía. Tenía que haber ido a clase. Pero no, tenía que mentir a mis padres, tenía que mentirme a mí mismo, dándome absurdas esperanzas. Tomarme un café, dejar pasar diez o quince minutos y salir a la calle a coger el autobús. Ella siempre coge el de las cuatro. Perdería una clase, pero quizás coincidiera con ella. Quizás nos sentaríamos juntos, quizás la invitara al cine, quizás me dijera que sí,… ¡qué mierda! ¡Pero si en lo que llevamos de año hemos coincidido solo dos veces! No sabe ni que existo. ¡Maldita esperanza! ¡Qué sin sentido! Y ahora, estoy aquí, encerrado, con este soniquete. Sin poder salir. Con las mangas llenas de vómito, mocos y lágrimas y los pantalones a rebosar de mierda…
577, 578, 579
¡No para! ¡No parece cansarse! ¿Cuántos golpes soportará?
Estoy cansado, muy cansado. Es el final. Mejor acabar cuanto antes. Se me han acabado las lágrimas.
Ya no tengo miedo.
Todo tiene un final. Una vez leí que la muerte es solo un cambio de estado. Los cambios siempre me han dado miedo. Pero, esta vez, es la única salida. Quizás vuelva por aquí, en otro tiempo, en otro estado, en otra vida. Quizás me vuelva a encontrar con ella y, esta vez sí, esta vez la llevaré al cine y cenaremos en un restaurante con unas copas de vino blanco.
713, 714, 715
Contaré hasta tres y abriré la puerta.
   − Prepárate precioso. Dentro de poco, se sirve la cena.
718    
   − Uno
719
   − Dos
720
   − Tres

viernes, 30 de noviembre de 2012

Tú la llevas



¡TÚ LA LLEVAS!
Francisco Valverde (Valverdikon)

Cuando uno se va haciendo mayor va olvidando paulatinamente detalles de su infancia, detalles vitales de tiempos pretéritos que quedan relegados, apartados por la vorágine de nuestra insana y antinatural vida diaria, enterrados entre el estrés laboral y las obligaciones familiares.
Este también es mi caso, no soy especial en ese sentido. Muy lejos está ya el colegio público Amadeo Vives, treinta años atrás. De todo lo vivido, solo queda aquello que más te ha marcado. Recuerdo las aburridas clases de historia de Don Alberto, y la mala leche que tenía. El muy cabrón dónde ponía el ojo, ponía la tiza y, a veces, hasta el borrador, lo que tuviera a mano. Siempre daba en el blanco, salvo una vez cuando le atizó a Teresa en toda la frente. Era una de las empollonas de la clase, y acabó cubierta de polvo.
Pululando por mis recuerdos, también están las clases de música de Don Aurelio que, pese a ser el director del colegio, estaba muy verde. Al comienzo de cada clase, nos pedía que afináramos la flauta. ¡Se lo pedía a una turba de cuarenta mocosos de diez años! La flauta no era más que un bloque homogéneo de plástico endurecido, de esos que venden ahora en las tiendas de chinos por tres euros. Imposible de afinar, y menos aun en nuestras traviesas manos. Aquello siempre terminaba como el rosario de la aurora. El ruido iba en crescendo, cada uno compitiendo por elevar el tono para sobresalir de entre la amalgama de estridencias, como una manada de venados en celo berreando al amanecer para demostrarle a las hembras su superioridad, hasta que Don Aurelio echaba el telón con un berrido estremecedor que helaba el alma y dejaba bien a las claras quién era el macho dominante.
Entre mis compañeros estaban Beatriz y otra chica de cuyo nombre no me acuerdo. Ellas me defendieron en mi primer día de cole del acoso de unos matones. Eran grandes amigas hasta que se enfadaron y pasaron a ser terribles enemigas. Ya se sabe que los amores reñidos son los más queridos, o eso dicen. También Mariano que fue amigo dentro y fuera del colegio. ¡Cuántas horas pasamos hablando de los clicks de Famobil! Creo que incluso llegamos a jurar no dejar de jugar con ellos cuando fuéramos mayores y tuviéramos chamacos. O cuando soñábamos con ser pilotos de combate o policías o… tantas cosas que se han ido al traste. Recuerdo historias con El More, David y las castañas de su abuelo, Jorge (al pobre le bajé los pantalones en clase delante de dos chicas, y ni siquiera pudo salir corriendo detrás de mí), Gustavo, Jaime, Fran alias el Espa por ser tan largo y delgado como un espárrago,... Y se me olvidaba José Ignacio, que siempre estaba contándonos como su padre, que manejaba excavadoras, había removido tierras en un antiguo cementerio. Entre la tierra extraída en cada palada, se veían cráneos, fémures y otras osamentas envueltas en ajados ropajes. Eso siempre nos ponía los pelos de punta.
El patio del colegio estaba a dos alturas. Abajo había una pista de futbol sala y otra de baloncesto donde jugaban los mayores. Arriba estaba el soportal de arena bajo el gimnasio, el edificio de prescolar erigido sobre columnas rojas, y la zona de atracciones con columpios, arcos, y todas esas cosas diseñadas en puro acero para los niños de antes. 


Cualquier sitio era bueno para jugar, cualquiera salvo las pistas de abajo. En una ocasión, se nos escapó una pelota que fue a parar a la pista de baloncesto. Uno de los mayores la cogió, y con la autoridad que le confería su altura y musculatura, le pegó tal patadón que la puso en órbita geoestacionaria. El estampido fue tremendo. La pelota roja ascendió a una velocidad endiablada haciéndose cada vez más pequeña. Todos nosotros la seguimos con la mirada, primero subir hasta perderse en el azul infinito y luego, bajar poco a poco, aumentando su tamaño hasta retornar al original. Aterrizó en el descampado que existía frente al colegio más allá de la calle. El peor de todos los sitios posibles, plagado de drogadictos, violadores y monstruos de los que acechan en la oscuridad para arrancarte el corazón con sus afiladas garras. Nadie volvió a ver aquella pelotita, nadie se ofreció a rescatarla, y nadie pidió explicaciones al que la pateó. Esa era la ley del colegio.
Antes de que comenzará la moda de jugar al Todicho, jugábamos mucho al Tú la llevas. ¿Cuál era mejor? Pues miré usted, depende, como diría un gallego. En ambos hay una víctima, y en ambos estaban “los demás” que lo pasaban bastante mejor. Desde el punto de vista de la víctima, el Todicho era muchísimo peor. Entrabas por la puerta de chiqueros en un callejón de niños ansiosos por desollarte en el más absoluto anonimato. La víctima avanzaba lentamente, arrastrándose entre paredes vivientes, fijando la mirada allá donde podía, intentando adivinar por donde le iba a caer el siguiente golpe, sintiendo la punzada de dolor del anterior y temiendo las de los futuros, moviendo espasmódicamente la cabeza de un lado a otro para evitar lo inevitable.
El Tú la llevas se jugaba en la pista de arena donde estaban anclados los columpios, torres y demás artefactos, que hacían de bases en las que uno estaba a salvo del contagio de la enfermedad que portaba la víctima, una enfermedad demoniaca que te volvía una bestia implacable y vengativa. El juego consistía en pasar de una base a otra, evitando el contacto salvaje de la bestia.
Horas y horas, día tras día, estuvimos jugando hasta que ocurrió lo que ahora os narraré, algo que no he podido borrar de mi mente pese al trascurso de los años, los intentos de varios psicólogos, psicoanalistas (que todo lo achacaban al sexo y al amor hacia mi madre) y demás fauna que dice comprender y hasta controlar los circuitos que rigen los pensamientos.
Recuerdo que era un día otoñal. Las hojas marchitas de los árboles cubrían parcialmente la arena de la pista, guiadas por las ráfagas de viento que las llevaban de acá para allá sin mucho orden y sentido. La arena estaba mojada por las lluvias del día anterior, igual que los hierros de los aparatos. A nuestro alrededor, flotaba en el aire ese aroma único de la tierra mojada. Éramos seis, yo me la pochaba y el resto estaba a salvo en las bases estancas. Yo les provocaba para que abandonaran la protección de las bases, saltaran al ruedo y se enfrentaran en lucha simpar a la bestia inmunda venida del averno.
−¡Vamos! Salid de vuestras madrigueras, ratillas. ¡Qué os voy a devorar!
−No he visto en mi vida un monstruo más torpe y feo que tú –se burlaba David con su gordo trasero a resguardo.
−Si solo sabes arrastrar los pies –soltó El More antes de abandonar la base para retornar a la misma ante un amago de ataque por mi parte.
−No me digáis que tenéis miedo de una bestia estúpida y tonta –seguí picándoles.
−No te tenemos miedo, como mucho de lo feo que eres.
−Yo es que aquí estoy muy cómodo.
−Espera, que me voy a atar los cordones para estar en igualdad de condiciones.
No arriesgaban nada. Es un juego en el que si no arriesgas, toda la diversión se limita a la verborrea, a lanzar y recibir improperios, pullas contras la autoestima. Así, el diálogo se prolongó un buen rato hasta que aprovechando la monotonía reinante, José Ignacio se lanzó a la carrera de una base a la opuesta. La bestia, evaluó la situación en milésimas de segundo, y percibiendo la oportunidad, arrancó en carrera para interceptar a su presa. Podía percibir el miedo a través del sudor que emitía, escuchar los alterados latidos de su corazón dándolo todo para sobrevivir, su agitada respiración, la adrenalina flotando en el ambiente. No hacía falta mirarle a los ojos. La distancia entre uno y otro se acortaba, igual que la distancia a la seguridad de la base. De fondo, los gritos de terror de la manada, tristes por la víctima pero, en realidad, contentos por no ser ellos los elegidos. Todo transcurría en décimas de segundo. La presa, en un último esfuerzo, brincó por el aire mientras una potente garra volaba hacia su dorso impactando contra ella, desgarrándola, provocando la irrupción de sangre brillante, roja y viscosa. Saber que has vencido a través del olor de esa sangre en ebullición, sentir cómo su aroma se entremezcla en tu interior con el de su miedo, alterando todos tus sentidos, dilatando tus pupilas, elevándote a un plano superior de dominio.
−¡Tú la llevas!
−Ya había tocado la base. No me has pillado, pero me has hecho una herida, ¡idiota!
«Sé que mientes. Te he atrapado y ahora eres mio. Estás a mi merced. Te devoraré lentamente y solo compartiré tus despojos con aves carroñeras»
−¡Pero qué dices! Estabas en el aire cuando te he dado.
−No seas mentiroso.
«Siento tu miedo. Siento como tu fuerza vital se escapa. Mis colmillos están clavados en tu cuello y mis garras en tu espalda»
−Cuando te he tocado, no estabas agarrado porque te he desestabilizado.
−¡Tú la llevas! ¡Te la sigues ligando! – es el veredicto de la manada, prácticamente una orden para la bestia cazadora.
«Os mataré a todos, uno a uno. Os devoraré hasta que no quede ni rastro de lo que fuisteis»
−Pues me la seguiré ligando, pero le he dado antes de que tocara base.
«Lo vais a pagar muy caro»

Aprovechando el alboroto, y como para cubrir su expediente, Jorge cambió de base. La bestia desatada en mí, supo inmediatamente que no tenía ninguna opción de atraparle, y no malgastó sus energías.
«Os mataré a todos, uno a uno. Os devoraré»
Tras este último movimiento, se produjeron otros de los que no se podía sacar provecho alguno, y que no hacían más que aumentar mi ansia. Todo continuó igual, hasta que una criatura comenzó a moverse a mi espalda. Escuché los rítmicos latidos de su corazón, cada vez más fuertes, más cercanos. El olor del miedo reinaba en el patio, pero flotaba alrededor de las criaturas encaramadas a las bases, no alrededor de aquella otra que continuaba aproximándose lentamente.
Sin mover un solo músculo, permanecí en guardia, esperando el momento preciso, dejando que la criatura se confiara, impaciente. Llegado el momento, lancé mi derecha hacia atrás con potencia, impactando en su zona inguinal y provocando un alarido quejumbroso que rompió el ruido dominante, dejando tras de sí un silencio abrumador. Las garras no consiguieron penetrar en la carne, como si la criatura no participase en el juego de la supervivencia, como si no se sometiera a sus predadores sino todo lo contrario. Preocupado, miré mis miembros. No eran más que manos que finalizaban en redondeadas uñas, incapaces de desgarrar. Las que habían sido garras afiladas como cuchillos eran ahora miembros prensiles aptos para la huida, para la supervivencia. Ya no era la bestia sino la presa.
−¡Tú eres gilipollas o qué! – las palabras impactaron en mis tímpanos como afilados estiletes de plata, pero no fue su significado lo que me perturbó, sino el tono en el que fueron pronunciadas, un tono desconocido.
«Uyuyui. Esa voz no la conozco»
−Perdona tío, me he equivocado, pensé… − el bofetón llegó como el rayo, con un rugido, con potencia desbordante y sin avisar. Caí al suelo malherido, sangrando, aturdido. El sabor de mí sangre no era tan diferente del sabor de la sangre de las que fueron mis presas.
La criatura se abalanzó sobre mí, colocándose a horcajadas sobre mi pecho. Al primer golpe le siguieron muchos otros, bien colocados, golpes expertos pero sin garras, como si fueran mazas.
−¡Déjale, abusón! – de fondo se escuchaban las voces de la manada, voces que no sirvieron da nada pues la criatura continuaba lanzando golpes que a duras penas conseguía parar.
De pronto, un hilo de esperanza cruzó ante mí a la velocidad del rayo. Tomando impulso desde una posición alcanzada con sigilo, José Ignacio se lanzó contra la criatura con un grácil salto, un brinco felino que consiguió quitarme a la criatura de encima. Rápidamente, aproveché la oportunidad para escapar hacia la seguridad de las bases, a una altura suficiente para que nadie pudiera atraparme, donde pudiera lamer mis heridas.
La criatura quedó a merced de José Ignacio que lanzaba sus garras una y otra vez contra ella, sin descanso. Ahora sí pudimos percibir su miedo, su angustia. Todos sus movimientos estaban orientados a la defensa, a la huida, algo que solo consiguió cuando la bestia se lo permitió.
Miré a todos mis compañeros de juegos desde la seguridad de las alturas, y grité
−¡Ya os dije que él la llevaba!