viernes, 11 de enero de 2013

CARA Y CRUZ (2)

Esta semana en la sección CARA Y CRUZ, Jesús Mártí y Juan Vicente Briega, diseccionarán con su crítica mordaz la película "El hombre de las sombras" ("The tall man"). Veremos si esta vez están de acuerdo o no. Lo que sí os garantizamos es que tendréis la necesidad de visionar la película inmediatamente para satisfacer vuestra corrosiva curiosidad...

EL HOMBRE DE LAS SOMBRAS

Año: 2012
Director: Pascal Laugier 
Productor: Scott Kennedy, Kevin DeWalt, Clément Miserez, Becki Hui 
Guion: Pascal Laugier 
Fotografía: Kamal Derkaoui 
Música: Todd Bryanton 
Maquillaje: Zabrina Matiru, Michael Nickiforek, Bill Terezakis
Diseño de Producción: Jean-Andre Carriere 
FX: Stephen Knight, Paul Noël, Jay Robertson
Efectos visuales: David Alexander, Patrick Andre, Jon Campfens, Phillipe Garnier, Colin Hubick, Nicolas Lim, Celine Sene, Andrew Smith
País: USA, Canadá, Francia 
Duración: 106m. 
Formato: 35mm Proporción: 2.35:1 Color 
Presupuesto: $ 18.200.000

Ficha Artística 

Jessica Biel, Jodelle Ferland, Stephan McHattie, Samantha Ferris, William B. Davis, Colleen Wheeler, Eve Harlow, Ferne Downey, Janet Wright, John Mann, Teach Grant, Garwin Sanford, Jakob Davies, Lucas Myers, Pat Henman, Katherine Ramdeen, Alicia Gray, G. Michael Gray, Georgia Swedish, Jenna Gatschene, Priya Lily Campbell, John Ryan, Kevin DeWalt, Melissa Patenaude, Michele Mungall, Jacqueline Eggie, Angela Stott, Ricardo Hubbs, Rene Mousseux, Josh Strait, Jodi Sadowsky.

miércoles, 9 de enero de 2013

martes, 8 de enero de 2013

El último domingo (1/3)



DIÁRIO DE MARTA ALCOCER
Zaragoza a 09 de Febrero de 2014. Domingo. 07:09 am.

    Hoy he cumplido trece años. Me he levantado prontísimo esta mañana, estoy muy nerviosa por los regalos que sé que me tienen preparados. Papá y mamá estuvieron ayer hasta muy tarde fuera de casa, yo sé que estuvieron comprándomelos a última hora. No me importa, la verdad, porque Clara siempre me dice, que los papás andan ocupadísimos con sus cosas. Con el trabajo en la galería de arte, siempre corriendo sin parar de un lado a otro. Tanto es así que a papá le salió un agujero en el estómago de tanto estrés. Yo no sé muy bien que es el estrés, sé que es algo muy malo, ni siquiera Clara está muy segura, debe de ser algo que tiene que ver con hacerse viejo. Yo he decidido que nunca me haré vieja. Nunca, nunca, nunca.
    Nada más que llegaron, ayer, mamá vino a darme un besito de buenas noches, la oí subiendo las escaleras y entrar muy despacio en mi cuarto. Mientras, yo me seguía haciendo la dormida. Llevaba desde las diez y media acostada, incapaz de coger el sueño, ansiosa y expectante. Al acercarse a mi cama percibí que olía a humo, a colonia y al fresco aire de la calle. La mezcla de estos tres olores me pareció un perfume muy especial. Tan original como mi madre. Me reí por dentro al escuchar lo despacito que palpaba por la mesilla buscando el interruptor de la lamparita, y tuve que hacer mucho esfuerzo para que no se me notara. Se inclinó sobre mí y cuando sentí el calor de sus labios en mi frente no pude más y me agarré de su cuello, besando sus labios con toda mi fuerza, mamá me abrazó con dulzura y firmeza y puso cara de enfadada. Pero yo sabía que no lo estaba.
-¡Tramposa! – me riñó, con aire de comediante. Y me besó aún más fuerte; yo me moría de la risa. Escuchamos a Clara quejarse de nuestro alboroto desde su habitación. Y mamá me hizo la señal de silencio con un dedo en la boca.
     -No te da vergüenza, despierta a estas horas, eh.- me susurró muy bajito.
     -¡Venga mamá! sólo quería saber a qué hora llegabais – puse cara de buena – ¿cómo habéis tardado tanto?, a Clara se le ha quemado la pizza. Ha, ha, ha.
     -Mira que eres petarda, monstruito.- siguió hablando bajito.- No me gusta que te rías de tu hermana. La pobre hace lo que puede. ¿De acuerdo?
     -Sí mamá – hice un mohín y me sentí malvada. Pero era la verdad y papá siempre dice que la verdad sólo tiene un camino y que ese camino hay que seguirlo aunque sea difícil.
Mamá me dijo que habían estado cenando con un importante pasante de arte europeo y que estaba muy interesado en la galería, lo cual les hacía muy felices y que al enterarse de que yo cumplía mañana los trece añitos, “cómo odio que me hablen así, ya no soy una niña pequeña”, le había regalado una cosa para mí. Sacó del bolso un diario con tapas granates de cuero, con setecientas cincuenta páginas en blanco, para que escribiese todos los días las cosas importantes que me pasaran. Me recuerda a todos esos libros que papi guarda en su estudio, pero éste es mío y yo voy a ser la escritora, qué ilusión me hace.
     Antes de bajar al estudio de papá, me dio otro beso en la punta de la nariz, apagó la luz de la mesilla susurrándome al oído lo muchísimo que me quería y que durmiera muy fuerte, muy fuerte, porque mañana tendría un día muy largo, divertido y especial. Le pedí que no cerrara la puerta “con los nervios me agobio mucho en los sitios cerrados”
Ahora cuando escribo esto no paro de acariciar la tapa de cuero con el dedo, es muy agradable y suavecita. Me han dado ganas de hacer algún dibujo dentro, pero mamá ya me dijo ayer que esto de escribir es una cosa muy seria y que he de tener disciplina y hacerlo cada día y que cuando se me acabe éste me comprará otro diario aún más chulo, pero yo creo que no existe otro más bonito en todo el mundo.
     Son ya las siete y media, voy a salir a dar un paseo, a ver si Clara se viene conmigo, que aunque hace frío no puedo esperar en casa hasta después del desayuno para que me den los regalos. Coño, me muero de ganas por estrenar la Playstation5.


DIÁRIO DE MARTA ALCOCER
Zaragoza a 09 de Febrero de 2014. Domingo. 13:23 pm.
     Me acabo de meter en mi habitación y aún me dura el susto. Mis padres no se creen nada de lo que les he contado y están muy enfadados conmigo. Mi madre está muy cabreada y demasiado indignada con el comportamiento de mi padre durante el día de hoy como para darme consuelo en estos momentos, papá nos tiene a todos sorprendidos, él nunca ha sido violento. Durante la comida “los domingos solemos comer pronto” para que mi hermana pueda ir a ensayar, ha sido todo muy raro y tenso. Me han prohibido hablar de esto con nadie. Dicen que inventándome cosas así no consigo nada bueno, me han castigado sin salir una semana entera. Solamente me dejarán ir al cole. A Clara le han cargado la responsabilidad de vigilarme, para que tras las clases no me entretenga con las amigas y venga derechita a casa. Tengo prohibido ver la tele, hablar por teléfono, usar el portátil “que me han requisado” y jugar con la Play nueva “Que por cierto, ni me la han dado”. Joder. Yo sé que digo la verdad y que no me he inventado nada. ¿Por qué a los niños nunca se nos cree y se piensan que todo son fantasías? Se creen que les he gastado una broma pesada, y que no tengo nada más que ganas de tocarles las narices. Sólo Clara me cree, a ella y a mí nos basta con mirarnos a los ojos para saber si decimos la verdad, o no. Claro. Pero a nadie le importa lo que opine ella. Clara tiene quince años [a punto de hacer los dieciséis] y como es otra niña, se piensan que las dos nos ponemos de acuerdo para gastarles bromas pesadas. No sé qué haría yo sin ella y sin su apoyo. “Aunque papá diga que no existe. ¿Qué se sabrá él?” Le doy gracias a Dios Por tenerla a mi lado, y porque ella me quiera tanto y me comprenda. Es la única persona en todo el mundo que me entiende.
     Me he pasado casi una hora tumbada en la cama. Sin dejar entrar a nadie. Ni a papá que ha subido a por el móvil. “Le he tirado la tarjeta por debajo de la puerta”. Ni a Clara, que ha venido un par de veces para hablar conmigo. Papá está muy enfadado y como no he querido ni verle me ha encerrado con llave desde afuera. Como necesitaba centrar las ideas y poner las cosas en orden dentro de mi cabeza, no me ha importado que lo hiciera. Ahora creo que ya tengo todo en su sitio, estoy más calmada y centrada para relatar lo que realmente me ha ocurrido.

                             -----------------------
     Esta mañana Clara no ha querido salir a la calle. Me ha dicho que le dolía la tripa y que debía ser porque estaba a punto de bajarle la regla. La primera fue horrorosa para ella, tuvo muchísimos dolores. A mí  me tocaría cualquier día de estos, mis amigas ya la tienen, bueno, casi todas. Joder que mierda. Pensé que hacerse mayor es lo peor que le puede pasar a una persona y me fui preocupada por la cara de asco que tenía. Que debió ser la misma que puse yo cuando me lo dijo. Mamá dice que es algo natural y que así las mujeres podemos traer otra vida a este mundo, pero por mí ya se podía extinguir toda la gente. Qué asco, Dios mío.
     Pensé en pasarme por casa de Eva, en la Ciudad Jardín, total ya eran casi las ocho y andaría metida en el Facebook antes de que se levantara su hermano y le robara el portátil. “Los tíos son otro asco, siempre mandando y metiéndose en todo. Parece que por el simple y casual hecho de tener polla les dé derecho a ser unos completos imbéciles”.
Al llegar a casa de Eva la lluvia estaba empezando a caer con fuerza, lo había estado haciendo toda la noche, pero de manera más fina.  Me fijé que los setos que tenían tras la valla de afuera estaban mal cuidados y dejaban muchos claros por los que se podía ver perfectamente el interior del jardín. Se notaba que no había salido nadie durante la mañana, no había ni una pisada en el caminito de tierra de acceso a la vivienda. Ella vive en el barrio que más me gusta de toda Zaragoza, la Ciudad Jardín, me encantan esas casicas con patio, parece un pueblo y siempre que ando por sus calles me siento como en otro lugar. Llamé y me abrieron tras preguntarme su padre que quién era. “Me pareció molesto”. Entré y tuve que saltar la valla de madera que habían puesto a metro y medio de la puerta principal ya que la puertecita estaba cerrada. Estaba instalada para que no saliese el hermano pequeño de Eva, tiene dos años y está hecho un nervio el zagalico. La maldita vallita estaba  mojada y me mojé todo el culo, la lluvia dentro golpeaba con estrépito en la gravilla del suelo y en las anchas hojas de las plantas junto al caminito, pisé un charco que estaba allí desde la noche y se me hundió el pie hasta el tobillo. Me apeteció asesinar al maldito charco. Pero, ¿cómo se hace una cosa así?, reí para mis adentros y pensé que sería algo digno de ver. Compartir mi primera mañana de trece años con mi mejor amiga me apetecía un montón, me refugié de la fría lluvia bajo el porche y llamé al timbre. La madre  de Eva tardó casi tres minutos en abrir la puerta y cuando lo hizo estaba en camiseta y bragas. Una bofetada de calor me dio en la cara. “Siempre se pasan con la calefacción en esa casa”. La señora Maite tiene treinta y ocho años y de cuerpo está bastante bien, pero no creo que sea excusa para andar así a abrir la puerta. Nada más verla me fijé en tres cosas: la cara de hecha polvo que tenía, lo que se le marcaban los pezones, y el olor a cerveza que echaba. Me dijo que Eva aún estaba durmiendo, “qué ingenua me pareció”. Mientras me hablaba miré al fondo de la sala de estar porque me llamaron la atención unos calzoncillos rojos tirados en el suelo y una apagada tos de hombre. “Estos piensas que los hijos duermen y están aprovechando”. Se me escapó una risita al llegarme el olor de “esa cosa” que papá a veces le echa al tabaco. “A esa cosa que yo no debería saber qué es”. La señora Maite puso cara de reproche, y me dijo que si mis padres no me habían educado o algo así. Ella es la que no tiene educación. Eva me dice que está cansada de encontrárselos haciendo eso en cualquier rincón de la casa. Que mala suerte tener unos padres tan guarros.
     La señora Maite cerró la puerta con cara de pocos amigos mientras se rascaba el culo. “Qué asco de mujer”. Le pedí a Dios que si un día me volvía como ella me fulminara con un rayo.
Me fui pensando en el día en que encontré a mis padres haciéndolo. “Fue hace cinco años. En el verano en que me regalaron la bici de carreras, como premio a mi buenas notas en el cole. [Un pleno al diez]. Como dijo papá. Ese día me caí de morros bajando una cuesta y Clara me llevó corriendo a casa. Con toda la cara llena de sangre del corte que tenía en la frente. Nos los encontramos en el suelo del salón de espaldas a la puerta: mamá encima de papá, casi desnudos. Nos quedamos petrificadas las dos del espectáculo que contemplamos, mamá se movía como una loca a la vez que chillaba y se quejaba. Miré a Clara [que tenía cara de pánico] y los miraba a ellos, yo no entendía nada. Clara me tapó los ojos con la mano y empecé a llorar. Entonces oí a papá que se enfadaba mucho; y mamá maldijo como nunca antes lo había hecho. La frente me ardía de dolor, el sabor a hierro de la sangre me impregnaba la boca y estaba muerta de miedo y de angustia”.
“Clara me dijo esa noche que estaban haciendo el amor. Que dos personas cuando se quieren, hacen eso. Yo entonces le dije que nosotras nos queríamos mucho y no hacíamos eso. Aun recuerdo las risas de Clara cuando me explicó que para hacer eso, había que estar casada con un hombre y que esas cosas son de mayores. Los niños no podemos verlo y por eso se enfadaron tanto. Yo pensé entonces que seguía sin entender nada. Me pareció que mamá sufría mucho, a raíz de los gritos que soltaba. Resolví que no me gustaban las cosas de los mayores, eran tan raras las cosas que hacían. Tan complicadas”.
     En vista de que no podía contar con Eva. Decidí irme directa para la  estación ferroviaria. A la zona Detrás de la Intermodal. “bueno, más bien detrás del centro comercial Augusta” Esa que nunca sale por la tele. Donde hay una enorme nave y decenas de vías que mueren en ella, la utilizan para reparaciones y mantenimiento. A veinte minutos de mi casa,  y a treinta y cinco de casa de Eva. Aquello siempre estaba tranquilo y había muchas cosas para investigar. Hacía mucho frío y según recorría las calles, me fijé en que apenas había gente por ellas y era raro porque los domingos por la mañana solía estar todo lleno de personas que van y vienen, sacando al perro, volviendo de una noche de fiesta que se alargó demasiado... Bajan muy temprano para comprar el pan o el periódico, hacen footing… Pensé que la lluvia y el frío tendrían la culpa.
     En cuanto crucé por la Avenida Madrid paró de llover. Y se echó una niebla muy rara. A pesar de que no soplaba ni gota de aire, no paraba de moverse formando largos girones, parecía como si reptara. Era tan densa y abundante que avanzaba de modo que se atropellaba a sí misma, formando voluptuosos grumos. Por unos lados era lenta y perezosa, por otros, avanzaba con rapidez. Además parecía que saliera directamente del suelo, como si el agua al caer del cielo hiciese hervir la calle. Iba envolviendo a cada cosa que se encontraba, como si lo inspeccionara. Hasta a los coches parecía costarles atravesarla, al meterme por la calle Arias pasó un Opel Kaddet a mi lado y me sorprendió ver que hasta dentro del coche se había metido la niebla. Venía enfilada hacia mí. Abarcando de acera a acera, todo lo ancho de la calle. Así que giré a la derecha por la calle Lastanosa para meterme a la izquierda por Pedro II El Católico. Me tranquilicé un poco, por allí no había. Aquella niebla era extraña, nunca había visto una igual y me dio cague meterme por ella. Desde luego prefería dar un rodeo, total no pensaba ir a casa hasta las una por lo menos. Y un poco de mal tiempo no me iba a fastidiar los planes. Además. Con mi hermana mala y mis padres de resaca, la vida no comenzaría en casa hasta esa hora más o menos.
     Me fui callejeando, crucé Rioja y subí por Alfonso Comín, al acercarme a la tienda de bisutería de la señora Pilar, pude verla junto a la puerta. Hablando con una clienta, no paraba de mover los brazos. En un principio me pareció enfadada, pero me di cuenta de que lo que le pasaba era que debía estar al borde de un ataque de nervios, ya que estaba en plena calle y sin el abrigo, “por Dios, con el frío que hacía” dándole enormes caladas a uno de esos horribles puritos que fumaba. “A ese ritmo en tres chupones se lo acababa”. Me picó la curiosidad y apreté el paso. Cuando llegué a la altura de las dos mujeres, hice como que se me había desabrochado una bota y me incliné para atarme los cordones, [en vez de eso los desabroché, a la vez que ponía oreja]. Escuché como le decía que estaba muy asustada por la ola de violencia que estaba ocurriendo en la ciudad. Ya eran nueve personas las que se habían comportado de forma agresiva y sin motivo aparente, solo por la zona de Delicias. Al parecer la policía no tenía ni idea del porqué de esos brotes de locura, porque, según parecía esas nueve personas no encajaban en el perfil de los que intentan asesinar al primero que se les cruzara por la calle. Por lo visto ella creía que estos sucesos se debían a la voraz crisis económica, social y hasta moral que estaba minando la salud mental de la gente, puesto que la recesión asolaba al país desde hacía  más de siete años y no se le veía salida por ningún lado. La oí decir que pensaba cerrar la tienda unos días, [hasta que todo esto se calmase]. Me sorprendió mucho la noticia de esos ataques, ya que en casa no había escuchado nada de ese tema.
     La señora Pilar era amiga de mi madre, pero a pesar de eso, al recalar en mi presencia puso cara de enfado. Se me acercó para invitarme a que siguiera mi camino. Me aconsejó que me fuese a casa. Que las calles no eran seguras en esos días para nadie y menos para una niña pequeña. Me la quedé mirando con cara de boba, [por aquello de disimular], mientras pensaba “que te den, gorda” y eché  a correr calle arriba.
     Al doblar por la calle Murero me quedé sin fuelle y dejé de correr. Pero seguí andando a buen paso para no enfriarme. Me volvió a extrañar la poca gente que había en la calle. Apenas me crucé con quince personas por una zona que suele estar muy animada a esas horas tempranas. Me chocó ver a unos basureros que iban lo menos siete con sus carros de limpieza urbana. Caminaban como abatidos con las miradas perdidas o fijas en el suelo.

Continuará

Querida Nora

QUERIDA NORA
Francisco Valverde (Valverdikon)


Querida Nora  

Hace poco, como siempre a principios de mes, te escribí una breve nota. Pese al breve lapso de tiempo transcurrido, la verdad es que no recuerdo siquiera el tema general de la misma, pues desde ese momento han sucedido tantas cosas, que he estado volcado completamente en la resolución de esos asuntos. Sin embargo, no dudes que mi cabeza, y sobre todo mi corazón, te han tenido muy presente, con tanta intensidad que solo el decoro y el pudor pueden impedirme plasmar con palabras todo lo que siento por ti. Solo pronunciar tu nombre provoca en mí una oleada de pasión tan honda, que siento como si se resquebrajaran todos los cimientos que componen mi persona, cimientos que creía profundamente arraigados antes de conocerte. ¡Al diablo con esos estúpidos cimientos!
Mi corazón corre desbocado cada vez que el cartero deja la correspondencia semanal, y se parte en millones de pequeños e irregulares fragmentos cuando descubro que ninguna de las cartas es tuya. Te juro por Dios, que la desazón que esto me produce dura varios días, durante los cuales permanezco postrado en cama, sin apenas comer ni dormir. Solo la esperanza de que en la siguiente remesa llegue esa tan ansiada respuesta me mantiene con vida, eso y pensar en ti. Ya ves que, pese a que ninguna de mis misivas ha tenido respuesta, aun permanezco firme en el amor que te profeso, pues sé que en el fondo de tu corazón, tú sientes lo mismo por mí, y ruego a Dios que un rayo de su luz celestial te permita verlo. Muchas veces he pensado que esa ausencia no es tal, sino que mis padres alteran la correspondencia con el fin de cercenar mi amor, sin darse cuenta de la profundidad que alcanzan sus raíces.
Cuando al pasear por las calles, o en la universidad, escucho pronunciar tu nombre en boca de otro hombre, una oleada de celos me golpea con tal ferocidad que siento la necesidad de matar con mis propias manos al desgraciado que ha osado manchar tu sagrado nombre con su sucia saliva. Solo una gran dosis de autocontrol impedía que la cosa pasara a mayores, un autocontrol que ha ido menguando hasta desaparecer absolutamente. Da igual que no se refieran a tu persona, tu nombre fue creado para ser pronunciado solo por mis labios.
Si bien en mis notas anteriores te he hablado de mis sentimientos por ti, nunca había hablado tan abiertamente de ellos contigo, razón por la que supongo que estarás un tanto estupefacta. Sí Nora, sí, te amo, te quiero desde lo más profundo de mi ser. Si mi alma ha de arder en el más profundo de los infiernos y sufrir las penurias más terribles para purgar sus culpas, ¡así sea con tal de que estemos juntos!
Quiero casarme contigo sea ante Dios o ante Belcebú, quiero tenerte junto a mí o sé que enloqueceré si no estoy ya loco. Dios sabe que he enloquecido de amor por ti. Cuando hablé a mis progenitores sobre nuestro matrimonio, no he de negarte que se opusieron con rotundidad, amenazándome incluso con desheredarme. Como si me importara lo más mínimo el oro. ¿Qué es el oro comparado con tu amor? Ya sabes que ambos proceden de antiguos linajes dinásticos, razón por la que le dan mucha importancia a la sangre. Es una tradición familiar el unirse sin amor, enlazarse por imposición paterna con sangre de igual o superior pureza buscando prolíficas alianzas.
No debes preocuparte por su negativa. De nada vale ya. Yo procedo de la suma de esos dos antiguos linajes. Por mis venas corre la sangre de los antiguos señores feudales de estas tierras, la sangre noble que fue derramada en múltiples batallas, la sangre que quiere fundirse con la tuya en una unión perfecta, la misma con la que ahora compongo esta mi declaración de amor, la sangre derramada de mis padres. Ahora que estoy frente a sus cadáveres, me doy cuenta de lo delicada y efímera que es la vida. ¿De qué sirve el abolengo cuando uno muere? ¿Dónde queda el verdadero amor en ese estado? Nada, bien digo nada, se puede interponer ante el amor en vida, pues solo en vida se pueden disfrutar de las venturas que este trae.
No temas, nunca podría hacerte daño, al menos mientras mantenga la cordura. No pienses que ya he perdido la cabeza. He meditado mucho este cruel acto antes de llevarlo a cabo, y solo lo he culminado cuando he creído que no había otra salida posible. Volvería a hacerlo una y mil veces. Sé que
lo que he hecho es algo terrible, pero sé que podrás y sabrás perdonarme por ello. Esta es la más profunda demostración de mi amor por ti, de que estoy dispuesto a todo con tal de pasar el resto de mis días contigo, y de que nada podrá interponerse entre los dos.
Si me aceptas como tu prometido, seré el hombre más dichoso sobre la faz de la tierra. Si me rechazas, mi vida no tendrá sentido, pero eso carecerá de importancia pues caeré en la más honda de las locuras, la más profunda y oscura, un pozo del que nunca podré escapar. Temo que en ese caso se desataría la bestia que hay dentro de mí. Ella podría hacerte daño.
Lo he dispuesto todo para que no sufras ningún mal. No podría perdonármelo. Junto a esta carta encontrarás una pequeña llave. Es el duplicado de la que yo poseo, la que abre el candado con el que me encadenaré a la cama. Dejaré la llave de la puerta principal bajo el felpudo. Voy a despedir a toda la servidumbre con la excusa de que en breve abandonaré el país. De esta forma, no podrán intervenir en mi destino, fatídico o feliz, elección que solo te pertenece a ti. Mi último encargo para ellos será el envío de esta carta. Antes de encadenarme y arrojar la llave lejos de mi alcance, me amordazaré con el pañuelo que mis queridos padres se intercambiaron el día de su enlace. Si tuviera una prenda tuya, no dudes que la emplearía en su lugar como hacían los campeones en las justas medievales. De esta forma nadie podrá escuchar mis gritos.
Aquí quedaré. Solo, pero contento, pues sé que mi amor por ti es correspondido, y que cuando leas estas líneas, partirás sin demora en pos mía, mi princesa y campeona, me liberarás y nos fundiremos en un abrazo del que ya nadie podrá liberarme jamás.
Es mi declaración, mi juramento de sangre, con mi sangre y la de mis ancestros.

Thomas, que te anhela con locura.

jueves, 3 de enero de 2013

MI ANSIADO ASESINO

MI ANSIADO ASESINO
Juan Vicente Briega González

Deben ser las 4 de la tarde, el calor es asfixiante, el sudor me resbala por el cuello hasta impregnar la camisa mientras veo caer muerto al asesino de las niñas. Todavía mantengo el arma apuntando al asesino, todavía tiemblan mis manos, todavía sigo mirando su cuerpo que yace tirado en el suelo. Ha sido una búsqueda implacable, años en los que este desalmado, mientras le seguía la pista, se dedicaba a dejarme cadáveres de niñas aquí y allá. Cuando todo esto empezó yo estaba casado.

Cuando el asesino empezó a matar, no se preocupaba tanto por la limpieza y la perfección; le preocupaba más terminar rápido, no era tan listo. Luego empezó a planear mejor sus crímenes, el orden y la limpieza se convirtieron en algo casi obsesivo para él, y fue perfeccionando la técnica hasta hacer que sus crímenes tuvieran su propio sello. No era como esos locos que dejan una carta de la baraja en la boca de sus víctimas, o de los que escriben pasajes de la Biblia en las paredes con sangre; su marca era diferente, no se veía a simple vista, y tal vez si no te habías preocupado por conocer su personalidad, sus actos y decisiones, ni siquiera le reconocerías.

El primer año fue fatal, mató a 17 niñas, todas con edades comprendidas entre los 7 y los 13 años. No las violaba, no las golpeaba, ni siquiera las disparaba, solo las metía en un cuarto, las hacía jugar con juguetes y justo en el momento en que las veía cómodas, soltaba un gas mortal que terminaba con sus vidas. No había dolor extremo, excepto cuando los órganos se detenían y no podían respirar. Pobres niñas.

El segundo año, el de su confirmación definitiva, fue cuando empecé a pensar como él. Compré una libreta y apunté todos los datos de que disponíamos. Nada cuadraba con nada, no había una similitud en las niñas que hiciera pensar que las prefería rubias o morenas, más altas o más bajas, nada.  Solo elegía una niña y la mataba. Aquel año, más concretamente durante aquel frío otoño, fue cuando Lidia me dejó. Tenía toda la razón cuando me dijo que no la hacía caso, que a causa de la investigación me estaba encerrando en mí mismo y que le empezaba a dar miedo. Aún recuerdo el portazo que dio al salir, pero Lidia me hizo pensar. Dijo que le empezaba a dar miedo; nunca había pensado en la capacidad del asesino para administrarle el miedo a las niñas, tal vez no fuese el color de su pelo, ni la estatura de las pequeñas criaturas lo que le hacía asesinarlas, tal vez fuera el miedo, tal vez ver como las niñas acataban sus órdenes por miedo le hacía superior, le hacía pensar que la tenía más larga y por eso asesinaba. Aquel dato fue un paso adelante en la investigación. Gracias Lidia.

El tercer año de la investigación, el asesino acabó solo con la vida de 4 niñas. Fue cuando ocurrió lo que voy a narrar, aquello de lo que más me arrepiento. Durante tres largos años de noches sin dormir, de tazas y tazas de café, repasando una y otra vez mis apuntes, intentando llegar al centro mismo de la mente del asesino, entendí que para entrar en su cabeza debía actuar como él. Una vez nada más, sentir esa excitación y ese placer de matar a una persona inocente. Serían las 6 de la tarde, estaba en el parque buscando a mi víctima y empezaba a sentir esa sensación, esa extraña sensación que te hace seguir adelante, es como una droga. Las veía jugar, ignorantes de que un loco estaba decidiendo cuál de ellas moriría esa misma tarde, o quizás aquella misma noche. Solo quería saber qué pasaría después, cuál sería el siguiente paso. Entonces me vi a mí mismo seguir a una niña a la que se le había escapado la pelota entre unos arbustos, lejos de la mirada de su madre. La estreché entre mis brazos para que no se oyeran sus gritos y la saqué del parque a toda prisa. Cuando la metí en el asiento de atrás del coche, le tapé la boca con cinta aislante, le até las manos con unas bridas y la tumbé. Me senté en el asiento delantero, encendí el motor y en ese momento comprendí lo que estaba pasando. Era un monstruo, un desalmado criminal. Comprendí también que no había marcha atrás, y que en cierto modo no me molestaba del todo, ya fuera como experimento sociológico o como acto criminal, no me molestaba del todo seguir adelante con este acto atroz.

Había adecuado mi casa de campo, alejada de cualquier vía de escape y de vecinos pesados, para el crimen. La habitación con los juguetes y las rendijas para el gas, la hoguera en el jardín para no dejar rastro y los guantes para no dejar huellas, tal y como él lo hacía. No me salí ni un milímetro del renglón de sus crímenes. Empujé a la niña dentro de la habitación y le grité que jugará. El grito retumbó en toda la casa, y la niña se puso a jugar. Una incómoda satisfacción me recorría el cuerpo, no estaba bien que me gustara, pero cada vez me gustaba más. Dejé a la niña un par de horas jugando. Le prometí llevarle la merienda y jugar con ella si hacía lo que le decía, pero no lo hice. Cuando por la rendija de la puerta la vi tranquila, cerré con llave, tapé con un trapo la puerta por arriba y por abajo para que no se escapase el gas y le di la máxima potencia al asunto. Me senté en el suelo, junto a la puerta, esperando el fatal desenlace, y cuando oí a la niña gritar y golpear la puerta, empecé a llorar, lloré hasta quedarme seco. Después de esto, nunca más volvería a ser un hombre, nunca más podría mirar a nadie a los ojos. Cuando los golpes cesaron, abrí la puerta. El cadáver de la niña estaba tirado sobre el suelo. De nuevo lloré, abracé a la niña y seguí llorando, "es lo peor que he hecho nunca" pensaba para mis adentros y la abrazaba aún más fuerte.

Cuando volvía a casa aquella noche, me juré a mí mismo no volver hacer aquello nunca más. No me había ayudado en nada sentir como él, ni ver lo que él veía cuando mataba. Solo me había producido nauseas. Nunca podría ser un asesino. Era curioso que pensara así ahora que ya lo era. Conduje tan lejos como pude para borrar aquel recuerdo de mi cabeza. Subí la música hasta el límite y cerré los ojos. Por un momento quise morir, apretar el acelerador a fondo y estamparme contra un muro o algo así, pero de repente lo entendí. La muerte de aquella niña no había sido en vano, ahora sabía lo que tenía que hacer, dejar de lado los apuntes, coger mi arma y acabar uno a uno con todos los asesinos hijos de puta que me encontrara por delante. Y así lo hice.

El tercer año terminó, y durante el sexto mes del cuarto, cuando dejé el cuerpo de policía, me dediqué a asesinar para limpiar el mundo. Fue cuando Dios me hizo el mejor regalo que me podía hacer. Aquella tarde hacía mucho calor. Yo terminaba de comer en un bar de carretera, con la pistola en el bolsillo y con la mirada fija en la barra donde un hombre, de perfil similar al de mi ansiado asesino, tomaba un café solo y fumaba un cigarro tras otro sin mediar palabra con el animado barman que no dejaba de preguntarle por esto o lo otro. No veía el momento de levantarme y acercarme a él. Había soñado con aquello durante cuatro largos años, había cometido actos de los que me arrepentiría mientras viviese, había perdido a mi esposa, el trabajo y mi vida, que quedó lejos hacía ya tiempo. Eran las tres y cincuenta y dos cuando me levanté. Caminé lentamente hacia la barra a pagar la cuenta y asegurarme de que era él. Cuando llegué y saqué la cartera, lo miré durante unos segundos fijamente, el hombre también me miró a mí pero me giró la cara. No me reconoció. Pagué como si tal cosa y salí del local. Me senté en unos escalones de cemento, saqué la pistola, la miré y me derrumbé, empecé a llorar de nuevo como un niño. Me levanté lleno de rabia, sudando y llorando, entré de nuevo en el bar y vacié el cargador sobre el asesino. Era él, sí, era él, y le estaba dando su merecido. Cuando me quedé sin balas y lo vi caer al suelo, muerto, me abalancé sobre él y le golpeé con la empuñadura del arma hasta que no quedó rastro de su cabeza. En el suelo solo se veían sesos desparramados y un charco enorme de sangre. Tiré la pistola tan lejos de mí como pude, limpié mis lágrimas con la manga de la camisa y entonces lo vi claro. En aquel charco de sangre lo entendí todo por fin. Un asesino había sido asesinado por otro asesino.  El plan perfecto.

miércoles, 2 de enero de 2013

Golpes duros

Bienvenid@s a este segundo número del fanzine. El caso es que no pensábamos sacar más números, pues confiábamos ciegamente en que el fin del mundo anunciado por los Mayas iba a llegar, pero está visto que no se puede confiar ni siquiera en los antiguos. Mucha leche con eso de “una civilización adelantada a su tiempo”, pero no supieron ni predecir su propia extinción, ni acertar con la fecha del fin del mundo.
Visto que tuvieron con su predicción el mismo éxito que Rapell con las suyas (si nos estás leyendo que sepas que esperamos ansiosos un nuevo posado en tanga veraniego) pusimos los pies en el suelo y nos planteamos montar un segundo número. Estaba todo precocinado, pero chic@s, ¡estábamos en vísperas del sorteo de Navidad!, así que quemamos todo el material en una hoguera ceremonial, alrededor de la que estuvimos bailando desnudos toda la noche. Nos iba a tocar el Gordo de Navidad. Nos esperaba el Caribe y sus estupendos rones.
De nuevo, y sin razón suficiente, todo se ha ido al traste. Con el sorteo del Niño, y para no pillarnos los dedos, no nos hemos creado ninguna expectativa. Total, para que hacienda (que somos todos) se lleve el 20%...

Han sido golpes muy duros, os lo puedo asegurar. Tal ha sido el sufrimiento que hemos padecido, que hemos tomado la decisión de haceros copartícipes del mismo: no solo vais a tener un segundo número sino que habrá un tercero, y un cuarto,... hasta que el mundo termine, nos toque el gordo, se colapse internet u os sangren los ojos.
Por tanto, aquí os dejamos con los contenidos que hemos seleccionado para este segundo número. ¡Esperamos que os disgusten sobremanera!