martes, 22 de enero de 2013

ETERNIDAD

ETERNIDAD
Maialen Alonso

Cada día, dormía. Cada noche, moría.
La mía es una historia corta pero intensa, la historia de una vida oscura teñida por la sangre que me daba la vida. ¿Cómo llegue aquí? Fácil, por amor. Por una vida amarga y llena de dolor. Si estás dispuesto a leer, yo estaré dispuesta a contar.
Un padre horrible, y una madrastra cruel. Mi vida era oscura y sin luz, porque me pegaban y me despreciaban cada día, a cada minuto de mi existencia. Era odiada por los de mi propia sangre, porque no era perfecta, porque no era hermosa. Mi padre me golpeaba porque me odiaba, y su esposa me insultaba porque no era de su sangre.
Cansada, sin poder continuar con una vida tan horrible, me fui, me fui lejos de mis verdugos, lejos de mis odiosos captores. Prefería morir fuera y libre, que dentro y encadenada.
Vagando por las calles oscuras en medio de la noche, me encontré al ángel de la muerte, de ojos rojos y pelo oscuro. Era lo más bello que jamás había visto, y él lo supo al momento, porque al ángel de la muerte nada se le escapa. Me miró sonriendo y dejando ver dos finos colmillos en la comisura de su boca. Yo sabía qué debía decir.
—Mátame —le pedí en un susurro.
—¿Por qué? —preguntó él.
—Porque soy una muerta en vida —se quebró mi voz.
—Entonces te llevaré conmigo —contestó caminando hacia mí.
—¿A dónde?
—Si eres una muerta, debes estar conmigo.
Callé durante un segundo al sentir un pequeño temor recorrer cada parte de mi cuerpo, haciendo temblar mis extremidades.
—¿Asustada? —quiso saber.
—Un poco, porque la muerte duele, y algún día también me dejarás.
—No te dolerá, ya nada te hará sufrir, nadie te pegará y nadie te maltratará. Estaré eternamente contigo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque siempre te he observado, porque siempre te he visto en sueños.
—Eres el ángel de la muerte —afirmé cogiendo su mano fría.
—Así es, y vengo a por mi regalo.
—Entonces tómalo rápido, antes de que desfallezca de cansancio y sufrimiento.
—Lo cogeré y no lo soltaré.
Sentí una punzada, no era agradable, pero tampoco desagradable. Y bebió mi sangre roja como un rubí, sabrosa y cálida, la saboreó durante largo tiempo y yo sentí como mi aliento llegaba a su fin, como mi cuerpo se enfriaba diciendo adiós a una vida.
Cumplió su promesa eterna, no más sufrimiento, no más dolor y no más soledad. Quinientos años han pasado ya desde ese día, quinientos años de felicidad y prosperidad, de amor y pasión desenfrenada. Quinientos años de libertad. El principio del final de mi vida, una vida marcada por el dolor y el sufrimiento del que me liberó para siempre. Una historia corta e intensa es la que conté, triste y omitida. Porque el verdadero sufrimiento que sentí, jamás podría expresarlo con palabras. Porque el amor que siento ahora, no tiene expresión humana.

lunes, 21 de enero de 2013

HABLAR CON LAS HORMIGAS... ¿ES HABLAR SOLO?
Gromarg


  - ¿Ya estás hablando solo otra vez?
  - No, no, estoy hablando con unas hormigas.
  - ¿...?
                           ..........

  Lo curioso es que, en uno de esos días, se empezaron a observar extraños acontecimientos como, por ejemplo, desaparición de comida en casas y supermercados, frecuentes cortocircuitos de líneas eléctricas y de teléfono; hasta hubo desapariciones de pequeños animales de compañía como ratones, hamsters y algún gatito ...
 
  Antes de que la cosa fuera a más, se empezó a investigar el asunto; policía, bomberos, asociaciones de vecinos, ecologistas, incluso algunos sindicatos, empezaron a discutir el asunto y alguno puntualizó que habría que moverse y organizarse. Pero, cuando se pusieron (algo) de acuerdo, ya lo hacían entre un mar de hormigas feroces y sanguinarias que no paraban de devorar todo lo que se les ponía por delante (desde árboles hasta... ¡HUMANOS!) y, lo que era peor, no paraban de cantar cancioncillas infantiles (¿?) a voz en grito... "al corro de la patata, comeremos ensalada, lo que comen los señores..."... era el infierno...
 
  ¿Quién diablos les habría enseñado a cantar esas canciones?..."

                            ..........

  - ¿Otra vez hablando solo?
  - No, no, como siempre, estoy hablando con las hormigas. Quiero convencerlas de que están siendo muy muy malas. A ver si dejan de cantar, de robarnos la comida y de comerse a los otros niños del cole...
  - ¿...?
                            ..........

  Lo curioso es que, al cabo de unos días, dejaron de producirse desapariciones de comida, cortocircuitos y otros inexplicables hechos...
 
  Representantes de la policía, bomberos, asociaciones de vecinos, políticos  y representantes sindicales aparecían en los telediarios felicitándose a sí mismos por la buena labor que habían realizado, por la eficacia de sus planes y por las positivas negociaciones que tanto éxito habían tenido....

  Nadie, ni entonces ni nunca jamás, hizo ninguna referencia a un solitario niño que solía hablar solo (siempre solo) en un rincón de un pequeño jardín...

sábado, 19 de enero de 2013

CRÓNICA PÚRPURA (2)




Audrey cuidaba de mí; aquel tipo se apiadó de mi alma. Era un anciano adinerado, en el pasado ejerció como veterinario en varias de las fincas de la zona además de ocuparse de sus propias reses. Trabajó para mi tío y le ayudó con el ganado también. Era uno más en la familia... le queríamos y él a nosotros por igual. Joder... era un buen hombre, vaya que sí lo era. Quizá por eso decidió sacar adelante al pobre diablo en el que me estaba convirtiendo...
Días después de enterrar los cuerpos de tío Ack y de mi pobre primo, aquel medico decidió sacarme del camastro y llevarme a Phoenix. Audrey tenía un pequeño apartamento vacío en la ciudad. Pensó que podía ser peligroso dejarme en la granja, dudaba de mi seguridad. La verdad, el doctor más bien temía de aquella cosa que nos atacó; la mujer que asesinó a mi familia. No llegó a verla, no sufrió en sus carnes el ataque del monstruo, pero gracias a mi descripción de los hechos él no tuvo más remedio que temerla. Audrey fue testigo de las heridas infligidas en los cuerpos de Ackley y el joven Parking, por lo cual, por muy fantásticas que sonaran mis palabras, el doctor tuvo que darlas por válidas. Creyó en mí.
Antes del traslado a la gran ciudad el bueno de Audrey descubrió qué diablos era aquello que me corroía por dentro. Yo llevaba días enteros en cama. Las fiebres habían cesado pero ya no tenía fuerzas ni para levantarme de la cama. El viejo se acercaba a la finca dos veces al día. Dejaba a la poca familia que le quedaba y viajaba hasta el rancho para velar por mí. Me administraba algo de suero, curaba mis heridas... intentaba desesperadamente que comiera algo sin apenas conseguirlo. A veces acercaba un poco de pescado, otras verdura, arroz cocido, carne en salsa... Incluso una hija suya me preparó un pastel de manzana. Recuerdo que ni lo probé... a decir verdad no probé nada de lo que me llevaba. Una vez tomé un sorbo de caldo caliente y devolví toda una papilla de bilis mezclada con restos de algo que comí días antes del infortunio. Audrey, testigo de mi resurrección, comenzaba a preocuparse seriamente. Fallecidos Ack y mi primo, el doctor no quería ver al único superviviente de la matanza bajo tierra. Aquel hombre procuró sacarme adelante, se lo juró a sí mismo. Tomó muestras de mi sangre, consultó tratados médicos y preguntó a colegas de confianza, siempre, claro está, cubriendo todo bajo un manto de confidencialidad y hermetismo. Tras requerir la ayuda de expertos en enfermedades desconocidas e invalidar la idea de sufrir alguna especie de rabia, Audrey sopesó otros argumentos. No sé muy bien en qué momento llegó a la acertada conclusión de que yo ya no pertenecía a este mundo. Todavía me lo pregunto. Sí que acierto a recordar con difusas imágenes que el doctor realizó una prueba un tanto peculiar... Sí... El día antes de trasladarme a Phoenix llevó un par de bolsas con sangre de las que utilizan para trasplantes. Me vio extremadamente debilitado y al borde de una segunda muerte, así que imaginó lo imposible. El viejo Audrey pensó que mi cuerpo ya no se alimentaba de comida sólida, por eso... por eso mismo optó por la sangre. Viejo chiflado... qué listo era.
Primero probó a inyectarme una bolsa de líquido vital. Desechó el suero y los antibióticos y probó suerte con el trasplante. Procuró cargarse con varios envases, por lo visto disponía de ellos para un uso animal respecto al ganado. Con sumo cuidado retiró el gotero inservible y lo cambió por el dulce y envasado manjar color púrpura. Joder... sí... mi rostro cambió de inmediato. Estaba desecho en aquel camastro, sin fuerza alguna; derrotado y en extremis. Dios y la madre del cordero... bendito momento. Sentí fuerza, vigor... el aliento de la vida. Abrí los ojos de inmediato. Según me contó Audrey poco después, mi palidez digna de las garras de la muerte se terció rosada y con tono tras la primera toma. Las ojeras que hundían mis ojos en la piel desgastada y reseca se tersaron de inmediato. Las heridas y arañazos de la pelea se curaron al instante... aquel mordisco de la ingle desapareció; Jesús, se esfumó de un soplido... no quedaba rastro alguno de la perforación.
Recuerdo que lo primero que dije a Audrey fue:
-¡Más! ¡Quiero más!
Me incorporé de la cama, en un gesto dantesco y de pesadilla arrebaté la segunda bolsa de sangre y le hinqué el diente al plástico. De pronto comenzó a brotar el líquido. Se derramó sobre mi pecho, sobre la garganta... cubrió parte de mi rostro. Aun así, a pesar de actuar como un loco poseso, la mayoría del contenido entró a través de mi boca. Entonces, al término del manjar quedé satisfecho. Ufff... Había vuelto a la vida por completo. Ya no era humano.
-Ugen... ¿Estás...? ¿Te encuentras bien?
No sé qué diablos pasó por la cabeza del viejo aquel día, pero desde luego, le estaré agradecido eternamente ya que si no hubiese reaccionado con aquel gesto, yo no estaría contando hoy mi historia. Aquel conocido supuso lo que para mí hasta entonces había pertenecido a las historias de terror de la Universal.
-Estoy... estoy algo confuso Audrey; ¿Qué diablos ha ocurrido? ¿Por qué...?
-Tranquilo Ugen. Será mejor que nos marchemos de aquí ahora que te encuentras algo recuperado. Tengo un pequeño apartamento en el centro de Phoenix, pertenece a mi hija pequeña, ahora se encuentra en Dallas estudiando no sé qué diantres. Descansarás allí hasta que te recuperes del todo y dé con la cura de lo que te afecta.
-¿Marcharnos? ¿De qué estás hablando?
-Ugen, por el amor de Dios, hazme caso. Has estado en cama al menos dos semanas. No estás bien, hablabas en sueños... gritabas como un poseso.
-¿Y qué tiene de malo eso? ¿No lo hacen los enfermos con fiebre, acaso?
-Eugenio, desde luego que hablan en pesadillas los que rozan la muerte... ¿pero crees que lo hacen en latín?
-¿Latín?
-¿Conoces tú el Latín, Ugen?
No tuve más remedio que negar en silencio. No tenía respuesta para Audrey.
Dios Santo... yo era un paleto, me costaba hablar correctamente americano como para conocer otros dialectos... Joder; ¿pesadillas en Latín? Es lo que tiene la transformación: rozas lo increíble con la yema de los dedos... tocas el cielo, ves la luz, das con las respuestas de todas las cosas. Consigues la perfección, pero justo, poco antes de conseguirla por completo, regresas de nuevo a la vida terrenal. El mordisco de aquella mujer infernal y la sangre proporcionada por Audrey se encargaron de convertirme. Dejé de ser humano para transformarme en un ser celestial; en un ángel expulsado del paraíso por beber la sangre prohibida y contener dentro de mí la semilla del maligno.
Dejamos atrás el rancho de tío Ack. De madrugada, y tras mi primera toma de sangre humana, Audrey me ayudó a solventar de la mejor manera posible mi transformación. Lo primero que hizo fue llevar la anticuada Suburban hasta Phoenix conmigo dentro. Conducía por la secundaría, bajo una tormenta que no tenía pinta de tocar fin. El viejo no abrió la boca en todo el trayecto, se limitó a escuchar mis quejidos y paridas incoherentes. Yo no paraba de retorcerme en el asiento de cuero; me dolía a rabiar el estómago y aunque había mejorado considerablemente respecto al amanecer, aquel tedioso malestar me punzaba en lo más profundo de mis entrañas. Sudaba, me meé encima incluso. Por poco no me cago. Me encontraba en una constante paranoia. De repente dormitaba como que me ponía erguido en el asiento y comenzaba a gritar insultos y nombres extraños o desconocidos para mí. Audrey debió pasarlo realmente mal... pobre; me quería igual que a un hijo.
-Tranquilo, Ugen, no queda mucho.
Las intenciones de Audrey eran las de alimentarme de nuevo una vez llegáramos al apartamento. Tenía que mantenerme con vida y dar con las respuestas necesarias mientras tanto.
-Loco... -mascullaba yo, rechinando los dientes en una de las pesadillas- viejo chiflado... ¿Qué has hecho conmigo...? ¿Por qué me diste a probar la jodida sangre?
¡Maldito seas, estúpido! ¡Maldito seas!
Sufría de nuevo unas terribles visiones. Me veía a mí mismo saltando del asiento y cogiendo a Audrey por el cuello. Le mordía... Jesús; le arrancaba un pedazo de carne y bebía de su sangre. Le sacaba de sus órbitas los ojos y hundía en aquellas cavernosas cuencas la lengua... aspiraba la fuerza vital... aspiraba su vida.
-Audrey... quiero tu sangre, jodido mortal...
La pesadilla se tornó más oscura: era testigo de otra difusa imagen, quizá más horrorosa que la anterior. Corría por la calle, a oscuras, en medio de aquel chaparrón. Me guiaba por el olfato, por aquel nuevo instinto que despertaba en mí. De repente, en medio de la nada, a un palmo de mi posición aparecieron dos muchachas. Al dar dos pasos y alcanzar sus figuras pude comprobar que eran dos resabiadas mujeres, prostitutas quizá.
Andaban solas en aquella fría madrugada del '63, caminaban buscando el bolsillo de cualquier borracho y el calor de una sucia y maloliente habitación de algún perdido motel de carretera.
-Zorras...
Me acerqué a la primera, la más mayor en apariencia. Era una mujer alta, no muy agraciada en rostro pero sí en cuerpo y figura. Vestía a pesar de la lluvia y la helada con una camiseta de tirantes de escaso tamaño para su porte. Se cubría con una chaqueta de falsa piel, y esta misma indumentaria se ocupaba de esconder sus partes nobles a la vista. Nada más verme llegar, apartó con sutileza el supuesto visón para dejar al aire la parte superior de sus dos abultados pechos. Su compañera de viaje se echó a un lado en una carcajada, moviendo sus brazos en un absurdo aplauso y contorneando a la par su estilizaba silueta en un frágil paso de baile.
-Sé que deseas placeres, desconocido -señaló la más madura-: ¿quieres probar con nosotras los pecados de lo qué no te enseñan en casa?
No la dio tiempo para más monsergas. Me abalancé encima de ella y mordí en la blancura de sus pechos. Primero fue en uno, después, agarrando con firmeza el otro, arremetí con un segundo y fiero bocado arrancando de un tirón el enorme pezón que lo adornaba. Un chorro de sangre brotó al instante. Salió despedido con tanta fuerza que salpicó el vestido de fiesta de la compañera, la cual, abrumada y en estado de confusión se mantenía a escasos pasos del vil asalto.
-¡No quiero tu cuerpo, mujer! ¡Quiero tu esencia! ¡Tu vida!
En un brutal gesto tronché el torso de la puta. La partí en dos doblando su cuerpo de cintura para atrás ayudado de mis manos. Después salté a por la otra. Pobre... ni se inmutó. Se dejó hacer. La rasgué el vestido de lentejuelas y solté al aire sus pechos y parte del vientre. Era joven... una mujer de unos veinte años quizá. Preciosa. Deslicé lo que quedaba de vestido hacia sus rodillas y la abracé con fuerza contra mi cuerpo. La tomé, la violé... no sé cómo diablos podía hacerlo, no entiendo como pude dominar su mente, ella no se resistía; gemía de placer... me susurraba al oído y pedía más y más.
Tras el orgasmo mi sed de sangre afloró con mucha más fuerza. La miré a los ojos, la acaricié la melena rubia y la besé en la frente: entonces clavé mis colmillos en su terso y suave cuello. Se desangró en dos minutos y yo acabé saciado.
-¡Ugen, por favor! ¡Despierta!
La pesadilla llegó a su fin. Abrí los ojos y descubrí que estábamos dentro de un pequeño recinto. Estaba oscuro, al parecer era una especie de garaje, un trastero en el cual entraba a la perfección la destartalada Suburban.
-¿Qué...? -pregunté al veterinario.
-Hemos llegado, tranquilo Ugen, tranquilo; estabas soñando de nuevo.
-Estoy agotado Audrey... no puedo con mi cuerpo.
Audrey no dijo más. Salió de la furgoneta y me ayudó a salir de ella. Me cogió como pudo y en un ejercicio monumental me guio hasta la puerta de entrada a la vivienda.
El rellano también se encontraba oscuro. Aquel sitio olía a estiércol, gasoil y metal oxidado. Podía paladear aquellos regustos con mi boca tan sólo palpando el ambiente.
Por igual, muy a mi pesar, alcanzaba a oler la sangre que circulaba a través de las arterias del viejo doctor.
-Audrey... no puedo más...
-Me encargaré de administrarte dos o tres bolsas en cuanto subamos al apartamento -aclaró mientras que abría una puerta de aluminio-, tu cansancio se debe a la falta de sangre. Tranquilo chico, tranquilo.
-¿Qué cojones me está pasando? -pregunté.
-No lo sé hijo... no lo sé. Sólo alcanzo a comprender que tu cuerpo ya no se alimenta de sólido.
-Audrey... no sé de qué manera agradecerte esto.
-Necesitas sangre, eso es lo que te mantiene con vida. Ya hablaremos, muchacho, ahora no te preocupes de tonterías.
El viejo me tumbó en un amplio sofá de tres plazas. Perdí el conocimiento en el pasillo que llevaba hasta la modesta vivienda, sumiendo mi mente con ello en un profundo sueño repleto de imágenes confusas y voces desconcertantes.
Muerte... sangre... sal ahí fuera y alimenta tu cuerpo... eres poderoso... nada te detendrá... eres dueño y señor de la noche...
Al despertar comprobé que me había tirado la mayor parte de la noche en aquel cómodo e improvisado camastro de polipiel. Sería poco antes del mediodía cuando abrí los ojos. Los rayos del sol entraban a través de un resquicio abierto entre la cortina que cubría un ventanal. Molesto por el cegador reflejo me levanté para cubrir por completo el cristal.
-¿Qué diablos...?
Al ponerme en pie y dar dos pasos un sonido metálico me avisó de la imprudencia; había pegado un tirón a la sonda que me administraba sangre regada desde un gotero dispuesto en un trípode con ruedas.
-Mierda.
Recogí del suelo la bolsa y la coloqué en su sitio, luego hinqué de nuevo la aguja en el torrente sanguíneo, le quedaba muy poco por soltarse completamente de mi muñeca.
-Audrey, viejo loco, estás en todo.
Sonreí. Husmeé el ambiente. El doctor no se encontraba en el apartamento, no alcanzaba a paladear el regusto de su sangre en aquel viciado recinto. Al parecer el apartamento llevaba meses cerrado, sin ventilar, sin limpiarse. Podía sentir el sabor del polvo en mi boca, el rancio y húmedo moho que se acumulaba en las paredes y en algunos rincones, el olor a plantas y flores... llegaba incluso a sentir el nauseabundo aliento de las sucias y asquerosas bajadas.
-Queda poca sangre; espero que no tarde demasiado en regresar.
Por lo visto Audrey me había estado suministrando el líquido de la vida durante toda la madrugada y parte de la mañana. Al colocarme el último gotero salió para proseguir con sus quehaceres, dejándome solo en el piso. Recuerdo que aproveché para cotillear un poco. Di varias vueltas por el apartamento, llevando a cuestas el trípode que sujetaba el particular gotero.
-Chiflado...
Fue en la cocina donde encontré una nota escrita:
Estarás saciado con las cinco bolsas. Espero regresar antes de que se agote la última, así que no te preocupes. Si estás leyendo estas palabras significa que has recobrado de nuevo las fuerzas. Me alegro de ello, amigo mío. No salgas a la calle y procura meter poco ruido, no quisiera dar explicaciones a los vecinos de mi hija, ¿de acuerdo? A lo sumo llegaré al apartamento antes del almuerzo. Si sientes mareos o confusión, regresa al sofá. Intenta no revolver mucho, no quisiera que April descubriera que metí a alguien en su casa sin su permiso.
Audrey.
Eché un vistazo de nuevo al gotero, quedaba poca sangre dentro del plástico, pero a decir verdad no estaba preocupado por ello; me encontraba pletórico, rebosante de energía. Estaba bien, excelente. Sentía más fuerzas que nunca, incluso más que al tomar la primera comida proporcionada por el doctor. Me creía capaz de todo.
-Aguardemos entonces.
Pasaron varias horas. Estaba harto de esperar y me encontraba cansado de leer las revistas que coleccionaba la hija de Audrey. Realicé varios paseos por la vivienda y vigilé la calle desde la ventana, escondido tras las cortinas. Recorrí el sinuoso pasillo más de cincuenta veces hasta lograr patear el camino que llevaba al baño con los ojos cerrados. Joder, estaba aburrido, cansado de estar a la espera. Para colmo la bolsa de sangre había tocado su fin.
-Mierda, y el viejo sin venir.
Entonces me impacienté. Entonces sentí un escalofrío. Entonces llamaron a la puerta:
-Su madre... ¿Quién diablos?
No era el olor de Audrey. Me deslicé hasta el hall y me quedé quieto junto a la puerta blindada, tratando de escuchar:
-¿Quién dio el aviso? -preguntó una voz de hombre en voz muy baja.
-La central; ¿quién sino? -respondió un segundo.
-Ya, hasta ahí llego, me refiero qué quién llamó al cuerpo.
-Una mujer, no quiso dar su nombre.
-¿Un ajuste de cuentas?
-No lo sé, un chivatazo tal vez; la competencia entre bandas está a la orden del día, se dan por culo entre ellos con tal de tener exclusividad.
Picaron de nuevo en la madera.
-No hay nadie, señor.
-O no quieren abrir, una de dos.
Me estremecí. Podía escuchar la respiración de ambos, oler la colonia barata que impregnaba sus ropas, oler el sudor que despedían sus cuerpos... sentir su sangre.
-Sed...
Me mareé de nuevo. Cerré los ojos y me apoyé contra la pared. Respiré profundo y me dejé llevar por aquel extraño instinto que gritaba desde lo más profundo de mi ser.
-Dios Santo...
En una fugaz visión pude contemplar dos agentes de policía esperando tras la puerta blindada. Luego, tras un breve fogonazo de luz, mi vista mental recayó en un aparador que se asentaba al lado de la cama del dormitorio principal. Dentro de uno de los diminutos cajones, metido en una bolsa de papel, aparecía un contenido un tanto comprometedor...
-Mierda.
Abrí los ojos. En una carrera alcancé el dormitorio donde solía descansar la hija del doctor. De un golpe abrí la puerta de paso y avasallé la propiedad privada sin pudor alguno. Abrí un cajón de aquel aparador, el mismo que segundos antes se había dibujado en mi pesadilla. Aparté bragas y sujetadores y busqué guiándome por el instinto:
-Joder. Joder. Joder.
Allí estaba; una pequeña bolsa de papel marrón que pertenecía a unos grandes almacenes.
-Hay que joderse... cómo huele.
Lo soñado: allí estaba. Mi sed de sangre no me dejó sentir aquel profundo olor. El líquido vital envasado en el gotero camufló el tufo a:
-¡Hierba! ¡La leche! ¡La hija de Audrey trafica con Marihuana!
Llamaron por tercera vez a la puerta; esa vez con más fuerza que nunca:
-¡Sabemos que está en casa! ¡Abra la puerta, por favor! ¡Abra a la policía si no quiere que vengamos con una orden judicial! ¡Será peor para usted, señorita April!
Maria... y no sólo eso, bajo la cama se escondía una caja de zapatos con un contenido extremadamente dudoso: varias agujas usadas y un líquido envasado en un frasco de cristal completaban el equipo. Al lado de la supuesta droga, envueltos en una bolsa de plástico, se encontraban también varios papeles de fumar, setas disecadas y un tarro de escaso tamaño repleto de pastillas.
-Hija de perra -espeté en un cabreo monumental-, es una puta drogata.
Aquellos dos agentes regresarían con una orden. Entrarían en la vivienda, verían a un jodido tipo desnudo ataviado con un gorro de vaquero y con pintas de tener un mono de aúpa, con una maldita sonda de trasplantes enganchada a su brazo, con dos kilos de marihuana y otras tantas drogas más en su poder, y para colmo, con dudosos antecedentes familiares. Joder... mi familia recientemente desaparecida, enterrada en el mismísimo rancho... Asesinados por una loca posesa. Yo no disponía de conocidos en el condado para poder defenderme... Me aguardaba una buena.
Tenía que hacer algo.
-¿Dónde cojones se habrá metido ese viejo?
Retiré el gotero apartando de un tirón la aguja de mi muñeca. Me quedé mirando unos instantes la bolsa que contenía la sangre; quedaban nada más que unos restos pegados a los pliegues del envase. Luego eché un vistazo a la caja de zapatos... miré a la marihuana... evalué la situación.
-Suputamadre, suputamadre, suputamadre.
Suspiré, cerré los ojos y me dejé llevar. Me dejé llevar como en aquellos malditos sueños:
-Son sólo pesadillas, Ugen.
Entonces sonaron mis tripas. La boca se me hizo agua. Me vi correr hasta la puerta de entrada, abrir la madera en un brusco gesto y pillar desprevenidos a los dos agentes de la ley. Creo que uno se llevó la mano al arma, el otro, más rápido que su compañero, logró entrar al apartamento de un salto. Yo salí al rellano. De un manotazo arranqué la mano del que me apuntaba y su pistola rodó por el suelo entarimado. Cogí al joven policía en volandas y le metí en el piso. El más experimentado gritaba como un loco, estaba con el arma a un palmo de mis narices y yo, por mi parte, pasaba de sus advertencias. Dediqué aquellos segundos en morder salvajemente el rostro del agente manco. Hubo un momento en el que dejé de escuchar los gritos de dolor. Incluso, por increíble que pareciese, no sentí el fogonazo del arma disparándose. Aquel bastardo, el agente encargado del caso, no dudó en descargar tres proyectiles contra mi torso. Caí al suelo con el cuerpo del joven encima. No sentía dolor alguno, ni sentía debilidad o decaimiento. Al contrario, un ansia voraz crecía por momentos dentro de mí. Una rabia sin medida deseaba apropiarse de mi mente y de mi cuerpo.
-¡Alto, hijo de puta! ¡No te muevas!
Pero yo no hice caso al agente. Me puse en pie a pesar de mis heridas. La sangre salía a través de los orificios de mi estómago y pecho, pero yo, repleto de vigor y vida, no sentía que aquello fuera grave, al contrario, me hacía más fuerte, más poderoso.
-¡Quieto!
No le escuché. Me lancé por él. Dentro de aquella pesadilla yo cogía con ambas manos la cabeza del agente. Apretaba con tanta fuerza que aplastaba su cerebro contra el cráneo. Un chasquido proveniente de sus sienes me avisó de que había reventado su cabeza, y luego, la masa gris y viscosa que se esparramaba por sus carrillos y que salía a través de ambos orificios auditivos me aseguraba que el tipo había pasado a mejor vida.
Para terminar, de una salvaje llave, conseguí tronchar el cuello del hombre para arrancarlo de cuajo y separarlo del torso. El cuerpo sin vida cayó al suelo, momento en el cual, aproveché para arrodillarme y beber de la sangre que se vertía del segado cuello.
-Son sólo pesadillas, Ugen, sólo pesadillas...
Pesadillas muy reales.
-Huye. Vete de la casa. ¡Vete de la casa...! ¡Corre!
Quise hacer lo que mi mente me pedía; lo que yo mismo me ordenaba. Dejar ir a los dos policías y marcharme antes de que regresaran con una orden. Dejar una nota a Audrey aclarando todo y avisándole de la droga que escondía su joven hija.
-¡Huye!
Transcurrió un tiempo hasta que decidí abrir de nuevo los ojos para regresar al presente. Ya no se escuchaban los avisos de los agentes, ya no golpeaban la puerta para querer entrar al apartamento. ¿Se habían marchado?
-Dios... La Virgen.
Al abrir los ojos me percaté de que no me encontraba sentado encima de la cama. No... No estaba en el dormitorio de la jodida yonki. Mierda... estaba sentado en el rellano del hall. El suelo estaba cubierto de restos de sangre reseca. Al mi lado un par de bolsas de basura de considerable tamaño se apoyaban contra la pared.
-Joder... ¿Qué...?
Abrí una de ellas y comprobé que su contenido no era otro que las extremidades mutiladas de uno de los agentes.
-¡Jesús!
La pesadilla. La jodida pesadilla. No había sufrido ninguna. No había estado soñando... Maldita sea: había asesinado a los dos policías. Los había matado.
-No...
Me había alimentado de su sangre.
-Dios... ¿Qué cojones? ¿En qué me he convertido?

Continuará...

martes, 15 de enero de 2013

EL DÍA QUE PETER PAN REGRESÓ

EL DÍA QUE PETER PAN REGRESÓ
Macabea

A Wendy le extrañó ver la sombra de Peter Pan en su habitación. Hacía años que no sabía nada de él. De hecho, desde aquel viaje que hicieron al País de Nunca Jamás, no se habían vuelto a ver. Él le dijo que se quedara a vivir en el Árbol del Ahorcado, pero ella había elegido volver al mundo de los adultos. El tiempo había pasado y había crecido. Ya era una mujer hecha y derecha.
- Peter Pan –Suspiró Wendy. Siempre le amó, y cada noche su último pensamiento era para él. Nunca perdió la esperanza de volver a verle. Quizás por eso no dejó de contar cuentos, y había elegido como trabajo precisamente ese, inventar cuentos y escribirlos.
Por eso, cuando ese día vio su sobra por la habitación, el corazón le dio un vuelco. ¡La sobra de Peter Pan estaba en su cuarto! Se quedó sin aire en los pulmones, le trotó el corazón hasta casi salírsele por el gaznate. ¿Le vería? ¿Vendría a buscarla?
Cazó su sombra y la guardó en un cajón, como hizo cuando era niña. Estuvo esperando con la ventana abierta durante horas hasta que, por fin, vio una figura recortada contra la Luna.
Era Peter. El estómago se llenó de lagartijas caminando alocadamente de un lado para otro. No quería moverse, no quería respirar ni pestañear, por si era un sueño y cualquier alteración del espacio-tiempo hacía que reventará como una pompa de jabón. Solo quería contemplarle. Que el reloj se parara para siempre.
La figura fue acercándose a la ventana despacio. No era un vuelo regular. Iba y venía de un lado para otro. Nerviosa. Casi parecía un moscardón que fuera libando de flor en flor. De pronto desapareció y apareció delante de ella. A un palmo, solo a un palmo. Aspiró ese aroma de hierbas aromáticas que siempre envolvía a Peter.
- Hola Wendy.
- Hola.
- ¿Has visto mi sombra, Wendy?
- Hola Peter – Wendy quería preguntarle un millón de cosas. Quería abrazarlo, besarlo y sentirle cerca, pero su boca y su cuerpo se negaron a hacer todas estas cosas – Sí, la he visto. La cacé y la tengo en un cajón encerrada. Se te ha escapado.
- Sí.
Wendy fue hacia el cajón y cogió la sombra de Peter. Cuando se dio la vuelta, Peter había entrado en la habitación. Estaba cerca de la ventana con las manos en la cintura y las piernas levemente abiertas. No lo recordaba tan alto. No lo recordaba tan, tan,... tan hombre.
- Peter, estás distinto. - Dijo Wendy desconcertada con el ceño un tanto fruncido.
- Tú también has cambiado, Wendy.
Sí, ella también había cambiado. No solo por fuera, sino por dentro. Había intentado atarse a la infancia con todas sus fuerzas, pero llegó un momento en el que la vida le forzó a crecer.
- Aquí tienes tu sombra. ¿Quieres que te la cosa?
Peter la miró con cara de curiosidad. Sus ojos relampaguearon. Su expresión cambió. Ya no era la de un niño. Sus ojos se entrecerraron. Una sonrisilla ladeada apareció en una de las comisuras de su boca mientras daba un par de pasos.
-   Ya no somos lo que éramos. – dijo Peter.
-   Peter, me estás asustando. ¿Qué te pasa?
Peter ya no andaba dando pequeños trotes como Wendy recordaba. Ahora parecía más bien un leopardo acercándose a una gacela. Era un caminar lento, elegante, silencioso.
- Peter, aquí tienes tu sombra. No me mires así. Para. No te acerques más, por favor. - Wendy se estaba poniendo muy nerviosa. El pánico empezaba a adueñarse de ella. - ¡Peter, he dicho que pares! - Chilló.
- ¿Qué pasa, mamá Wendy? ¿Ya no quieres a tu hijito?
La voz de Peter había cambiado totalmente. No solo el tono, sino también el contenido de sus palabras. Ese tono irónico le daba un aspecto terrorífico.
Cuando Peter estaba solo a un par de metros de Wendy, se abalanzó sobre ella. Fue un movimiento rápido y veloz. Del impulso, ambos cayeron al suelo, ella tumbada debajo y él sentado encima. Peter comenzó a acariciar su rostro y el pelo, despacio, mirándola con unos ojos conquistados por las pupilas.
- Pobre Wendy, pobre Wendy. Abandonó a su Peter y creció.
Wendy temblaba. Lo que en un principio parecía un sueño se había convertido en pesadilla. Intentó quitarse a Peter de encima, pero parecía que pesara una tonelada.
Peter acercó su mejilla a la de Wendy, mientras apoyaba una mano en su tripa. Sintió el calor de su piel sobre su cara. Wendy había soñado con aquello miles de veces. Esa sensación la había imaginado muchas noches, abrazada a la almohada. Un susurro llegó hasta su oído.
- Llevo mucho tiempo deseando esto.- Dijo Peter.
Wendy sintió un dolor terrible en el estómago. Miró a Peter con lágrimas en los ojos y la boca compungida. Quería decirle a Peter que parara, que le estaba haciendo daño. Quería preguntarle qué le había pasado... Quería decirle que ella podía ayudarle, que nunca le había abandonado. Pero, lo único que salió por su boca fue un borbotón de sangre. Peter le dio un beso largo y profundo, lamió la sangre que salía de su boca y luego alzó la mano que hace un rato tenía apoyada en su estómago. Estaba llena de sangre y las tripas de Wendy colgaban entre sus dedos. Se las llevó a la boca y las devoró tranquilamente, bocado a bocado, como si fuera la mayor de las delicatessen.


domingo, 13 de enero de 2013

El hombre de las sombras (2)

EL HOMBRE DE LAS SOMBRAS 
Juan Vicente Briega González

Antes de empezar esta crítica, debería confesaros que soy un grandísimo fan de la anterior película de Pascal Laugier, "Martyrs". Me parece una obra contundente y dura, imprescindible para los amantes del cine de sufrir de verdad, del "sentío". Y bueno, ahora empiezo con "El hombre de  las sombras".
El cine de terror es, como todos sabemos, un terreno pantanoso, y si no se tiene cuidado y las cosas muy claras, se corre el riesgo de caer en los lugares comunes del género o, peor aún, rellenar un guión vacío con unos cuantos giros argumentales que descoloquen al espectador, para que no se de cuenta de lo absurdo del film que está viendo. Este es el caso que nos ocupa, "The tall man" es un film que empieza bien, crea una atmósfera, un misterio algo gótico sobre el secuestro de unos niños y tal, muy bien llevado y muy de agradecer, eso le dura a Laugier 30 minutos porque a partir de ahí el señor tira a matar hacia donde sea.
Y no lo digo por decir, el film juega a la mezcla de géneros de una manera bastante torpe, intenta que empaticemos con un personaje, el de Jessica Biel, que no se nos llega a presentar del todo al principio del film y, sin más ni más, nos la mete en medio de un juego de mentiras que va del cuento de terror infantil, rollo "boogey man", a las pelis setenteras del pueblo unido contra una amenaza exterior, al thriller de asesinos y todo sazonado con esos giros argumentales que tanto me han matado.
¿Es una película mala? hombre, muy buena no es ¿está mal dirigida? no está mal dirigida, cuando Pascal se mete en faena sabe crear tensión ¿está mal escrita? pues mire usted, sí está fatalmente escrita y eso juega muy en contra de la película. El no tener nada claro de que va el rollo, ir dando palos de ciego e intentar solucionarlo todo con unos treinta minutos, que continúan a los muy aceptables minutos iniciales y que nos atiborran el cerebro de giros a cada cual más absurdo y sin sentido, que no voy a desvelar por supuesto porque es mejor que os pillen vírgenes; estos son los ingredientes de un film donde, la verdad, la Biel se casca un protagonista espectacular, que, aunque su arco argumental vaya como un tiro en ningún momento llegas a sentirla en el guión pero sí en una interpretación admirable queda deslucido por una idea poco original recargada de trampas para llegar a ser algo. Por supuesto, he tirado la moneda al aire y ha salido cruz.

viernes, 11 de enero de 2013

EL HOMBRE DE LAS SOMBRAS (1)

El HOMBRE DE LAS SOMBRAS
Jesús Martí


   Pascal Laugier, responsable de la malsana y contundente Martyrs (2008) y de la semi desconocida El Internado (House of Voices, 2004), ha vuelto en este 2012 con una co-producción entre Estados Unidos y Canadá que escenifica su desembarco en Hollywood y que supone todo un 'tour de force' en su carrera. The Tall Man es un film que se aleja conscientemente de los parámetros y coordenadas estilísticas del reciente fantástico francés, entrando de lleno en un cine digamos más 'clásico' y ortodoxo que, sin embargo, deja a la historia que ahora tiene a bien presentarnos un poco huérfana de intenciones. La película rehúye los excesos de violencia, sangre y polémica que poseía su antecesora, adentrándose más bien en los planteamientos de un thriller de suspense convencional que juega al engaño y la trampa durante casi todo su metraje, para conducirnos erráticamente hacia un desenlace demasiado convencional y hasta algo inocente.

  Es bien cierto que la película está muy bien realizada, la dirección a nivel técnico demuestra que hay un buen director detrás, la fotografía es portentosa, hay escenas o secuencias nada desdeñables y el trabajo interpretativo raya a gran altura (en especial Jessica Biel), pero...¿hay suficiente con estos elementos para justificar los 106 minutos de duración?, pues no. The Tall Man o El hombre de las sombras que así ha sido bautizada en nuestro país, es un film con un grave lastre: su guión (escrito por el mismo director) tiene más agujeros que un queso gruyere, este defecto provoca por simpatía o proximidad una constante sensación de 'soy pero no soy', que impide una continuidad en el argumento y que deja claro que su máximo responsable no tenía muy claro hacia dónde quería llevar la obra; las pequeñas insinuaciones en el argumento que picotean de diferentes géneros (rollo sobrenatural, asesino en serie e incluso algo de slasher) salpican todo el metraje diluyendo toda posible continuidad más o menos lógica y confirmando, de paso, que el film utiliza el fantástico y el terror como un mera excusa para explicarnos algo bastante más plano y previsible, que no termina de funcionar. Yo personalmente tengo un problema con este tipo de películas que piden perdón por usar elementos de terror o de cualquier otro mecanismo de género, para simplemente enmascarar, digámoslo así, la tendencia de crear obras que sean bien recibidas y naden cómodamente en la aguas de lo políticamente correcto. La falta de riesgo y el afán por gustar al más amplio espectro de público posible no son caminos que se puedan transitar con facilidad, pocos directores pueden presumir de haber logrado esta alquimia perfecta y aún son menos los que han logrado interesar al público creando una película que con elementos tan dispares consiga tener un equilibrio perfecto entre ellos.

   The Tall Man no es ni caliente ni fría, se instala pues en la tibieza más molesta, ese lugar donde con apuntar ya te ves librado de disparar, con lo que, por lo menos para mí, se convierte en una película más que pronto borraré del maltrecho cubículo que alberga las pocas neuronas sanas que me quedan. Pascal Laugier sigue siendo un director que me interesa, quedo a la espera de su pronta recuperación y que este desliz quede en eso: un desliz. Una última reflexión ¿Por qué casi todos los directores europeos que cruzan el charco, acostumbran a entregar obras vacías y huecas en su nuevo lugar de trabajo?, dejémoslo para otra ocasión....